44 #2
—Amanda está viva. Y la vamos a encontrar.
Ahora que se había quebrado, parecía que Summer no era capaz de dejar de llorar.
—Fui tan tan egoísta...
—Fuiste una adolescente normal. No permitas que Black Edge y todos esos cabrones te roben una noche más de sueño. Hazme caso, solo les damos más poder. En su lugar, vamos a concentrarnos en lo que realmente importa, ¿vale?
—Yo... lo he estado pensando. Ser cambiaformas no te hace automáticamente invencible, ni todopoderosa como algunos humanos creen. Aquella noche estuve desvalida, no tenía ningún control sobre lo que sucedía. No quiero volver a sentir algo así nunca más y no poder proteger a los que quiero.
—¿Así que...?
—Quiero convertirme en aspirante a guardiana cuando cumpla dieciséis. Soy bastante dominante; mi padre me lo preguntó hace unos meses, pero me pareció raro. Ahora...
—Necesitas fortalecerte y tomar el control. —Por el sonido, imaginé que Faye le estaba frotando la espalda a Summer—. Me parece una idea cojonuda. A mí me han ayudado mucho el entrenamiento y practicar mis habilidades psíquicas.
Las escuchamos arrullarse y consolarse, hasta que Summer sorbió por la nariz y, con un toque de humor en la voz, dijo:
—Me das consejos, pero estoy segura de que tú todavía...
—Sí. Y una parte de mí se sentirá así siempre.
—Hay que aprender a vivir con eso, ¿no?
—Y lo mejor es que cuando Amanda esté de vuelta vas a tener todo el tiempo del mundo para mimarla y ayudarla.
Era una forma suave de decirle que podría resarcirse.
—Eso si quiere seguir siendo mi amiga. Puede que después de esto no quiera tener nada que ver con los cambiaformas.
—Algo me dice que eso no pasará.
—¿Lo has visto en el futuro? —preguntó Summer curiosa.
—No, es que Noon me ha dicho que está coladita por Johnny.
Entonces, ocurrió algo increíble: la risa cristalina de Summer resonó por la terraza y el aire nocturno. Noté cómo las lágrimas de Noon me mojaban la camiseta y el brazo. Su cuerpo temblaba por la fuerza con que intentaba ocultar los sollozos.
—¡Es tan tonto! Le he dicho mil veces que harían una pareja estupenda.
—Ya... ¿Es posible que a Johnny le guste otra persona?
—N-no lo creo.
—Ajá...
—¡Me está dando frío!
—Creía que los cambiaformas aguantaban bien el...
—Voy entrando ya. Ha molado la charla.
Sus voces se internaron en la casa y se alejaron por los pasillos. Noon se apartó y se limpió las mejillas húmedas. Tenía la punta de la nariz enrojecida.
—Creo que has encontrado a la mejor compañera posible —susurró.
Sonreí y la ayudé a ponerse en pie.
—Yo también.
Además, había reafirmado que era buena idea reunirnos en el bar y distraernos un poco. Todos nos lo merecíamos y no significaba que no estuviéramos haciendo nuestro mejor esfuerzo y pensando constantemente en Amanda y el laboratorio.
La figura de Summer apareció en la puerta.
—Puedo olerte a kilómetros, Noon. Sobre todo si lloras como una Magdalena. —Luego me fulminó con la mirada—. No me esperaba esto de ti, alfa.
Estaba empezando a creer que Summer Becker sí que poseía un olfato excepcional.
La reunión con los Tierrasangre en Landon’s... no fue mal. ¿Estaba siendo un maldito caos? Por supuesto. Los osos eran unos folloneros y la mayoría de los felinos nos caracterizábamos por erizarnos con facilidad.
Pese a todo, la fiesta iba bien: Landon no se había visto obligado a salir de detrás de la barra todavía y Faye y Morgan se lo estaban pasando genial.
Juniper y varias hembras jóvenes habían congeniado con osas de su misma edad y estaban en la zona de los dardos.
Su competencia parecía bastante divertida y sana, al contrario que la batalla campal que se estaba dando en la mesa de billar entre los betas de ambas manadas.
—¿Quién les ha dado palos de billar a Micah y Roderick? —se lamentó Quinn, estirándose sobre la barra para robar una botella de whisky.
—Fabian —contestaron Landon y Willard al mismo tiempo.
—Pues claro. Alfa, ¿te vienes al concurso de zarpazos?
Landon lo fulminó con la mirada.
—Espero que eso esté sucediendo fuera de mi establecimiento.
—No te preocupes, ni una sola superficie de este lugar sagrado será profanada —juró Quinn—. ¿Qué me dices, Remi?
—En otra ocasión. Recuerda que los felinos no tenemos nada que demostrar.
El macho me miró como si estuviera loco.
Un gato siempre tenía algo que demostrar.
Apoyado en la barra y con una cerveza fresquita en la mano, escaneé la sala en busca de Faye.
Seguía junto a la vieja gramola, charlando animadamente con Morgan.
Sostenía un plato de cartón con brochetas y verduras asadas, aunque no había comido mucho.
A pesar de que el interior del bar estaba calentito, y más con tantos cambiaformas, Faye no se había quitado la chaqueta.
Se había resfriado tras su charla con Summer en la terraza y anoche había tenido unas décimas de fiebre.
