50 #2
Tragué saliva y me incorporé. La observé bien, anotando su estado físico y mental para no olvidarlo nunca. Ella era una de tantas y yo podría haber acabado así.
—Lo siento, eso no va a pasar. Te va a doler y me vas a odiar, pero te vamos a poner en pie y necesito que hagas el menor ruido posible.
Sus protestas se convirtieron en jadeos ahogados cuando su compañero y otro macho la tomaron de los brazos y la levantaron poco a poco.
—Nos vamos, Becca —le decía el macho rata—. Nos vamos a casa.
Las marcas en el suelo de la celda me indicaron que llevaba mucho tiempo en la misma posición; eché un vistazo a las múltiples bandejas de comida intactas junto a la puerta. Probablemente la habían catalogado como desperdicio y estaban esperando a que muriera sola por no poder alimentarse.
Ni una muerte digna pensaban darle.
Las piernas no la sostenían y parecía a punto de desmayarse, así que la agarré por los pies y, llevándola en volandas, nos movimos en tándem hacia las escaleras.
Vance detuvo la pickup y apagó el motor.
Había tardado casi dos putas horas en hacer un trayecto que debería haber sido de una, a lo sumo.
Los cazadores que lo habían acompañado se habían ido quedando en cada uno de los puntos de control, retirándose conforme superaban etapas.
Para el último tramo ya solo quedaban él, la pickup y la carga.
En uno de los controles, los tipos se habían empeñado en echar un vistazo a la carga porque apenas se creían que hubieran capturado depredadores grandes. Un gilipollas incluso se había sacado un selfi con los cuerpos de Juniper y Fabian de fondo.
Menos mal que nadie había sospechado nada. Y a él le había servido para anotar más lugares y personas relacionadas con todo aquello. La red de Black Edge era gigantesca, una enorme rueda en movimiento con cientos de radios.
Observó la estructura oculta tras un área boscosa.
Una puta granja de avellanos al oeste de Junction City.
Un lugar apartado, anodino y lo bastante común en el Valle como para que no llamara la atención.
Incluso sabiendo que debajo de aquel cobertizo se encontraban las instalaciones secretas que llevaban años buscando, no había un solo elemento que le hiciera sospechar.
Simple y eficaz. Le jodía soberanamente que esos cabrones lo hubieran hecho tan bien.
Fox y él habían barajado que pudiera tratarse de un lugar así, claro. Seguro que las manadas también.
Plantó las botas en la tierra removida. El aire apestaba a amoniaco. Buena tapadera para ocultar el más mínimo rastro para los olfatos cambiaformas.
Vio venir a dos guardias de seguridad armados; ya lo habían interceptado por el comunicador para verificar que tenía permiso para acercarse. Los saludó con la mano y fue hasta el contenedor. Deslizó la cerradura y uno de los guardias siseó.
—¿Qué cojones haces?
—Comprobar que están tiesos —replicó con indiferencia—. ¿O queréis llevaros una sorpresa cuando los entreguemos a la doctora?
El tipo no parecía contento, pero se alejó hacia la parte delantera de la pickup para hablar con su compañero.
Vance comprobó el alrededor sutilmente antes de abrir la puerta.
Metió la mano entre los barrotes, cuya electricidad no había activado, para dar un toquecito a uno de los cuatro pies desnudos que se intuían.
—Preparaos —susurró.
Cerró todo de nuevo y deslizó el rifle que colgaba de su espalda hacia delante.
Tras otra serie de comprobaciones lentas, los guardias le hicieron gestos para que entrara la pickup al cobertizo.
Olía a tierra seca y fertilizantes. Era una estructura amplia y alta, con las vigas de hierro a la vista y un enorme ventilador que agitaba con lentitud el aire viciado.
A un lado descansaban un tractor, un remolque, una sopladora industrial.
.. Máquinas agrícolas que formaban parte del disfraz, así como estanterías metálicas cargadas de bidones, sacos y cajas de herramientas.
Contó un total de seis personas armadas, incluidos los dos guardias.
El único detalle inquietante era una zona del suelo demasiado limpia.
