38 #3
Desde la pantalla, Morgan estaba mortalmente seria.
—¿Has invocado una visión?
—Creo... que ya estaba ahí, en mi subconsciente. Por eso estaba inquieta.
—¿Y los marcadores temporales?
Así habíamos empezado a denominar a las señales que me permitían saber cuándo se producirían mis visiones.
—Hoy. Ya. —Tragué congoja, aire y un terror abyecto. Todo cayó en mi estómago como una pelota de cemento helado—. Cerca de la secuoya caída.
Lo que sucedió a continuación fue un borrón de llamadas, guardianes movilizándose y la visión absolutamente acojonante de Micah Campbell, Juniper Becker y Fabian Mendoza cubriéndose de un halo invisible de letalidad.
Una amenaza indeterminada estaba cerniéndose sobre su alfa.
Sobre su mejor amigo. Micah ya había llamado a todos los guardianes, tanto los que seguían de guardia en los refugios como los que estaban en sus hogares pasando la tormenta.
Todos debían desplazarse inmediatamente al punto en el que la secuoya había caído y buscar a Remi y a los enemigos ocultos.
La lluvia jugaba en su contra y no parecía una casualidad: habían elegido la tormenta como el momento perfecto para atacar.
—Va a llamar a alguien —dije a todos los presentes.
El cuerpo me temblaba porque, para mí, ya habían disparado a Remi.
Ya lo había visto herido, vulnerable y siendo cercado, y mis articulaciones nerviosas no querían distinguir presente de futuro—.
Debe ser uno de vosotros, así que decidle que salga de allí lo más rápido que pueda.
Le disparan justo mientras está hablando por teléfono.
Todos asintieron con expresión mortalmente seria antes de dispersarse. Las mellizas estaban junto a la puerta del cubil.
—Iré por Silver Pine —musitó Fabian.
Sin esperar respuesta, se transformó y se escabulló por la puerta hacia la tormenta. Su cola dorada desapareció en la cortina de agua.
—Yo atajaré por Moonfall. —Juniper ya se había quitado las botas a patadas—. Conozco un par de zonas con paquetes para emergencias hacia las que puede haberse dirigido.
Micah asintió. Cerré los ojos cuando Juniper se transformó. Su ropa no había terminado de caer y ella ya se había internado en la tormenta.
Me quedé paralizada frente a la puerta abierta, retorciéndome las manos, hasta que me di cuenta de que Micah no se movía. Estaba tecleando furiosamente en el comunicador.
Percibió mi mirada y se tensó.
—Yo no puedo rastrearle. No... —Apretó la mandíbula—. Perdí el olfato de pequeño.
Su expresión era de tormento puro.
Sus cicatrices... El incendio. Debía de haberle afectado a la pituitaria.
—Yo te ayudo. —La adrenalina se me disparó por el cuerpo en cuanto lo dije. Fui hacia el perchero y tomé uno de los chubasqueros—. He visto el lugar en el que sucederá. En cuanto lo vea sabré que es ahí.
Summer dio un paso adelante con firmeza.
—Y yo puedo rastrear su olor.
—No digáis tonterías.
—Puedo hacerlo. El año pasado, durante la riada, yo encontré a los tres cachorros perdidos. Lo sabes. —Summer miró con una firmeza encomiable al beta, indiferente a su cabreo y la hostilidad que emanaba—. Déjame ayudar, por favor. Déjame...
Por cómo le tembló la barbilla, todos supimos que aquello no era solo por Remi.
—Confía en ella —le pedí—. Lo hará bien.
Micah era un cambiaformas enorme y peligroso, pero no tenía nada que hacer frente a una cachorra con las emociones a flor de piel y los ojos llorosos. Además, estaba claro que él tampoco quería quedarse atrás. Soltó una palabrota que me hizo parpadear y la señaló con un dedo amenazante.
—No hagas que me arrepienta. —El dedo se movió hacia mí—. Me seguís y acatáis todas mis órdenes.
Las dos nos apresuramos a asentir. Entendía que aquello no tenía nada de condescendencia o misoginia, era puro sentido común: Summer solo tenía quince años y yo, habilidades psíquicas aparte, no disponía de una sola herramienta para enfrentarme a una tormenta en plena naturaleza.
—Me va a matar —dijo Micah, mirándome mientras me abrochaba bien el chubasquero—. Soy puma muerto.
Le sonreí. Por dentro era un flan.
