Feral 44 #3
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44 #3

Por segunda vez desde que la conocía, tuve que apartarme para que los dos sanadores se ocuparan de ella. Le rasgaron la ropa con tijeras quirúrgicas para despejarle la espalda y cerré la puerta por respeto, dejando dentro solo a Morgan y Juniper.

Faye ya no estaba desnutrida como cuando la habíamos conocido, pero volver a verla tan vulnerable.

.. La sangre alrededor de los ojos me estaba poniendo de los putos nervios.

Me paseé de un lado a otro por la estrecha habitación mientras Bjorn conectaba sus aparatos portátiles y examinaban a mi compañera.

El pitido de las máquinas y sus susurros se me incrustaron en el cerebro.

Al cabo de unos minutos infernales, Inaya se giró hacia nosotros.

—Es lo que me temía. Hay... hay un segundo implante.

—¿Qué? —exhaló Juniper incrédula.

—Eso es imposible, le hicisteis pruebas.

—Pues ha pasado desapercibido —replicó la sanadora.

Su tono... Estaba enfadada consigo misma. Algo se retorció en mis entrañas ante aquella situación. Llevaba días percibiendo algo raro en Faye...

—¿Cómo lo sabéis ahora?

Bjorn señaló uno de los monitores.

—Estaba oculto en su brazo. Es un implante biohíbrido de arquitectura blanda, por lo que parecía tejido cicatricial.

Fueron listos y lo colocaron en el mismo lugar en el que tuvo otro dispositivo, por eso era indetectable.

En las resonancias y ecos no se ve ningún objeto extraño, solo la irregularidad normal de una vieja herida.

Me acerqué a la mesa con las piernas temblorosas. La piel del brazo de Faye estaba enrojecida y un poco hinchada. Noté que una emoción poderosa, abismal, me subía por la garganta y tuve que tragar con fuerza. Ahora no podía... No podía caer.

Le acaricié el pelo a mi compañera. No estaba del todo despierta ni del todo inconsciente. Soltaba quejidos ocasionales y su cuerpo sufría pequeños espasmos.

—¿Para qué cojones es ese implante? ¿Es otro chip rastreador con mecanismo de autodestrucción?

Bjorn negó.

—No lo creo, no emite señales. Está... Su función es como la de una cápsula médica. —Entumecido, miré al sanador y descubrí lástima, rabia e impotencia en los ojos del oso—. Alguien lo ha activado remotamente para que suelte su contenido. Y... no ha sido hoy.

Parpadeé con furia.

—Olí algo raro en ella hace días. Pero no sabía... Joder. —Me agaché junto a la mesa abrumado. Juniper vino corriendo a mi lado—. ¿Lleva días siendo...? ¿Qué? ¿Envenenada?

—Tendríamos que hacer más pruebas. No es un veneno clásico, sino algún tipo de compuesto modulador. Por lo que veo aquí... —Inaya revisó el pad médico—. Está interfiriendo con su metabolismo.

Clavé la vista en el suelo, concentrado en no desmoronarme allí mismo.

¿Otra vez? ¿Kovalenko manipulaba y torturaba a su hija de nuevo, incluso a distancia?

—¿Eso qué quiere decir? —preguntó Morgan.

—Impide que el cuerpo emplee bien la energía. Faye ha estado comiendo, durmiendo e hidratándose bien, y aun así...

«Aun así, ha enfermado.

»Ha ido desgastándola poco a poco».

Juniper dio una palmada.

—Muy bien, pues a curarla. ¿Cuánto tiempo tenemos para...?

La puerta se abrió de sopetón. Micah apareció en el umbral con expresión grave.

—Dron no autorizado entrando en nuestro espacio aéreo.

Juniper fue hacia él.

—¿Pilotado?

—No. Trae un paquete.

Mis dos guardianes me miraron. Faye enfermaba y acto seguido violaban nuestras fronteras. Eso no podía ser una coincidencia.

—Encargaos —susurré—. Pedid ayuda a Lachlan.

Me quedé con los sanadores, que no dejaban de conectar y desconectar cosas del cuerpo de Faye, y con Morgan. La metahumana abría y cerraba los puños una y otra vez.

—¿Puedes hacer algo? —le pregunté.

—No soy psicomédica. Pero si me permites sondear su mente...

Me puse en pie poco a poco. El entorno se movía raro, con un poco de retardo respecto a mis movimientos. En mi interior, el jaguar estaba destrozándolo todo.

—Claro.

Mientras Inaya extraía sangre para analizarla rápidamente, Morgan miró a Faye fijamente. No sabía si la telepatía de la mujer se sentía como la neuroquinesis de Faye, esos dedos que te manoseaban el interior del cráneo, pero mi compañera no dio muestras de estar siendo contactada mentalmente.

Al terminar, Morgan tragó saliva con fuerza.

—Está aturdida, pero... es consciente. Puedes hablarle, si quieres.

Me quedé sin aliento.

¿Qué le podía decir? Le estaba fallando de nuevo.

—Remi —me llamó Inaya—. Tienes razón. El compuesto lleva días liberándose en el torrente sanguíneo de Faye.

