Feral 55 #2
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55 #2

Micah no respondió nada, se limitó a mirar lacónicamente a Remi antes de bajar del Wrangler.

Había decenas de furgonetas desvencijadas, pickups y motos sobre el terraplén.

El cartel de neón azul iluminaba la fría noche de diciembre y los abetos que bordeaban el lugar e indicaban el comienzo del territorio de los Colmilloscuro y los Tierrasangre.

Remi me tomó de la mano y caminamos hacia la entrada. Varios miembros de la manada nos acompañaban, charlando y riendo.

—¿Quieres saber qué pensé de ti cuando te vi en ese taxi?

—Quiero saber qué te pasó en la oreja.

Resopló.

—Tienes las expectativas tan altas que ya no tiene sentido que te lo cuente. Te llevarías un chasco.

—Prueba.

Lo pinché hasta que abrimos la pesada puerta del bar y toda la algarabía se multiplicó por diez. Varias manos se abalanzaron sobre nosotros para meternos y, a partir de ahí, no hubo tiempo para seguir atosigando a mi compañero.

Conocí en persona a Chandra Ruegg, la alfa de la manada de nutrias Ondagua.

Eran fuertes aliados de los Colmilloscuro, compartían tanto relaciones personales como empresariales.

La mujer me abrazó con tanta fuerza que no pude evitar pensar que incluso de situaciones tan horrorosas como las que había provocado Black Edge podían surgir vínculos bonitos.

Silas Marrow no había acudido, pero sí varios miembros de su manada.

Entre ellos, los dos que habían estado apresados en el laboratorio.

Becca y Lester. Ellos y sus familias estaban felices y agradecidos y me llenó de calidez saber que todos habían vuelto a sus hogares.

Becca había llegado en muy malas condiciones, pero su manada y su sanadora habían conseguido estabilizarla y ahora estaba allí, de pie por sí misma y con una cerveza en la mano.

—Gracias por no dejarme allí —me susurró al oído al abrazarme.

La achuché con fuerza, incapaz de responder.

Morgan Holloway me interceptó cuando Remi intentaba hacernos llegar a la barra.

—Tengo buenas noticias. —Tuvo que alzar la voz para hacerse oír por encima de la animada melodía de Take it easy , de los Eagles—. Dentro de poco organizaremos una reunión de Nexo. Vendrá la doctora Walsh.

—¿Qué? —La emoción fluyó por mi cuerpo—. ¿En serio? ¿Podré conocerla?

—Faye, le he hablado de ti. Es ella quien está deseando conocerte.

Madre mía. La doctora Jimena Walsh en persona.

Y más metahumanos.

—¿Sería raro si le pido un autógrafo?

Morgan se echó a reír.

—Qué va, está acostumbrada.

Para cuando por fin pudimos llegar a la barra, donde Landon y cuatro pumas más no daban avío para atender tantas gargantas secas, un hombre de cara campechana me saludó alzando su copa.

—Hola.

—¡Señor Miller!

Abracé al taxista, sorprendida de verlo allí.

—Muchacha... Me han dicho que en realidad te llamas Faye.

Al separarnos, había incomodidad y afecto flotando entre ambos.

—Siento haberle metido en todo esto. —Señalé con torpeza la multitud de cambiaformas que nos rodeaban.

—Si te soy sincero, ha sido emocionante para un hombre que se dedica a conducir a diario por las mismas calles una y otra vez.

Además... —Harry se inclinó hacia mí en actitud confidencial—.

Se ha corrido el rumor de que soy amigo de Callahan y ahora la mayor parte de mis servicios son a morfos depredadores.

Es un buen filón, tengo muchos compañeros que ponen pegas para trasladarlos.

Pagan buenas propinas y mi hijo pequeño irá el año que viene a la universidad, así que. ..

Estaba claro que de cualquier situación se podían sacar beneficios.

Brindé con Remi, nos impidieron irnos a un rincón a enrollarnos, bebí más de la cuenta con Juniper, jugué una partida de dardos sobre los hombros de Micah (no recordaba muy bien el porqué de esa decisión), lloré por estar piripi al recibir una foto de Summer y Amanda pintando el decorado para la fiesta de Navidad del Willa y conseguí que Remi y Lachlan participaran en un concurso de beber cerveza con las jarras más grandes de Landon’s (hubo empate técnico y tuvieron que desempatar los betas, Micah y Roderick; ganó Roderick y fue doloroso presenciarlo).

Los hermanos Willard y Elias contaron hasta cuatro veces la historia de la humana rara que había entrado de sopetón en Landon’s y les había destrozado las pituitarias a todos con perfume barato, y Micah escenificó con bastante dramatismo (la cerveza gigante no le había sentado bien) mi primer día de entrenamiento con él.

Dimos por finalizada la noche alrededor de las cuatro de la mañana.

Para ser mi primera borrachera, me sentía muy orgullosa.

El aire helado de Oregón me abofeteó la cara cuando atravesamos el aparcamiento.

Remi me rodeaba los hombros con un brazo y me estaba susurrando varias ideas muy interesantes para rematar la noche.