—Precisamente vamos a evitar que nadie muera hoy.
Me lanzó su clásica mirada de «Estás flipando».
—Tened mucho cuidado —nos pidió Noon. Intercambiamos una mirada que me hizo recordar lo que acabábamos de hablar.
Luego salimos al bosque y a la tormenta.
Micah caminaba junto a mí, agarrándome del brazo cuando los bandazos de aire y lluvia amenazaban con tumbarme. Summer nos precedía en forma de puma, olisqueando por todas partes. El pelaje beige se le había vuelto marrón al mojarse.
Aunque Willamette podía parecer igual miraras por donde miraras, tenía la imagen del abeto y los alrededores clavados en el fondo de la mente. Los helechos, el follaje por el que habían aparecido aquellos hombres armados...
Desesperada, examiné cada recoveco, cada charco, cada árbol; todo alternando entre la oscuridad de la tormenta y los fogonazos de los rayos.
Una tronada en concreto me trajo el déjà vu .
Era la de la visión. Daba igual que fuera una locura distinguir un trueno de otro. Giré sobre mí misma angustiada. Remi estaba saltando sobre un charco en ese momento, a punto de...
Summer soltó un chillido y salió disparada. Micah me arrastró detrás de ella. Sorteamos ramas caídas, rocas y un enorme pino hasta que...
Allí, a unos veinte metros.
Un jaguar se estaba transformando.
—¡Remi! —bramó Micah.
El alfa giró en redondo al oírlo. Yo señalé la hojarasca oscura y densa que había a la derecha.
—Aparecerán por ahí, ¡corre! —grité a Micah.
El beta no lo dudó dos veces. Un enorme puma plateado ocupó su lugar y salpicó barro por todas partes al esprintar.
Entonces... Tuve una sensación de lo más extraña.
La misma que cuando había visto a Summer agazapada en el mirador, herida y asustada.
Esa inevitabilidad que tiraba de mis huesos, porque mi cerebro sabía cómo iba a terminar todo y, al mismo tiempo, todavía no había ocurrido.
Un tira y afloja entre una verdad y una mentira.
Summer estaba a los pies de Remi, gruñéndole y empujándole las pantorrillas con la cabeza. Este tenía la expresión de incomprensión y cabreo más gorda que le había visto jamás.
Por encima de la tromba de agua, escuché gritos. Disparos. Los chillidos de uno, dos, tres pumas... Habían llegado más miembros. Algo dorado pasó velozmente frente a mí. ¿Fabian?
La situación ya era distinta. Aquello ya no tenía nada que ver con mi visión. Incluso así, ¿por qué no me deshacía de la sensación de fatalidad?
Algo se me había escapado... Algo...
El disparo a Remi se repitió en mi mente. Lo había tumbado al suelo y la bala había salido por una zona más baja que por donde había entrado. Así que la trayectoria del disparo...
Alcé la vista justo cuando otro rayo iluminaba el ambiente. Y entonces vi al francotirador allí, apostado entre las ramas de un árbol, cargando el rifle y listo para disparar. Y yo no podía usar la neuroquinesis, no tenía forma de hacer contacto visual para acceder a su mente.
Eché a correr.
—¡Remi! ¡Corre!
El muy idiota vino hacia mí. Incluso con Summer metiéndose entre sus piernas.
—¡Faye!
Chocamos y caímos al suelo en un lío de brazos y piernas justo cuando sonaba un disparo.
El corazón se me detuvo durante unos segundos angustiosos... Hasta que un dolor lacerante me irradió del hombro hacia el brazo.
En lugar de preocupación o miedo, lo que sentí fue alivio .
Remi estaba ladrándome cosas en la cara y yo solo pude acariciarle la mejilla torpemente.
—Menos mal...
Se le hincharon las fosas nasales.
—¿Qué has...? —Luego alzó la vista de golpe—. ¡Fabian, en esa rama! ¡Quinn, rodeadnos! El resto, encargaos de los intrusos. Summer, te juro por cualquier espíritu que esté escuchando que como te muevas de ahí no podrás volver a sentarte en un mes.
La chica contestó, por lo que debía haberse transformado.
—Creo que la bala solo la ha rozado.
Estuve a punto de bufar. ¿Rozarme? Me sentía como si fuera a perder el hombro en cualquier momento. Latía y ardía como si estuvieran presionando un atizador al rojo vivo contra la zona.
