CAPÍTULO 17
TRACEY
Nunca creí que podría ser tan feliz después de la desolación que sentí cuando Charlie me dejó. Ahora tengo un brillo interior que se encendió en cuanto confesó lo que sentía por mí.
Cuando me despierto el domingo por la mañana con el tentador aroma a beicon y café, me paro a pensar en lo que pasó ayer.
Es bueno ser su chica, aunque sea por poco tiempo. Saber que estaba a mi lado es algo que me encantaría que fuera permanente. Ningún otro hombre le ha llegado nunca a la suela del zapato a Charlie Carter, y me considero una mujer con mucha suerte.
Cojo el móvil y veo un mensaje de Charlie, y el corazón me da un vuelco.
Buenos días, nena. Espero que hayas dormido bien. Perdona, hay un pequeño cambio de planes. Ven a mi piso en el club. Tenemos que hablar.
No sé muy bien por qué me saltan las alarmas, pero al menos no ha cancelado.
Algo es algo. Me pregunto qué estará pasando, porque conozco a Charlie lo suficiente como para saber que solo se pone serio cuando hay negocios de por medio, y eso me preocupa.
Sé perfectamente en qué andan metidos. Son chicos malos, del tipo violento cuando hace falta.
Su reputación los precede, y no es precisamente buena; mis padres están preocupados por que Summer y yo nos hayamos liado con ellos.
El problema es que tanto Max como Charlie son buenos chicos en el fondo.
Con nosotras y con su familia son unos cachorros.
He conocido a Rose Carter, y está claro que ella es la que manda, y que ponen a la familia por encima de todo.
Su club es una mina de oro, y sus actividades paralelas les ayudan a engordar la cuenta corriente, pero mantienen ese lado del negocio en secreto incluso para Rose.
Sé en qué me estoy metiendo y probablemente soy tonta por creer que son una especie de héroes cuando obviamente no lo son.
Bajo después de ducharme y mamá me mira desde el otro extremo de la cocina con una sonrisa.
—El desayuno está listo. Sírvete té de la tetera. Está recién hecho.
—Me había parecido oler a café.
Asiente.
—Sí. Papá quería, vete tú a saber por qué. La culpa la tiene ese Costa nuevo que han abierto en el centro. Se ha vuelto adicto, pero vamos, que es un timo si quieres mi opinión.
—A todo el mundo le encanta Costa, mamá —sonrío mientras me siento—. Es lo que se lleva ahora.
—Me da igual lo que sea. No hay nada como una buena taza de té, y nada de esas porquerías de hierbas. No sé adónde va a ir a parar el mundo, de verdad que no.
Sacude la cabeza mientras fríe los huevos y la miro con cariño. Mamá todavía lo cocina todo con manteca y odia cualquier cosa sin azúcar o baja en grasa. Solo oír hablar de productos desnatados la saca de quicio, y dudo que vaya a cambiar nunca.
—Bueno, ¿qué planes tienes para hoy? —pregunta mientras me pone delante un plato de beicon, huevos y salchichas con unas tostadas al lado.
—Voy al centro.
—Otra vez —suspira, justo cuando papá entra con el periódico en la mano.
—Voy a tener que decirle algo —gruñe, irritado.
—¿Decirle qué? —pregunta mamá, confundida.
—Es la tercera vez que deja el periódico justo detrás de la verja. Vamos a ver, ¿qué le cuesta abrirla y meterlo por el buzón, que para eso le pagan? En vez de pasar con la bici y tirarlo más o menos por ahí. Ha caído en un charco y ahora no puedo leer las páginas de deportes.
Suspira mientras despliega el periódico sobre la mesa y mamá chilla:
—¡Quita ese trapo asqueroso de mi Cath Kidston!
Él pone los ojos en blanco al oír la mención del mantel de diseño del que mamá está tan orgullosa.
—Se puede limpiar —dice él, desconcertado, y ella le replica—: Me da igual. ¿Por qué no lees los titulares en el móvil como cualquier persona normal hoy en día? Los periódicos son para tirarlos a la basura.
—Prefiero lo de toda la vida. Me encanta pasarme la mañana leyendo el periódico. Ya sabes que es mi único lujo.
—Junto con las carreras de caballos, las quinielas y los dardos en el Chicken and Egg. En serio, Jimmy, eres un dinosaurio.
