Feral 42
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Faye

Hasta nuevo aviso, hay que llamar antes de entrar a la casa del alfa. Todas las habitaciones huelen a petricor, así que prestad atención a los sonidos. Respetad a la nueva pareja y no tentéis a la suerte.

Email de I NAYA a toda la manada Colmilloscuro

Barrí los trozos del jarrón roto en el vestíbulo con una sonrisa tonta en la cara. ¿Quién hubiera pensado que la Faye que estaba dispuesta a jugar al béisbol con la cabeza de Remi fuera la misma de ese momento?

Entré en la cocina. Remi estaba preparando el desayuno y solo llevaba puestos unos calzoncillos negros. Yo sentía una pesadez deliciosa en los músculos y un latido constante en la nuca. Sí, qué maravillosa era la vida.

—Hagamos algo: la próxima vez que una secuoya caiga y haya que examinarla, no te lances como loco a solucionarlo tú solo, ¿vale? —No me contestó, así que lo pinché con el extremo del escobillón en la espalda—. ¿Vale?

Se movió rapidísimo, me capturó la mano y me besó los nudillos.

—Un ataque así no se va a repetir. Le he mandado un mensaje a Jun y ya tiene un informe sobre lo que pasó y cómo traspasaron nuestras defensas. Aprovecharon la tormenta para...

—No lo digo solo por eso. Sé que fue algo excepcional. Hablo de tu necesidad patológica de hacerlo todo, de cargar con todo, para demostrar lo buen alfa que eres y lo superimplicado que estás con la manada.

Aunque se puso un poco tenso, no se dio la vuelta.

—Has definido la función de un alfa.

—Ahora soy muy amiga de Silas y de Lachlan. Los llamaré y les preguntaré si se echan sobre los hombros todo el trabajo o saben delegar.

—Silas Marrow no es amigo de nadie. Y yo delego. ¿Por qué no me explicas bien lo de la visión?

Era tan obvio que intentaba cambiar de tema que me compadecí un poco. Ya habría tiempo para pulir los detallitos de su obsesión por la penitencia.

No pude evitar emocionarme al contarle que me había guiado por mi intuición. Algo me había llevado a pensar en él, tal vez parte de la propia precognición, y solo había necesitado concentrarme un poco para visualizar el ataque.

—Cero secuelas —dije con la boca llena de beicon—. Sin temblores, ni mareos ni sangr...

Levantó la cabeza de su plato como un látigo restallando. Estábamos sentados en la isla de la cocina, frente a frente.

—¿Has sangrado? ¿Cuándo?

Ya era imposible negarlo.

—Solo ha sido una leve epistaxis mientras trabajaba en la visión de Amanda.

Lo he ido controlando. —Antes de que pudiera protestar, alcé la mano—.

Esto es como la rutina de ejercicio de Micah.

Al principio acababa llena de agujetas, pero cada día aguanto un poco más.

Pues con el cerebro y los temas psíquicos igual.

—Lo sabía —gruñó—. Sabía que algo no andaba bien contigo y una noche te pillé durmiendo en la bañera. Me sentí... ¿Y resulta que en tu entrenamiento con Morgan te sangraba la nariz y tampoco me lo decías?

Medí muy bien su expresión. Si algo había aprendido de los Colmilloscuro, era que invalidar sus inclinaciones protectoras soltando frases tipo «No pasa nada» o «No te preocupes» solo empeoraba las cosas.

—¿Qué te parece si los dos damos un pasito? Tú prometes (en plan, dar tu valiosa palabra) evaluar bien tu labor con los Colmilloscuro, decidiendo cuándo eres realmente indispensable, y yo prometo no volver a ocultarte temas relacionados con mi salud. Incluso mis uñeros de bailarina.

Él también me evaluó. Hasta ahora, había demostrado que mi inmunidad a sus imperativos le encantaba.

Para mí, él no era un alfa en la misma medida que para el resto y en eso residía que fuéramos tan compatibles.

Sin embargo, me pregunté si habría momentos (como este) en los que desearía ser capaz de dominarme con un gruñido o una mirada intensa.

Seeeguro que sí.

—Hecho —refunfuñó.

Choqué mi tenedor con el suyo sonriente.

—Hecho. Por cierto, ¿no me volverás a morder nunca más?

Se atragantó con los huevos revueltos.

—¿Q-qué?

—El mordisco. Sé que va a cicatrizar y la marca se quedará para siempre, por lo que entiendo que el trabajo está hecho. —Empujé el beicon hasta el borde, un poco avergonzada—. Así que...

Tras mirarme intensamente unos segundos, Remi desechó su plato, se puso en pie y rodeó lentamente la isla.

—La necesidad de morder y la enzima solo se dan con nuestra pareja destinada.

Pero no es un evento único. Esta marca..

. —Se colocó a mi espalda y, con suma delicadeza, me apartó el pelo de la nuca.

Perdí completamente el apetito cuando me besó la herida de un modo casi reverencial—.

Representa el día que nos unimos. Si ambos lo deseamos, no tiene por qué ser la única. Hay... costumbres.

Me dejé guiar cuando giró el taburete y se me coló entre las piernas. Apoyé los codos en la encimera y lo observé.

—¿Cómo cuáles?

—Tras el primer año, se suele hacer una reafirmación de intenciones. —Me envolvió los dedos alrededor del cuello, posando las yemas sobre el mordisco—. Te mordería de nuevo en el mismo lugar. Desencadenaría un segundo periodo de vinculación.

