CAPÍTULO 16
CHARLIE
Cuando dejé a Tracey esta noche, lo hice a regañadientes. Después de colarnos en la cola con el pretexto de un pedido telefónico que debían haber perdido, volvimos a casa, y ella me estuvo echando la bronca todo el camino.
Me río al recordar su vergüenza cuando fui directo al principio de la cola y le dije al hombre malhumorado de la caja que había hecho un pedido por adelantado y que debía de haber perdido nuestro pedido.
Por suerte, tuvo el buen juicio de no discutir conmigo.
Mi reputación llega incluso hasta Bromley, por lo que parece, y vi cómo se le iba el color de la cara cuando dije en voz alta: —Charlie Carter.
Seguro que recuerdas nuestra conversación.
Nunca en mi vida me han servido cuatro raciones de pescado con patatas tan rápido: el tipo estaba desesperado por quitarme de en medio, y Tracey iba echando humo todo el camino a casa por mi arrogancia.
Sin embargo, para cuando me fui, ya me había ganado su perdón prometiéndole que la recogería mañana para nuestra primera cita.
Ahora se me ha agriado el buen humor de antes porque toca volver al curro y enfrentarme a Mickey y su numerito de mierda de siempre.
Max me está esperando en el apartamento mientras me preparo. Se acerca a la ventana, contempla las brillantes luces de Londres y gruñe:
—La mierda de siempre, Charlie. Por ahí se comenta que Mickey está tramando algo. ¿Te dijo algo la otra noche?
—No.
No digo nada porque cuanto menos sepa Max de Mickey y sus planes, mejor. No queremos vernos metidos en su mierda, e hice bien en mantenerme al margen.
—Me lo dirías si hubiera algo, ¿verdad?
Max se vuelve para mirarme con los ojos entrecerrados y me encojo de hombros.
—Por supuesto.
Sacude la cabeza con irritación.
—Pues a mí no me gusta nada. Ojalá convirtiera ese nuevo club en su guarida en vez del nuestro. Es malo para el negocio, y lo que menos nos hace falta es más mala suerte en ese sentido.
—Yo me encargo de Mickey —digo mientras me pongo la chaqueta y me guardo el móvil en el bolsillo.
—Solo recuerda que no tienes que encargarte de él tú solo —dice, lanzándome una mirada dura.
—Entendido —señalo la puerta con la cabeza—. Deberíamos irnos. Supongo que será otra noche tranquila. Excalibur tiene espectáculo esta noche. Vi los anuncios.
—Odio esto —dice Max cabreado—. ¿Por qué no les hacemos la competencia? Les estamos regalando a nuestros clientes en bandeja de plata.
Me encojo de hombros.
—Ya oíste a Grant. Es una oferta de inauguración. En una semana estarán cobrando de más para compensar, y nosotros habríamos tirado por la borda unos beneficios que nos hacen mucha falta.
—Pues a mí no me gusta. Llamaré a Madelaine a ver si se le ocurre algo para atraer gente.
—Buena suerte con eso.
Sonrío, porque Madelaine Greenway está coladita por Max y se le tiraría encima a la mínima oportunidad. A Max ella solo le resulta irritante, pero siempre quedaba con ella por el bien del negocio.
—A grandes males, grandes remedios, hermano.
Sonríe y añade:
—Puede que deje que Summer se ocupe de ella. Siempre anda pidiendo que la dejemos participar más en el negocio. Esto nos vendría bien a los dos.
—Buena idea.
Me echo a reír imaginando la cara que pondrá Madelaine cuando aparezca Summer en lugar de Max. Puede que hasta compre una entrada para verlo.
Mientras volvemos al trabajo, me mentalizo, porque esta noche podría hacerse muy larga.
—Hola, Charlie.
Mickey sonríe, dejando ver sus dientes torcidos y manchados, y me recorre un escalofrío de asco.
—Haced sitio, chicas.
Ordena, y obedientemente ocupo el asiento frente a él. Al instante se cierran a mi alrededor como un par de esposas.
—Esta noche tengo ganas de desmadrarme.
Anuncia Mickey, y las chicas se ríen como si fuera el puto rey de la comedia.
—¿Has probado el nuevo club, Excalibur? —digo, con la esperanza de que lleve su negocio allí, y me sorprende ver cómo se le endurece la mirada y un gesto de asco le cruza la cara.
—Ni de coña pienso pisar ese sitio.
Escupe.
—¿Por qué no? —pregunto sorprendido.
—Por el puto Grant Bloomfield, por eso.
—¿Qué te ha hecho?
Me sorprende, porque Mickey no es de los que van mostrando sus enemistades tan a las claras.
—No me cae bien, y nunca me ha caído bien.
Se inclina hacia delante.
—¿Te acuerdas de Jack Wilson?
—¿Ese colega tuyo al que metieron en chirona por trapichear el invierno pasado?
—El mismo.
Gruñe.
—Lo delató Grant. Por entonces llevaba un club pequeño en Hackney, llamó a la pasma para denunciar a Jack y les pasó las pruebas de sus cámaras de seguridad. Puto chivato. Lo tengo en el punto de mira.
