Feral 40 #2
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40 #2

Cocinar para ella despejó un poco (solo un poco) la bruma del celo.

Estaba cumpliendo una por una con mi lista mental de tareas.

Las ejecutaría perfectamente, cubriendo poco a poco todas sus necesidades, y luego me retiraría.

Podía hacerlo. Podía sortear la danza de apareamiento para que ella solo se llevara la mejor parte.

Si alguien tenía esa puta capacidad, era un alfa. ¿No?

No era el más experto en los fogones, pero Inaya y otros miembros de la manada siempre mantenían la nevera llena y la mayor parte de la comida solo tuve que calentarla. Regresé al dormitorio con una gran bandeja, ignorando los láseres de frustración que me estaba lanzando Faye con la mirada.

Puse la bandeja a los pies de la cama y le hice un gesto.

—Ven.

Se quedó completamente quieta unos segundos.

—Esto va de mal en peor. ¿Ahora me llamas como a los animales de compañía?

—No —barboté avergonzado—. No. Yo...

—Tenemos que hablar, Remi.

Sacudí la cabeza. El instinto me dijo que hablar no era bueno. No era prioritario. Si charlábamos, ella podía descubrir lo mal que yo lo había hecho y largarse.

—Por favor... Permíteme alimentarte. —Me puse de rodillas junto a la cama y escuché cómo se le atascaba la respiración—. Por favor, Faye. Deja que...

Me costaba expresarlo.

Por suerte, sus pies golpearon el suelo con suavidad y vinieron hacia mí.

—Que sepas que me parece que estás exagerándolo todo.

Asentí a toda prisa y empecé a reunir alimentos en un plato para ella. Verduras asadas, tiras de lomo, queso blanco en dados, rodajas de aguacate y piña en conserva. Lo empujé en su regazo y esperé impaciente a que sus manos lo tomaran. Como no lo hacía, le presioné más el plato contra el estómago.

—Oh... vaya —susurró.

No me di cuenta de qué pasaba hasta que bajé la vista y vi mis patas plantadas sobre las alfombras y otro pantalón hecho jirones.

Me había transformado inconscientemente.

No me pasaba desde que era un cachorro. Aprendíamos rápido a diferenciar las necesidades de nuestro animal de las de nuestra parte más humana, sus pensamientos y emociones del resto.

Supuse que en la danza de apareamiento todo procedía del mismo lugar.

Cambié de nuevo y me eché una manta por las caderas para seguir proveyendo a Faye. Le serví zumo y se lo llevé hasta los labios.

—No sé si... —Acallé su protesta obligándola a beber.

Me aseguré de que se comía casi todo el plato antes de rellenarlo de nuevo.

—Ah, no. Yo no como tanto y lo sabes. —Se inclinó sobre la bandeja—. Ahora te toca a ti.

Esperé con expectación, viendo sus dedos danzar de un lado a otro y colmando mi plato mucho más que el suyo.

Ella no sabía el honor que me estaba brindando.

Durante la danza, cualquier gesto de la hembra hacia el macho era un regalo, un avance.

Una forma sutil de aceptar los acercamientos.

¿Compartir alimentos con él? Era una señal de respeto inmensa.

Tal vez ella no lo haría si supiera el significado, pero di buena cuenta de todo lo que seleccionó para mí. Vacié el plato y luego lo lamí hasta dejarlo limpio.

Todavía sin mirarla, empecé a recogerlo todo.

—Ahora podemos hablar. Las chicas me advirtieron de ciertas cosas, pero necesito que te calmes y pienses un poco.

Lo que ha pasado hoy no tiene nada que ver contigo.

Bueno, un poco sí, pero no en el mal sentido.

La buena noticia es que he podido invocar una visión nueva por primera vez, por eso.

.. —Me puse en pie y la manta se cayó, mostrando toda mi parte inferior—.

Uy. A ver, como táctica de distracción un diez, pero sigo queriendo hablar sobre lo de. .. ¡Remi!

Cerré detrás de mí al salir.

Controlé la situación durante los siguientes tres días. No dormí para vigilar su puerta y apenas comí (excepto por los platos que ella misma me preparaba). Pensaba que mantenerla viva y alimentada calmaría un poco al jaguar, pero estaba muy equivocado. Tenía el pelaje erizado y la cola en ristre.

Las dos colas. Todo el puto tiempo. Así que, para ahorrarme bochornos, pasaba la mayor parte del tiempo en forma animal. Solo cambiaba para ducharla, comprobar su herida (que con mi saliva estaba prácticamente curada) y llevarle comida.

Era consciente de que Faye me lo permitía porque quería entender qué me ocurría; era casi más cabezota que yo.

Ignorar sus intentos por tocarme y hablar conmigo era una tortura, pero me la merecía.

Yo la había conducido a esto. Cuanto más lo pensaba, más claro lo tenía: su primera visión había sido sobre mí y gracias a eso había acabado en un laboratorio donde le habían hecho de todo; lo mismo con su última visión, gracias a la cual la había alcanzado un disparo; había salvado a mis cachorros y yo automáticamente me había enlazado a ella obligándola a afrontar el vínculo de los cambiaformas; en lugar de darle herramientas para tener una buena vida, la había manipulado para que se quedara con los Colmilloscuro. ..