Tuve una especie de contracción en los muslos y apreté sus caderas.

—Mmm. Como la renovación de votos de los humanos. ¿Algo... algo más?

—Después de dar a luz a un cachorro, los morfos felinos ayudamos a nuestras parejas con la lactancia.

Aportamos nutrientes extra si antes de que suba la leche.

.. —bajó la mano hacia mi pecho. Llevaba una de sus camisetas sin nada debajo, por lo que sentí el calor traspasar la tela y derramarse sobre mi piel.

Se me endureció el pezón contra su palma— mordemos aquí.

Se me entrecortó la respiración.

Yo ya sabía que no dolía, que el pellizco inicial era absorbido con rapidez por un pico de placer brutal. ¿Cómo sería en el pecho, que ya de por sí era una zona erógena?

No me imaginaba...

—El objetivo no es marcar, así que la herida sanaría por completo —susurró contra mis labios, su pulgar jugando conmigo sin piedad. El desayuno había quedado olvidado—. Eso sí, lamento decirte que es necesario en ambos lados.

Acompañó sus palabras envolviendo mis pechos con ambas manos y estrujándolos con fuerza. Sus labios acallaron mi gemido. Le rodeé el cuello con los brazos y enlacé las piernas con fuerza, atrapándolo contra mi cuerpo.

Cuando empezó a balancear las caderas despacio, empujando lo justo para no dañarme la espalda y para que no dudara de lo mucho que me deseaba, juraría que pude visualizarlo. Justo eso.

Yo en la butaca de su dormitorio, con un hatillo de tela contra el pecho del que salían gorjeos alegres.

Remi estaba inclinado sobre mí, con las manos apoyadas en los brazos del asiento y una expresión de pura adoración en su rostro que jamás había visto en él.

Suaves patas de gallo le adornaban las comisuras de los ojos y todo en él parecía más. .. masculino. Imponente.

Maduro.

Entonces la boca de aquel Remi se abrió y dijo con voz ronca:

—Sois mi vida entera.

Me quedé helada.

Remi rompió el beso y me observó atentamente.

—¿Qué? ¿Qué ocurre?

Lo miré atónita.

«Acabo de tener mi primera visión... esperanzadora.

»Sin sangre, ni dolor ni muerte.

»Solo amor y vida».

Cuando hizo ademán de alejarse, lo arrastré hacia mí y lo besé. Noté su sorpresa y un pelín de recelo, pero me rodeó con los brazos sin dudar y me devolvió el beso con suavidad. La atmósfera había cambiado y él lo había sentido.

Bajé las piernas y le coloqué una mano sobre el corazón. Latía firme, fuerte. Tras una última barrida de su lengua, me miró.

Mis visiones no tenían por qué cumplirse, eso ya lo había demostrado. Ni siquiera estaba segura de que quisiera ser madre, era solo una de las múltiples opciones que ahora estaban a mi alcance. Algo para plantearse con tiempo, calma y mediante muchas charlas.

Pero aquella escena...

Había sentido lo que había en el interior de aquella Faye del futuro y no había más que dicha . Ocurriera o no, eligiera ese camino con Remi o no, la mera posibilidad me llenó de emoción.

Remi me acarició la mejilla sin dejar de mirarme, como si buscara respuestas en el fondo de mis ojos.

—¿Me lo vas a contar?

Sacudí la cabeza con una sonrisita y le acaricié la muesca en la oreja.

—Cuando tú me cuentes qué te pasó aquí.

Entrecerró los ojos divertido, pero mantuvo los labios sellados.

Poco después, mientras fregábamos los platos, las orejas de Remi empezaron a agitarse.

—¿Qué?

—Jun e Inaya. Seguramente vienen a comprobar que todo ha salido bien. —Me pasó un paño para que me secara las manos—. Habrán esperado a que mis feromonas bajaran de intensidad.

—Entonces, ¿funciona así? ¿Puedes emitir señales que mantienen a todos alejados?

—Solo en determinados momentos, como cuando... —Vaciló.

—¿... estás muy cachondo y necesitas intimidad?

Sonrió.

—Por ejemplo. Y me temo que no voy a poder controlar lo que viene ahora. Te vas a estrenar por todo lo alto como pareja del alfa.

Incluso yo oí cómo entraban a la casa armando tanto escándalo que era obvio que ninguna quería sorprender a una pareja recién emparejada en pleno acto.

—¡Somos hembras! ¡Venimos solas y hemos procurado no pasar a menos de seis metros de cualquier macho!

Juniper fue la primera en asomar el hocico en la cocina. Sin duda, esperaba algo mucho más indecente que la escena completamente cotidiana que la recibió.

—Vivos, sin rasguños y a una distancia prudencial el uno del otro —murmuró—. Qué decepción, Rem.

El alfa le enseñó el dedo medio, pero permitió que su amiga corriera hacia él y lo abrazara. Cuando ella comenzó a murmurarle algo que le hizo bajar la mirada, ruborizado, me aparté para darles intimidad.

Inaya vino hacia mí y me tomó el rostro entre las manos. Me quedé quieta; ya había aprendido que era su técnica particular para chequear a sus pacientes. Su olor a lavanda calmó mis todavía agitados sentidos.

Cuando me soltó, una suave sonrisa le curvaba los labios.

—Lo habéis hecho muy bien.

—No ha sido fácil, tu alfa es duro de mollera —me quejé.