Feral 47
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Remi

Los cambiaformas muy dominantes (especialmente los alfas) mantienen de forma crónicaniveles hormonales muy superioresa los humanos y al resto de su especie. Testosterona, cortisol, catecolaminas... Eso vuelve sus emocionesmás rápidas, más intensas y más físicas.

Un«estallido»ocurre cuando ese sistema, ya forzado, recibe un impacto que lo desborda: dolor extremo, rabia sostenida, amenaza a la manada.

El cerebro racional queda momentáneamente eclipsado por los circuitos más antiguos, los mismos que regulan la respuesta animal de ataque o supervivencia.

No es una decisión. Es unadesconexión funcional.

Del libro Fisiología de los dominantes

–Así que Faye está segura de que ese era el gran misterio tras la puerta —dije.

Me calcé las botas y las até con movimientos bruscos.

A mi alrededor, la primera planta del Centro era un hervidero de guardianes preparándose bajo las órdenes de Micah.

De momento, la única que me importaba era Juniper.

Estaba en el despacho y llevaba más de una hora intentando establecer contacto.

La noche estaba cayendo sobre Willamette y las últimas luces del día se derramaban sobre las cristaleras.

Hacía solo veinticuatro horas estaba en mi casa y Faye me estaba preguntando si lo de compartir cajón para los calcetines era definitivo.

Pensar en ella...

«No caigas de nuevo.

»No puedes permitirte otro estallido».

Por suerte, gracias a eso lo peor de mi ira se había suavizado y mi mente estaba ahora mucho más despejada.

Fabian asintió, completamente vestido de negro y con el llamativo pelo cubierto por un pasamontañas. Lo único que resaltaba de él en ese momento eran los ojos turquesas y los piercings del labio.

—Si me preguntas, tiene sentido.

Tiré con tanta fuerza de las ligas que estuve a punto de partirlas.

—No te he preguntado.

—Tendrías que haberla visto. —Mi guardián, tan temerario como siempre, se dio el lujo de sonreír—. Nos llamó idiotas y nos mangoneó en minutos. Es la digna pareja de un alfa, ¿sabes?

Eso no lo dudaba ni por un instante. Inspiré hondo hondo hondo y me recordé que mi ira no era con Fabian ni con ninguno de mis miembros. Ni siquiera con Faye o la decisión que había tomado.

Mi rabia era porque existieran seres y circunstancias que se atrevieran a separarme de mi compañera.

—Los espíritus siempre son sabios —gruñí—. Recuérdalo cuando sea tu turno.

Fabian fingió un escalofrío.

—No seas mamón. Me queda mucha vida por delante.

—No es una sentencia de muerte, ¿sabes?

—Estáis cayendo como moscas a mi alrededor.

El año pasado fue Riley. ¿Recuerdas a Riley?

Solía ser un tipo divertido. Ya sabes, antes de encontrar a Nadia y que se convirtiera en un muermo.

Luego Quinn, que sigue apestando a feromonas a diario, y ahora tú, que acabas de pasar por un evento canónico que te ha convertido en una criatura terrorífica.

Y mejor no hablemos de... —Bajó la voz y señaló con el pulgar a Micah, que estaba al teléfono al otro lado de la amplia sala—. Un maldito monje de clausura.

Micah tenía sus propios demonios y razones de sobra para no querer intimar con nadie. Remetí los pantalones cargo dentro de las botas antes de ponerme en pie.

—Sabes que en su día tus padres se emparejaron y que gracias a eso estás aquí, ¿no?

—Ahórrate la clase de educación sexual felina. Prefiero seguir entrenando mucho antes del gran partido.

—Gran metáfora. ¿Sabes qué? —Le palmeé el hombro—. Si yo fuera uno de los espíritus y estuviera escuchando en este momento, te escogería a ti para ser el siguiente.

Me apartó de un empujón y escupió al suelo. Fabian era un juerguista redomado y también muy supersticioso. Los Mendoza eran una de las familias más antiguas de la manada y que más respetaban a los espíritus.

—Te detesto, alfa.

La voz de Juniper resonó por el Centro.

—¡Lo tengo!

