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Faye
No creo que pueda ir a la noche de pelis, Amy. Salir de noche es complicado para los cachorros Colmilloscuro... Se ponen paranoicos y si tardara medio minuto en contestar al teléfono organizarían una búsqueda rollo SWAT.
Mensaje de S UMMER B ECKER a A MANDA L EBOW , hace seis meses
¡No pasa nada! La próxima lo organizamos de día. Es bonito, ¿sabes? Saber que si algo te pasa tienes a muchísima gente que iría a por ti.
Respuesta de A MANDA L EBOW
Llegar al menos siete y a las celdas de contención había sido fácil.
Un laboratorio secreto tenía muchas particularidades y horrores, pero si sus empleados eran humanos seguía un horario como el resto de las empresas.
El noventa por ciento de la plantilla estaba en ese momento durmiendo y Ravena se había marchado a su despacho.
Había memorizado unas cuantas de las claves de acceso que había captado en las visiones.
Por suerte, las puertas comunes entre pasillos compartían la misma.
Y, también por suerte, el personal de Black Edge estaba tan acostumbrado al hermetismo de las instalaciones que dejaban datos de lo más interesantes apuntados en cualquier lado.
Sabía que esa era toda la suerte que iba a tener aquella noche, sin embargo. No era tonta.
Bajé las escaleras metálicas despacio, el frío del acero mordiéndome los pies descalzos.
El lugar llevaba tantos años funcionando sin problemas que no veían necesario poner guardias a vigilar una zona que, de por sí, era un maldito búnker.
Ninguna de las víctimas había escapado jamás; sus intentos habían resultado en vano y, a lo sumo, habían desencadenado una muerte más temprana.
Localicé el único sensor al principio del pasillo, sobre la escalera.
Juniper me había dado lecciones exprés sobre cómo desactivar los tres tipos de sistemas de vigilancia más comunes para lugares así.
La función de aquel no era grabar imágenes, sino enviar un aviso en caso de que cualquiera de las puertas se abriera.
Corté el cable con el bisturí y luego, controlando mi respiración nerviosa, comprobé las luces sobre las celdas. De los treinta módulos construidos, quince a cada lado, solo ocho tenían el led verde encendido.
Todas contaban con una pequeña caja anclada a la pared, parecida a un buzón.
Saqué el portapapeles que había en la primera de la derecha.
«Halcón peregrino. Macho. Cuarenta y un años».
Había una ranura baja por la que metían la comida y una ventana diminuta de policarbonato para ver el interior.
Una figura estaba encogida contra la pared del fondo, de espaldas.
Cada rincón estaba iluminado por una luz fría que nunca se apagaba; sin ventanas, sin cama ni ningún tipo de comodidad, solo un espacio seguro en el que albergar sujetos.
Frío, impersonal y clínico. Las peores noches de mi vida las había pasado allí.
Comprobé cada una de las celdas mientras la angustia se me alojaba en la base de la garganta.
Ardilla roja, castor norteamericano, liebre de cola blanca, dos ratas, murciélago de herradura del Pacífico.
.. Todos en sus formas humanas. Mientras estuvieran debilitados o heridos, les costaría transformarse y sería más fácil controlarlos.
Me detuve en la celda número doce.
«Mujer humana. Quince años».
Me asomé a la ventana y sí, allí estaba.
Tirada bocarriba, tiritando y llorando, con múltiples vendajes en brazos y piernas y vestida con la bata de laboratorio que ya había visto decenas de veces en la visión.
Seguramente no se había movido del lugar en el que la habían tirado los doctores antes de irse a descansar sin mirar atrás.
Me limpié el sudor de las manos para teclear el código de la celda. Pulsé el botón de acceso y esperé con el corazón en un puño durante lo que me pareció una eternidad y que seguro que solo eran unas décimas de segundo...
Con un chasquido, la puerta de acero macizo se deslizó y se abrió.
Amanda y yo nos miramos. Ambas nos quedamos muy quietas. Verla en persona tras tanto tiempo visitándola donde ninguna éramos reales se sintió ilógico y extraordinario al mismo tiempo.
Era evidente que la muchacha no solo estaba confundida, sino un poco drogada. Sus parpadeos eran lentos y descoordinados. El hematoma en su barbilla parecía amarillo bajo aquella luz tan blanca.
—¿Qué...? —susurró.
—Hola, Amanda. Me llamo Faye. —Entré a la celda despacio, sin movimientos bruscos—. Vengo de parte de Summer. Tu amiga.
El nombre de Summer le inyectó adrenalina, haciéndola reaccionar. Aunque no del modo que yo esperaba. Se encogió en posición fetal y empezaron a escapársele sollozos.
—No... Summer se salvó. Está a salvo.
—Lo está. Con su manada, en su territorio. Pero no ha dejado de pensar en ti y te hemos estado buscando.
—No... No puede ser. No eres real.
El nudo en la garganta se convirtió en un globo al que cada vez insuflaban más y más aire.
Me ardieron los ojos y me tragué un sollozo antes de arrodillarme a su lado.
¿Qué le habrían hecho durante aquellos meses?
