Feral 42 #3
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42 #3

En lugar de contestarme, se transformó. Todas mis protestas murieron. Nunca me cansaría de verlo en su forma animal. Remi como humano era impresionante, pero como jaguar conectaba con otras partes de mí. En especial con la niña que lo había esperado junto a la estatua de Perún.

Acomodó la cabeza en mi regazo y deslicé los dedos por el espacio entre sus orejas. Tenía el tacto del terciopelo caliente. Automáticamente empezó a ronronear, haciéndome sonreír.

Acaricié el borde mellado de la oreja.

—Pórtate bien.

Cerré los ojos y me concentré en respirar de nuevo.

No sabía qué haría el día que pensara en Amanda Lebow y la visión no llegara, y me quedara sin opciones para saber si seguía viva y si todavía teníamos tiempo.

Los Colmilloscuro habían emprendido pequeñas infiltraciones en las granjas del Valle, comprobando las localizaciones seleccionadas por Micah con mucho cuidado.

No podían hacer saltar las alarmas de Black Edge.

Si resultaba que teníamos razón y el laboratorio estaba por esa zona, pondrían pies en polvorosa en cuanto les llegara la noticia de que los estaban buscando.

No sería fácil trasladar unas instalaciones de ese calibre, pero estaba segura de que contaban con planes de emergencias y que lo primero que harían sería borrar cualquier registro que nos pudiera ser útil.

Y yo no dejaba de pensar que Vance y su organización secreta tenían razón. Desmantelar el laboratorio sin poder acusar a mi padre sería un gran error.

Suspiré y aparté aquellos pensamientos. Paso a paso. Cruzando puentes cuando llegáramos a ellos y todas esas cosas que Inaya solía decir.

Con el ronroneo de Remi vibrando a través de mi cuerpo, cerré los ojos y pensé en Amanda Lebow.

Cuando apareció en la camilla, sentí alivio y remordimiento mezclados. Su futuro seguía siendo el mismo, pero seguía viva. Eso era lo importante. La escena se desarrolló como siempre, aunque había algo distinto. Algo que me costó un poco descubrir.

Por encima de todo, del ruido, los olores y las sensaciones, todavía podía sentir el ronroneo de Remi.

Eso hizo clic en mi cerebro.

Bajé la vista y no vi nada. No me vi el pecho ni las piernas. Al girar hacia los paneles de metacrilato que rodeaban aquel cubículo, solo pude encontrar los reflejos de los científicos.

«No estoy aquí.

»Todo está en mi mente.

»Soy dueña de mí misma».

Anonadada, vi nuevamente como el rostro picado por la viruela de la doctora Moreau se arrugaba al tomar el teléfono que le tendía el guardia de seguridad. Segundos más tarde abandonó el cubículo.

De nuevo, sentí el impulso de seguirla... y lo hice.

Y aquella vez, no me pareció que estuviera yendo a contracorriente. Fue muchísimo más fácil ir tras ella, dejar atrás el cubículo y a la pobre Amanda y regresar a las conocidas instalaciones del nivel menos tres.

Mientras la doctora escuchaba lo que fuera que le estaban comunicando por teléfono, miré alrededor. Reconocí cada mesa, vitrina, armario y pasillo. Cuando mi cuerpo quiso entrar en pánico por costumbre, porque asociaba todo aquel entorno con dolor y soledad, se lo impedí.

«Todo está en mi mente».

Vi a Ravena agitar la mano en el aire.

—Sí, sí, ahórrate las explicaciones. Buen trabajo. Traedlos inmediatamente al laboratorio. —Hizo una pausa—. Olvídate de eso. Yo te la daré. —Tras unos segundos, apretó la mandíbula con fuerza—. ¿Otra vez contradiciéndome? Ya me has oído. Los quiero aquí antes de que anochezca.

Nuevas víctimas.

El laboratorio seguía sumando cambiaformas para sus experimentos, lo cual no era ninguna sorpresa.

Pero la expresión de Moreau me inquietó. El brillo en sus ojos era espeluznante.

Uno de sus ayudantes se acercó con cuidado.

