Feral Epílogo
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Epílogo

Remi Un año y medio más tarde

–Aquí tienes. Tus chuletas favoritas.

Esperé acuclillado a que el puma se acercara. Había hecho aquello muchas veces a lo largo de los años tras regresar de Nunavut. Sabía si era un día bueno o malo solo echándole un vistazo cuando se acercaba.

Hoy era uno de los buenos. Sus orejas no estaban tensas y su cola se balanceaba con suavidad mientras caminaba hacia mí.

Jason Callahan olisqueó la carne cruda un par de veces antes de acurrucarse en el suelo y empezar a comer. Me senté y apoyé la espalda contra las raíces de una secuoya cercana. Sus ruidos al rasgar la carne y el rumor de un afluente cercano era lo único que se escuchaba por los alrededores.

—Tengo buenas noticias. Hoy ha sido el juicio de Kovalenko.

—Hice una pausa para darle dramatismo—. Perpetua sin posibilidad de libertad condicional.

Se pasará el resto de su vida en una cárcel mucho menos cómoda que su lujosa mansión, lejos de todo lo que lo hacía poderoso e intocable.

Así que... ya está. Hemos hecho justicia por mamá y por el resto de las víctimas.

Mi padre siguió comiendo sin dar señales de haber entendido ninguna de mis palabras.

La primera vez que lo había visitado, tras regresar de Nunavut, había interpretado cualquier gesto deseoso de creer que él seguía ahí, en alguna parte.

Esa esperanza había muerto hacía tiempo, pero me seguía gustando hablar con él de vez en cuando.

Me froté los ojos, limpiando la humedad acumulada, y me aclaré la garganta.

—En fin, supongo que toca celebrarlo. Faye está de vacaciones, por cierto.

Ha terminado su primer año del pregrado de Bioquímica.

Como nos suponíamos todos, es una empollona.

Ella dice que es «el factor asiático». —Sonreí y alcé la vista hacia el dosel de ramas y hojas sobre nuestras cabezas—.

Ha hecho fotocopias de su carné de estudiante.

Todavía flipa cuando ve sus documentos oficiales, ¿sabes?

Sabía que una parte de mi compañera todavía no se creía que fuera una estudiante normal de la Universidad Estatal de Oregón.

Que su nombre, Faye Minagawa, apareciera en un carné de estudiante.

O en un documento de identidad. O en su flamante permiso de conducir (lo que casi había acabado con mi paciencia y con una farola).

Aun así, había seguido el buen consejo de Inaya el año pasado y se había tomado las cosas con calma mientras decidía qué pasos dar a continuación en su vida.

Había tenido meses de tranquilidad y reflexión, algo así como un año sabático posvida traumática, mientras se hacía a la rutina con los Colmilloscuro. Conmigo.

Había resultado tan fácil que a ambos nos acojonaba.

Pero se había tomado su tiempo para elaborar un listado priorizando y admitiendo qué experiencias podían ser de largo plazo.

Como viajar a otro país o restaurar el estudio de baile de su madre.

Que, por cierto, habían comprado misteriosamente durante la subasta de bienes de Valentin Kovalenko, quien había perdido todas sus posesiones al estar condenado a cadena perpetua y no tener herederos ni familia.

Cindera no había tenido tiempo de pujar por él siquiera. Pero al día siguiente le había llegado un misterioso paquete a Faye: los papeles de la propiedad junto con una escueta nota de Silas Marrow: «Gracias».

Pues al parecer ese cabrón sí que sabía ser amigo de alguien cuando le interesaba.

Así que mi compañera se había pasado el último año conociéndose, introduciéndose cada vez más en Nexo y en su labor y acostumbrándose a una vida en la que no tenía que calcular el tiempo, ni echar el cerrojo ni huir de los espejos.

Una vida en la que su mayor problema era lidiar con un jaguar alfa un pelín obsesionado con ella.

Las visiones habían dejado de llegar como ataques que la dejaban desvalida.

Según ella, su psiquis ya no la aporreaba con imágenes de personas en peligro porque ya no sentía que tuviera que pagar por todos a los que no había podido salvar.

Ahora, en cambio, eran escenarios en los que ella tenía todo el control y de los que entraba y salía a voluntad.

Las había terribles y dichosas, y había tenido unas cuantas que solo mostraban fragmentos de vidas cotidianas lejanas.

En todos los casos, ninguna le quitaba el sueño ni la llevaba a acurrucarse en una bañera.

A veces todavía notaba cómo se abstraía. Se le perdía la mirada y me imaginaba los lugares terribles a los que regresaba, las cosas que oía, los rostros que veía.

Yo la esperaba y, al regresar, la besaba en profundidad hasta que el mal sabor desaparecía. Y me sentía profundamente afortunado de poder estar allí para ella.

Algo húmedo me raspó la mano.

Contuve el aliento y me quedé helado mientras mi padre me olisqueaba los dedos. Sus bigotes me hicieron cosquillas en el brazo.

Hacía muchísimo que no se me acercaba tanto. No iba a tentar a la suerte e intentar tocarlo, pero poder verle tan de cerca...

—Te echo mucho de menos —susurré—. A ti y a mamá.

Resopló, se relamió los restos de la comida y luego se alejó perezosamente. Me quedé allí sentado hasta que lo perdí de vista y un rato más, hasta que sus ligeros pasos dejaron de oírse.

Sonreí allí, a solas, antes de marcharme.

