CAPÍTULO 2
CHARLIE
Me siento como una mierda. Claro que siempre me siento como una mierda, y el martilleo en mi cabeza me recuerda que anoche me pasé con la bebida, algo que se está convirtiendo en costumbre.
Joder. Necesito poner mi vida en orden porque esto no es normal y voy directo al abismo si sigo bebiendo y tirándome a cualquiera.
Lucho contra la oleada de repulsión cuando recuerdo exactamente lo que pasó anoche y me doy asco. Menos mal que acabé en la cama solo, porque cualquiera de las tres mujeres que se me insinuaron anoche podría estar tumbada a mi lado ahora mismo.
Cuando diriges un club en la capital, las mujeres están garantizadas, y desde luego anoche bebí demasiado para mi salud.
Suena el teléfono y gruño:
—¿Qué?
—No me hables así, joder, pedazo de mierda.
Me incorporo y me paso los dedos por el pelo, intentando que mi voz suene algo más respetuosa.
—Perdona, papá.
—¿Dónde estás?
—En el piso de encima de Honeys.
Suspira con pesadez.
—Necesitas poner tu vida en orden, Charlie. Tu madre me está dando la lata día y noche por ti, y ahora que tu hermano ha sentado la cabeza con Summer, eres lo único en lo que piensa. Ven a cenar esta noche, y ven sobrio.
—Claro.
Bostezo ruidosamente y él ladra:
—Te lo advierto, Charlie. Mantente alejado de Mickey Fellows. Es una mala influencia para ti y no me fío de ese rastrero. Como diría tu madre, tiene ojos de rata, y nunca puedes fiarte de un hombre con ojos de rata.
—Puedo manejar a Mickey Fellows.
Estoy hasta las narices de esta conversación, porque desde que Mickey salió de la cárcel, mis padres no paran de hablar de él.
Sé que están preocupados por mí. Mickey y yo nos conocemos desde hace mucho y somos amigos desde que tengo memoria.
No tienen que recordarme que es una mala influencia.
Lo sé mejor que nadie. Las fulanas que me rodeaban anoche las invitó él al club, y eran del tipo que haría cualquier cosa por vivir del cuento, y me refiero a cualquier cosa.
Papá corta la llamada y me estiro y miro el reloj. Joder, son las nueve de la mañana. Claro que no me acosté hasta las cuatro, así que ni debería plantearme levantarme antes de las doce.
Ahora estoy cabreado, y mientras me tumbo de nuevo en la almohada, cierro los ojos, desesperado por dormir un poco más. Pero es imposible ahora que estoy completamente despierto, así que soltando una maldición, me meto en la ducha e intento despejarme de otra manera.
Me preparo un café y reviso el móvil, ignorando la mayoría de los mensajes de mujeres demasiado ansiosas que me siguen en redes. Mientras sorbo el café, dejo de pasar publicaciones cuando una hace que el corazón casi se me salga del pecho.
Es Tracey, sonriendo a la cámara. Lleva un traje y está tan guapa como siempre. Ha puesto de pie de foto: «¡Nuevo comienzo! Deseadme suerte», y me duele ver la cantidad de comentarios de sus amigos felicitándola y diciéndole que se merece ser feliz.
Miro su imagen como un tonto enamorado. Sus preciosos ojos brillan de felicidad y su pelo suave y liso le cae sobre los hombros como una cortina de seda. Es evidente que está emocionada, y me cabrea no saber por qué.
Leo los comentarios, pero no revelan nada, solo le desean suerte y dicen que es bueno verla feliz.
No puedo llevarles la contraria, porque lo es.
Me encanta verla feliz, y cuando recuerdo lo infeliz que estaba hace unos meses, sé que tomé la decisión correcta.
Está mejor sin mí. Mejor lejos del mundo en el que vivo, y se merece relacionarse con gente respetable que no esté a punto de hacer que la maten, o algo peor.
Suena el teléfono y suspiro.
—Max.
—¿Qué has hecho para cabrear a papá?
—Seguir respirando.
Suspiro y él gruñe:
—Acaba de llamarme para decirme que te meta algo de sentido común en la cabeza. ¿De qué va esto?
—De Mickey Fellows, supongo.
Hay un breve silencio antes de que diga con tono amenazante:
—¿Todavía anda por ahí?
—¿Dónde iba a estar si no? Vive aquí.
—Pero no vive en Honeys —gruñe Max—. No me digas que has estado quedando con él otra vez. Joder, Charlie, ese tío no trae nada bueno.
—¿No lo somos todos? —le recuerdo, y suelta una carcajada.
—Supongo que sí. En fin, pasaré más tarde. Nos vemos en la oficina. Tenemos que hablar de negocios.
—Aquí estaré —digo, intentando sonar más animado.
—Nos vemos a las once —dice rápidamente.
Cuando cuelga, me torturo un poco más y me quedo mirando la foto de Tracey durante lo que parece una eternidad.
