Feral 43
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Remi

Mi más sincera enhorabuena por el emparejamiento, Faye, estoy muy feliz por ti y por Remi. En cuanto pueda iré en persona a felicitaros y brindaré a vuestra salud. Tal vez para después de Navidades. O para Pascua.

O para cuando el mundo se acabe y las empresas de restauración ecológica dejen de tener sentido y las manadas ya no necesiten portavoces.

E-mail de C INDERA D UNN

Muchísimas gracias, Cindera. Me encantaría brindar contigo. ¿Has pensado en tomarte unas vacaciones o algo así?

Respuesta de F AYE

Tras hacer las llamadas rutinarias a Lachlan, Chandra y Marrow, calmando la sed de venganza de los Tierrasangre, los Ondagua y los Zarpasucia (y lidiando con la mía), fui en busca de mi compañera.

A la que todavía no me podía creer que pudiera llamar así. Que fuera real.

Al pasar por el cubil, me agaché para recoger pequeños trozos de confeti de colores. Seguían apareciendo por todas partes. Fabian y sus putas ideas.

Froté el pequeño papel entre los dedos, sonriendo para mí mismo.

Sí, me había emparejado con Faye Kovalenko y toda la manada lo había celebrado.

La habían aceptado como pareja del alfa sin cuestionarlo, solo confiando en la decisión de los espíritus y en mis instintos.

La protegerían con su propia vida si fuera necesario y no dudaba de que Faye haría lo mismo a la inversa.

Ahora que éramos pareja, notaba su peculiar energía enhebrándose tímidamente con la de mis miembros.

Con Jun, Micah, Fab, Inaya, las mellizas. ..

Con la más absoluta paz envolviéndome el alma, rastreé su aroma hasta el estudio de ballet . No estaba sola, claro.

Mientras ella ejecutaba sus ejercicios con movimientos fluidos y elegantes, Noon tocaba con esmero su chelo desde el rincón y Summer estaba en el suelo a su lado, garabateando en una libreta con los cascos puestos.

Johnny se había tirado bocabajo sobre un popurrí de cojines un poco más allá, seguramente exhausto tras su entrenamiento con Micah.

La manada rara vez le daba un respiro y, de momento, todavía no la había visto quejarse.

Era como si cada interacción, cada rato en compañía, la fortaleciera.

Tal vez se debía a lo solitaria que había sido su vida hasta aquel momento.

Para nosotros, los cambiaformas criados en manadas, la necesidad de estar juntos a veces se volvía sofocante.

Éramos mucho más sociales que nuestros congéneres animales; yo, sin ir más lejos, no tenía los instintos naturales de los jaguares, que preferían vivir solos en territorios gigantescos.

Pero, incluso así, a veces sentía el impulso de rugir para que todos dieran un paso atrás.

Faye no.

Ella... se iluminaba más y más con cada persona que la rodeaba. Como si aquella fuera su fuente de alimentación y hubiera pasado mucho tiempo desconectada.

Me había percibido incluso antes de aparecer en la puerta, como siempre, pero terminó su rutina de baile y luego vino a darme un beso.

La estreché entre los brazos con codicia.

Transpirada y con su atuendo de bailarina me resultaba irresistible.

Incluso si ella creía que era porque tenía alguna clase de fetichismo con el ballet .

Mi fetiche era ella. Entera. De cualquier manera y en cualquier estilo.

Le rocé la nariz con la mía y eché un vistacito a los cachorros.

—No es el lugar íntimo para que pudieras bailar que imaginaba.

—Ni yo. —Sonrió ampliamente—. Pero me gusta.

Resoplé y la besé de nuevo. Aunque nuestro periodo de vinculación no había sido el convencional, todavía podía sentir sus coletazos.

Había emparejamientos que tardaban meses en afianzarse.

No me extrañaba que me sucediera con Faye.

Ella me atraía a tantos niveles que lo físico era solo una pequeña parte del conjunto.

De pronto, el cuerpo de Faye se volvió más rígido entre mis brazos. Noté su peso. Se le habían debilitado las rodillas.

—Uy —susurró.

—¿Estás bien? —Me aparté para mirarla.

—Sí, solo... —Me apoyó la mano en el pecho y sacudió con suavidad la cabeza. La melodía del chelo se detuvo y tres cabezas se giraron hacia nosotros desde el rincón—. Me he mareado un poco. Creo que no he comido lo suficiente antes de empezar a bailar.

El jaguar rugió al instante, pero lo acallé. Una hembra desalimentada era una deshonra para cualquier macho y sabía que Faye me mandaría a la mierda si se lo decía.

—Vamos. Hay chutes de vitaminas en la nevera.

Inaya siempre dejaba reconstituyentes de emergencia preparados.

Lancé una miradita a los cachorros por encima de la cabeza de Faye.

«Quedaos ahí». Tomé a mi compañera en brazos, a pesar de sus protestas, y me aseguré con mucho cuidado de que se tomaba todo el jugo.

Comprobé sus movimientos y pupilas. Algo no me cuadraba.

Mientras continuaba sorbiendo de la pajita, le enterré la nariz en el cuello e inspiré en profundidad. Era su aroma, sí, pero...

Había algo más.