Juniper se interpuso en nuestro camino.

—Sí, lo sé, me odiáis. Pero seré breve. Esta mañana he recibido un emailmisterioso .

Y por misterioso quiero decir imposible de rastrear.

—Aquello me hizo pestañear, luchando por prestar atención—.

Contiene todos los archivos de Vireon Corp y Black Edge relacionados con Kanon Minagawa.

Son informes médicos y unos cuantos vídeos.

No los he visto. —Aquello último me lo aclaró de forma suave—. Si quieres, te los paso al pad.

Solo me atreví a asentir. La guardiana me sonrió antes de alejarse.

—Supongo que esto era eso tan importante. ¿Crees que ha sido Vance? —pregunté a Remi.

Asintió sin decir nada.

Al día siguiente, sobria, en nuestro dormitorio y con Remi a mi lado, leí y vi todo lo que quedaba de la mujer que me había traído al mundo. Los registros empezaban con el sello de Vireon Corp en la semana diecisiete de gestación y terminaban bajo la firma de Black Edge.

En los vídeos, descubrí a una Kanon muy distinta de la directora del Hana Atelier.

Aquella mujer delgada y fibrosa famosa por ser estricta (pero justa) tenía una sonrisa enorme mientras veía la ecografía, en la que apenas había borrones blancos y negros.

De fondo se escuchaba un latido apresurado.

Me fijé en todo: la ropa, la postura, el peinado, los anillos en las manos, el hoyuelo en la mejilla.

Cuando le comunicaron que era una niña, cerró los ojos con fuerza y susurró:

—¡ Ureshii 1 9!

Leí cada palabra de sus informes. En ningún momento se hizo referencia a que Kanon poseyera habilidades similares a las mías, y estaba claro que las habrían detectado de ser así.

El corazón me dio un vuelco cuando alrededor del séptimo mes los médicos comunicaron una anomalía en el cerebro del bebé.

Recomendaban internar a la gestante. La orden de hospitalización estaba firmada por VK.

El último reporte era de la semana treinta y nueve y notificaban que el feto estaba listo. No había nada más, excepto un archivo que Juniper había colocado en una carpeta aparte que se llamaba «Certificado de D».

Remi me besó la sien.

—No es necesario, florecilla.

Asentí. Estaba de acuerdo con él. Ya sabía qué había sido de Kanon. De la misma forma que sabía qué le esperaba a Valentin Kovalenko y cambiaba de canal cada vez que empezaban a hablar del caso Black Edge.

Continué navegando entre los mismos archivos, especialmente aquellos que contenían imágenes.

—Juniper está gestionando tus documentos oficiales —murmuró Remi—. Faye Minagawa me parece un nombre precioso.

—Con ese apellido ella consiguió grandes cosas.

—Regresé a la fotografía de Kanon recostada sobre el papel verde de la camilla, con la abultada barriga al aire cubierta de gel y el rostro girado hacia la máquina de ultrasonido—.

Minagawa es recordada como símbolo de elegancia, talento y aprendizaje. Quiero que eso quede intacto, quiero...

Mi compañero adivinó mis intenciones.

—¿Comprar y reabrir el estudio de baile? Lo haremos. —Se inclinó para mirarme, con los ojos verdes reluciendo bajo la suave luz del dormitorio—. Willard y Micah son grandes arquitectos. Juniper lo convertirá en algo vanguardista. Noon... ¿Qué? —Se detuvo al verme sonreír—. ¿Me estoy pasando?

Le rocé los labios con los míos.

—No. Pero creo que te quiero.

Su gesto decayó.

—¿Lo crees? Entonces es que no he hecho bien mi trabajo.

Me empujó contra los almohadones, besándome con fuerza. Sus dedos me toquetearon la cintura y rompí a reír. Dejé a un lado el pad para atacarle las axilas y hacer que el gran jaguar temido por todos soltara un aullido y pegara un salto en la cama.

—Vaya, vaya... Alguien tiene un punto débil.

Se agazapó sobre la cama, atento a mis movimientos como todo un depredador.

—Tú eres mi único punto débil, florecilla. —Cuando lo fulminé con la mirada, sonrió de oreja a oreja—. Y mi mayor fortaleza.

—Más te vale. Ser la debilidad de un tío pasó de moda hace décadas.

Me buscó el cuello, olisqueando y mordisqueando el punto en el que se unía con el hombro.

En lugar de derivar en algo sexual, como ya solía ser normal, el pulso se me fue ralentizando hasta llegar a un ritmo cómodo y estable.

Supe que a él le ocurría lo mismo por la forma en que relajó el cuerpo sobre el mío y me encajó el rostro en el hueco del cuello.

Pesaba una barbaridad, pero amaba la sensación.

Acaricié el borde mellado de su oreja.

—Esto es...

—Sí. ¿Sabes cuánto tiempo llevo sin migrañas?

Esperé a que lo explicara, pero no lo hizo. A veces Remi era rarito.

Nos quedamos allí, abrazados y disfrutando el uno del otro un buen rato.