38 #2
«Los emparejamientos entre humanos y morfos siempre han existido. Tú eres metahumana, como yo, y eso no nos exime de esta maravillosa posibilidad», había añadido Morgan.
Relevé . Sentí que me ardían las pantorrillas y los tobillos.
«Hay ciertos... rasgos que se acentúan cuando un macho entra en esta fase. La necesidad de proteger a su pareja, la posesividad, la territorialidad, la, eh... necesidad sexual... Por no hablar de la situación de Remi. Es un alfa».
Fondu . Estiré bien las rodillas.
«No hay nada que él esté haciendo que no sea por tu propio bien.
Desde, claro, su punto de vista. Que puede ser completamente erróneo.
Pero... a riesgo de sonar parcial porque he visto a ese cachorro crecer, sé consciente de su historia y su carga.
Para él, proteger está en su ADN. Nació para eso. Y con una compañera...».
Los músculos me fallaron y tuve que aferrarme a la barra para no caer.
«Compañera».
En cuanto Inaya había dicho esa palabra...
Mucho había cobrado sentido.
Empezando por mi visión catorce años atrás y la absoluta tranquilidad de mi yo de ocho años frente a un jaguar con dientes y garras.
A pesar de todo ello, el cabreo seguía aferrado a mí, persistente.
Claro que estaba enfadada, joder. Me puse a hacer pliés como loca mientras pensaba en todas las señales evidentes de que un jaguar macho estaba vinculándose a mí.
¿Ocultármelo porque creía que no estaba preparada para escucharlo?
Podía comprenderlo, pero me sentía igual de estafada. Sí, estafada . No engañada, no.
Porque Remi no había ocultado jamás su atracción hacia mí, no se había privado un solo instante de tocarme, besarme, rondarme y estar a mi lado.
Me había hecho saber que era hermosa e interesante para él.
Pero se había guardado la parte más importante.
Yo había tenido entre manos algo de inmenso valor todo aquel tiempo y no lo había sabido.
Una estafa en toda regla.
«Dicho esto, las hembras son las que tienen la sartén por el mango. Quienes se han criado en las manadas lo saben bien. No estaría de más que le demostraras a Remi que las cosas no siempre tienen que salir como él quiere».
Oh, eso que ni lo dudara.
Estaba tan tan tan tan...
Apoyé los talones en el suelo y solté todo el aire de golpe. El corazón me latía como las alas de un colibrí. Y todos los amigos del colibrí me revoloteaban en el estómago.
¿Cabreada? Más bien...
La puerta del estudio se abrió.
—Hola —me saludó Noon—. Es que me han dicho que lo han insonorizado y pensé... —Arrastró el estuche del chelo tras ella—. Mi padre me ha traído de mil amores a pesar de la tormenta. No me soportan más.
—Ah, claro. —Señalé todo el espacio vacío—. Me encantó tu interpretación de la suite número uno en la fiesta, por cierto. Era el preludio, ¿no?
Noon se quedó boquiabierta.
—¿Entiendes de música clásica?
Estiré mi maillot, haciendo una pequeña reverencia.
—Algo.
—La leche. Por fin alguien con cultura en esta manada.
—Dejó todos sus bártulos en un rincón y le llevé una silla.
De los múltiples maletines sacó un atril, un soporte para el instrumento, el arco, la resina, el afinador.
.. Me pregunté si sería capaz de cargar con todo si no tuviera la fuerza de los cambiaformas—.
Tengo que ensayar para el recital de otoño, pero ¿tienes alguna preferencia?
—Me temo que soy muy poco original.
— El cisne , a que sí. —Noon suspiró con pesadez—. El clásico de los clásicos. Va, te la toco para calentar.
—Gracias.
Nos mantuvimos concentradas en nuestras respectivas actividades un ratito. Hasta que Noon apartó el arco de las cuerdas de repente, cortando la melodía.
—Summer ha venido conmigo. Está en la sala táctica, con Micah.
Me senté en el suelo para estirar los isquiotibiales. La mención del beta de la manada me recordó que era mejor que no hiciera más de una hora de ejercicio intenso al día.
—¿Y cómo está?
—Si te soy sincera, mal. —Su respuesta categórica me sorprendió—. Mi hermana tiene un gran olfato, pero yo detecto otras cosas. Las más sutiles. Apesta a culpabilidad. —Me lanzó un vistazo de reojo a través de los mechones rubios—. Igual que tú.
Me agarré la punta del pie con fuerza.
—Ah, ¿sí?
—Creo que eres buena escondiendo tus emociones —dictaminó. Madre mía, la confianza de una puma con quince años era abrumadora—. Summer no. Ella no es sutil, es como una apisonadora. Por eso, verla tan apocada, tan callada, me...
Noon Becker era dulce y amaba a su melliza con todo su corazón. Si yo había notado el cambio en Summer, ¿qué estaría sintiendo su otra mitad?
—Te entiendo.
—Tiene todas sus esperanzas puestas en que encontremos a Amanda sana y salva. Me da... Me da miedo lo que ocurriría si no es así.
A pesar de que estaba diciendo justo lo que yo también me temía, crucé el estudio para abrazarla. Se aferró a mí con fuerza, con el chelo atascado entre las dos.
Yo, que sabía lo cruel que podía ser la vida y que no podíamos dar nada por sentado, le susurré:
—Se solucionará. Te lo prometo.