Todos deseos egoístas. Lo había disfrazado de ayuda, había querido creer que lo hacía por ella, pero no había sido así. En el fondo solo quería satisfacerme a mí y mi necesidad de tenerla cerca.

Me acurruqué contra el marco de la puerta del dormitorio, en el pasillo, hirviendo de rabia contra mí mismo por todo. Estaba molesto tanto por lo que hacía como por lo que no. Joder, si alguien tosiera cerca en aquel momento era probable que le destrozara la cara a zarpazos. No me aguantaba.

Tres golpes secos me hicieron entrar en tensión.

Alguien estaba en la puerta principal a altas horas de la noche.

Bufé. La manada. Mucho habían tardado. Sin embargo, el impulso de la danza de apareamiento no había terminado. Estaba tardando más de lo que pensaba, probablemente por reprimirme tanto.

Me transformé y di unos toques suaves al dormitorio.

—Quédate ahí —dije con voz áspera. Y como no quería que me volviera a gritar como aquella mañana al llevarla a la ducha, añadí en un murmullo—. Por favor.

Bajé con rapidez y me preparé para mandar a la mierda a quienquiera que hubiera tenido la mala suerte de ser el mensajero.

Abrí la puerta de un tirón y...

Me quedé helado.

Faye esbozó una sonrisa seca desde el porche. Lo único que la iluminaba era el farol sobre su cabeza.

—Como ves, me dejas tanto tiempo sola que a estas alturas podría estar en un avión de camino a Las Vegas y tú ni te habrías enterado.

—Pasó por mi lado, trayendo consigo una ráfaga de aire frío.

Se plantó en medio del vestíbulo y se colocó las manos en las caderas—.

Vamos a hablar. Y esta vez no es una petición.

Observé el exterior con la boca ligeramente abierta. Percibí el aroma de decenas de miembros que merodeaban por la zona, incluido mi círculo. ¿Habrían visto a Faye escaparse por...?

Un momento.

—¿Por dónde has salido? —le gruñí.

—Guau, ¿ese es el sonido de tu voz? Casi lo había olvidado.

—¿Has salido por la ventana?

Mi dormitorio estaba a la altura de una tercera planta, a unos diez metros del suelo.

—Tienes unas agarraderas preciosas y te recuerdo que soy más ágil de lo que parece. Sobre todo, si tengo la motivación adecuada. Y ahora mismo me tienes tan cabreada que podría hacer acrobacias de circo.

Me fulminó con la mirada hasta que me di cuenta de que había olvidado mi promesa de no volver a mirarla a los ojos. Al bajar la vista al suelo, ella profirió un grito inteligible y se movió muy rápido. Lo siguiente que supe fue que un jarrón venía directo a mi cabeza.

Me agaché y se estrelló contra la puerta, haciéndose añicos. Contemplé los pedazos sin dar crédito.

—¿Acabas de...?

—Vuelve a intentar ignorarme y acertaré. Solo tengo que paralizarte los músculos.

En mi interior, el jaguar estaba dando coletazos, juguetón y feliz.

Lo ignoré. Para él, aquello era bueno. Era parte del coqueteo. Los felinos grandes acababan magullados tras flirtear con sus hembras porque ellas eran duras y tenían que ponernos a prueba.

Faye no sabía eso, pero...

La miré. Había echado de menos su preciosa mirada bicolor, incluso si ahora formaba parte de una mueca de enfado descomunal. Y estaba jodidísimo, porque nunca me había parecido tan atractiva como en ese momento, con una bandejita de madera lista para ser lanzada.

—Como te iba diciendo hace tres días, sé lo que estás haciendo.

Y sé que gran parte de ti no puede controlarse en estos momentos, pero estás siendo un grandísimo idiota.

¿Qué se supone que quieres que haga, que me quede quieta y callada hasta el fin de los tiempos, dejando que me trates como a una muñeca porque te sientes culpable?

Luché contra el impulso de transformarme. Era lo que había estado haciendo para evitar sus preguntas.

—No es hasta el fin de los tiempos.

—¿No? ¿Y eso cómo lo sé yo? ¿Sabes lo largos que se me han hecho estos días? —Le tembló la mano que sostenía la bandeja—. Puedo respetar tus costumbres y tus procesos, pero nunca que te comportes como si yo fuera algo que se puede romper. Fuiste tú quien me dijo que no lo era.

Aquello... me jodió vivo. Cerré los ojos con fuerza.

—No era mi intención, te lo juro.

—¿Y cuál era? ¿Ignorar la danza de apareamiento? ¿Dejar pasar el tiempo a ver si se te iba el impulso de marcarme?

Joder, no esperaba que lo acertara con tanta precisión. En sus labios sonaba a algo muy estúpido, cuando a mí me había parecido un plan cojonudo.

No se merecía menos que la verdad. A aquellas alturas era absurdo negar lo que estaba sucediendo, ese tren había pasado de largo hacía rato.

—Sí.

Alzó la barbilla y algo le brilló en los ojos.

—¿Por qué? ¿No quieres emparejarte conmigo?

—¿Que si no...? —Solté una risa sin humor—. Tienes que estar tomándome el pelo.

—Vaya, perdona si tu actuación de estos días me ha confundido.

Apreté las manos en puños y me pinché con las garras, que habían surgido sin darme cuenta.

—Lo he hecho por tu bien.

Meneó la bandeja.

—Te vas a tragar esto, Remi Callahan.

—No sabes de lo que estás hablando...