Feral 46
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Faye

No tengo interés ni en el matrimonio ni en los hijos. O, mejor dicho: mi gran amor y mi mayor legado siempre han sido el progreso humano.

V ALENTIN K OVALENKO

La agonía lacerante de la toxina estaba regresando cuando los Colmilloscuro me dejaron exactamente donde indicaba la nota: un almacén en desuso en un polígono industrial de Millesburg, pero eso daba un poco igual.

Los mercenarios de mi padre sabían cómo y dónde moverse, y lo importante era que los pumas cumplieran su parte y no dieran un solo paso en falso ni intentaran seguirnos.

Y lo hicieron a pies juntillas.

Transité el dolor mientras me metían en un coche.

Reconocí a varios de aquellos hombres y mujeres: formaban parte del grupo de mayor confianza de mi padre, su equipo personal.

Sabían quién era yo. Los mayores me conocían desde que era adolescente y hasta hacía poco los había liderado Ivan Demidov.

Seguro que ninguno se estaba peleando por ocupar la vacante de secretario teniendo en cuenta el precio que se pagaba por hacer mal el trabajo.

Me acurruqué en los asientos traseros bajo su atenta mirada. Incluso si la toxina no me tuviera con la vista borrosa y llena de náuseas, no estaba en mis planes atacarlos.

Perdí la conciencia un par de veces y el viaje se me hizo corto.

Uno de los mercenarios me tomó en brazos para sacarme del coche y ahora sabía que el olor a amoniaco se debía a los fertilizantes.

Lo peor de todo fue que nadie se molestó en cubrirme los ojos.

Vi el exterior de un cobertizo y, a lo lejos, iluminados levemente por los focos del edificio, hileras e hileras de avellanos.

Micah tenía razón. Y le iba a encantar tenerla.

Y fuera lo que fuera lo que mi padre había planeado para mí, no era relevante seguir ocultándome la tapadera del laboratorio. Estaba claro que Valentin Kovalenko se había cansado de sutilezas.

Entré y salí de la inconsciencia mientras me trasladaban. Una de las veces reconocí el olor a antiséptico y las luces frías del laboratorio. Y aquella voz...

La insufrible voz de la doctora Moreau.

—Avisad al jefe. Querrá...

—No es necesario.

A pesar de la lava ácida que me corría bajo la piel y la sensación de que me estaban apuñalando todos los órganos, la voz y la presencia de mi padre activaron mis instintos. Tensé todos los músculos del cuerpo. Me depositaron en una superficie blanda.

—Lamento que tuviéramos que llegar a esto —murmuró mi padre. Me acarició la frente y la mejilla.

Fui incapaz de replicar; solo se me escapó un sonido estrangulado.

—Sí, dorogaya . Ahora todo está bien. Ya estás a salvo. —Luego levantó la voz—. Ponedle la medicina, ya no es necesario que sufra. Y avisadme cuando complete el tratamiento.

Hubo voces bajas. Luego un pinchazo en el brazo.

Dos.

Tres.

Bueno, alguien estaba un poco paranoico si me inyectaban tantos sedantes.

Remi despertó unas horas más tarde sumido directamente en un estallido. Micah y el resto lo habían supuesto y se habían preparado para ello. Lo rodearon, impidiéndole lanzarse hacia el bosque y empezar a buscar el rastro de Faye como un loco, y lo condujeron al lago Mistawa con calma.

El beta soportó los golpes, gruñidos y arañazos de su alfa.

Todos lo hicieron. Hasta que los niveles de rabia, terror y preocupación de Remi no descendieran un poco, no escucharía a nadie.

No hay nada más peligroso, bestia más ingobernable y salvaje, que un macho al que le han arrebatado a su pareja.

Los gritos ininteligibles de Remi se convirtieron en murmullos al cabo de un par de horas. El agua fría, el viento helado del bosque y la presencia de su círculo fueron actuando sobre él poco a poco.

Al final se rompió con un sollozo que destrozó el corazón de todos los presentes.

Micah lo refugió entre sus brazos y sintió las lágrimas de su mejor amigo deslizándose por el pecho.

Juniper se apretujó por el otro lado y Fabian los contempló con tanta impotencia y pena que parecía que algo se había roto dentro de él también.

Remi deslizó las manos por los hombros de Micah y dejó la cabeza colgando. El agua les llegaba a la cintura. Las lágrimas se espaciaron hasta que ninguna más rompió la superficie del lago. La tormenta había amainado.

Cuando alzó la vista, a Micah lo recorrió un escalofrío involuntario.

Jamás había visto aquella mirada en Remi.

Ni siquiera antes de Nunavut, cuando habían temido perderlo para siempre.

En aquel entonces, la furia había debilitado a su amigo.

Lo había tomado en sus ardientes garras y lo había zarandeado hasta desorientarlo, impidiéndole ver con claridad.

Sin embargo, lo que había en ese momento en el fondo de aquel par de ojos verdes... Esa no era una emoción que gobernaba. Al contrario, había sido domesticada y controlada por completo. Remi era el dueño de cada hilacha de rabia, odio y salvajismo que lo embargaba.

Micah descubrió la verdadera fuerza del vínculo, algo capaz de arrasar civilizaciones enteras.

Se había equivocado por completo. Una compañera nunca sería un problema, nunca era nada más que un manto de bendición y potencia. Convertía a cualquier morfo en un dios.

—No me la van a quitar —susurró Remi, cada palabra una promesa letal.

Micah le rodeó la nuca con la mano y juntó sus frentes.

—No lo permitiremos.