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Remi
¿El final de mi danza de apareamiento? A ver, tengo el evento un poco borroso por las feromonas y el hiperfoco... Estoy seguro de que corrimos un rato por el bosque. Creo que fuimos bastante discretos. ¿No?
Q UINN S ALVADOR, guardián de los Colmilloscuro
Más tarde, recordaría todo aquel episodio como el momento menos lúcido y al mismo tiempo más simple de toda mi existencia. Dejarse llevar por la intuición era así. Un desfile de escenas poco relevantes que rodeaban lo único que importaba en aquel momento: Faye.
Mi compañera.
A la que habían herido en mis putas narices.
Era natural cederle el mando a mi jaguar. Él sabía lo que había que hacer. Tenía claros los pasos para proteger a nuestra hembra, curarla, mimarla, llevarla a un lugar lo bastante apartado de cualquier enemigo y marcarla a conciencia para que nadie se atreviera a intentar arrebatárnosla de nuevo.
Se trataba de un plan perfecto, a mi modo de ver.
Una vez que la tuve para mí, solo para mí, distintas piezas se movieron en mi cabeza tratando de establecer un orden. Una prioridad.
La primera estaba clara.
Me puse unos pantalones cualesquiera de todas las prendas que había en el vestíbulo. Todo en mí estaba descarnado en aquel momento, pero conservaba una pizca de decencia y solo por ella.
Le quité el chubasquero y desaté la tela que envolvía la parte superior de su hombro.
La herida estaba mucho mejor que un rato antes, pero, incluso así, me hizo gruñir.
Debía aplicar más medicina. No quería ni una sola cicatriz más en su perfecta piel, se suponía que eso no le volvería a ocurrir estando a mi lado.
La tomé en brazos.
—¿Qué...? —jadeó.
La llevé hasta la consulta de Inaya. Mi saliva había hecho la mayor parte del trabajo, limpiando y desinfectando. Aceleraría la curación. Pero necesitaba asegurarme de que no sentía ni la más mínima molestia. Era absolutamente indispensable.
Era...
Las manos de Faye se cerraron sobre las mías cuando estaba abriendo un paquete de gasas esterilizadas.
—Remi. Mírame.
Gruñí. No podía. Todavía no.
¿Qué macho que se preciara sería capaz de mirar a los ojos a su compañera después de provocar que le dispararan? Ella se había interpuesto entre un enemigo y yo. Ella .
Y todo por mi culpa. Había llamado a Faye compañera delante de Demidov, este había ido corriendo a metérselo en el culo a Kovalenko y el hombre había sacado la conclusión más obvia: si me capturaban a mí, conseguían a Faye. Como mínimo le harían daño y la desestabilizarían.
Ignoré su suspiro de impaciencia y me concentré en aplicar el antiséptico y cubrir bien la zona.
Alisé los bordes como un maniaco, asegurándome de que no quedaba una sola burbuja, y luego la revisé de arriba abajo.
Aquella bala la había rozado, pero había caído al suelo. Había estado expuesta a una tormenta.
Cuando vi el charco de barro y suciedad que se había formado a sus pies, volví a tomarla en brazos. Aquella vez no hizo ningún ruido, apenas reaccionó. Se me aferró al cuello y se mantuvo callada mientras la llevaba a mi dormitorio y, a su vez, a mi baño.
Sin preguntas, comencé a desvestirla. No iba a pedir permiso como la otra vez, esa etapa de nuestras vidas había prescrito. Notaba su mirada insistentemente en mi rostro, buscándome. Se me calentó la parte superior de las orejas.
Al intentar guiarla hacia la ducha se resistió. Pensé que no quería que la lavara, cosa que alteraba al jaguar, pero me quedé de piedra cuando sus delgadas manos se dirigieron a mis pantalones.
Permití que los desabrochara y me los bajara por las caderas.
Cuando mi erección saltó, Faye vaciló un solo segundo.
Luego empujó la ropa más allá de mis muslos.
Los pequeños puntos en los que nuestras pieles hacían contacto sin querer me escocieron como quemaduras.
Enviaron estallidos de electricidad por todo mi cuerpo.
Cerré los ojos para controlarme y apreté las manos en puños. No podía... No.
Noté una presión en la muñeca. Faye me llevó detrás de ella a la ducha.
Fue ella quien abrió el agua, ajustó la temperatura y me dio empujoncitos suaves hasta que estuve bajo la alcachofa.
Solo cuando vi el agua marrón, las piedrecillas y los trozos de ramita, me di cuenta de que yo mismo era un desastre asqueroso.
El Remi que había salido aquella mañana para supervisar una secuoya caída quiso hacer aparición. Aquellos pensamientos y emociones, más suaves y lógicos, intentaron brotar más allá de la nebulosa del celo.
Mi jaguar lo aplastó todo de un zarpazo. No nos interesaba. No era significativo en ese momento.
Extendí el brazo para agarrar a Faye. Se le escapó un gritito cuando le aplasté el cuerpo contra el mío. Cuando se le apretaron los pechos contra mi torso y la innegable evidencia de mi deseo por ella quedó aplastada contra su estómago.
Deslicé las manos hacia arriba por su cintura.
