41 #2
De acuerdo, tal vez mi humor de mierda no era lo mejor para aquella atmósfera de tensión. Todo parecía más fácil en el bosque, mientras nos revolcábamos entre la hojarasca. Tal vez deberíamos haber rematado la faena allí, sin pensarlo demasiado.
Se produjo un silencio en el que se instalaron nuestras emociones. Era una neuroquinética clarividente, no una empática, pero podía percibir lo que sentía Remi.
Así que le eché valor.
—¿Hay algún lugar específico donde... debas morder?
Se quedó muy quieto unos cuantos segundos.
—No. Quiero decir, depende de muchas cosas, el momento, el lugar, la post... —Soltó una maldición por lo bajini.
Pensé que la versión aturullada de Remi podía convertirse en una de mis favoritas.
—La postura —terminé por él—. Entiendo. ¿Alguna que tú prefieras?
El alfa tardó tanto en contestar que creí que no me había oído.
—La nuca —susurró finalmente—. A mí... Sí, la nuca. Y el mordisco debe producirse mientras mantenemos relaciones. Así que...
No necesité mucho más para imaginarme cómo debíamos estar colocados para que él fuera capaz de morderme esa zona mientras estábamos unidos.
Sentí que se me secaba la boca al mismo tiempo que se me humedecían otras partes. El nerviosismo y la excitación se dieron la mano en mi interior, haciéndome sentir como un cable de alta tensión pelado.
—Vale. Entonces buscaré algo para atarme el pelo.
Remi no dijo nada.
—¿Remi? Eso está bien, ¿no? Que me aparte el pelo de la nuca. Así no estorbará.
Tras unos cuantos segundos muy tensos, él respondió.
—Sí, eso... Ah, sí. —La voz se le había engrosado tanto que parecía que las palabras tenían que luchar para salir de la garganta—. Eso estaría bien.
Contenta de tener algo que hacer con toda la energía que me zumbaba por las venas, prácticamente corrí hacia mi habitación.
Me temblaban las manos mientras sacaba el cesto de mimbre bajo el lavamanos, donde había ido colocando todo lo que Juniper, Inaya y otros miembros me daban.
Al colocarlo sobre el mármol, me vi a mí misma en el espejo y. .. casi no me reconocí.
Era yo, pero estaba tan...
Viva.
Las mejillas ruborizadas, el brillo en los ojos, el pecho agitado. Era todo tan vívido e intenso, tan especial, que tardé en fijarme en aquello que siempre me había atormentado en los espejos. El ojo azul hielo y la pupila astillada me...
Me habían parecido normales por un momento.
Tal vez porque... porque lo eran. Para mí, al menos.
No escuché a Remi entrar al baño, pero sí lo sentí. El calor salvaje que siempre le desprendía el cuerpo me caldeó la espalda, enviando cientos de escalofríos a correr por mi piel. Se me escapó un suspiro a traición. Dios santo, y todavía no me había tocado.
¿Qué iba a ser de mí? Nadie me había dicho que el sexo entre dos personas pudiera ser así. Que el ansia se convertiría en algo voraz, como un incendio descontrolado, quemando pensamientos e ideas y jugando con las cenizas a su antojo.
Un brazo largo y musculoso me pasó junto al hombro. Remi tomó la pinza y sentí la aspereza de sus dedos, su aliento junto al oído, el latido de su corazón justo sobre el omóplato.
—Yo me encargaré —murmuró con voz ronca. Las vibraciones me viajaron por el cuerpo hasta la entrepierna, haciendo que tuviera que agarrarme al mármol para que las piernas no me fallaran—. Cuando llegue el momento, yo te recogeré el pelo.
Cuando llegara el momento, mucho me temía que a ninguno de los dos nos importaría una mierda el peinado.
Al regresar a su dormitorio me quedé sin palabras. Había tomado todas las mantas, cojines y almohadas, dejando la cama desnuda, y lo había acomodado todo en un rincón, a medio camino entre la estufa y el armario.
—Quiero que estés cómoda —aseguró—. Pero me mata pensar que estás en el suelo o en... Así que, bueno, esto es lo mejor que se me ha ocurrido.
Conmovida, pisé aquel nido improvisado. No era tan duro como la madera, pero sin duda no era tan blando como la cama.
—Es perfecto —aseguré.
Al mirarlo, sentí que la tensión que nos había ido envolviendo poco a poco llegaba a su punto álgido. Ninguno de los dos podía tirar ni un poquito más o se partiría en dos. Y todo cambiaría para siempre.
Así que deshice el nudo de mi toalla y dejé que cayera a mis pies.
Medio segundo más tarde, Remi se estrelló contra mí.
Comprobé de primera mano que el batiburrillo de mantas tenía la dureza justa para no rompernos los huesos.
Remi me hundió contra los cojines y me besó con fuerza.
Su toalla seguía interponiéndose entre ambos, pero me importó poco cuando su mano me encontró el pecho y apretó con la fuerza justo para hacerme gemir.
Se separó para mirarme, los ojos fijos en mí, en mi cuerpo, en mi respiración agitada.
Eran los ojos de un jaguar, sin ninguna duda.
¿Qué impulsos biológicos estaría emitiendo en ese momento?
Di unas gracias gordísimas por primera vez en mi vida por ser metahumana. Porque podía estar allí, así, con él.
