Ferozmente británico CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

TRACEY

Llego al piso de Charlie después de una despedida incómoda con Martin. La verdad es que no veía el momento de salir de allí, y mientras llamo al timbre, espero que Charlie esté en casa.

—Hola, nena, sube.

Su voz suena somnolienta y supongo que ha pasado la tarde en la cama. Es una de las ventajas de su curro, ya que trabaja principalmente de noche.

Cuando entro en su piso, me quedo atónita al ver a Charlie con una bolsa de guisantes congelados contra el ojo derecho, como si hubiera sobrevivido a una guerra.

—¿Qué te ha pasado? —corro hacia él y observo consternada los moratones de su cara. Él se encoge de hombros con indiferencia—. Un combate de boxeo que se puso feo. Deberías ver al otro tío.

Bromea, pero veo el dolor en sus ojos cuando hace una mueca al tocarle la mejilla con delicadeza.

—Estás herido —digo, y solo pensarlo me duele.

—No es nada. No hay daños permanentes y los moratones desaparecerán.

Tira los guisantes sobre la mesa y abre los brazos.

—¿Quieres jugar a las enfermeras conmigo?

Su sonrisa pícara me hace sonreír, y cuando me abraza, noto que mantiene el cuerpo algo apartado, así que supongo que el daño no se limita a la cara.

—¿Quieres que te prepare un baño caliente para aliviar el dolor? —digo preocupada, y él asiente—. Solo si te metes conmigo y me enjabonas la espalda.

—Creía que no me lo ibas a pedir nunca —me río suavemente mientras sus labios rozan los míos y susurra—: Eres un regalo para la vista, nena, y nunca mejor dicho.

Lo miro preocupada.

—¿Qué ha pasado?

CHARLIE

Decido no contarle la verdadera razón porque lo último que quiero es preocuparla, así que digo quitándole importancia:

—Ya te lo he dicho. Un combate de boxeo que se descontroló un poco. Sobreviviré.

Me aparto, la tomo de la mano y la llevo al baño, donde abro los grifos y echo un poco de gel de baño.

Mientras me quito la sudadera, ella contiene el aliento al ver los moratones y me encojo de hombros.

—Parecen peores de lo que son.

La miro con toda esa ropa de abrigo y digo con picardía:

—Estarías mejor desnuda, nena.

Sin decir nada, se quita el abrigo y lo deja caer al suelo, mirándome a los ojos mientras se desnuda hasta quedarse en ropa interior. Gimo de deseo porque Tracey es exactamente lo que necesito ahora mismo para olvidarme del rumbo de mierda que está tomando mi vida.

Me sorprende cuando se acerca y, con una sonrisa sexy, se arrodilla y me baja los pantalones de chándal. Cuando mi polla queda libre, me guiña un ojo mientras se la mete en la boca con una presión suave que me hace gemir:

—Oh, joder. Esto es justo lo que necesito.

Mientras me la chupa, la tensión se desvanece casi de inmediato. El sonido del agua cayendo y el vapor llenando la habitación con el aroma de sándalo hacen que todo vuelva a estar bien en mi mundo.

Mientras me muevo dentro de su boca, me encanta cómo me chupa suavemente con una presión creciente, y al mirar su reflejo empañándose con el vapor, pienso que jamás he visto nada más glorioso en mi vida.

La mujer que me tiene embriagado está de rodillas entre mis piernas, dándome el mayor placer posible.

Me sostiene los huevos en su delicada mano y los hace rodar con devoción mientras me chupa más fuerte, y entonces hace ese giro sutil con los dedos que me hace correrme tan fuerte en su garganta que es como si fuera a tragarme entero.

—Joder, nena.

Gimo mientras mi polla palpita descargándose en su boca, entrando en ella de una forma diferente.

Me chupa hasta dejarme limpio y luego se levanta, con los ojos brillantes de triunfo, y susurra:

—Sabes a peligro, Charlie. ¿Por qué soy adicta a eso?

Enrollo su largo cabello en mi mano tres veces, la atraigo bruscamente hacia mi cara y, mordiéndole el labio inferior, susurro:

—Porque eres como yo. Te gusta vivir al límite porque intensifica tus sentidos y te hace sentir que estás viviendo, no solo existiendo.

La rodeo con el brazo con fuerza y la aprieto contra mí. Meto dos dedos dentro de ella y empujo hacia arriba con fuerza, deleitándome con el suave jadeo que escapa de sus labios rojo rubí. La beso con fuerza y la follo con los dedos hasta que tiembla contra mí y gime:

—Joder, Charlie, qué bien.

Le presiono el clítoris y la follo al mismo tiempo con la mano mientras ella empuja contra mis dedos con un gemido torturado.

Antes de que se corra, la giro y la inclino sobre el borde de la bañera, y digo con voz ronca:

—¿Es esto lo que quieres?

Provoco su entrada empapada con mi polla y ella grita:

—Oh, Dios, sí.

Empujo con fuerza y rapidez, sin necesitar más invitación, y mientras la follo por detrás, disfruto sintiéndola por completo. Sin condón esta vez, solo peligro mientras embisto a una mujer que realmente debería haberse alejado cuando aún podía.

El agua ha llegado al borde de la bañera y a regañadientes me inclino y cierro los grifos, todavía dentro de ella, lo que hace que gruña:

—Sal de una puta vez. No llevas protección.

—Si insistes, cariño.

Salgo y la ayudo a meterse en la bañera, colocándola entre mis piernas mientras busco el jabón. El agua se derrama por el borde y ella exclama:

—Vas a inundar esto.

—Relájate —le aparto el pelo del hombro y le beso el cuello suave—. Solo es agua.

Mientras la beso suavemente, sin prisa esta vez, le enjabono las tetas con un masaje y ella se recuesta contra mí y suspira:

—No debería estar aquí.

—¿Por qué no?

—Debería haberme alejado cuando aún podía.

—Sí, deberías —me río contra su cuello y susurro—: Siéntate encima de mí, nena.

Se da la vuelta y, con un brillo diabólico en los ojos, se coloca a horcajadas sobre mí en la bañera, cosa nada fácil, y su risita suave me hace sonreír mientras se escurre por todos lados.

—Esto es una locura —jadea mientras le sujeto las caderas con las manos y guío su cuerpo hacia abajo sobre mi polla dura. Al deslizarme dentro, gime en voz alta cuando la lleno por completo; el agua caliente ayuda a relajar sus músculos.

—Qué bueno es esto —se muerde el labio mientras se desliza sobre mi miembro, y contemplo a una mujer cuya belleza nunca esperé que fuera mía.

Su respiración se acelera, y necesito toda mi fuerza de voluntad para no correrme dentro de ella, pero sé que debemos ser responsables, y esta vez se trata de su placer, no del mío.

Me cabalga como un ángel sobre un unicornio alado y se transporta a su propio mundo de fantasía, uno que claramente la hace feliz, porque mientras le acaricio el clítoris con el pulgar, se deshace sobre mi polla en un hermoso espectáculo de plenitud que me deja contemplándola maravillado.

Es hermosa, y es mía, y haré lo que sea por disfrutar de muchos años felices viéndola correrse sobre mi polla. Mientras se desploma contra mí, me encanta que todavía esté dentro de ella, conectados por nuestro propio cordón umbilical. La rodeo con mis brazos y susurro:

—Te quiero, nena.