Feral 55
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Faye

¿Hijos? Bueno, me parece una pregunta demasiado predecible que hacerle a una mujer que pasa los treinta y es exitosa e independiente. ¿No creéis, chicos? No, no tengo planes de ser madre en un futuro inmediato. Pero, si eso sucediera... Sí, por supuesto que le enseñaría a bailar.

Declaraciones a la prensa de K ANON M INAGAWA dos años antes de su muerte

Me deslicé en la bañera caliente y se me escapó un gemido estrangulado.

Micah se había pasado. Por fin había sacado a la luz toda la maldad que escondía dentro, esa manía que intentaba ocultar, y había conseguido que no pudiera mover un párpado sin sentir que se me acalambraba todo el cuerpo.

Malditos fueran él y su rutina de ejercicio «para metahumanas graciositas».

Me dolía desde las pestañas hasta el hueco entre los dedos de los pies.

—Dios... —jadeé.

La puerta del baño se abrió de golpe.

—¿Me llamabas? —Remi deslizó los ojos por el agua, capturando cada gotita adherida a los hombros, clavículas y cuello.

El pelo me colgaba de un extremo de la bañera y los deditos (esos cuyos huecos estaban muriendo) asomaban por el otro.

Había ocupado la bañera de mi antigua habitación porque no me veía capaz de levantar los brazos por encima de la cabeza en la ducha—. Oye, esto se avisa.

—Pensé que estabas liado con la llamada del teniente Reed.

—Le he colgado.

El agua chapoteó cuando me tapé la boca con la mano.

—¿Qué? ¿Tú solito?

— Alguien le sugirió a Cindera que sería superbuena idea tomarse vacaciones.

—Estaba un poquito saturada.

—Le pago generosamente para que eso no le importe.

Lo salpiqué, mojándole los pantalones y haciéndolo reír.

Movió el banquito de madera donde estaban las toallas para sentarse junto al borde.

Cuando empezó a jugar perezosamente con el agua sobre mis pechos, se me entrecortó la respiración.

Se le oscurecieron los ojos y adoptaron el tono de las hojas de los pinos.

Aquello siempre era así.

La intensidad.

La falta de aliento.

El tirón en las entrañas, instándonos a estar juntos.

Y por lo que sabía hasta ese momento de los cambiaformas y sus emparejamientos, no tenía pinta de disminuir con el tiempo. Al contrario.

—Inaya me ha dicho que estás husmeando las webs de distintas universidades.

—Perdona que te lo diga, pero tu manada está llena de cotillas.

Sus nudillos me rozaron los pezones una, dos, tres veces. Estaba haciendo tanta fuerza con las piernas contra la porcelana que un pie se me resbaló y golpeé el grifo sin querer.

—Te lo advertí. Los alfas no tenemos...

—Intimidad, ya. Esto se siente bastante íntimo.

Le cogí la mano y la arrastré por mi abdomen hacia abajo.

.. Hasta el lugar que ya había empezado a palpitar por él.

Adoré que se le ruborizaran las mejillas y que se le escapara una maldición en voz baja.

Me quedaba muchísimo por explorar en el sexo, lo cual era una perspectiva alucinante teniendo a Remi Callahan de compañero, pero cada vez me atraía más la idea de tomar la iniciativa.

Con un jaguar alfa era difícil, sí, pero no imposible.

—Mierda, Faye...

—¿Me puedes hacer un favor?

Tenía esa expresión atormentada que me encantaba.

—Lo que quieras.

—Ponte de pie y bájate los pantalones.

Aunque gruñó, siguió al pie de la letra mis indicaciones. El sonido de la cremallera bajando, con cuidado de no dañar el bulto que ya se apretujaba contra la tela, me llenó de expectación.

—Quería hablar contigo de algo importante.

—Luego.

—Es que...

Su protesta acabó en un siseo cuando lo agarré. No estaba segura de si era normal que me gustara tanto su miembro. Tampoco creía que él se tomara bien que le dijera lo bonito que me parecía. Pero me lo parecía.

Mucho. Con espículas y todo.

Lo acaricié de arriba abajo una sola vez y brotaron a mi paso. Ahora sabía bien para qué servían y me lamentaba por las personas que jamás probarían la eficacia de los extras felinos.

Me puse en pie sin soltarlo y me acerqué para besarlo. Era tan alto que tuvo que agacharse. Me gruñó dentro de la boca y me raspó la lengua con esas otras espículas que también me encantaban.

Vaya, que adoraba cada parte del cuerpo de Remi Callahan.

Con el agua chorreándome por la piel, salí de la bañera y me senté en el borde.

Se me habían olvidado los dolores musculares.

Él y todo lo que me hacía sentir eran la cura perfecta para la mayor parte de mis males, en especial ahora que la vida había empezado a ir cuesta abajo en lugar de cuesta arriba.

Le besé la punta y me agarró un puñado de pelo. Le lancé una mirada de advertencia. No me gustaban los tirones.

—Madre de Dios... —jadeó—. No sabes lo que es verte así... Delante de mí...

Una ardiente e intensa sensación se me alojó en el vientre. Si había algo que superaba mis sentimientos por él, era la certeza de que sentía lo mismo por mí. Que no había una sola discordancia entre ambos, en ningún aspecto.

