Feral 40 #3
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40 #3

—Voy a contar hasta tres para que digas de una vez por todas lo que te pasa. Si no, buena suerte encontrándome en Nevada. Uno...

—Eres una cabezota —gruñí—. Estoy siendo sincero.

—Dos...

—Deberías confiar en que todo lo que hago, lo hago por...

—Tr...

—¡No te mereces tener que pasar por esto! —grité—. Estas son mis necesidades, no las tuyas.

Poco a poco, bajó la bandeja.

—Sigue.

—No es simple deseo. No te voy a lanzar sobre la cama, reclamarte y continuar como si nada. Y, créeme, Faye, nada me gustaría más que ser capaz de tomarme las cosas con calma contigo. Que tuviéramos todo el tiempo del mundo. Poder ir paso a paso. Pero yo... —Me contemplé las manos, las garras.

Faye me miró como si supiera lo que quería decir, como si me leyera la mente.

«Este soy yo. Con estas aristas, estos bordes, estas demandas».

La forma en que sonrió entonces...

Vino hacia mí, me tomó las manos y se las llevó al rostro. Aunque me resistí, acabé cediendo. Apoyó las mejillas allí, confiando ciegamente en que no le haría ni un solo rasguño.

—Nunca me has tratado como si no pudiera tomar mis propias decisiones, a pesar de tus gruñidos y tu sobreprotección innata. No empieces ahora.

—Pero puede que no entiendas el significado completo. Que sería...

—... irreversible. Sí, lo sé. Y también sé que hay más mundo ahí fuera.

Más personas, lugares y experiencias. Otras oportunidades, proyectos, relaciones, manadas.

—Lo enumeró con calma, como si ya lo hubiera valorado.

Joder, eso también había pasado por mi mente, era la raíz de toda mi incertidumbre—.

Puede que creas que la vida que he tenido me impide ver el panorama completo.

Que he pasado de una cárcel a otra o algo parecido, y que por esa razón tal vez tome decisiones precipitadas.

Que como no tuve amor, comprensión o una dignidad básica mientras crecía, vivir con vosotros me puede haber confundido y que ahora tenga una especie de síndrome de Estocolmo porque sois los únicos que me habéis tratado bien.

Tal vez hasta estés de acuerdo con mi padre y creas que, como no he tenido la oportunidad de experimentar, no me conozco a mí misma lo suficiente como para distinguir agradecimiento de deseo.

Miedo a estar sola de verdadero amor. Instintos de supervivencia de verdaderos lazos.

No dije ni una sola palabra. No era capaz. Faye deslizó el pulgar por la punta de una de las garras y presionó hasta que se pinchó. Hasta que brotó una gota de sangre como una perla roja.

Se me entrecortó la puta respiración.

—Es cierto que los Colmilloscuro habéis sido mi salvación.

Pero no soy tonta. Tal vez sea lo único que he tenido claro a lo largo de los años, mis límites.

Lo que estaba bien y lo que no. Lo que quería y lo que no.

—Me miró directamente a los ojos, con intensidad, antes de añadir algo que parecía salirle del alma—: Y te quiero a ti, Remi Callahan.

De todas las veces que había fantaseado sobre aquello, a solas en mi dormitorio cuando nadie podía juzgarme, jamás se habían dado así las cosas.

Sí, habían sido fantasías de lo más pecaminosas e indecentes, en la mayoría de las cuales acabábamos tirados en algún lado, agotados y sudorosos.

Pero ni en mis sueños más locos Faye estaba de pie frente a mí dejándome tan claro que. .. me elegía.

Ella a mí. Ella , que biológicamente no sentía ningún impulso.

Al margen de todo lo sucedido últimamente, tenía un concepto mellado de mí mismo.

Era probable que jamás me perdonara del todo por haber provocado el asesinato de mi madre y, por consiguiente, la pérdida de cordura de mi padre; o el periodo de desestabilización en los Colmilloscuro porque todos tuvieron que preocuparse por mí.

Siempre me sentiría demasiado poco, siempre tendría la necesidad de compensar.

Por tanto, era obvio que, muy en el fondo, más allá de las primeras capas de confianza excesiva, instintos alfas y adoración hacia mi compañera, subyacía la inseguridad.

¿Me la merecía?

¿Me merecía que los espíritus me la hubieran brindado?

¿Acaso yo...?

Entonces Faye dio un paso hacia atrás, alejándose. Mis brazos cayeron y sentí el fantasma de su calor corporal en las manos.

—O tal vez tengas razón y deba marcharme cuando todo esto acabe.

Vivir lejos, conocer a otras personas, viajar, estudiar en alguna universidad lejana, reclamar todas las experiencias que me fueron robadas.

—Hizo una pausa y se chupó la gotita de sangre del dedo.

El sonido me provocó un tirón en la polla—. Estar con otros hombres.

Un silencio espeso siguió a sus palabras. Todo se aquietó. Por un momento, fue como si el mundo entero estuviera conteniendo el aliento a la espera de mi reacción.

«No puedo haber oído bien».

El rugido del jaguar lo invadió todo, incluso la cojonera inseguridad.

Incliné tanto la cabeza hacia un lado que casi me toqué el hombro con la oreja.

—Repite eso.

—Ya sabes, para quitarte el terrible peso de mi virginidad. —Agitó la mano en el aire—. Es un engorro, lo entiendo. ¿Quién quiere hacerse cargo de una tarea así?

Me mantuve unos instantes en silencio. Cuando hablé, la voz me había descendido tanto que era puro gruñido.

—Yo también sé lo que estás haciendo.

—No me digas.

—Y te ha funcionado. —Di un paso hacia ella.

Faye retrocedió. El pecho se le agitó y el inconfundible aroma de su excitación empezó a flotar por todas partes.

Bien... parecía que una parte suya que ni ella misma conocía bien por fin se estaba espabilando.

Sus instintos femeninos debían estar gritándole que corriera.

Por la forma en que el aire a su alrededor empezó a vibrar, supe que estaba llegando el hiperfoco—.

Te di una oportunidad. No habrá más, florecilla.

—Una sonrisa lenta y completamente animal me surcó los labios.

Pelo negro y brillante comenzó a surgirme de cuello y hombros—. Tienes diez minutos de ventaja.

Faye no se detuvo a preguntar para qué. No era tonta. Me rodeó, abrió la puerta y echó a correr.