42 #2
—Ya te lo dije, le viene bien alguien que le lleve la contraria. ¿La herida?
—Curada.
Remi plantó la mano en la cara de Juniper, empujándola hacia atrás con fuerza.
—Yo también estoy bien, Inaya, gracias.
—Ven aquí, tonto cabezota inmaduro gigante.
Nunca había oído a nadie soltar tantas mofas y que sonaran como piropos maternales. Acarició el pelo corto de Remi, sus kakiniit y le palmeó el cuello. Y juraría que, si a ese jaguar le quedaba algo de tensión todavía por la danza de apareamiento, se esfumó en ese instante.
—No os volváis locas, no quiero que toda la manada se presente aquí y...
Juniper alzó un comunicador.
—Tarde. Mira, normalmente respetaría vuestro periodo de vinculación, pero no sabes lo que ha sido mantener a todos a raya estos días. Micah se ha tirado tanto de los pelos que ahora tiene calvas. Eso sí, las apuestas y brindis en vuestro honor en Landon’s fueron nunca vistos.
—¿Qué clase de apuestas? —pregunté muy curiosa e ignorando los improperios que estaba soltando Remi.
—Pues, para empezar, el lugar de la mordida. —Me miró de arriba abajo. Llevaba un pijama de pantalón largo y una de las camisetas de Remi, así que solo tenía los brazos a la vista—. ¿Dónde está?
—Pues...
—Déjame adivinar: en una teta. O en el cachete del culo. ¿No? ¿Y en el trapecio? ¿Tampoco? Espera, no me digas que... —Entrecerró los ojos—. Es un moñas posesivo y te ha mordido donde todo el mundo podría verlo.
El timbre de la casa empezó a sonar como si alguien hubiera dejado el dedo pegado al botón.
Fabian y Micah fueron los siguientes en llegar.
La verdad era que el beta sí tenía aspecto de haberlo pasado mucho peor que nosotros aquellos días, atendiendo todas las llamadas y exigencias de los Colmilloscuro.
Y con lo cotillas que eran los gatos, no me quería ni imaginar todo lo que habría sucedido en la manada cuando se había corrido la noticia de que su alfa se estaba vinculando.
—Enhorabuena, bonita. —Fabian me besó en la mejilla sonriente. Las raíces rubias de su pelo natural ya tenían dos dedos de ancho—. Te llevas un partidazo. Tiene casa, coches, título universitario, empresas, miles de morfos a su cargo y vuestros bebés vendrán con colitas peludas monísimas.
—Gracias.
—He dejado el presente en la entrada, con los de Jun e Inaya.
Fruncí el ceño.
—¿Presente?
Pero Fabian ya estaba acercándose a Remi y burlándose de él y de que estuviera en calzoncillos. Micah ocupó su lugar un segundo después.
—Mira, la humana flacucha es más resistente de lo que parece.
Levanté mi inexistente bíceps.
—¿Lo dudabas?
Y, para mi sorpresa, Micah Campbell se inclinó, me tomó en los brazos y me dio un gran achuchón. Al menos hasta que un gruñido bajo se extendió por la cocina. Todos nos giramos sorprendidos hacia Remi, que estaba asesinando a su beta con la mirada.
Micah suspiró.
—Por eso se suele respetar el periodo de vinculación, Jun. Sus instintos territoriales...
—¿Tú aguantabas un día más atendiendo llamadas? Porque yo no.
Conseguimos que Remi se calmara cuando me rodeó con los brazos y se restregó sin mucho disimulo hasta que, según él, borró el olor de Micah.
La casa se fue llenando progresivamente de miembros.
Landon llegó acarreando una gran pizarra de apuestas que colocó en el cubil.
Los hermanos Willard y Elias trajeron bebidas a espuertas, tantas que sospeché que habían saqueado el bar.
Las mellizas aparecieron con sus padres, su primo Dax, los padres de este y, a decir verdad, la familia Becker al completo.
Johnny Pecos llegó con su padre, un exguardián corpulento de quien había heredado el pelo y la mirada oscuros.
Los guardianes que estaban patrullando fueron turnándose para pasar a felicitar a su alfa, y la explanada frente a la casa se llenó de coches.
Normalmente vendrían en forma animal, pero casi todos traían comida, bebida y paquetes o bolsas consigo.
Pronto entendí a qué se había referido Fabian con el presente . Al principio creí que era alguna tradición por la que la manada tenía un detalle con la pareja recién emparejada. Hasta que Noon me suplicó que abriera su regalo porque no se aguantaba más y descubrí un tesoro inigualable.
Unas puntas de ballet de la marca Bloch. Nuevecitas, con el empeine curvado y gel bajo los pulgares. En la caja también había lazos, elásticos de repuesto y un precioso llavero de resina con unas minipuntas rosas.
—Pero... —Me quedé sin palabras—. ¿Por qué?
—¿No te gusta? —chilló Noon.
Summer le lanzó una mirada impaciente a su hermana.
—Solo está sorprendida. Es por salvar a nuestro alfa. No expresa por completo lo agradecidos que te estamos, pero... —Señaló la pila de cajas y bolsas que iba en aumento conforme más miembros llegaban—. Todos sentimos lo mismo.
¿ Todos esos regalos eran para mí ?