Nos precipitamos al despacho. La pantalla del pad estaba oscura y borrosa. Apenas se distinguía una silueta masculina sobre un fondo difuso. Dudaría de que aquel fuera Vance de no ser por la voz grave y seca que salió de allí.

—Más vale que sea importante, me pilláis liado.

Planté las manos en el escritorio, cerniéndome sobre el aparato.

—Aceptamos tu propuesta. Colaboraremos contigo para entrar en Black Edge y desmantelarlo todo. Le daremos la cabeza de Kovalenko a tus misteriosos jefes.

Escuchamos su resoplido y movimiento. Unos segundos más tarde la tenue luz de su propio dispositivo, probablemente el móvil, le iluminó un poco la cara. A pesar de que era tan joven como nosotros, parecía tener más arrugas y ojeras que la última vez que lo habíamos visto.

—Bien. ¿Qué os ha hecho...?

—Pero tiene que ser esta noche.

—No. No es el momento adecuado. Dijimos...

—A la mierda lo que dijimos. La tienen. —Me quedé sin aliento al decirlo.

Todavía no lo asumía. Incluso después del estallido, de transitar aquella cólera que me consumía y de hablar con mi círculo.

.. Era como si algo en mi alma no aceptara que ella no estaba allí, conmigo.

Que estaba en manos enemigas y peligrando a cada segundo—.

Tienen a mi compañera. ¿Sabes lo que es eso, joder?

Mi puta vida. Yo no... —Me alejé del escritorio y me pasé las manos por la cara—. No puedo...

Jun me acarició la espalda.

—Rem...

—Necesitáis pruebas irrefutables —gruñí a la pantalla—. Pues Faye está allí ahora mismo, consiguiéndotelas.

Vance soltó una retahíla de insultos que no impresionó a nadie y que a mí me dio esperanzas. Ese tipo se había mostrado consternado por lo sucedido con Amanda Lebow. Independientemente de los objetivos de su organización, tenía conciencia.

—Todavía no soy conductor. No tengo la dirección.

—Eso tiene fácil solución. Dijiste que la doctora Moreau estaba obsesionada con una cosa en concreto.

Vance solo tardó unos segundos en comprenderlo.

—Una pareja depredadora.

Sonreí de forma salvaje.

—Y eso es justo lo que le darás.

Ravena se presionó el canto de la mano contra la frente. Iba a matarla. Si no se callaba la puta boca, iba a matarla y a la mierda todo.

—¡Haz que se calle! —gritó a uno de sus ayudantes.

El hombre, a quien por lo visto no le valían para nada dos títulos y tres másteres, se retorció las manos.

—No podemos drogarla más. Es una humana común, colapsará.

«Colapsará».

«Podría colapsar».

«Doctora, tenemos que parar. El cuerpo está al borde del colapso».

Odiaba esa maldita palabra. Solo era un estorbo en su camino.

¿Por qué tenía que seguir tantas normas morales cuando el objetivo era romper con lo establecido, perseguir algo más grande y puro?

Se encaminó hacia el cubículo donde la niñata no dejaba de berrear.

Había creído que la hija de Kovalenko era una paciente difícil e insoportable, pero resistía casi todas sus pruebas.

Y, tras su estúpido intento de rebelarse, su propio padre la había vuelto a meter en vereda.

Qué satisfacción había sentido al presionar el botón que activaría el implante biohíbrido.

Al menos había tenido sentido aprender a manipular el NeuroTrace.

Kovalenko había intentado recuperar a su retoño por las buenas dos veces y finalmente había puesto en marcha el plan B.

La nueva, sin embargo, no tenía tanta suerte ni era tan fuerte como la hija de Kovalenko. Una huérfana que tan solo era una carga para el Estado, según le habían dicho. Alguien a quien únicamente buscarían unas semanas antes de darla por perdida.

Ordenaría que quemaran su cuerpo. No tenía sentido soltar su cadáver por ahí si no había manadas a las que cabrear.

Entró al cubículo.

—¡No! ¡Por favor! —chillaba la niñata—. ¡Otra vez no! ¡No!

—Cuanto antes dejes de berrear, antes empezaremos y terminaremos. —Se situó a los pies de la mesa de examen—. Y menos daño te haremos, Amanda.