—Eso está por ver —gruñó Remi—. Voy a... Voy...
Se quedó atascado, los ojos fijos en mi hombro. Alzó los dedos, manchados con mi sangre, y sus ojos... En lugar de iluminarse, se oscurecieron. Su rostro al completo se ensombreció como si una nube se hubiera desprendido del mismísimo cielo y caído sobre él.
—¿Alfa? —murmuró Summer con aprensión.
Él no dijo nada y ambas nos miramos. Tenía que pestañear constantemente para luchar contra el diluvio que caía sobre nosotros.
Oí un golpe seguido de un gemido lleno de dolor.
Micah, en forma humana y desnudo, acababa de lanzar a uno de los atacantes al suelo hecho un guiñapo.
Parecía que la lucha había terminado a favor de los Colmilloscuro incluso antes de empezar, a juzgar por la cantidad de cuerpos vestidos de negro repartidos a nuestro alrededor.
Por suerte, había cuatro veces más cambiaformas que humanos.
El beta se cernió sobre el balbuceante hombre, lo cogió por la pechera y lo zarandeó.
—¿Cuál era vuestro objetivo? —bramó.
—Llevar... llevar al alfa... Por ella. —Los ojos de aquel tipo al que no conocía de nada me buscaron—. Para atraerla.
Todos me miraron.
Sí, mi padre no era de los que se daban por vencido.
Remi emitió un sonido estrangulado. Se estaba encogiendo sobre sí mismo. Me tenía en su regazo y, en lugar de soltarme, me apretó con más fuerza contra el pecho. Hice una mueca cuando me protestó el hombro.
Todos los Colmilloscuro se quedaron quietos al mismo tiempo. Micah soltó al hombre de golpe.
—¿Remi?
El alfa no dijo nada. El ruido de la tormenta de fondo opacaba el latido apresurado de mi corazón. ¿Y si la bala sí le había alcanzado?
—¿Estás bien? —jadeé. Me había escondido la cabeza en el cuello y la movía de lado a lado. Tironeó del chubasquero y del suéter hasta que noté el aire frío en la piel—. ¿Te han...?
Algo cálido y húmedo me raspó la piel de la clavícula.
¿Acababa de... lamerme?
Le enterré las uñas en la nuca, intentando llamar su atención.
—Remi. ¡Remi!
Los lametones se dirigieron hacia la herida, precisos e indoloros. Al probar mi sangre, exhaló un gruñido que hizo que todos, incluido su círculo, dieran un paso atrás.
—Mierda —masculló Fabian.
Los miré de hito en hito nerviosa.
—¿Qué pasa? ¿Qué le ocurre?
De pronto, no había un hombre de veinticinco años acunándome, sino un jaguar inmenso de pelo negro y ojos... Ojos también negros. Apenas quedaba un hilo de verde en los bordes de los iris, imperceptible si no estabas muy cerca.
Los bigotes me hicieron cosquillas en el rostro cuando se inclinó para seguir lamiéndome la herida.
Micah se acercó despacio y con las manos en alto.
—¿Qué tal si...?
Remi giró su gran cabeza peluda hacia él y le mostró todos los dientes. El beta se detuvo abruptamente.
—Vale. Un no rotundo. Lo pillo.
—¿Alguien me puede decir qué está...? ¡Oye! —Aferré una de las orejas del jaguar cuando su inspección cambió de rumbo y comenzó a explorarme la parte inferior de las clavículas. En su forma animal también le faltaba un trozo—. Ni se te ocurra.
Protestó con un maullido bajo, pero regresó a la herida. La cual, para mi completa sorpresa, había dejado de arder como un infierno. La saliva me había adormecido el área. Ni siquiera sangraba.
—Que todos los machos retrocedan —ordenó Juniper, con el pelo del color de las marionberries por la lluvia. Ella, Mara y Summer fueron las únicas que se quedaron de pie a unos cuantos pasos—. Lo siento, Faye. Estas cosas pasan a veces. Oler tu sangre y el peligro inminente ha debido acelerarlo.
Remi me había plantado una pata sobre el abdomen, como si quisiera evitar cualquier intento de levantarme, y continuaba muy afanado en repartir la saliva milagrosa.
—¿Acelerar qué?
—La fase final de la danza de apareamiento. Esa en la que... —Intentó esbozar una sonrisa de ánimo, pero le salió una mueca penosa—. Ya no hay vuelta atrás.