51 #2
No sabía qué expresión tenía en ese momento, pero una ligera inquietud rompió su fachada imperturbable.
—No me has dejado más remedio.
Al moverse, me di cuenta de que había acercado la mano libre a la esquina del escritorio mientras enarbolaba el arma con la otra. La apartó y hubo un ruido amortiguado. Como si...
Ah, el botón del pánico.
Contuve el aliento y todo sucedió muy rápido. Con un repiqueteo, mi padre activó el mecanismo secreto de la Makarov y reveló su forma preferida de deshacerse de aquellos a quienes ya no podía controlar.
El cuchillo oculto destelló bajo las luces rojas cuando fue directo a mi corazón.
Mi pecho se sacudió cuando solté todo el aire de golpe, sorprendida.
Un dolor sordo y profundo me invadió.
«Él...
»De verdad lo ha hecho».
Dejé que aquella noción calara mientras veía como su mirada se volvía vidriosa, distante.
Con cuidado, lo agarré de la muñeca y me aparté la punta del cuchillo de la piel.
Lo había detenido justo a tiempo. El metal apenas me había rozado, pero él siempre mantenía la Makarov afilada y lista para usar y una gruesa gota de sangre brotó y manchó el vendaje blanco.
—Tú lo has querido, papa .
Sin dejar de mirarlo, saturé su corteza prefrontal de órdenes absurdas, suprimí el cingulado anterior y activé a tope sus ganglios basales.
No era sencillo de combinar con la anulación del efecto de los sedantes, pero el vómito anterior me había venido bien.
Había expulsado parte de los compuestos. Además, estaba muy cabreada y harta.
Conclusión: convertí a Valentin Kovalenko en una marioneta.
Cinco segundos más tarde, su equipo personal, doce mercenarios armados hasta los dientes, irrumpió en el despacho.
—Duerme un rato —le murmuré a mi padre antes de hacerles frente.
—Llevaré a nuestra nueva mejor amiga arriba —dijo Fabian—. Me gustaría asegurarme de que encuentra un buen asiento en el que esperar su sentencia.
Empujó a la doctora Moreau hacia el ascensor y sonrió cuando la mujer tropezó y se estrelló contra la camilla en la que habían pretendido amarrarlos para tratarlos como mierda.
Vance apenas pestañeó. Tampoco parecía muy afectado por los últimos estertores del científico, que se desangraba a unos metros. Sin duda, aquel tipo había tenido sus propias experiencias brutales.
—Me sorprende que no la matéis aquí mismo.
—Ah, a mí me encantaría. Pero hay otros ante los que debe rendir cuentas: Silas Marrow, Chandra Ruegg, Lachlan Northwood.
Todos están deseando conocerla. Y nadie va a ir a buscarla ni echarla de menos porque lleva muchos años viviendo en Suecia y apenas tiene contacto con su familia, ¿verdad, doctora?
La mujer no contestó, tenía una mueca de rabia y asco mientras se recomponía.
Juniper, que seguía en forma de puma, erizó los bigotes hacia Vance.
—¿Qué quiere?
—Mejor no te lo digo. Síguela hasta Faye y consigue tus pruebas. En cuanto asegure a este bicho, iré a buscar a...
Sus palabras acabaron en un grito ahogado.
Una lanza de dolor le atravesó el cráneo de lado a lado. Le trepanó los tímpanos, haciéndole sentir que estallaban en pedazos, y lo inutilizó completamente. El sonido era... uñas rastrillando una pizarra, un tenedor atravesando un plato, dientes rechinando...
Juniper y él se derrumbaron ante un perplejo Vance.
Todo estaba distorsionado, borroso. La doctora tenía algo oscuro en la mano y echaba a correr. Le pareció que escuchaba gritos y un disparo.
Para colmo, alguien golpeó el botón de emergencias y el pandemónium se desató. Todo se volvió rojo y negro y la señal acústica agravó el daño en los tímpanos.