Allí arrastraban cosas pesadas a menudo.
Vance esperó mientras revelaban, oculto tras estanterías, un ascensor blindado.
Tras acercar la pickup marcha atrás, anclaron los garfios a la jaula y la elevaron, sacudiendo sin piedad a sus ocupantes, y la colocaron en el ascensor.
Sus aliados iban a salir de allí con unos cuantos chichones como mínimo.
Los guardias entraron al ascensor y se colocaron a cada lado de la jaula. Las luces frías destacaban muchísimo los cabellos rosas y lilas de los cambiaformas.
Un tipo intentó despacharlo.
—Andando. Has terminado aquí.
Vance no se movió.
—La doctora Moreau quería hablar conmigo.
Todos aquellos capullos se miraron entre sí y Vance disimuló como pudo su impaciencia.
Allí nadie tenía un solo dedo de frente, todos eran marionetas obedientes de gatillo fácil.
Quitando los que tenían permiso para bajar a los niveles inferiores, ¿el resto sabría siquiera lo que ocurría bajo sus pies? Lo dudaba muchísimo.
Uno debió sentirse importante y le dio permiso con un gesto de la barbilla. Vance entró al ascensor y les dio la espalda a todos. Gran parte de su trabajo como infiltrado había consistido en mostrarse estúpido y fácil de vapulear. Y en un nido de víboras nadie adoptaba una posición vulnerable.
Las puertas se abrieron en el menos tres.
Ravena Moreau ya los estaba esperando, acompañada de un solo ayudante (uno solo.
¿Por las horas que eran?) y con dos camillas preparadas.
Absorbió toda la información que pudo del espacio mientras los guardias abrían la jaula y colocaban a los cambiaformas en los camastros, asegurando las bridas de muñecas y tobillos.
Fabian tenía heridas en el torso y el abdomen por la pelea durante la captura, y Juniper estaba llena de sangre seca alrededor de la nariz y la boca.
Él mismo le había propinado el puñetazo.
Justo después de que la cambiaformas le guiñara un ojo.
La doctora tironeó de la melena violeta de Juniper.
—Estos son presumidos —resopló.
Vance fue el único que evitó mirar sus partes pudendas, claro.
Allí había más de uno que, por mucho que fardara de detestar a los cambiaformas y considerara que eran bestias inferiores, se estaba deleitando con los impresionantes físicos de los pumas.
No hubo más remedio que trasladarlos desnudos para que fuera creíble; la mayoría de los morfos que llegaban al laboratorio lo hacían en condiciones similares.
La doctora despachó a los guardias. La mujer prácticamente estaba salivando, deseosa de empezar a trabajar con sus nuevas víctimas.
—Ya podéis iros.
Ninguno protestó. Aquello era rutinario para todos.
Vance observó fijamente la pantalla superior del ascensor.
Menos dos...
Menos uno...
Cero.
Bien, esos guardias ahora eran problema de los pumas y los osos.
Enarboló el rifle y apuntó a la cabeza de la doctora. No dispararía a menos que fuera estrictamente necesario; Fox le había ordenado que dejara los cadáveres a las manadas. Sería más fácil de explicar.
A favor de la mujer debía decir que casi ni se inmutó. Tampoco le sorprendía. Había llegado a conocerla y era una psicópata de manual. Su ayudante, en cambio, entró en pánico rápidamente y retrocedió.
—¿Qué crees que estás haciendo, muchacho?
—No es nada personal, pero quedas detenida.
—No me digas. ¿Y cómo, si me permites la pregunta, piensas detenerme y sacarme de aquí?
La enorme figura de Fabian Mendoza se cernió sobre la espalda de la doctora. Las bridas de su camilla estaban destrozadas. Le pasó un brazo por las clavículas, un abrazo letal, y le murmuró al oído con una sonrisa que hizo destellar sus piercings :
—De eso nos encargamos nosotros, cielo.
El ayudante echó a correr. Una puma de patas rojizas se le lanzó encima y le mordió la yugular, silenciándolo incluso antes de que pudiera emitir un solo sonido.