Le rocé el exterior de los pechos con los pulgares y la sentí temblar.
Mi instinto territorial era terrible en aquellos momentos, porque un auténtico cataclismo podría estallar ahí fuera, consumiendo Oregón al completo, y a mí no me importaría siempre y cuando no la afectara.
Faye alzó el rostro y supe lo que quería. Supe lo que aquellos labios me estaban pidiendo. Y yo...
Una convulsión llegó, agarrotándome el estómago. La lujuria del celo era implacable, impelía al macho a sellar el vínculo cuanto antes.
Luché contra ella con todas mis fuerzas.
Cuando la peor parte hubo pasado, cogí el jabón y empecé a lavar a Faye concienzudamente.
Parte por parte. Desviando la vista de su exquisito cuerpo y procurando no pensar en lo perfecta que resultaba entre mis brazos.
En lo suave que era su piel con sus marcas de supervivencia, sobre todo con aquella ligera capa de espuma cubriéndola.
O en su respiración cada vez más trabajosa.
Le rocé el hueso de la cadera con los nudillos mientras mis labios le revoloteaban la sien. Lo pensé durante uno, dos, tres segundos... Y luego me dije a mí mismo que debía limpiarla bien. Era lo mínimo. Cuidarla. Satisfacerla.
No era el macho que se merecía, parecía que no era capaz de protegerla adecuadamente, pero aquello lo haría bien o me iría al puto infierno.
Cuando le ahuequé la entrepierna, la encontré ardiendo y pegajosa.
Faye no dejaba de temblar, así que la apoyé contra los azulejos y la sujeté con fuerza mientras la exploraba.
Adelante y atrás, sin dejar un solo recoveco desatendido.
Apoyé el antebrazo sobre la cabeza y escondí allí el rostro.
Escondí los colmillos, la enzima precipitándose a mis encías, las espículas creciendo en mi lengua.
Me concentré solo en ella. En su placer. En su bienestar.
—Remi... —gimió. Se me aferró al brazo e intentó bajarlo. Quería que descubriera el rostro—. ¿Qué...? ¿Qué haces? Por favor...
Tragué saliva con tanta fuerza que juraría que la nuez estuvo a punto de partírseme. Un líquido agridulce me bajó por la garganta. La enzima.
Aceleré los movimientos de la mano para distraerla.
Funcionó. Por mucho que quisiera hablar conmigo, la urgencia de correrse era más fuerte.
Me clavó las uñas en el pecho y derramó gemido tras gemido contra mi piel.
Cuando se puso de puntillas como la otra vez, supe que estaba a punto.
Le dediqué toda la atención al clítoris, hinchado y sensible, y me mordí a mí mismo justo cuando noté las contracciones de su vagina.
Me concentré en el dolor para no pensar en lo increíble que se sentirían esos apretones sobre mi polla.
Aproveché su aturdimiento para terminar de enjuagarnos, sacarla de la ducha y empezar a secarla. Le froté con una toalla la larga melena oscura, metódico, ignorando sus miradas, sus preguntas, todo.
Hice contacto visual sin querer y un calambre agónico me bajó por la espina dorsal y me paralizó brazos y piernas. Me quedé con las manos enredadas entre la toalla y su pelo, estático.
—Dime qué te pasa o te dejaré así y me largaré.
Mi jaguar se revolvió como una fiera en mi interior. ¿Irse? ¿Dejarnos?
Pero lo que más me tocó fue la desesperación subyacente en su voz.
Deslicé los ojos por su rostro. Su belleza me sentó como una patada en el estómago. Me sobrecogió. Esos preciosos ojos. Esa pupila en forma de estrella. La tez dorada, las comisuras rizadas de los labios, la fuerza que le latía bajo la piel como una canción imposible de ignorar.
Lo que fuera que vio ella en mí la turbó.
—Remi... —susurró repleta de ternura.
Me liberó de la parálisis y volví a clavar la vista en la pared. La envolví con firmeza en el albornoz, la tomé de nuevo en brazos y la llevé hasta la cama. Al depositarla allí, se escurrió inmediatamente hacia el lado contrario. Dejando espacio libre.
Cerré los ojos con fuerza, con los puños en la colcha, y esperé a que la siguiente convulsión pasara.
—Ni se te ocurra irte al suelo o a una bañera —conseguí gruñir con voz ronca.
—¿Cómo sabes...?
Luego le eché las mantas por encima y me fui.
A Faye le costó tres intentos más captar el concepto. Cada vez que intentaba seguirme fuera del dormitorio, me la cargaba al hombro y la volvía a tirar sobre la cama. La última, despeinada y furiosa, me gritó:
—¡Sé lo que estás haciendo! ¿Sabes lo mucho que me estoy conteniendo ahora mismo para no provocarte una orquialgia de tres pares de narices?
Cerré la puerta detrás de mí impertérrito.
Mientras trasteaba en la cocina, busqué el significado de orquialgia en un pad.
«Dolor en uno o ambos testículos, que puede ser intermitente o constante, y durar meses.
Puede variar de una molestia leve a un dolor agudo, como un apretón o calambre, o incluso sensación de testículo atascado».
Ronroneé, más orgulloso que preocupado por la amenaza de mi compañera.