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Faye
Por lo poco que nos han dejado entrever, se sabe que los machos cambiaformas llevan la voz cantante a la hora de vincularse con sus compañeras. En ese momento son más animales que humanos y se concentran en que la unión sea exitosa y satisfactoria.
Me interné en Willamette con el corazón latiéndome a lo loco y la excitación calentándome la sangre. Dios santo, qué cambiaformas tan obstinado.
Pero qué delicioso era verlo caer preso de sus instintos.
Apenas había avanzado cincuenta metros, manejándome con cuidado en la oscuridad, cuando alguien se interpuso en mi camino. Frené de golpe para no llevarme por delante a Juniper.
La guardiana se estaba echando a toda prisa una camiseta por la cabeza. Capté sin querer el atisbo de un cuerpo delgado y un par de pechos preciosos.
—¡Faye! —exclamó. Parecía preocupada—. ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? ¿Habéis...?
De pronto, se echó hacia atrás y se llevó el antebrazo al rostro, cubriéndose nariz y boca.
—Uf.
—¿Qué?
—Feromonas de advertencia. Remi está dando aviso a cualquier animal en kilómetros a la redonda de que todo este territorio es suyo... y que deben largarse cuanto antes. —Los ojos avellana se le abrieron de par en par—. ¿Todavía no...?
Negué con la cabeza.
—Me ha costado sacarlo del bucle de autocastigo.
—Machos. —Juniper puso los ojos en blanco.
—Oye, perdona, pero necesito... —Hice un gesto hacia los árboles.
—Claro, ¿quieres un poco de ayuda?
Dudé. ¿Eso no sería hacer trampas?
Luego recordé los tres días de calvario que me había brindado Remi, tocándome en la ducha sin permitir que yo le devolviera el favor. Una y otra vez.
«Esto es una guerra entre dos. Todo vale».
Me quité el suéter que llevaba y me quedé solo en una camiseta de asillas.
—Reparte mi olor hacia el este.
La primera vez que había utilizado el sigilo allí, Remi me había explicado que no me había oído, pero sí olido . Así que le vendría bien despistarse un poco.
Juniper sonrió ampliamente.
—Hecho. Y... disfruta.
Me guiñó un ojo antes de volver a cambiar a puma, tomar el suéter entre los dientes y echar a correr.
Fui hacia el oeste y desenvolví con la máxima precisión todas mis tácticas para ser indetectable.
Cada vez me era más natural y sencillo emplear mis habilidades psíquicas.
Conocía las rutas mentales que debía tomar, la práctica me había ayudado a memorizarlas como quien automatiza sus movimientos para conducir.
Llegaba un momento en el que ni siquiera pensabas cómo se frenaba y qué botón había qué presionar para activar los limpiaparabrisas.
La tormenta había terminado dos días atrás y Willamette ya había absorbido la mayor parte del agua.
Esquivé las zonas todavía húmedas, donde mi rastro quedaría impregnado, e intenté no ir en línea recta.
Medité seriamente inhibir mi propia transpiración.
Podría tocarme el hipotálamo anterior y recalibrarme a mí misma, haciendo entender a mi cuerpo que no era necesario refrigerarse y, por tanto, sudar.
Aquello me daría mucho tiempo, sin duda. Podría tener a Remi dando vueltas por el bosque durante horas, pero...
¿Eso era lo que yo quería?
Esbocé una pequeña sonrisa mientras saltaba una raíz gigantesca. No, ni mucho menos.
Así que me dediqué a dejar rastros selectivamente en zonas que no tenían nada que ver unas con otras, distanciadas y enredadas como un gato que está jugando con un ovillo de lana entre las patas de una mesa. No iba a ponérselo muy difícil, pero tampoco sería divertido si no lo confundía un poco.
Los diez minutos pasaron volando, así como los siguientes diez.
A la media hora, puse en práctica mis recientes dotes de escalada gracias al rocódromo de la guarida y subí a un roble blanco.
Sus ramas eran robustas y sólidas, y desde allí tenía una visión periférica más o menos perfecta, puesto que las copas de los árboles dejaban pasar bastante luz de luna.
Solo tenía que esperar.
Cosa que descubrí que se me daba de pena. En especial cuando cualquier sonido me crispaba los nervios y encendía la chispa en mi interior.
Remi no haría ruido. Era un jaguar alfa. Estaba diseñado para desplazarse sobre aquel suelo como un fantasma oscuro. Aun así, mi cabeza giraba de sopetón hacia los chasquidos de las ramas, el ulular de una lechuza lejana, mamíferos pequeños entre los arbustos...
Hasta que, de pronto, la sentí.
La inconfundible energía del alfa... justo sobre la cabeza.
Miré hacia arriba y vi la punta de una cola negra balanceándose sobre mi rostro.
Desde una rama superior se asomaba el rostro de un gran felino, los ojos esmeraldas centelleando contra la oscuridad de la noche y de su propio pelaje.
Se lamió una de las patas delanteras con parsimonia y luego bostezó, como si llevara allí una eternidad y estuviera muerto del asco.
Me mordí el labio inferior y le di un tironcillo a su cola.
—Presumido. —Había un globo de alegría inmenso en mi interior, el más grande de mi vida. Y descubrí que amaba aquella sensación—. Veamos qué puedes hacer ahora.