Me iba a costar mucho asimilarlo. Ni siquiera tenía la entereza necesaria para abrirlos todos sin llorar, balbucear y querer hacerles reverencias.
Busqué a Remi con la mirada. Estaba en el cubil, de pie y de brazos cruzados examinando el tablero de apuestas con decenas de pumas alrededor.
Se había puesto unos pantalones. Como si pudiera sentirme, me miró por encima del hombro.
Le mostré las puntas y esbocé una sonrisa temblorosa, y su expresión se llenó de ternura.
Me guiñó un ojo antes de que Fabian empezara a golpear el tablero denunciando alguna clase de tongo.
Al final, por supuesto, las hembras de la manada me arrastraron a un rincón como había sucedido con Mara hacía poco. Incluso ella estaba allí.
Cuando me levanté el cabello para despejar la nuca, todas lanzaron un «Oooh» a la vez.
—Visible y ostentoso. Tan de alfas. —Se burló Juniper. Luego alzó la voz—. ¡En la nuca!
Eso desencadenó una batalla en el cubil.
Cuando entré y me coloqué al lado de Remi, abrazándole la cintura, todos los presentes empezaron a comportarse peor que los cachorros, silbando, riendo y haciendo bromas subidas de tono.
Remi me besó la coronilla y me susurró al oído:
—Bienvenida a mi vida.
Me arrimé más y escondí una sonrisa en su pecho.
Los días siguientes fueron... casi buenos.
Una parte de mí no se deshacía de la inquietud por Amanda Lebow, y el deseo de encontrar el laboratorio siempre estaba allí, en segundo plano. Pero mi alrededor y lo sucedido con Remi me ayudaron a transitarlo sin desesperarme.
No me sorprendió nada que mis pertenencias se trasladaran mágicamente al dormitorio de Remi, pero sí sentí calor en el corazón al descubrir que su cama había sido sustituida por nuestra versión chic de un catre-nido.
No verme obligada a intentar dormir otra noche más en una cama normal como una persona normal me quitó un peso de encima.
No, los colchones nunca serían lo mío. Y como me había emparejado con un felino que podía dormir en cualquier parte...
Las secuelas del vínculo se reflejaron poco a poco.
Según Inaya, eran distintas para cada pareja.
Al ser la única metahumana conocida (de momento) emparejada a un gran felino alfa, tenía mucha curiosidad por sus efectos.
Morgan también. ¿Serían solo físicos, como para la mayor parte de los humanos vinculados a morfos, o afectarían en algo a mis habilidades psíquicas?
La enzima producía cambios a nivel interno, proporcionando más resistencia, fuerza y salud al humano.
Los adaptaba a sus parejas animales y, en el caso de las mujeres, preparaba su sistema reproductor en caso de que quisieran gestar crías.
Esos eran los únicos datos oficiales que manejaban los gobiernos humanos.
En mi caso, me sentía más fuerte y tranquila que nunca.
En especial, después de aquella visión hermosa.
Había empezado a verle el lado bueno a la clarividencia tras haber salvado a Remi; lo de Summer había resultado desesperado y torpe, pero con él había sido capaz de llegar a tiempo y, aunque se me habían escapado algunos detalles, había sentido que tenía una poderosa herramienta a mano.
Ahora que sabía que también era capaz de recibir futuros felices, incluso propios, empezaba a ver mis habilidades como... un don.
Uno que tal vez no tuviera que controlar únicamente, sino comprender y aceptar.
¿Y si de eso se trataba todo?
«De la misma forma que las emociones afectan a nuestro cuerpo, también lo hacen a nuestras habilidades. Si tu cuerpo, tu corazón y tu alma no están en calma, tampoco lo estará tu mente».
Parecía tan obvio...
Me acaricié la nuca y la tierna cicatriz y me senté en el nido de mantas y cojines. Comencé unos ejercicios de respiración consciente. Apenas llevaba unos minutos cuando noté la energía arrolladora y envolvente de cierto alfa.
Descubrí a Remi en la puerta, observándome con una sonrisilla.
Se había repasado el pelo y volvía a tenerlo cortísimo, casi al ras.
En mi opinión, eso le resaltaba los tatuajes y los preciosos ojos verdes.
Pero puede que mi opinión estuviera sesgada, porque me parecía el hombre más guapo del planeta.
Le sonreí con suavidad.
—Hola. Iba a comprobar la visión. ¿Te quedas conmigo?
—Es la mejor oferta que me han hecho hoy.
Su miradita mientras se acomodaba en nuestro nido me lo dijo todo: «Recuerda tu promesa». Le sonreí socarronamente.
«Recuerda la tuya».
Cuando se desabrochó el botón de los vaqueros, mi corazón emprendió un vuelo agitado.
No aparté la vista de la franja de piel dorada que iba apareciendo, ni de las largas piernas musculadas, esos oblicuos que cada vez me llamaban más la atención y, por supuesto, la erección que se iba engrosando y alargando bajo mi atenta mirada.
Solo parpadeé cuando Remi se tapó con un cojín.
Fruncí el ceño.
—Oye.
Sus ojos verdes estaban llenos de humor.
—¿No ibas a comprobar la visión?
—¿Es necesario que te desnudes para eso?