—¿Sabes para qué sirve sentirse culpable? —La voz le sonó amortiguada contra mi piel—. Para nada. Solo le quitáis carga a los verdaderos responsables.
Aquello me reverberó en las entrañas, en los huesos, en el mismísimo núcleo de mi ser.
Los verdaderos responsables.
Como si lo hubiera invocado, las palabras de mi padre se repitieron en mi mente.
«No me obligues a tomar decisiones duras, Faye».
La inquietud con la que había amanecido se multiplicó.
Me aparté con cuidado de Noon.
—Necesito... comprobar una cosa.
Corrí hacia la consulta de Inaya todavía con las puntas puestas. Esperé a que otra sarta de truenos terminara para hablar.
—Voy a hacer algo y necesito que me monitorees —le pedí a Inaya. Seguía justo donde la había dejado un rato antes, trasteando en su escritorio.
—¿Relacionado con tus poderes? —Asentí con firmeza. Lejos de disuadirme, la sanadora alargó la mano hacia su pad—. Contactaré con Morgan de nuevo.
Me recliné en la silla de escay verde que se había convertido en mía a lo largo de aquellas semanas.
—Es solo un... presentimiento. Pero quiero quedarme tranquila.
Los firmes ojos azules de Inaya se suavizaron.
—Nuestros chicos son duros. Remi el que más.
¿Tan obvia era? Me sequé las manos en los muslos.
—Lo sé.
Aun así...
«No me obligues a tomar decisiones duras, Faye».
«De la misma forma que las emociones afectan a nuestro cuerpo, también lo hacen a nuestras habilidades».
Morgan Holloway no dudó en estar presente para aquello.
—Mírate, de insultarme por obligarte a usar tus habilidades a hacerlo tú solita sin que nadie te lo pida. —Se secó una lágrima imaginaria—. Qué orgullosa estoy.
Esbocé una sonrisita. Sabía que lo había dicho para quitarle hierro al asunto.
Luego cerré los ojos y me concentré. Al contrario que otras veces, no tenía una visión ya existente de la que tirar.
La de Amanda Lebow seguía ahí, pero la ignoré y evoqué el rostro, la sonrisa y los ojos de cierto cambiaformas arrollador.
Fue el primero en el que pensé dentro de toda aquella inquietud, por lo que supuse que debía tirar de ese hilo.
«Remi Callahan», suspiré interiormente. «El alfa de los Colmilloscuro. El jaguar negro con el que soñé por primera vez. El ser que me hace sentir... todo».
Al principio no pasó nada. Pero fue un preludio breve que estalló en una imagen rápida y borrosa. Verde, negro, marrón...
El bosque.
Un jaguar merodeaba por él, esquivando los charcos de agua más grandes, con el pelaje negro empapado y las orejas aplastadas contra el cráneo.
Sus ojos verdes eran lo único que destacaba entre la húmeda oscuridad de la tormenta.
Cada vez que los truenos azotaban la atmósfera, se encogía durante un milisegundo.
La tormenta.
Se detuvo junto a un abeto. A sus pies había una bolsa impermeable atada al tronco. El jaguar se transformó y Remi se estiró en toda su grandiosa altura. Las gotas resbalaban sobre la piel desnuda de su espalda. Tenía expresión seria.
Tomó unos pantalones secos y alzó un comunicador. Tuvo que elevar la voz para hacerse oír por encima del viento y la lluvia.
—Las raíces de la secuoya estaban podridas, debe ser ese hongo que tratamos en primavera. —Aquello hizo saltar todas mis alarmas. Aquella no era una visión de una tormenta futura, sino de la misma que estaba azotando Willamette en ese instante—. Va a ser jodidamente difícil moverla, es un...
Me quedé estupefacta cuando gruñó de dolor y cayó hacia delante. El comunicador se le escapó de la mano y cayó lejos, en el barro.
¿Qué había...?
¿Qué había pasado? ¿Qué no había visto?
Se me agitó la respiración cuando la sangre le comenzó a manar profusamente de la espalda. Un agujero de varios centímetros le perforaba la carne. Era... era su lado izquierdo. El lado del corazón.
—¡Remi! —grité.
No serviría de nada, claro.
Todavía estaba vivo, gimiendo de dolor. Se giró y movió la cabeza de lado a lado, buscando el origen del ataque.
El tiro le había salido más abajo, por la parte superior del abdomen.
Entonces los descubrí allí, entre la hojarasca.
Sus trajes pasaron de ser del color del bosque a negros.
¿Camuflaje? Eran muchos. Intenté contarlos, pero el miedo y la angustia me devoraron.
Solo pude enfocar bien al que estaba al frente y llevaba un arma.
El alfa de los Colmilloscuro siseó y se transformó. No debería ser posible que hiciera el cambio con una herida abierta, pero él lo hizo. Y en lugar de correr para ponerse a salvo, enfrentó a los atacantes y les mostró los colmillos.
—No, no. ¡NO! —grité.
Justo cuando él saltaba, el hombre disparó.
Directo a su cabeza.
—¡FAYE!
Salí del trance con la mejilla ardiendo. Inaya me había dado una bofetada.
Regresé a la consulta y al presente en shock .
—Remi —balbuceé—. Remi está en peligro. En el bosque. Lo van a... a emboscar. ¡Hay enemigos en el bosque!
Inaya estaba perpleja.
—Pero...