—Su puta madre —jadeó Fabian.
Eso tenía que ser una de las armas antimorfos.
Se hizo un ovillo, su cuerpo buscando físicamente una forma de huir de algo que no podían ni ver ni tocar. Joder, sentía que un taladro de broca gorda se le había metido por las orejas y estaba perforándole el cerebro, reventándolo desde dentro.
Iba a...
Algo cálido se le posó en la frente y el dolor cesó de golpe.
Abrió los ojos. Vance estaba acuclillado a su lado.
—Ve a por ella, eres más rápido. Le he acertado en la espalda, así que debe estar sangrando —le gruñó—. No te transformes, las armas de Black Edge os afectan más en forma animal.
¿Qué cojones...? Fabian meneó la cabeza y se puso en pie. Se tocó el cuello y le resbalaron los dedos. Le habían sangrado los oídos.
—¿Esa es tu habilidad psíquica? ¿Destaponar oídos?
—Vete a la mierda.
—Me has dicho que vaya a por ella, decídete. —Fabian soltó una risa baja, le revolvió el pelo al tipo y corrió hacia las escaleras de emergencia—. ¡Ayuda a Jun o te arrancará la polla!
Mucho más cabreado de lo que aparentaba, Fabian persiguió a la doctora escaleras arriba.
No solo era fácil seguir el rastro de sangre, sino que la mujer apestaba y no se debía a suciedad ni a elementos externos.
Era algo que a veces sucedía con humanos muy corruptos, con aquellos cuyas mentes se desviaban completamente. Sus aromas naturales se pudrían.
Ravena Moreau había olido a menta en algún momento de su vida. Ahora era una mezcla de moho y pasta de dientes seca. Por él como si quería corretear por todas las instalaciones. A Fabian le encantaba acechar presas.
En uno de los descansillos, el rastro de sangre no seguía escaleras arriba. La doctora había hecho una paradita en el menos dos. Abrió la puerta de emergencias y frenó en seco. Se topó con un grupo entero al fondo de lo que parecía una sala de descanso, entre los sofás y las máquinas de aperitivos.
Siete de ellos eran cambiaformas. Detectó ratas, aves, murciélagos... Y estaban en el suelo, retorciéndose y quejándose. Una muchacha humana estaba intentando ayudarlos. Vestía una bata de laboratorio.
«Esa debe ser Amanda Lebow. Faye los sacó a todos de las celdas».
La compañera de su alfa era extraordinaria.
—¿Estáis bien? —preguntó en voz alta, por encima del ruido de la sirena.
La chica se giró de sopetón hacia él sorprendida. No le veía bien el rostro por el parpadeo de luces rojas que iban y venían.
—¿Eres... un Colmilloscuro?
Fabian asintió.
—¿Qué les pasa?
—Esa doctora de mierda ha venido y los ha apuntado con un aparato y... No sé qué les ha hecho. —Se acercó a él y le señaló hacia la izquierda—. Se ha ido por ahí.
Fabian se quedó sin respiración.
Ahora podía verla mejor.
Contempló un precioso par de ojos del color de la plata en medio de un rostro redondeado y dulce y se quedó.
.. entumecido. Al menos por fuera. Era evidente que la chica había pasado por un auténtico infierno.
Estaba demacrada. No la habían atendido ni aseado.
Su bata estaba salpicada de sangre y, cuando vio los moratones en las muñecas, piernas y clavículas, algo oscuro y ancestral se revolvió en su interior.
Su puma empezó a gruñir.
¿A qué olía? Ella sí que tenía un aroma delicioso.
Olisqueó. Era...
Miel. Miel con una pizca de café.
El olor de las cosas dulces, cálidas, confiables.
—¿Me has oído? ¡Se ha escapado hacia allí! —Amanda Lebow agitó las manos frente a su cara como el señalero de un aeropuerto—. ¿Hola? Ay, Dios, creo que él también se encuentra mal.
Fabian no se encontraba mal.
Estaba completamente jodido.