Lo acogí en mi boca y disfruté su sabor, sus resoplidos, sus movimientos involuntarios.

Colocó el pulgar en el hueco que se me hacía en las mejillas al chupar y me imaginé la clase de pensamientos obscenos y antediluvianos que estaría teniendo en aquel momento.

Fue la primera vez que me dio envidia real no ser telépata.

Cuando succioné con suavidad las espículas de la base, sus rodillas perdieron fuerza y estuvo a punto de caerse y de arrojarme de vuelta a la bañera.

—¡Vaya!

—Esto es... —Sin aliento, me tomó en brazos y estampó la boca contra la mía—. Eres peligrosa. Faye, eres...

Me volví maleable mientras me manipulaba las piernas para que le rodearan la cintura. Al sentir el frío de los azulejos contra la espalda, se me escapó un quejido.

—Te necesito.

—Espera, deja que...

—Remi, te necesito . Ya.

Tenía la fastidiosa costumbre de proporcionarme placer antes de metérmela. Y era genial, sí. La mayor parte de las veces.

Desde luego no lo era cuando sentía aquel batiburrillo de deseo, latidos apresurados y calor.

Noté la presión de su miembro contra mi entrada y se me relajaron los músculos automáticamente.

Nunca había existido ningún problema de compatibilidad entre nuestros cuerpos y me preguntaba si el vínculo también tenía algo que ver.

Porque, incluso sin experiencia, sabía que acostarse con un tío cuarenta centímetros más alto, bien dotado y que pesaba (al menos) el doble solía conllevar ciertos problemas logísticos.

Pero Remi empujó y me la metió de una sola vez. Me estiró hasta el extremo y los dos inhalamos al mismo tiempo.

Nos miramos.

Y supimos que no había palabras para aquella sensación. Iba más allá de lo sexual y de las feromonas, de la biología o la danza de emparejamiento.

—Voy a moverme... —Se apoderó de mi cintura con fuerza, anclándome donde quería—, y ambos nos vamos a correr rápido y fuerte.

Me aferré a sus hombros.

—Me parece la mejor idea del mundo.

Recolocó las piernas y eso, de algún modo, hizo que presionara en mi interior y que se me contrajeran los músculos internos.

—Mieeerda. Por favor, córrete antes que yo —me pidió, mucho menos confiado que antes—. Porque creo que...

Lo besé y sus caderas empezaron a golpear contra las mías.

Cada embestida era gloriosa, cientos de escalofríos me recorrían el cuerpo, hacían que los ojos se me llenaran de lágrimas por el placer y que sintiera la columna rígida.

La sensación de fricción contra sus espículas era increíble y se me escapaba un gemido cada vez que la introducía y llegaba al fondo.

El ruido de nuestra unión hizo eco en el baño y me sentí sofocada, adorada, vacía y llena al mismo tiempo.

Remi no tardó mucho en acelerar sus movimientos y un caleidoscopio de colores estalló tras mis párpados cerrados.

—Voy a... —murmuró con voz ronca.

—Yo también.

Me corrí en pleno remolino de placer, con las piernas temblando y un fogonazo de calor subiéndome por el abdomen, pecho y cuello.

Los movimientos de Remi se volvieron torpes al sentir los apretones de mi interior y juraría que sus espículas crecieron un poco más.

Casi sin querer, le estampé los talones en el trasero para acercarlo más y él me clavó un pelín las garras en la carne de las caderas mientras tenía su propio orgasmo.

Nos quedamos inmóviles, recuperando el aliento e intentando asimilar que aquello fuera tan intenso cada vez . Tal vez incluso un poquito más conforme practicábamos y nos conocíamos mejor.

El éxtasis poscoital fue interrumpido por una llamada.

Tras un suspiro hastiado, Remi salió de mí con mucho cuidado. Comprobó que no me iba a desplomar y sacó el comunicador del bolsillo de los pantalones, que estaban en el suelo.

Respondió con un seco «Qué». Eché un vistazo a la bañera, suspirando de felicidad. Iba a tener que meterme otra vez. Qué dura era mi vida ahora.

—Oye, esto se está convirtiendo en una mala costumbre. Prefiero hablar con tu compañera. Paso. —Los ojos volvieron a oscurecérsele cuando me incliné para abrir el grifo—. Pasamos. Sí, estoy hablando en su nombre.

Le arrebaté el móvil.

—Hola, Lachlan. ¿Esta noche? ¡Claro que sí!

Colgué y me enfrenté a los ojos entrecerrados de Remi.

—Estás tentando a la suerte. ¿Cuánto crees que tardarán los pumas y los osos en acabar a la gresca?

—El tiempo que sus alfas tarden en admitir que se caen bien.

El verde emitió un destello.

—Jamás.

—Por cierto, ¿qué era eso tan importante?

—Me has reestructurado las neuronas con una mamada. Ahora mismo no me acuerdo ni de mi apellido.

—La primera vez que estuve aquí acabé KO por estar desnutrida y medio muerta. La segunda, acabé KO por un implante biohíbrido malvado —comenté alegremente desde el aparcamiento del Landon’s—. Así que a la tercera va la vencida.