CAPÍTULO 22
CHARLIE
Voy al gimnasio a despejarme porque estar en el club aguantando la cara de funeral de Max todo el día me está tocando las narices. Sé que debería preocuparme por el negocio, pero ahora mismo tengo problemas más gordos que los beneficios que van a menos.
Al cruzar las puertas, el olor a sudor y desesperación me tranquiliza. Este no es el típico gimnasio al que va la gente. Este tiene un puto ring de boxeo enorme, y vengo casi a diario a soltar agresividad de forma controlada.
—Buenas tardes, Charlie.
Vic asiente mientras limpia el equipo.
—¿Necesitas a alguien para hacer sparring?
—Claro.
Me acerco al ring y me cuelo entre las cuerdas mientras los dos nos ponemos los guantes.
—Está un poco vacío, ¿no? ¿Dónde está todo el mundo?
Este sitio suele estar hasta arriba, pero hoy solo estamos nosotros. No sé por qué evita mirarme a los ojos, y enseguida me pongo en guardia.
Ni siquiera le da tiempo a responder antes de que la puerta se abra de golpe y entren Mickey y sus secuaces. Se me cae el alma a los pies.
Vic levanta la vista con cara de disculpa.
—Yo, eh... os dejo.
Mientras sale del ring, me encaro con Mickey sin mostrar emoción.
—¿Qué coño es esto?
Mickey se quita la chaqueta y coge sus guantes mientras sus hombres se distribuyen por la sala, bloqueando la salida. Está claro que esto puede acabar mal para mí.
Mickey se sube al ring con una sonrisa que deja ver sus dientes torcidos, que no le favorecen precisamente.
—Solo he venido a entrenar, Charlie.
—¿Ah, sí?
Niego con la cabeza.
—Déjate de gilipolleces, Mickey, y dime qué coño quieres. Así nos ahorramos tiempo los dos.
Mickey suelta una carcajada y mira a sus hombres.
—El bueno de Charlie, siempre tan directo. Por eso me cae tan bien.
Empieza a botar de un pie a otro y a lanzar golpes al aire para calentar.
—Bueno, Charlie, ¿has pensado más en mi propuesta?
—Sí.
Me encojo de hombros.
—La respuesta sigue siendo no.
Mickey niega con la cabeza, como decepcionado.
—¿Y la chica?
—Está conmigo.
Asiente.
—Ya veo. Entonces ya has tomado tu decisión.
—Si me estás preguntando si quiero participar en tu último negocio, declino respetuosamente tu generosa oferta.
Avanza hacia mí con el ceño fruncido y gruñe:
—Pues déjame que te haga cambiar de opinión.
Me lanza un puñetazo a la cara que bloqueo con los guantes, pero aprovecha para meterme otro en el estómago. Mickey aprendió mucho en la cárcel y el boxeo era su pasatiempo favorito, así que no puedo subestimarlo. Sigue lanzando golpes y me alcanza en la cara con uno que escuece. Se lo devuelvo.
No nos andamos con miramientos y nos pegamos como en una pelea callejera hasta que levanta los guantes y dice, jadeando:
—Como te dije, puede que quieras reconsiderar tu respuesta.
Tengo los nervios a flor de piel, pero finjo indiferencia y pregunto con cautela:
—¿Por qué?
—Porque Metro Bank es mi objetivo. Está en una zona rica y el botín va a ser jugoso.
Así que, como yo lo veo, la única forma de garantizar la seguridad de tu chica es avisarla de que se ponga enferma ese día, porque cuando hay curro de por medio la cosa se pone fea, y no podría garantizar que no le pase nada.
Lo miro con ganas de matarlo y me doy cuenta de que ahora varias armas me apuntan: sus hombres acaban de dejar claro por qué están aquí.
Mickey jadea:
—Venga, Charlie. Eres el tío perfecto para esto, te guste o no. Sé que no me vas a delatar y necesito a alguien de confianza para conducir.
—¿Y estos?
Señalo a sus hombres con el pulgar y Mickey sonríe.
—Te dije que era gordo. Todos mis hombres van a estar dando golpes en bancos por toda la ciudad. Pero los números no cuadran y te necesito para completar el equipo.
Miro a mi alrededor alucinado porque aquí hay casi diez tíos, y Mickey suelta una carcajada.
—Solo somos parte de la operación. Hay otro socio que pone a dos hombres más. Golpearemos todos a la vez y los polis no sabrán ni adónde ir primero. Es un asalto a la ciudad en su momento más vulnerable.
Sonríe.
—Nochebuena.
Entiendo por qué me lo está contando: los dos sabemos que ya estoy jodido.
Si no acepto, mi vida será un infierno, y si acepto, formaré parte de su banda para siempre y pasaré el resto de mi vida huyendo.
Seguro que me pillan. Nos pillarán a todos, aunque tarde años, y acabaré viviendo a lo grande en la Costa del Sol con estos como compañeros de piso.
Si digo que no, tampoco es que vaya a tener un final feliz. Viviré con miedo por mi familia, mi negocio y mi vida, y todo porque nadie le dice que no a Mickey Fellows y vive para contarlo.
Lo más sensato ahora mismo es aceptar, así que gruño:
—Lo haré con una condición.
Se le iluminan los ojos y su sonrisa engreída me da ganas de borrársela de la cara de un guantazo.
—Dime tus condiciones.
—Te mantienes alejado de mí. Para siempre.
—¿Eso es todo?
Suelta una carcajada.
—¿Dónde queda la amistad, Charlie? Yo pensaba que éramos colegas del alma.
—Lo digo en serio, Mickey.
Mi tono es tan duro como mi expresión cuando siseo:
—Te mantienes alejado de mi club, de mi familia y de mis negocios. No quiero volver a oír tu nombre y no quiero tu puto dinero.
Me mira con sorpresa. —¿No quieres tu parte?
Se vuelve hacia sus hombres y dice: —Vaya, Charlie debe de odiarme de verdad ahora mismo.
Avanzo lentamente hacia él, me acerco a su cara y le susurro para que solo él me oiga: —Como dijiste, Mickey, cuando la mierda salpica, pasan accidentes. Si por un solo instante creo que estás pensando en echarte atrás de nuestro trato, puede que yo también tenga algunas sorpresas que revelar.
Su gancho de izquierda me alcanza antes de que me dé cuenta de lo que pasa, y cuando me lanza otro de inmediato, caigo de rodillas mientras me llueven golpes con una furia propia de un hombre con más demonios dentro que la mayoría.
De alguna manera, esquivo el siguiente y le barro los pies, y mientras libero a mi propio demonio, Mickey Fellows acaba contra las cuerdas, recibiendo una paliza de muerte a manos de mis puños.
Un disparo me hace apartarme al pasar rozándome la oreja, y al echarme hacia atrás, la sangre me gotea de un corte junto al ojo. Mickey escupe sangre al suelo y gruñe: —Bienvenido a la banda, Charlie. Acepto tus condiciones.
Se dirige hacia las cuerdas, donde uno de sus hombres la mantiene bajada, y luego se vuelve y se ríe en voz baja, con una alegría en el rostro ligeramente inquietante.
—Me caes bien, Charlie Carter, siempre me has caído bien, pero te mataré si te echas atrás en nuestro trato.
—Lo mismo digo, Mickey. —Le hago un saludo y su risa de loco es lo último que se oye mientras reúne a sus hombres y sale al frío aire helado.