No sé cómo pasó, pero acabé pillándome de verdad por esta chica, y era la única persona con la que me veía casándome algún día. Intenté resistirme, pero seguía volviendo a buscarla como un cachorro enamorado. Entonces llegó Mickey Fellows, y en cuanto le echó el ojo, lo supe.
Tracey Hill no pertenece a nuestro mundo, y lo último que iba a permitir era que Mickey Fellows la arruinara a ella también, así que corté por lo sano. Y parece que el único que está pagando las consecuencias soy yo.
Justo después de las once, me dirijo a la oficina de Max y ya me está esperando.
—Tienes una pinta horrible —espeta mientras me dejo caer en la silla de enfrente y me paso los dedos por la barba incipiente.
—No dejes que mamá te vea así. Le dará un ataque al corazón.
—No soy tan estúpido —respondo con un gruñido profundo.
Eso le arranca una risa suave porque ambos sabemos quién manda realmente aquí, y esa persona se llama Rose Carter.
—¿Qué te pasa, Charlie?
Max me observa con atención y gimo. —Anoche me pasé con la bebida y ahora lo estoy pagando —me encojo de hombros—. Pasa.
Max suspira mientras se recuesta. —Escucha, hermano, sé lo que es esto. Este lugar es una trampa de la que es difícil salir. Deberías tomarte unas noches libres, irte a casa un rato y desintoxicarte. No te hace ningún bien.
—Lo dice el hombre que está enamorado y olvida que era igual que yo hace unos meses.
Asiente y veo cómo se le ilumina la cara, lo que me dice inmediatamente en quién está pensando.
—¿Cómo está nuestra preciosa hermanastra? —digo con picardía, y él gruñe—: Joder. Deja de referirte a ella de esa manera.
—¿Qué pasa, hermano? ¿Te pesa la conciencia?
—Charlie... —Max me clava una mirada dura que haría bajar los ojos a cualquier hombre. Yo se la sostengo sin pestañear.
—¿Qué?
—Ya sabes qué. Summer no es de nuestra sangre, así que deja de actuar como si esto fuera una mierda rara cuando no lo es.
—¿Es eso lo que te dices por la noche cuando tú...?
Rápido como un rayo, salta por encima del escritorio, me agarra del cuello, me levanta de la silla y me estampa contra la pared con el puño en alto frente a mi cara.
—Te lo advertí —sisea mientras me empuja con fuerza contra la pared. Yo me limito a reír y suelto en tono desafiante—: Atrévete.
Echa el puño hacia atrás justo cuando se abre la puerta y oímos: —Bájalo, Max. Tenemos asuntos que atender.
Tras lanzarme otra mirada amenazante, mi hermano se aparta mientras Joey niega con la cabeza.
—Quizás algún día los dos maduréis.
Ocupa el asiento que Max dejó libre y nos mira con expresión severa.
—Los ingresos han bajado y quiero saber por qué.
Max suspira exasperado. —He revisado los sistemas y no hay nada que se pueda manipular. Es pura cuestión de afluencia.
—¿Por qué no viene la gente en masa? Es Navidad, por el amor de Dios —dice Joey irritado.
Max se vuelve hacia mí y sonríe. Así, sin más, nuestra pelea queda olvidada y volvemos a ser los críos que compartían dormitorio.
—Sí —digo lentamente—. Creo que Cristo tiene mucho que ver con la Navidad.
—Muy gracioso —dice papá lanzándome una mirada irritada.
—Entonces, ¿alguna idea?
—Ha abierto un club nuevo a la vuelta de la esquina —añado.
—¿Excalibur?
Papá suspira. —Supongo que la novedad basta para despertar la curiosidad de la gente. ¿Qué podemos hacer para que vuelvan?
Estoy demasiado resacoso para una maldita sesión de ideas y suelto con fastidio: —Lo de siempre, supongo. Bailarinas, el DJ de moda y ofertas en las copas.
—¿Es lo mejor que tienes? —Papá niega con la cabeza.
—Lo dejo en vuestras manos y hablaremos de ello en la cena de esta noche. A las seis en punto, y no lleguéis tarde.
Echa la silla hacia atrás. —Voy a llevar a vuestra madre de compras navideñas al centro. Deseadme suerte porque seguro que la voy a necesitar.
Sale pisando fuerte, con aspecto cabreado, y Max frunce el ceño.
—Me lo esperaba. Tiene razón, eso sí. Los ingresos han bajado, y no poco. Tenemos que dedicar más tiempo al negocio y menos a bebernos las ganancias.
Me clava la mirada y me encojo de hombros.
—Por mí, perfecto. Me vendría bien desintoxicarme.
Suelto un resoplido. —Me voy al gimnasio.
No espero su respuesta y salgo de la habitación, odiando que lo primero que me venga a la cabeza sea que necesito una maldita copa.