Ha debido mostrar pequeños síntomas que se nos han pasado por alto.

.. probablemente lo hayamos achacado a su adaptación a la enzima y al supuesto resfriado.

Creo que esa es la intención, que el compuesto ataque poco a poco. Acumulándose.

—¿Acumulándose hasta qué ? —rugí—. ¿Cuál es el objetivo?

Inaya apartó la mirada.

Mi corazón se saltó un latido.

La puerta volvió a abrirse. Micah apareció con una caja metálica en las manos. Tenía el tamaño de un botiquín.

—Viene de parte de Kovalenko.

Mientras los sanadores sacaban una ampolla de vidrio con un líquido transparente de su interior, mi beta me tendió una tarjeta. No pude leerla. Las palabras vibraban y se mezclaban unas con otras. Mis sentidos e instintos estaban disparados.

Se la devolví.

—¿Qué dice?

—Es medicina. Paliará sus síntomas unas horas, pero no la curará.

Dice que... —Micah inspiró hondo asqueado—.

Dice que con la cantidad de toxina que tiene ahora mismo en el organismo nada puede sanarla excepto el antídoto que ellos poseen.

Hay instrucciones para llevarla a un punto concreto donde la recogerán.

De nuevo sentí que la habitación daba vueltas. No me di cuenta de que había perdido el equilibrio hasta que me vi sentado en el suelo, con Micah y Fabian sosteniéndome.

Ese cabrón... La quería de vuelta. Sabía que era mi compañera y que no podía verla sufrir. Que haría cualquier cosa...

Cualquier cosa, ¿incluso devolvérsela?

Eso sería despedirme de ella para siempre.

Faye no existía a ojos del público y, aunque denunciara lo sucedido, las autoridades no me creerían.

Nunca lo hacían. Y si actuábamos por nuestra cuenta, ¿a dónde iría a buscarla?

Incluso teniendo una dirección, ¿llegaría a tiempo?

¿Y si Kovalenko prefería matarla, como había hecho con los que se habían interpuesto en su camino hasta ahora, antes que verla con los Colmilloscuro?

—No tenemos tiempo para hacer muchas más pruebas, está en una fase de precolapso —escuché que decía Inaya—. O confiamos en que es medicina o...

—Inyectádsela —murmuré con voz ronca.

Aquello era un chantaje. Kovalenko no montaría todo aquel espectáculo para asesinar a Faye en aquel momento sin más. La necesitaba y quería utilizarla.

El líquido hizo efecto en menos de dos minutos. Las convulsiones cesaron, su gesto se relajó y su respiración se calmó. Cuando sus pestañas aletearon y pude ver su mirada bicolor, pensé que me desmayaría del alivio.

Le enterré la mano en el cabello y la besé en la frente decenas de veces.

—Lo siento, florecilla. Lo siento.

Exhaló un pequeño gemido.

—Qué... tonto eres.

—Estudiad la fórmula —ordené a los sanadores—. Cread más.

—No es... —Bjorn intentó hablar, pero lo corté.

—Iremos administrándosela poco a poco hasta que descubráis el antídoto.

Inaya intentó tocarme.

—Remi.

La esquivé.

—Solo tenemos que ganar el tiempo suficiente hasta que...

— Remi Callahan .

Por primera vez desde que había ascendido a alfa, Inaya hizo uso de su posición de sanadora, de esa excepcional cualidad para velar por el bien de la manada por encima de todo, y los ojos azules le brillaron de una forma casi eléctrica.

Al hablar, su voz contenía una demanda que ni siquiera yo podía cuestionar o negar.

—Escúchame, muchacho. El daño ya está hecho. Tu compañera no sobrevivirá el tiempo suficiente para que estudiemos, repliquemos y apliquemos el antídoto.

Me negué. Busqué a mi beta, a Micah. ¿Qué era aquello en sus ojos? ¿Pena? ¿Por qué? Juniper... también tenía una expresión rara. Y Morgan miraba a Faye con sorpresa.

Me giré hacia mi compañera.

Lágrimas normales creaban surcos pálidos en los restos de sangre seca en sus sienes. No me gustó el rictus de sus labios, como si...

Me arrodillé junto a la mesa y negué con la cabeza.

—No vas a volver allí.

Consiguió estirar una mano para acariciarme la mejilla.

—No lo haré... si me dices qué te pasó en la oreja.

Reí y me acurruqué contra su mano. No me di cuenta de que a mí también se me escapaban lágrimas hasta que noté la humedad entre nuestras pieles.

—Encontraré la forma, Faye.

—Lo sé. —Me trazó el pómulo con el pulgar—. Lo siento.

—¿Por...?

Entonces lo noté. Dedos helados y curiosos toqueteándome el cerebro.

—No —gruñí.

A Faye le temblaron los labios.

—Harás una tontería y no hay tiempo. Lo siento —repitió.

Y lo siguiente no fue una caricia, sino un estallido de dolor que reverberó por cada uno de mis nervios cerebrales, agarrotándome la nuca, la espalda, los brazos y las piernas. Estaba inconsciente antes de desplomarme en el suelo.