Feral 41 #3
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Poco preocupado, descendió sobre mi boca para liberarme el labio. Dio lametones lánguidos sobre la hinchazón, como si quisiera curarlo, antes de apartar con una lentitud tortuosa los dedos de mi entrepierna. Como ya había hecho en el bosque, los lamió uno por uno sin dejar de mirarme.

Tragué saliva con fuerza y, aunque acababa de tener un orgasmo la mar de aceptable, la vagina entera me palpitó.

—Te voy a dar dos opciones —dijo arrastrando las palabras—. Vas a tener que estar de espaldas a mí, pero puedes permanecer tumbada o alzarte sobre las rodillas.

Otra palpitación. Se me encogieron los deditos de los pies.

—Uf, qué elección tan difícil...

Por fin, escuché el roce de la ropa cuando retiró del todo la toalla. Por la posición en la que estábamos, su erección me rebotó directamente contra el muslo y sentí su peso y su calidez. El nerviosismo me llevó a retorcerme.

—Elige, Faye.

—Sobre... sobre las rodillas.

Remi emitió un sonido incoherente. Fuera lo que fuera lo que dijo, me dio la vuelta tan rápido que hasta me mareé un pelín. Presionó el brazo contra mis clavículas para alzarme, hasta que los dos estuvimos arrodillados en medio del encame.

Aquello provocó toda una serie de sensaciones nuevas y maravillosas. ¿Mi favorita? Su erección presionando contra la unión de mis nalgas. Su cuerpo sobrepasando al mío tanto en altura como en anchura y envolviéndome por completo.

—Sabes que no puedo dejarte embarazada sin más, ¿verdad?

Asentí a toda prisa. Los felinos eran los cambiaformas que tenían un control de natalidad más estricto: solo se producía cuando tanto el macho como la hembra así lo deseaban.

Ambos debían tomar una decisión consciente, aunque el resto del proceso, como siempre, era un misterio para la mayor parte del mundo.

—Tendríamos que estar de acuerdo.

—Como en tu caso eres humana y eres fértil todo el año, la decisión recaería en mí —especificó moviendo la mano entre mis pechos hacia mi abdomen. Cuando la posó allí, me dio un vuelco el corazón—. Jamás lo haré sin hablarlo largo y tendido contigo primero. Tienes mi palabra.

Sonreí.

—Bien.

Luego me guio las manos hacia su rascador de madera. Era más ancho que el poste de una cama y muy sólido, bien anclado a la pared.

—Aquí te puedes sostener. Y si me pongo muy bestia...

—Te lo diré. Tú... Intenta disfrutar, ¿vale?

Sus dedos, que estaban deslizándose por mi espalda desnuda, se detuvieron abruptamente.

—¿Cómo dices?

—No quiero que te preocupes demasiado por hacerme daño o cómo pueden salir las cosas y que no disfrutes la experiencia. A ver, entiendo que para este momento tienes que llevar la voz cantante, pero...

Remi me plantó una mano en la mandíbula y me obligó a girar el rostro. Me miró a los ojos y lo vi serio, agitado y... aturdido.

—Faye, cualquier momento contigo, antes de esto, ahora y todos los que vengan, es una puta bendición.

Estoy acojonado por si no es bueno para ti , pero ¿yo?

Esto, el tenerte así... —Subió las manos por mi espalda y se agarró a mis hombros.

Me echó hacia atrás al mismo tiempo que las caderas se le sacudían hacia delante, restregándome el miembro entre las nalgas.

Estaba caliente y un poco húmedo—. Jamás he sentido tanto placer. Jamás .

—Vale —dije entre jadeos—. Te creo. Adelante.

—Tengo que prepararte bien.

Con el rascador como punto de apoyo, continué moviéndome sutilmente. Era como si no acabara de llegar al clímax. Como si no hubiera llegado jamás. Algo voraz y caprichoso volvía a crecer en mi interior.

Como si no pudiera evitarlo, sus caderas también se balancearon. Su polla se deslizó lo bastante lejos como para que la punta se encajara entre mis piernas, buscando mi abertura. Entonces él se quedó paralizado.

Los dos nos olvidamos de cómo respirar.

Si solo empujara hacia delante...

—Joder, joder. —Me apretó las caderas con tanta fuerza que me quedé sin respiración—. No he estado más cachondo en la vida.

—Me han dicho que no debo moverme mucho, pero...

—No hagas caso. El simple hecho de que respires en la misma habitación que yo ya me tiene al borde de la locura, y estas últimas semanas han sido.

.. Una puta tortura. Pero la tortura más dulce de mi vida.

He soñado contigo y con este momento día y noche, así que, ¿que muevas este culo tan bonito en mi regazo porque no eres capaz de contenerte?

Sí, podré con eso. —Me plantó las manos en las nalgas y amasó con ganas—. O moriré felizmente.

Me eché hacia atrás, alejándome del rascador, y dejé caer la cabeza en su hombro.