—Prometió lo mismo la última vez. Y usted... ustedes...

—No hago promesas. Afirmo hechos. ¿Quieres que todo acabe rápido? —La doctora la agarró de los tobillos con fuerza—. Obedece.

Estaba tan cabreada que no oyó la puerta abrirse y las voces hasta que la llamaron.

—Doctora Moreau.

Se giró con una mueca feroz. Su malhumor se disipó un poco al encontrarse con uno de los guardias de seguridad.

Le tendió un teléfono.

—Es uno de los cazadores. Dice que es urgente.

Apretó los labios. Más valía que lo fuera.

—Doctora. —La voz seria de Vance se derramó por la línea. Bueno, él siempre estaba así. Como si detestara su propia vida—. Los tenemos. Dos morfos depredadores.

—¿Qué? ¿Qué especie?

—Pumas. Un macho y una hembra. —Donde fuera que se encontrara el cazador, se escuchó un golpe metálico y alguien alzando la voz y dando órdenes—. Nivel de dominancia alto, veintitantos. Sanos y fuertes.

La doctora se paseó sin rumbo extasiada. Abrió en su mente las carpetas que había cerrado creyendo que tendría que esperar mucho más. Era perfecto. Adultos en edad reproductiva.

Vance siguió hablando.

—Pertenecen a los Colmilloscuro. Los pillamos al borde del territorio, distraídos por la danza de apareamiento. —El cazador exhaló un largo suspiro—. Ha habido dos heridos, el macho se mostró especialmente agresivo. Por eso...

Ravena agitó la mano.

—Sí, sí, ahórrate las explicaciones. Buen trabajo. Traedlos inmediatamente al laboratorio.

—Nos daremos toda la prisa que podamos, pero ya conoce el procedimiento. El conductor debe recibir la ubicación y...

—Olvídate de eso. Yo te la daré.

Vance se quedó callado unos segundos estupefacto.

—Doctora, las normas...

—¿Otra vez contradiciéndome? Ya me has oído. Los quiero aquí antes de que anochezca.

Por fin, el muy imbécil recordó quién daba las órdenes.

—Como quiera. En cuanto tenga la dirección nos pondremos en marcha.

Ravena colgó sin molestarse en despedidas. ¡Tenía muchos preparativos que hacer! La unidad de experimentación de los morfos grandes debía revisarse. No se había usado excepto para aquel reno especialmente tozudo que no les había valido para nada.

Nada parecido ocurriría aquella vez. Necesitaba que los pumas le duraran. Y tenía una llamada que hacer.

Su ayudante balbuceó.

—La chica... Son casi las diez de la noche y necesitamos...

—Dejadla. Idos a descansar.

La mente de Ravena ya estaba centrada en las cosas maravillosas que estaban por ocurrir; le importaban una mierda las niñatas humanas, los turnos y las horas de descanso. Había tantas... tantas ideas.

Se marchó hablando en voz baja consigo misma, pero antes hizo una paradita en el cubículo de alta seguridad para observar a su ocupante VIP.

Ella la habría tirado en una de las celdas del menos siete.

Podían disponer de los mismos medios y sin tantos lujos.

La cosa era que, incluso habiendo traicionado a toda su raza, seguía siendo la hija del jefe.

Deslizó el ventanuco de observación y sintió una fiera satisfacción al ver a Faye Kovalenko allí tendida.

Estaba inconsciente y desnuda excepto por las prendas blancas que usaban para no tener que lidiar con genitales y ya le habían administrado el antídoto que revertiría el efecto de la toxina.

Su cuerpo estaba lleno de cables, entre ellos los dos sueros para que no despertara si ellos no lo ordenaban.

Ahora ya no podían fiarse de ella: nunca habían llegado a conocer realmente cómo funcionaba su cerebro mutante.

¿Cuáles serían los planes de Kovalenko para ella?

Si por Ravena fuera, le raparía la cabeza, le pondría unos cuantos electrodos y no perdería un solo instante.

Si por ella fuera...

Sonrió con los labios apretados. Ya daba igual. Estaba a punto de conseguir lo que necesitaba y, entonces, Kovalenko, su hija y las estúpidas normas de aquel lugar dejarían de tener importancia.