—Ya veo.
Me pregunto si Mickey sabe que su nuevo mejor amigo Matty es primo de Grant, pero decido callarme.
Mickey se recuesta y me clava una mirada dura.
—Tenemos que hablar en privado.
Se me cae el alma a los pies cuando se levanta y les dice a las mujeres que nos rodean:
—Decidid entre vosotras quién va primero. Nos vemos en la sala privada en quince minutos.
Se marcha y lo sigo, asqueado por cómo trata a las mujeres, a los hombres y a la humanidad en general. Menudo cabrón arrogante.
Volvemos a la sala que reservó y al entrar veo una bandeja de plata con una botella de whisky y dos vasos. Junto a ella hay un látigo y varias rayas de coca. Sonríe.
—Como te dije, esta noche pienso desmadrarme.
Señala con la cabeza un diván contra la pared y nos sirve un whisky a cada uno.
—¿Has reconsiderado mi oferta?
—La respuesta sigue siendo no.
Cojo el whisky.
—Busca a otro.
Se inclina hacia delante con un destello duro en la mirada.
—Quizá deberías reconsiderar esa respuesta, Charlie.
—No veo por qué.
Le sostengo la mirada con la misma dureza y él se recuesta y sonríe.
—Es una pena, porque eres el único tío en el que puedo confiar para que no me delates si la cosa se pone fea. Te necesito, Charlie, y esta es una oportunidad de oro para forrarte, más pasta de la que tu viejo ganó en toda su vida.
—No quiero meterme en esto.
Niego con la cabeza.
—Te deseo lo mejor, pero no es lo mío. No me interesa.
—Tracey Hill.
Se me hiela la sangre en las venas cuando pronuncia el único nombre que podría cambiarlo todo.
—¿Qué pasa con ella?
Finjo indiferencia, pero el corazón me late más rápido que un pura sangre en Ascot.
—He oído que tiene un nuevo ligue.
—¿Y a mí qué?
—digo con cautela, tanteando el terreno, y él se ríe por lo bajo.
—Entonces no te importará que Matty salga con ella unas cuantas veces, que la lleve a pasarlo bien y luego la use para sacarle información.
Juro que podría matarlo con mis propias manos ahora mismo, y él dice con frialdad:
—Trabaja en uno de los bancos que vamos a dar. A Matty le encargamos ligar con ella y ganarse su confianza. Me enteré de que los interrumpiste la otra noche y te largaste en un taxi con ella.
—¿Y qué? Es la prima de Summer. Hice lo correcto, no como tu colega Matty.
Me recuesto como si la conversación me aburriera y Mickey suelta una risita.
—¿Por eso también pasaste la tarde con ella? Déjate de gilipolleces, Charlie, te mola, y eso me pone en un aprieto.
—¿La estáis siguiendo?
Lo miro fijamente y se encoge de hombros.
—Ya te lo dije. Este golpe lo es todo y no dejamos nada al azar. Estamos vigilando a todos nuestros objetivos y, mira tú por dónde, tu amiguita Tracey es cara nueva en Metro Bank y está en el punto de mira.
Se encoge de hombros.
—Son negocios, Charlie. ¿A ti qué más te da?
—Porque mi puta hermanastra es su prima, gilipollas.
Le suelto, y la cara de Mickey se vuelve aún más fea mientras sisea:
—Vuelve a llamarme eso y te arranco la puta lengua.
Voy con pies de plomo con Mickey Fellows, y por muy buenas razones. Está como una cabra y es perfectamente capaz de cumplir su amenaza, así que me echo atrás, pero por dentro estoy que ardo.
—Bueno...
Se bebe otro trago de whisky y le brillan los ojos.
—El trato es este: conduces para mí y elegimos otro banco que dar. A tu novia la dejamos en paz y Matty pasa a otro objetivo. Te llevas el mejor pellizco que vas a ver en tu vida, y aquí no ha pasado nada.
—¿Y si sigo diciendo que no? ¿Qué pasa entonces?
Odio el brillo malvado en sus ojos mientras se encoge de hombros.
—Pues usamos a Tracey para sacarle información y la implicamos en el atraco. Cae como cómplice, o algo peor.
—Peor.
Se me hiela la sangre.
Mickey niega con la cabeza, fingiendo pena.
—Ya sabes cómo van estas cosas, Charlie. A veces hay que coger un rehén y no siempre sobreviven. Sería una pena que le pasara algo a tu chica porque tú no diste la talla. Tú verás.
Señala con la cabeza la coca que hay sobre la mesa cuando unos golpecitos suaves interrumpen el tenso silencio.
—Esa será mi próxima víctima. Quédate si quieres. Hay de sobra para todos.
Me levanto y, sin decir palabra, abro la puerta de un tirón y miro a la fulana con morritos que le espera una buena.
—Buena suerte, guapa, te va a hacer falta.
Cierro de un portazo y noto la rabia a punto de desbordarme. Estoy jodido haga lo que haga, y una vez más, por mi culpa, Tracey está en peligro. Ahora es personal.