Ferozmente británico CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

TRACEY

Odio las mañanas. Incluso antes de abrir los ojos, ya sé que hace un frío del demonio. Bien podría ser medianoche porque no entra ni un rayo de luz por las cortinas, lo que engaña a mi cuerpo haciéndole creer que debería seguir durmiendo en lugar de arrastrarme resignada hasta la ducha.

Unos golpecitos suaves en la puerta me arrancan un:

—Pasa, mamá.

Con un suspiro, me incorporo para recibir a la mujer que cada mañana, sin falta, me trae una taza de té junto con el parte del tiempo.

—Buenos días, cariño. Está lloviendo otra vez, aunque parece que despejará a la hora de comer.

Me pasa la taza y sonrío agradecida.

—Gracias.

—Entonces...

Se sienta en el borde de la cama y me mira preocupada.

—¿Estás segura de que esto es lo que quieres?

—¿El té?

Sonrío mientras ella pone los ojos en blanco.

—Ya sabes a qué me refiero. El trabajo. Es que, bueno...

—Bueno, ¿qué, mamá?

Se encoge de hombros.

—Ya sabes, más horas, más lejos de casa, y no por mucho más dinero.

—Ya hemos hablado de esto —digo con paciencia, porque lo último que quiero es disgustar a mi madre, que lo ha pasado muy mal últimamente.

—Es un nuevo comienzo, supongo.

El té está caliente y dulce, y suspiro agradecida.

—Ya sé que es arriesgado, pero necesito darle un giro a mi vida y cambiar un poco las cosas. No podía trabajar en la tienda de ropa para siempre, y trabajar en un banco es un buen paso en mi carrera. Pensé que te alegraría.

—Lo estoy.

Sacude la cabeza.

—Estoy muy orgullosa de ti, cariño. Siempre lo estoy, y tienes razón, trabajar en un banco es un buen trabajo con mucho futuro. Supongo que solo me preocupa que no te guste, y además no está precisamente a la vuelta de la esquina, así que tendrás que madrugar más y volverás más tarde.

—Como la mitad de la población.

Dejo la taza en la mesita de noche y, mientras me estiro, digo con un tono algo más cálido:

—Pues aquí estamos. El primer día del resto de mi vida, y pienso aprovecharlo, mamá. Quiero que papá y tú estéis orgullosos de mí, y este es el primer paso.

—Ya estamos orgullosos de ti, Trace. No podrías decepcionarnos aunque lo intentaras.

Se levanta y me dedica una sonrisa cariñosa.

—Te preparo unos huevos revueltos con tostadas. En diez minutos, ¿vale?

—Gracias, mamá.

Mientras sale para que pueda ir a ducharme, me invade una oleada de cariño hacia mis padres. Siempre quieren lo mejor para mí, y después de estos últimos meses, se merecen un poco de tranquilidad.

Mientras me ducho, mis pensamientos vuelven a la razón por la que cada día me despierto con una losa en el pecho, e intento apartar el recuerdo antes de que me invada.

Charlie Carter.

El único hombre con el que me imagino un futuro y el único hombre al que debería evitar a toda costa.

Guapo, demasiado para su propio bien, y miembro de la infame familia Carter, que gobierna Londres desde su club Honeys.

Gánsteres, por llamarlos de alguna manera.

Delincuentes, sin duda. Brutos, violentos y arrogantes, pero cuando Charlie me dedica esa sonrisa y sus ojos brillan con interés, soy incapaz de negarle nada.

Hubo un tiempo en que pensé que teníamos algo, y entonces él lo cortó de raíz antes de que pudiera florecer. Y para colmo, mi prima está locamente enamorada de su hermano Max, que siente exactamente lo mismo por ella.

Si Charlie me mirara con la mitad de la adoración con la que Max mira a Summer, me moriría de felicidad. Por desgracia, no ha sido así, y tengo que olvidarme de cualquier esperanza en ese sentido y centrarme en mi carrera. El banco.

El desayuno está listo, y en cuanto abro la puerta de la cocina, me envuelve el aroma de las tostadas calientes con mantequilla. El televisor está encendido con las noticias matinales, y oigo al presentador dando la tabarra con la última crisis de una larga lista.

—Maldito gobierno —gruñe mi padre detrás del periódico.

Mamá pone los ojos en blanco mientras nos sirve té a los dos.

—Ahí sentados en su torre de marfil, inventando normas que exprimen hasta la última gota a la gente trabajadora solo para llenarse los bolsillos.

—Jimmy, hoy no, por favor, que es el primer día de Tracey en el banco.

Mamá niega con la cabeza mientras mi padre baja el periódico.

—Estás muy guapa, cariño —dice con una sonrisa mientras me siento, y yo le devuelvo la sonrisa.

—Gracias.

—¿Quieres que te lleve? —pregunta, y aunque es tentador, sé que va en dirección contraria, así que niego con la cabeza.

—No. Tengo que acostumbrarme a coger el tren. Mejor empezar hoy.

—¿Cuánto tardarás?

Se inclina hacia delante y me encojo de hombros mientras corto la tostada.

—Una hora. Cojo el tren hasta Victoria y luego el metro hasta South Kensington.

Mamá sonríe orgullosa.

—Esa es mi niña. Ya no querrás juntarte con gente como nosotros cuando te codees con los ricos y famosos de Kensington.

—Nunca, mamá —me río por lo bajo, porque aunque solo voy a ser una simple cajera, para mamá ya me estoy codeando con la élite.

Como deprisa sin perder de vista el reloj y, después de apurar los restos del té, aparto la silla y digo:

—Debería irme. No quiero llegar tarde el primer día.

Después de volver a mi habitación y lavarme los dientes, cojo el bolso y me pongo el abrigo, con los nervios a flor de piel ante lo desconocido. Por fin, Tracey Hill va a madurar y entrar en el mundo real. Un mundo en el que, desde luego, no hay sitio para gente como los hermanos Carter.