¿Tal vez se debía a la vinculación? Las parejas veían sus olores ligeramente modificados. El mordisco y la enzima producían cambios a nivel celular. Y, siendo ella metahumana, ya suponíamos que todo podía ser un poco diferente.

Aun así...

No me calmé hasta que Faye me agarró de la pechera de la camisa y me llevó a un recodo del pasillo, junto a la cocina, y empezó a besarme.

Levanté una mano para acunarle el pecho, claro; era un movimiento instintivo, pero continué preocupado un rato más.

—No puedes olvidarte de comer antes de...

Me acalló con más besos y con toquecitos ligeros, pequeños roces de los dedos que me fueron bajando por el torso, se colaron bajo mi camiseta y me rascaron los abdominales.

La manera en que se movía, su respiración, su aroma envolviéndome.

.. Había momentos en los que me preguntaba por qué había tardado veinticinco años en tenerla a mi lado.

Pequeños instantes en los que la miraba, sin aliento, y no entendía mi suerte y mi destino.

Y acababa por importarme una mierda, porque ya era mía y lo sería para siempre.

Nos besamos como adolescentes allí mismo, sabiendo que en cualquier momento podía aparecer un miembro de la manada.

Podría emitir más feromonas si me concentrara, pero desde que el vínculo se había sellado el instinto primario se había calmado.

Para mi subconsciente primitivo ya no existía la posibilidad de que otros machos me la robaran.

Y la parte exhibicionista del jaguar se vanagloriaba mucho de que cualquiera pudiera descubrirnos y ser testigo de lo mucho que ella me deseaba.

Del estado de apetito y necesidad al que la podía llevar.

La parte racional sabía que eso no ocurriría. Más allá de las feromonas o el petricor, la peste a sexo y deseo espantaba a cualquier gato con dos dedos de frente.

Pero imaginarlo...

Me crecieron los incisivos sin querer y Faye se dio cuenta. Lamió uno con cuidado y sonrió.

—¿Pensamientos antediluvianos de nuevo?

—Ni te lo imaginas.

—Bueno, creo que me hago una idea. Te pone muy bestia pensar que me tienes aquí, a tu merced, y que cualquiera podría vernos y oler mi excitación, y tú podrías relamerte los bigotes como un presuntuoso porque me vuelves loca, demostrando a todos lo buen compañero que eres y cómo me complaces. —Me quedé muy quieto—. ¿A que sí?

Gruñí y la besé con fuerza. La mordisqueé y lamí con más brusquedad de lo normal y, cuando llegué a su cuello, chupé con fuerza .

Su risa acabó en un gemido alto que debía haberse oído en toda la casa.

Le acaricié y moldeé los pechos, la curva de la cintura, el culo y, para cuando llegué a la entrepierna, mi compañera no paraba de retorcerse y mascullar.

—Puedes pedírmelo.

—¿Qué?

—Que te lama justo aquí, en el pasillo.

—Remi...

—Pídemelo, florecilla. No hay nada que me apetezca más.

Dudó, pero no porque no supiera cómo rechazarme . Y yo me di cuenta.

Me arrodillé frente a ella, ignorando la erección dura como una piedra que me presionaba los pantalones.

Tiré de los bordes de su maillot y este se desprendió con un rasguido.

No había pretendido rompérselo, pero mis garras.

.. Aunque, a juzgar por la expresión sonrojada de Faye, no le importaba lo más mínimo.

Me coloqué una de sus piernas sobre el hombro, abriéndola.

—¿Alguna vez has oído eso de que a los gatos nos encanta lamer?

Echó la cabeza hacia atrás, contra los paneles de madera.

—Ahí está.

Sonreí con suficiencia. Al parecer, Faye adoraba y odiaba al mismo tiempo que dijera cosas durante el sexo.

Tras hacer a un lado sus braguitas, inspiré hondo y dejé que el delicioso aroma de mi hembra excitada viajara por todo mi cuerpo. Era deliciosa y tan bonita que se me hacía la boca agua. Me mordí el labio inferior cuando sacudió un poco las caderas.

—No... No lo mires tanto.

—¿Por qué?

—Pensé que... —Echó un vistazo hacia el pasillo, de momento vacío.

—Ah, creíste que sería algo rápido y torpe porque estamos a la vista, ¿no? —Chasqueé la lengua y, como estaba tan cerca de su centro, lo notó y se le escapó un sonidito estrangulado—. Dime una sola vez que no me haya tomado las cosas con calma contigo.

Tras unos instantes, me devolvió la mirada, desafiante.

—Aquel día, en la ducha, me masturbaste como si te fuera la vida en ello.

Sonreí e incliné la cabeza hacia un lado, concediéndoselo. Había estado tan obsesionado con servirle y castigarme que solo me había concentrado en llevarla al clímax rápido para distraerla.

—Entonces, ¿eso es lo que quieres? ¿Un revolcón?

No me contestó. Se quedó con la boca entreabierta, mirándome...

Así que sí, mi hembra quería algo sucio y rápido.

Me relamí los labios.

—Bien.

Noté una ligera dilatación en sus pupilas antes de inclinarla hacia delante para enterrarle el rostro entre las piernas y...

Alguien patinó al doblar la esquina.