—Yo no debería moverme y tú no deberías hablar.

Remi soltó una risa oscura y satisfecha.

—No pienso sufrir yo solo, florecilla. Pero, para el final de esta noche, no sabremos cuál es la diferencia entre el sufrimiento y el placer. Te lo aseguro. —Estiró el brazo por delante y me acarició los pliegues con suavidad—. ¿Lista?

Asentí y me obligué a relajarme. Más allá de que él era un cambiaformas y yo, al menos físicamente, una humana, sabía lo que les pasaba a las mujeres durante su primera vez.

Creía que sería mucho más difícil de lo que en realidad... fue.

Remi se introdujo con calma, pero sin vacilar.

No paró, ni retrocedió ni dio empujones tentativos.

Avanzó en mi interior, estirándome los músculos a su paso, y no se detuvo hasta que las caderas chocaron contra mi trasero y noté que la punta se alojaba en el mismísimo final.

Era grande y grueso, pero (gracias, naturaleza) yo parecía perfecta para acogerlo.

Los dos exhalamos al mismo tiempo, sorprendidos.

La punzada de dolor a medio camino fue tan leve que apenas se me entrecortó la respiración. Remi me besó la sien, la mejilla y el borde de la mandíbula.

—¿Ahora lo entiendes?

«Todavía tienes mucho que aprender sobre los cambiaformas. Hay cosas que no nos cuestionamos».

Asentí.

Me lamió el cuello y volví a percibir la aspereza de su lengua. No parecía tan rugosa cuando me besaba.

—Dame... unos segundos. —Todavía sin moverse, completamente enfundado, sentí su pecho expandirse contra mi espalda—. Mierda, ojalá no olieras siempre tan bien.

¿Por qué sonaba tan calmado? Yo...

—Remi... —Eché la mano hacia atrás para agarrarle la cadera—. Por favor.

Con un gemido estrangulado, se deslizó hacia atrás y me provocó tantos estremecimientos, tanto placer, que se me erizó el vello de todo el cuerpo y volví a aferrarme al rascador.

Al penetrarme de nuevo, juraría que lo sentí mucho más ancho. Me estiró más y más, como si se hubiera inflamado y, aunque no sentí ningún dolor, la línea se volvió muy fina.

—Estaba intentando aguantar las espículas —dijo entre jadeos—. Ahora es tarde.

Dios mío, la diferencia entre sin y con espículas era abismal. La fricción era completamente distinta, más descarnada y brusca.

Me pregunté por qué había intentado privarme de aquello, pero a esas alturas me quedaba claro que Remi Callahan no siempre tenía las mejores ideas.

Entonces lo sentí moverse a mi espalda y me mostró un objeto. La pinza. No dejó de dar embestidas lentas y superficiales mientras me recogía el pelo en lo alto de la cabeza. Se me escaparon algunos mechones hacia las sienes, pero fui incapaz de decírselo.

Con la pinza asegurada en su sitio, el aliento de Remi me refrescó la piel de la nuca. Secó las gotas de sudor acumuladas allí y recé a cualquier deidad, humana o cambiaformas, para poder sobrevivir a lo que venía a continuación.

Comenzó a lamerme la zona afanosamente, hasta que entendí por qué su lengua estaba más áspera. También tenía espículas allí, diseñadas para ablandar la piel y que el mordisco fuera lo menos incómodo posible.

—Eres lo más precioso que he visto en la vida.

—Mientras se aferraba a mi cintura con una mano, Remi subió la otra hasta capturar un pecho.

Luego lo usó para acercarme hacia él, doblándome poco a poco, haciendo que se me arqueara la espalda y meneara las caderas para no perder la conexión de nuestros cuerpos—.

Nunca olvidaré este regalo, Faye. Esta confianza que me das. .. Siempre me faltarán las palabras.

Había reverencia y asombro en la voz del alfa, entremezclados con el deseo y una pizca de orgullo masculino. El resultado era algo tan fiero e ingobernable como él mismo.

Alcé los brazos y le rodeé el cuello desde atrás, acariciándole la base de la cabeza rapada. Le rasqué la piel con las uñas y la polla del cambiaformas dio una sacudida en mi interior.

—Este momento es de los dos, Remi Callahan. Estoy recibiendo de ti lo mismo que te entrego.

«Compromiso. Devoción. Respeto».

La nariz de Remi me acarició el pliegue de la nuca y depositó allí el más suave de los besos.

—Sí, florecilla. Reclámame. Soy tuyo desde hace mucho tiempo.

Entonces, justo cuando la mano en mi cintura descendía hacia mis pliegues, noté un dolor ardiente que partía de la base del cráneo, como una fisura, y bajaba hacia los hombros.

Duró un cegador instante en el que todos los músculos del cuerpo se me bloquearon, paralizados.

Incluso el jadeo instintivo que me acudió a la boca quedó atascado en alguna parte del pecho.