Alcancé su cerebro con la mano mental y le toqueteé el tronco encefálico lo suficiente como para erizarle los nervios e impedirle moverse con libertad. No duraría mucho, así que me deslicé hasta el suelo con rapidez y eché a correr.
Escuché su rugido unos segundos más tarde.
Me siguió y, en lugar de acecharme, corrió a mi lado y me mordisqueó la punta de los dedos, el pantalón (haciéndome tropezar) y se atravesó en mi camino varias veces.
Al final, fue una mano de cinco dedos la que me enganchó el brazo y me detuvo.
Choqué contra su pecho y caímos al suelo quedando yo encima.
Los dos estábamos sonrientes, despeinados y me sentía más viva y más yo que nunca.
Fuera quien fuera aquella Faye, me gustaba. Mucho.
No tardó en invertir posiciones y cernirse sobre mí, gloriosamente desnudo. Su erección era una presión imposible de ignorar contra mi cadera.
—Tú ganas —susurré.
Esbozó una sonrisa engreída.
—El alfa siempre gana.
Le proporcioné un calambre en los glúteos solo por principios, arrancándole un jadeo y una carcajada.
Regresamos a la casa a toda prisa. Remi no se había molestado en cubrirse y me llevaba en brazos para ir más rápido. La absoluta conciencia de que todo era muy diferente, de que había cruzado la línea definitiva con Remi Callahan, me puso muy nerviosa.
La tensión flotaba entre ambos cuando atravesamos la puerta principal. La casa seguía en silencio, para nosotros solos. Del cubil llegaban suaves luces cálidas que se derramaban en el pasillo en penumbra.
Me pareció un escenario completamente distinto al de hace tres días.
Me depositó en el suelo y lo encaré. Despacio, me quité la camiseta. No llevaba nada debajo y se le hincharon las fosas nasales. Sin perder mucho tiempo (por miedo a perder de paso el valor), me quité los pantalones. Me erguí frente a él solo con las bragas.
—Vamos a ducharnos. Y, esta vez, sin tonterías.
Se limitó a asentir. Giré sobre los talones y subí las escaleras. Me seguía tan de cerca que sentía su respiración en la parte superior de la cabeza.
La ducha fue la más real de todas las que habíamos tenido aquellos días, cada uno haciéndose cargo de sí mismo.
Nos limitamos a limpiarnos el sudor y los restos de habernos revolcado un poquito por el suelo del bosque.
Pero yo le miraba a él y él me miraba a mí.
Sus ojos encendidos no dejaron un solo ángulo de mi cuerpo sin inspeccionar.
A aquellas alturas de mi vida y tras tantos programas y revistas sobre el tema, sabía que los machos felinos eran bastante parecidos a los hombres humanos en el noventa y cinco por ciento de su fisionomía.
El cinco restante (bueno, vale, puede que fuera un diez) estaba compuesto por los ojos brillantes, las garras retráctiles y aquel miembro viril repleto de espículas.
No me importó la sonrisa presumida de Remi ante mi fascinación.
Durante aquellos días las espículas no habían estado igual de resaltadas que cuando lo había acariciado.
Ahora eran apenas rugosidades sobre la piel lisa y dura de su pene, tanto las de la punta como las de la base; esas puntiagudas que, según él, servían para. ..
A Remi se le escapó un gruñido al mismo tiempo que las espículas se hinchaban.
«Ah. Ahí están».
Con la mano llena de jabón, se acarició de arriba abajo y apretó con una fuerza que a mí me pareció...
Muy sexi.
—¿Por qué...?
—Permanecen ocultas la mayor parte del tiempo. Pero, si estoy en la ducha desnudo junto a la hembra que me gusta y ella me mira fijamente, es inevitable que crezcan.
Obnubilada, contemplé cómo su mano subía y bajaba a un ritmo perezoso.
—Mmm, ya... Pensé que requería de más, eh... Estímulo.
Se le escapó una risa.
—Contigo no.
—Sin duda, sabes cómo hacer que una chica se sienta especial.
Me tendió una toalla.
—Vamos.
Nervios, emoción, deseo, inquietud, vértigo... Sentí de todo mientras me envolvía en el esponjoso algodón y me hacía un nudo sobre los pechos. Mi pelo fue dejando un reguero de gotitas hasta el dormitorio de Remi.
Miré la cama, a él, la estufa, a él, la cama, el ventanal, la puerta, a él y, finalmente, la cama otra vez.
Se ajustó su propia toalla en las caderas y me miró. Y a la cama, la estufa, el ventanal...
—¿Estás nervioso? —pregunté de pronto.
—¿Qué? No. Claro que no.
No me hacía falta haber socializado mucho para saber que aquello era típico de los tíos.
—Porque sería normal que lo estuvieras.
Apretó con fuerza el borde de su toalla, hasta que se le pusieron los nudillos blancos.
—¿Tú crees?
—Es tu primera vez, ¿no?
Me lanzó una mirada tan abochornada que tuve que reírme.
—Bueno...
—No sexual. Me refiero a la primera vez que vas a vincularte.
—Por supuesto. Es algo único en la vida.
—¿Quieres que te traiga uno de mis maillots? Así entras en materia.
Me fulminó con la mirada.
—Faye.