—La chica... Son casi las diez de la noche y necesitamos...

La mujer ni lo miró.

—Dejadla. Idos a descansar.

Exhalé un suspiro de alivio. Amanda iba a tener un pequeño respiro, al menos.

Seguí a la doctora hacia el área más allá de los boxes y salas quirúrgicas. Para mi sorpresa, se detuvo junto a un cubículo de alta seguridad. Estaban diseñados para albergar especies muy peligrosas mientras se trabajaba con ellas, minimizando el riesgo de daños y fugas.

Moreau abrió el ventanuco de observación. Intenté captar algo, pero ella ocupaba casi todo el espacio. Solo vi el extremo de una camilla y decenas de aparatos parpadeando. Quien quiera que estuviera allí estaba fuertemente vigilado y...

Un fogonazo de dolor agudo me atacó el cráneo. Aparté la mirada del ventanuco. Tenía una sensación muy rara. Algo que nunca antes había experimentado durante las visiones.

La sonrisa que esbozó Moreau entonces... Un escalofrío involuntario me recorrió, erizando mi cuerpo real y haciendo que el ronroneo de Remi se detuviera un instante, como si lo hubiera percibido, antes de regresar con más fuerza.

Seguí a la doctora todo lo que el dolor de cabeza me permitió. Cuando se hizo insoportable, salí de la visión simplemente abriendo los ojos. Apenas me costó reubicarme.

—¡Lo hice! —Mi grito sobresaltó al jaguar en mi regazo. Un parpadeo y Remi estaba arrodillado junto a mí, preocupado y desnudo—. ¡Me he movido por la visión!

—¿Qué? ¿En serio?

Le relaté todo lo que había ocurrido emocionada.

—Tengo información nueva. ¿Dónde está el pad? Claves de acceso, la contraseña del ordenador de Moreau... ¡Y estoy segura de que puedo conseguir más! ¿Qué...? ¿Por qué me miras así?

Había una expresión muy rara en el rostro de Remi, no sabía si asombro o embeleso.

Me llevé la mano a la nariz, pero me detuvo.

—No hay sangre. —Sus ojos verdes eran suaves y dulces al sonreír—. Pero deberías mirarte al espejo.

Fui corriendo hasta el baño más cercano. Me aferré con fuerza al lavamanos al inclinarme hacia delante y examinarme.

Noté la diferencia enseguida.

Allí, en el ojo derecho, había un cambio microscópico. Una ínfima mota de azul hielo había aparecido entre el marrón, acompañada de una fisura minúscula en la pupila.

Así había empezado todo a los trece años y había tardado menos de un año en desarrollar la heterocromía por completo. Solo que ahora sabía que no se trataba de una condición ocular relacionada con la melanina.

Remi apareció detrás de mí en el espejo.

—¿Estás bien?

Estaba preocupado. Lógico.

Poco a poco, con la respiración agitada y la cabeza latiéndome al ritmo de mi propio corazón, una sonrisa me curvó los labios. Era pequeña, tímida, casi incrédula.

—Sí. Esto... significa que lo estoy consiguiendo. Estoy avanzando.

El alfa exhaló un suspiro de alivio y me besó el cuello.

—Claro que sí. Con lo cabezota que eres, no había otra opción.

—Para, que me sonrojo.

Se rio contra mi piel.

—Sabes que es un halago.

Mientras me dejaba abrazar, una imagen de la visión centelleó en mi mente. Aquella puerta. La energía que había percibido... Y la sonrisa de Ravena Moreau.

—¿Qué crees que había tras la puerta? —pregunté en voz baja.

Aunque lo que realmente me preguntaba era: «¿Qué podía hacer sonreír con tanta satisfacción a una desquiciada?».

Sin dejar de besarme, Remi me apretó con más fuerza.

—Sería lógico pensar que nada bueno. No te preocupes. —Me mordisqueó el pulso una vez más antes de apartarse y mirarme a través del espejo—. Black Edge tiene los días contados. Ven, vamos a hacerte entrar en calor.

Me toqué los brazos. No me había dado cuenta de que se me había enfriado la piel.