La cara que pone mi padre me hace soltar una carcajada cuando dice, incrédulo:
—Mira quién fue a hablar: la mujer que pasa los lunes en el bingo, los martes en la peluquería y los jueves en el club de manualidades.
Se le escapa una sonrisa de oreja a oreja y la mira con cariño.
—No te cambiaría nada, cariño, y lo sabes.
Me río para mis adentros mientras ella se sonroja visiblemente y dice, resoplando un poco:
—Con esas ñoñerías te vas a ganar una salchicha extra. Toma, cariño, que aproveche.
Papá me guiña un ojo y, mientras termino de desayunar, solo puedo desear tener algún día un matrimonio tan largo y feliz como el suyo.
Estoy un poco nerviosa mientras me dirijo a la entrada lateral de Honeys. Era un mensaje simple, pero había mucho detrás. Charlie no es de los que hablan. Se guarda todo para sí mismo, y Summer me contó que ni siquiera su familia sabe qué le pasa por la cabeza la mayor parte del tiempo.
Llamo al timbre de su piso y su voz ronca me hace revolotear el estómago cuando contesta con un suave:
—Hola, nena. Sube.
Suena el timbre, la puerta se abre con un clic y entro sin saber muy bien qué me voy a encontrar.
Subo las escaleras y llego arriba un poco sin respiración.
Podría haber cogido el ascensor, pero necesitaba tiempo para prepararme, porque si Charlie va a decirme algo que no me gusta, nunca le daré otra oportunidad.
Hay algo triste en una mujer que vuelve una y otra vez a por más, y nunca quiero estar en esa situación, pero el problema es que, cuando te gusta alguien tanto como me gusta a mí Charlie Carter, tu corazón se convierte en una pobre desgraciada dispuesta a hacer cualquier cosa por un momento más de su tiempo.
Respiro hondo y llamo a su puerta con cautela.
Cuando se abre, noto que algo no va bien.
Charlie tiene un aspecto horrible. Lleva el pelo revuelto y barba de varios días, lo cual no le queda nada mal, siendo sincera.
Es más, solo consigue que resulte aún más atractivo, y vuelvo a respirar hondo porque ¿por qué la vida es tan injusta?
Por las ojeras, parece que no durmió mucho anoche, y su sonrisa vacilante no me tranquiliza sobre lo que está a punto de decirme.
—¿Estás bien, Charlie? —pregunto nerviosa, y él se aparta para dejarme pasar.
—He estado mejor, pero ahora que estás aquí, todo va bien.
Sonríe y abre los brazos. Me refugio en ellos con el corazón desbocado, esperando que esto no sea lo que me temo.
Cierra la puerta de una patada y me abraza tan fuerte que parece querer aplastarme el alma.
Hunde la cara en mi pelo y su corazón late contra el mío mientras murmura con voz ronca:
—Lo siento mucho, Trace.
—¿Por qué? —Mi voz delata el miedo que siento, porque él se aparta, me mira a los ojos y susurra:
—Porque no puedo alejarme de ti.
—No entiendo.
Me roza los labios con los suyos y gime:
—Odio que mi vida te afecte y te arrastre al fango conmigo. Debería dejarlo, liberarte para que encuentres a alguien decente, pero solo pensar en que estés con otro me recuerda lo cabrón egoísta que soy.
Está diciendo todo lo que quiero oír, pero ¿por qué tengo la sensación de que sigue intentando despedirse? Así que le digo, asustada:
—Dímelo sin más, Charlie. Si pasa algo, quiero saberlo. Lo afrontaremos juntos.
Se relaja visiblemente mientras me estrecha contra él y susurra:
—No te merezco.
—Probablemente no —me río bajito mientras me besa la mejilla con una urgencia que no me pasa desapercibida.
—¿Qué ha pasado, cariño? —susurro contra su pecho. Él suspira, se aparta y sonríe con pesar.
—Como te dije en el mensaje, tenemos que hablar. Lo resolveremos. No nos queda otra.
Mientras nos dirigimos al sofá, el corazón me late tan fuerte que temo no llegar. Cuando me acomodo y el brazo de Charlie me rodea el hombro, me preparo para escuchar algo que, estoy convencida, no me va a gustar nada.