Empecé a oír los gritos, las risas y la música conforme me acercaba al lago Mistawa.

Estábamos teniendo unos días de verano espectaculares en Willamette, rozábamos los treinta grados y el pelaje se nos caía a trozos.

La casa estaba llena de pelusas y la pobre Faye había cometido un error de novata al comprar un robot aspiradora.

El chisme había aguantado quince minutos antes de morir con un chisporroteo.

Lo bueno era que Juniper podía aprovechar las piezas para sus cosas.

Dejé atrás los árboles y eché un vistazo a las orillas del lago.

Decenas de miembros estaban pasando la tarde allí.

Saludé a las mellizas y a Johnny, sentados junto con un grupo de su edad.

Summer ya era una aspirante a guardiana y era jodidamente buena.

Lo llevaba en la sangre, como se solía decir.

Amanda Lebow estaba con ellos, contando algo muy animadamente, por lo que deduje que Fabian había puesto tierra de por medio como siempre que la humana remoloneaba por la guarida. Que cada vez era más a menudo.

Charlé brevemente con todos los miembros con los que me fui cruzando mientras rastreaba mi aroma preferido en el mundo. Aquel día el ámbar y el cedro estaban aderezados con un toque de bronceador de coco.

Y, por lo que pude ver por fin, envueltos en un espectacular bikini de flores rosas. Faye estaba con Juniper, ambas debajo de una sombrilla, y escuchaba a mi amiga atentamente.

Ya no me preguntaba si sabía que me estaba acercando a ella o no. Faye siempre me detectaba.

Me miró desde lejos, le murmuró algo a Juniper y se reunió conmigo a medio camino. Se puso de puntillas para darme un suave beso. Tenía la piel caliente y el pelo seco, por lo que todavía no se había bañado.

—¿Cómo ha ido?

Le mostré los nudillos.

—Me ha lamido aquí.

—¿Bromeas? —jadeó. Me agarró la mano y me acarició la muñeca—. Eso es genial, Remi.

—Gracias. ¿Qué tal tu día?

Cada pocas semanas, Faye tenía una salida con Morgan y Juniper.

A veces se sumaban las mellizas si el plan era apto para menores, y a veces se incluían otras hembras de ambas manadas y Lachlan y yo temblábamos por dentro sin saber qué se les ocurriría.

Como lo del club de stripparaoke de Beaverton.

Menos mal que el establecimiento era de Marrow y habíamos recibido una llamadita a tiempo.

—Fructífero.

—Me da miedo preguntar.

—Creo que tenemos peor fama de la que merecemos. Peeero... Tengo una sorpresa para ti.

Lancé miraditas recelosas a mi alrededor. Juniper estaba muy pendiente de nuestra conversación, aunque fingía estar muy concentrada en su pad. Y cada puma con el que crucé miradas (Landon, Inaya, Quinn, Mara, incluso el cabrón de Micah desde el agua) actuaba muy raro.

—Si todo esto es alguna clase de complot...

Mis protestas murieron cuando se dio la vuelta. Le deslicé la mirada con suavidad por la espalda, la curva de las caderas, el bonito trasero y las firmes piernas de bailarina. El bikini dejaba poco a la imaginación e hizo que me entraran ganas de ronronear.

Me crucé de brazos.

—De momento me gusta.

La escuché inspirar hondo. ¿Estaba nerviosa?

Entonces se echó todo el pelo hacia delante y...

Joder. Se me escapó todo el aire de golpe. Faye se quedó quieta mientras examinaba la piel que había dejado a la vista y aquello que esa misma mañana, cuando la había besado antes de irme a una reunión con Cindera, no estaba allí.

Tracé con el dedo las líneas del tatuaje, el semicírculo que ahora había justo debajo de las dos marcas de mordisco.

Cuando hablé, la voz me salió muy ronca.

—Esto es una...

Asintió.

—Tanto la noche que nos conocimos como en el mirador, fue una luna creciente la que me llevó hasta ti.

Sentí que el corazón se me hinchaba tanto tanto tanto que no cabía un solo sentimiento más.

—Faye...

Le besé con suavidad el tatuaje y luego subí para lamer las cicatrices.

Una del momento en el que nos habíamos vinculado para siempre y otra más reciente, de las Navidades pasadas, cuando habíamos reafirmado nuestra decisión de pertenecer el uno al otro.

En algunos puntos las marcas coincidían, pero en otros nuevas incisiones habían creado un símbolo único y nuestro.

Mi lengua raspándole la piel le provocó un estremecimiento.

—¿No se supone que no se puede tomar sol con los tatuajes recién hechos? —murmuré.

—¿A qué te crees que viene la sombrilla?

La abracé unos segundos con una fuerza inusual que le robó el aliento. La solté muy poco a poco, con la nariz pegada a su cuello. Me dio igual la cantidad de chismosos que nos estaban observando y, sin ninguna duda, sacando fotos y vídeos.

—No sé explicar... Hay veces que todavía no me lo creo. Lo que siento cuando estoy contigo.

Se giró sin despegarse de mí.

—Creo que ese es el encanto de esto. Que es algo que no se puede explicar del todo.

Agaché la cabeza hasta que le deposité el más suave de los besos en los labios. Me portaría bien porque teníamos público. Pero cuando volviéramos a casa...

—Gracias por no provocarme orquialgia aquel día —le susurré contra la boca.

Su sonrisa rozó la mía al responder.

—Gracias por no dejarme en el mirador.