Entonces la presión aflojó de golpe y los dedos de Remi me encontraron el clítoris.

El dolor desapareció como si nunca hubiera existido, cubierto con rapidez por una serie de estremecimientos que ya empezaban a resultarme familiares.

Las caderas de Remi comenzaron a chocar contra las mías de nuevo, con fuerza, como pistones, mientras sus incisivos continuaban bien alojados en mi carne.

Los tirones que se producían por el movimiento no eran incómodos, sino.

.. eróticos. Me resonaban en otras partes del cuerpo.

Aun así, los estímulos eran tantos al mismo tiempo que solo pude dejarme llevar.

Permití que Remi tomara el control y entendí la razón tras los consejos que me habían dado.

El instinto se hizo cargo de todo. Confié en que él sabía lo que había que hacer, porque así era.

Me recosté completamente contra su pecho y Remi gruñó de aprobación, apoderándose de mis caderas para dirigirme y concentrarse en fortalecer el vínculo.

Perdí la noción del tiempo hasta que algo de frío me bajó por la espalda. Había extraído los dientes.

—Creo que te he inoculado suficiente enzima. ¿Sientes... dolor? —jadeó.

—¿Q-qué?

Soltó una risa baja.

Nos movimos a la vez, sudorosos y extasiados.

Su enzima multiplicó mi excitación, tal y como estaba diseñada para hacer; era uno de los catalizadores biológicos más potentes que existían.

Las espículas estimularon todas las partes apropiadas en mi interior, sus manos se deslizaron por mi cuerpo con posesividad y entusiasmo, y por un momento pensé que todo aquello era demasiado intenso.

Mi cabeza se sentía liviana y pesada al mismo tiempo, y una sensación de lo más extraña se apoderó de todo mi sistema nervioso. Por cómo aceleró las embestidas, parecía que a él le pasaba lo mismo. Una prisa, una urgencia, la necesidad absoluta de alcanzar algo innombrable.

Para cuando el orgasmo me atravesó, era tan gordo que me pilló totalmente por sorpresa. Casi no pude articular sonido, sobrepasada, y simplemente me aferré con fuerza a él como pude mientras el placer se arremolinaba en mi interior y explotaba por todas partes.

Remi se corrió justo después, como si solo hubiera estado esperando a que yo lo hiciera para poder dejarse llevar. Sentí punzadas en las caderas cuando me enterró un poco las garras y eso alargó mi orgasmo.

Lo noté todo : cada descarga en mi interior, lo caliente que estaba, los tirones incansables de su miembro...

No paró durante un buen rato y acabé inclinándome hacia delante. Las piernas me estaban fallando. Remi me enganchó el brazo en la cintura para mantenerme en el sitio y apoyó la otra mano junto a la mía, entre las mantas.

—Lo siento. —Tenía la voz áspera y ronca—. No puedo... Nunca...

Se corrió tanto que noté cómo el semen se escurría y me bajaba por los muslos. Y eso que todavía estaba en mi interior.

Unos minutos más tarde, sentí cómo las espículas se retiraban. Su orgasmo terminó con un último gemido estrangulado. Cayó de costado y me llevó con él, y no recordé mucho más después de aquello porque sentí que la enzima me cubría con su efecto analgésico.

Cuando volví en mí, me estaba lamiendo la herida de la nuca con pereza, acariciándome el cuerpo laxo en el proceso. Lametón tras lametón, caricia tras caricia.

—Mía —susurraba casi más para sí mismo que para mí—. Mi compañera.

Le tiré de la oreja.

—Ven aquí. Quiero verte.

Tras un último lengüetazo, Remi se alejó de mi espalda. Desmadejada, rodé bocarriba. Mi pelo estaba suelto, la pinza había desaparecido. Un instante más tarde tenía a un cambiaformas sudoroso, sonrojado y muy satisfecho cerniéndose sobre mí.

Los ojos de Remi eran dos esmeraldas tan puras que parecía que había un rayo de sol proyectándose justo por detrás. Si sumaba eso a sus kakiniit , me pareció que había una constelación de posibilidades sobre mí, todas señalando en la misma dirección.

Algo en mi interior se sintió tan grande que incluso me estiró la piel. Como un globo en el pecho que se hinchaba demasiado. Como un grito que estaba a punto de explotar, o un idioma desconocido que comenzaba a descifrar.

«Felicidad», pensé estirando las manos para enmarcar el rostro del que ahora era mi compañero. «Así que esto es la felicidad absoluta».

Sabía que no duraría. Excepto que, al contrario que en otros momentos de mi vida, sí estaba segura de que volvería a sentirla; que en eso consistía todo, en ir recopilando pequeños momentos de felicidad entre días soleados, tormentas y noches junto a un lago.

Remi giró el rostro para besarme la palma con reverencia.

Fue la primera vez que me sentí optimista respecto al futuro.

¿No era extraña y maravillosa la vida?