Yo había sugerido cambiar la reunión para otro día, pero ella se había negado en redondo aduciendo que no tenía nada grave y que a todos nos vendría bien aquello.
Muy para mis adentros, era probable que ella y Morgan llevaran razón.
Si mis padres estuvieran allí, estarían contentísimos.
Mi madre siempre había intentado unir más a los Colmilloscuro y los Tierrasangre.
Nunca entendí del todo su interés por los osos, pero empezaba a comprender que los admirara y buscara la cordialidad.
Eché un vistacito a la partida de Micah y Roderick. Decenas de pumas y osos los rodeaban, atentos a cada jugada. No saldrían grandes amistades de allí, a juzgar por las miradas asesinas que se estaban lanzando, pero comer y beber unía a cualquiera. Había algo cotidiano y cálido en todo aquello.
Di un sorbo a la cerveza y pensé en aquella otra noche, meses atrás. Cuando no pude llegar a Landon’s a por mi merecida cerveza porque Willard llamó y dijo que había una humana comportándose de forma sospechosa.
Faye había entrado al bar en muy mal estado, desesperada y poniéndose en riesgo.
Todo para salvar a Summer. Y cuando la había visto en el interior del taxi.
.. Ahora me daba cuenta de que, incluso entonces, algo en mí la había reconocido.
Sin poder olerla, disfrazada e inconsciente, mi jaguar se había sentido fascinado por ella. Igual que a los once años.
«Caminos que confluyen, destinos que se reconocen».
En cierto momento, nuestras miradas se encontraron. Se le iluminaron los ojos. La noté un poco pálida de nuevo, pero intenté no darle demasiada importancia. Ella me lo diría cuando estuviera cansada y quisiera marcharse.
Charlé con Lachlan sobre las noticias de la muerte de Demidov, nuestras pesquisas y la información que nos llegaba de otras manadas.
Con alcohol de por medio y barullo y música de fondo, me encontré cómodo charlando con el oso alfa.
Claro, seguía jodiéndome su olor y que acompañara cada risa con un manotazo en la espalda que me recolocaba los pulmones, pero el tipo era perspicaz (para ser un oso, repito) y coherente.
Incluso así, mi cabeza giraba cada pocos minutos hacia Faye.
Me froté la nuca.
Había algo...
—¿Qué ocurre, muchacho?
Aparté la vista de mi compañera. Lachlan tenía gotitas de cerveza prendidas en la barba.
—¿Qué?
Hizo un gesto hacia la mesa en la que nuestras parejas y otras hembras se habían acomodado.
—No tiene buena cara.
—Está resfriada.
Hizo una mueca. Su gruesa nariz se sacudió un par de veces, olisqueando. El epitelio olfativo de los osos era mucho más amplio que el nuestro: ellos literalmente podían detectar moléculas de olor. Se llevaban el oro en el registro de olores de entre todos los cambiaformas.
Me deslicé al borde del taburete cuando una expresión preocupante cruzó su rostro.
—No huele a enfermedad común —murmuró.
—¿Y a qué cojones huele?
Inaya la había examinado. Había dado fe de que solo se trataba de un resfriado y nuestra sanadora nunca se equivocaba.
—Hay alguien que puede determinarlo mejor. —Lachlan se puso en pie y alzó la voz—. ¿Dónde está Bjorn?
Mientras varios osos señalaban la zona de billar, se produjo un estrépito. Vi una jarra rota en el suelo y a Juniper poniéndose en pie de un salto. Las otras hembras también se estaban moviendo y me taparon la visión unos segundos.
Empecé a atravesar el bar a zancadas.
—¡Remi! —me llamó Juniper.
Me descontrolé y aparté a todos de mi camino sin delicadeza. Faye estaba tendida en el suelo junto a la mesa, entre los cristales rotos, y las palabras de Juniper se perdieron en el gemido ronco que mi compañera exhaló de pronto.
Sentí que el corazón me dejaba de latir. Me abalancé sobre ella justo cuando dos gruesas lágrimas de sangre se le escapaban de las comisuras de los ojos y corrían hacia sus sienes.
—¡Faye! —grité—. ¿Qué le pasa? ¿Qué...?
Todo a mi alrededor fluctuó y empezó a suceder a cámara lenta y rápida al mismo tiempo. Acuné a Faye en los brazos, pero no parecía reaccionar. Los ojos se le abrían y cerraban, derramando sangre que se perdía entre su cabello. Respiraba a trompicones.
Bjorn e Inaya aparecieron segundos más tarde. No intentaron quitármela de los brazos, sabían que eso sería inútil, y se pusieron a trabajar al instante.
—Traedme el equipo del coche —ordenó Bjorn.
Inaya había colocado una mano en el pecho de Faye y tenía los ojos cerrados. Su ceño se fue profundizando al mover las manos, colándolas bajo la ropa de mi compañera, palpando, palpando...
Abrió los ojos de golpe horrorizada.
—No puede ser.
—¿Qué le pasa? —pregunté desesperado.
—Hay que acostarla bocabajo.
Aquello me remontó nuevamente a la noche del mirador.
A Inaya examinándola en los asientos del coche y...
La trasladamos al despacho de Landon, en la parte trasera del bar. La fiesta había terminado y ambas manadas se encontraban en tensión. Despejamos la mesa y coloqué a Faye con todo el cuidado que pude. Se me habían salido las garras y no era capaz de retraerlas.