¿Hasta dónde habrían ahondado, rascando y rascando en su persona, sus límites, sus emociones?
—Soy real. Muy real. Y he venido a sacarte de aquí.
Me costó mucho traspasar esa barrera de trance tras la que se escondía Amanda. La entendía. Era su lugar seguro y mi presencia lo trastocaba. Pero no teníamos mucho tiempo.
Le sostuve la mano y le di un apretón. Tenía que sentirme. Darse cuenta de que era tan real como ella, la celda que nos rodeaba y el suelo bajo nosotras.
Por fin, la situación se fue asentando. Todo su gesto cambió. La desesperación fue sustituida por el recelo y un pequeño pequeñísimo atisbo de esperanza en el fondo de sus ojos grises.
—¿Quién dices... que eres?
—Faye. La compañera del alfa de los Colmilloscuro. Vamos a sacarte de aquí. —Le sonreí con firmeza. A mí nadie había venido a salvarme, no había tenido esa suerte, pero sería la persona que devolvería la libertad a todos aquellos seres—. Vamos a sacaros a todos.
Después de eso, Amanda se espabiló sorprendentemente rápido y empezó a lanzarme una batería de preguntas.
—Escucha, responderé a todo en cuanto salgamos de aquí, te lo prometo.
Pero no tenemos mucho tiempo. En este momento hay un convoy viniendo hacia el laboratorio con dos miembros de los Colmilloscuro dentro.
Como un huevo de chocolate con la sorpresa en su interior.
—La conduje fuera de la celda, manteniendo un tono de voz bajo y urgente—.
Una vez que lleguen, todo se va a ir a la mierda.
Así que es muy importante que tú y el resto estéis listos para que os saquen de aquí a toda leche.
Y antes de eso necesito conseguir información crucial sobre lo que está ocurriendo aquí, pruebas contundentes, ¿entiendes?
Esa era la idea de dejarme capturar. Liberar a los presos y llegar al ordenador de mi padre para conseguirle a Vance la información que necesitaba antes de que las manadas lo pusieran todo patas arriba y alguien tuviera tiempo de hacer un borrado.
Aunque ni de coña lo entendía del todo, Amanda asintió.
—Creo que sé dónde están algunos despachos.
Claro, ella no tenía ni idea de quién era yo y cuánto tiempo había pasado en aquellas instalaciones.
—No te preocupes. Ayúdame a abrir todas las celdas. —Le dije el código.
Asintió. Cuando me giré, su mano se cerró alrededor de mi muñeca. Tenía los dedos fríos.
—Faye... Gracias. Yo... —Se le llenaron los ojos de lágrimas. Se pasó el dorso de la mano por el rabillo del ojo a toda prisa—. Gracias.
—Gracias a ti por aguantar.
Un profundo malestar cayó sobre mí de golpe.
Una bola de fuego y ácido se abrió paso dolorosamente por mi garganta y apenas tuve tiempo de tropezar hasta un rincón.
Vomité compulsivamente lo poco que había en mi estómago.
Me pregunté si ahí estarían las brochetas que habían hecho los Tierrasangre para la fiesta.
Amanda se arrancó un trozo de bata y me la pasó.
—¿Estás bien?
Respuesta corta: no.
Respuesta larga: al controlar las áreas corticales superiores para evitar que los sedantes hicieran efecto, no conseguía suprimir del todo los reflejos más primitivos como el vómito.
No sin arriesgarme a perder el control general de mi cuerpo.
Mi cerebro estaba luchando con señales contradictorias y la biología era muy difícil de dominar o engañar.
Otro motivo más para no perder tiempo.
Con aquel regusto asqueroso en la boca, asentí.
—Es un efecto secundario. No pasa nada.
Amanda no parecía muy convencida.
—Vale.
Todos los cambiaformas entendieron rápido la situación; algunos estaban despiertos y bastante espabilados y nos habían oído hablar.
La única que me preocupó mucho fue una de las ratas, una hembra de unos cuarenta y cinco años.
Ella y su compañero pertenecían a los Zarpasucia, la manada de Silas Marrow.
—Llevamos casi un año aquí —me contó el macho.
Aunque delgado, tembloroso y torpe, estaba en mejores condiciones que su compañera.
No habían quebrado su espíritu, que era lo más valioso en aquel lugar—.
Llegamos por separado. No nos conocíamos de antes, la manada es muy grande.
Esa puta doctora no ha dejado de intentar que nos. ..
La piel alrededor de sus labios palideció. Horrores sin fin le desfilaron por los ojos oscuros. No tuvo que terminar la frase para que supiera por lo que habían pasado.
—Eh... —Me arrodillé junto a la hembra. Estaba y no estaba. El cuerpo, el rostro, la mirada ... Se encontraba a un suspiro de darse por vencida—. Vamos a llevarte a casa. Solo necesito que hagas un último esfuerzo.
Intentó hablar. El sonido fue tan leve y quejumbroso que tuve que acercarle el oído a los labios para escucharla.
Se me heló el corazón.
—Dejadme... Dejadme aquí.
«Déjame aquí... U os pondré en peligro. No hay... no hay tiempo».