—No te imaginas lo afortunado que me siento... ahora mismo. —Me hundió la cabeza en el cuello, besándome la piel y arrastrando la lengua áspera de un lado a otro—. Eres un sueño, Faye.
Deslicé las manos por sus amplios hombros y decidí que me gustaba muchísimo que fuera tan grande.
Tal vez otras personas podrían tener un problema con eso, sentirse indefensas o sobrepasadas, pero mi cerebro no funcionaba como el del resto.
Cuantos más rasgos animales mostraba Remi, más verdad me parecía todo. Más él. Más yo.
—¿En serio?
—Ojalá pudieras verte desde mi punto de vista.
Sus labios me capturaron el pezón y lo chupó como si acabara de encontrar algo delicioso e indispensable. Me subió por las mantas hasta que apoyé la cabeza contra los almohadones, y luego me metió un cojín bajo las lumbares, elevándome las caderas.
—¿Por qué...? —Mi pregunta murió cuando rodó la mano, rugosa y caliente, por mi abdomen. Me acarició el ombligo de pasada antes de meterme los dedos directamente entre los pliegues y arrancarme un quejido vergonzoso—. Dios, Remi.
Pasó al otro pecho con la boca bien abierta y tuve la sensación de que aquello era más por él que por mí. Como si no pudiera contemplar la idea de no besar y succionar cada parte de mi cuerpo.
Empezó a acariciarme con precisión. Después de masturbarme varias veces, ya había aprendido exactamente lo que me gustaba.
Fue despiadado e incluso fue un poco más allá, abriéndome hasta que sentí el aire entrar.
Mi jadeo lo hizo sonreír y regresar, apartándose de mi pecho para mirarme con mucha atención.
No entendí por qué hasta que sentí como introducía poco a poco un dedo en mi interior.
Fui quedándome sin aliento conforme entraba.
—¿Vas bien? —musitó.
Asentí a toda prisa. Era... Era la primera vez que lo hacía. Y sabía que en algún momento metería algo mucho más contundente, y... No conseguí sentir la incertidumbre apropiada. Por mí como si me separaba las piernas de par en par y nos uníamos ya, porque...
Gruñó.
—¿Por qué me lo pones tan difícil? —Se apoyó en un codo y respiró hondo—. Yo quiero ser considerado y suave y tú...
—Es que sacas unas conclusiones tan tontas. —Lo enganché de la nuca para acercarlo—. Deja que yo te diga si algo es demasiado, ¿vale?
Lo besé antes de que pudiera protestar. No fue un beso considerado ni suave, fue una batalla llena de deleite, caos e indecencia, compartiendo gemidos, fluidos y calor.
Su toque se volvió más agresivo y eso me encendió la sangre.
Metió un segundo dedo sin mucha vacilación y lo recibí con un estremecimiento.
Noté cómo algo cálido se precipitaba hacia fuera y no me dio ninguna vergüenza empapar la mano de Remi ni los ruidos húmedos que empezaron a salir de mi entrepierna.
Cuando deslizó un tercer dedo, le mordí el labio inferior y noté algo metalizado y agridulce en la boca. Sangre... y algo más. Nos separamos con un jadeo. Pensé que le había roto la piel sin querer, pero... la sangre era mía. Sus incisivos estaban a la vista y me habían cortado superficialmente.
Me deslicé la lengua por el labio, recogiendo aquel sabor extraño que no me pertenecía.
—Sabe... bien. ¿Qué es?
Lo noté temblar.
—Joder, Faye.
Empotró la boca contra la mía y reanudó sus movimientos.
Intenté acompasarlo con las caderas, pero me lo impidió aplastando una pierna sobre las mías.
Controló el ritmo, la velocidad y la potencia, así que me aferré a su cuello mientras una oleada de calor impresionante se estrellaba contra mi cuerpo.
Se me escapó un gemido grave dentro de su boca y me estremecí de arriba abajo.
Remi me estrechó con más fuerza un momento antes de, poco a poco, soltarme. Sus caricias se volvieron lánguidas, perezosas, arrancándome pequeños espasmos.
Sería mentira si dijera que volví a la realidad, pero mi alma regresó a mi cuerpo lo suficiente como para darme cuenta de la barra de hierro caliente que seguía presionándose contra mi muslo, incluso a pesar de la toalla.
Pero cuando quise tocarlo, me lo impidió con un siseo.
—¿Otra vez? —me quejé.
—Te juro por los espíritus más sagrados que después de esta noche seré todo tuyo. Podrás hacer de mí y conmigo lo que te plazca, me tendrás a tu entera disposición para saciar toda tu curiosidad, florecilla. —Me dio un beso en la punta de la nariz—. Pero hoy necesito estar concentrado, ¿vale?
Dejé de resistirme.
—¿Tan difícil es?
—La tarea más importante de mi vida. —Paseó la mirada, más encendida que nunca, por todo mi cuerpo, estirado y ruborizado bajo el suyo—. Lo haré tan bien que nadie en todo el país dudará sobre a quién perteneces.
Le acaricié el rostro y me mordí el labio inferior para no sonreír. Sentí una punzada de dolor en la zona donde me había cortado.
—Mañana... Mañana te castigaré por esas frases prehistóricas.