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Faye
Por si no había quedado claro antes: lo más tonto que he visto en mi vida es un macho en la danza de apareamiento.
D AO S UWAN, alfa de la manada Marfilargo, en Tailandia
–No conozco a ningún Vance —me dijo Morgan al día siguiente, también a través de una pantalla—.
Su descripción física... No sé, no me suena.
Nuestra organización es grande, no conozco a todos los metahumanos asociados.
Y algunos van y vienen, tienen contacto un tiempo y luego desaparecen por sus propios motivos.
Esto no es obligatorio y no podemos seguirles la pista a todos. —Compuso una mueca de pena—. Lo siento.
—Qué rabia —mascullé.
—Si te habló de escudos mentales, lo más probable es que sea un telépata. Ellos son quienes los construyen. Mi habilidad es tan leve que no puedo hacerlo por mí misma, pero uno de nuestros amigos me ayudó. Si quieres, podemos hacerlo.
Lo medité unos instantes. A mi lado, Inaya trasteaba en su ordenador. Teníamos planeado organizar su despensa médica para aprovechar otro día más de tormenta.
—¿Para qué sirven exactamente?
—Protección entre metahumanos —me explicó la mujer—. Se hizo necesario cuando empezamos a juntarnos muchos de nosotros, en especial si no controlamos del todo nuestras habilidades. También por privacidad, en el caso de lidiar con telépatas que no piden permiso para entrar en tu mente.
Todavía no era viable que me reuniera con la organización de Morgan, aunque me moría de ganas por conocer a otros metahumanos. Y por poder estrechar la mano de Jimena Walsh y lloriquearle un poco en plan fan histérica.
Eso me hizo pensar en Vance. Juniper había descubierto que el chico había escondido un número de teléfono entre el cifrado de la videollamada. La había hecho suspirar más por él al mismo tiempo que lo insultaba por haber encontrado una pequeña grieta en sus protocolos.
Vance tenía la esperanza de que los Colmilloscuro cambiaran de opinión.
Remi estaba seguro de que intentaría convencer a los Tierrasangre y a los Zarpasucia, pero de momento no había sucedido.
Alguien que aguantaba tanto tiempo infiltrado en Black Edge no tendría ni un pelo de tonto; sabía que si una manada se negaba, las demás harían lo mismo.
La conversación con él me había dejado un regusto amargo en la boca. Podría haber salido bien. Podríamos haber obtenido la ubicación del laboratorio gracias a él, pero...
Un rayo iluminó la consulta de Inaya. Medio segundo más tarde lo acompañó el trueno, sacudiendo el mundo con su potencia. Algunos frascos, lápices y portarretratos temblaron. La sanadora arrugó el gesto; los sonidos fuertes eran dolorosos para los felinos.
—La tenemos justo encima —murmuré. Ya casi me había acostumbrado a conciliar el sueño con la lluvia azotando las paredes y cristales, y con el viento llegando en rachas aleatorias y haciendo crujir los árboles del bosque.
Para mí era mucho mejor eso que dormir con mis propios pensamientos.
—Dejando eso a un lado, ¿seguimos pasando las noches en la bañera? —preguntó Morgan—. No tienes buena cara.
Tanto ella como Inaya estaban al tanto. A la sanadora no se le escapaba nada y a Morgan se lo había contado por si pudiera ser relevante en cuanto a mis habilidades psíquicas. No lo creía. Estaba empezando a pensar que simplemente era una secuela por la vida que había tenido.
—Es hora de que admita que los colchones no son para mí.
—¿Seguro? ¿Nada más?
No culpaba a la mujer por mostrarse un poco desconfiada. Tenían que vigilar que no recayera en comportamientos autodestructivos.
—Estoy un poco inquieta —admití.
Miré hacia la ventana justo cuando caía otro rayo. El cielo pizarra y cargado de nubes sobre Willamette se encendió y apagó en milésimas de segundo. Las copas de los árboles se zarandeaban con una fuerza que asustaba un poco.
Sería hermoso si no sintiera tanta desazón inexplicable. Podía ser cualquier cosa, mera ansiedad que me atacaba a posteriori , pero después de todo lo que había vivido, ¿podía desestimar aquella sensación?
—¿Qué tal tus exploraciones en la visión de Amanda?
Me había vuelto sistemática con aquello, tomándomelo como un experimento.
Si yo era la que llevaba la voz cantante, no me importaba.
Hacía una comprobación mínima al día, porque había llegado a la conclusión de que, siempre que la visión siguiera precipitándose sobre mí, significaba que no había ocurrido. Que todavía teníamos tiempo.
—Avanzo muy poco a poco. Me cuesta mucho salirme de los límites, pero ayer vi a la doctora teclear el código del ascensor.
—¡Eso es genial!
Suspiré.
—Sí, aunque no es suficiente y no sé de qué serviría poder seguirla a través del laboratorio.
Lo que necesito es tener una visión de un científico o guardia que vaya hacia el exterior, que me permita descubrir dónde está el laboratorio.
Pero no funciona así. La doctora Moreau vive en el laboratorio y nunca va más allá del menos dos, así que. ..
Me detuve ante las miradas serias de Morgan e Inaya.
—¿Qué?
—Te exiges demasiado —me sermoneó Morgan—. Te recuerdo que hace un mes y medio eras una marioneta para tu propio don psíquico.
Eso solo significaba que Amanda llevaba un mes y medio allí. Habría perdido en Black Edge todo el peso y la salud que yo había ganado con los Colmilloscuro.
Antes de que nadie pudiera decir nada más, Remi asomó la cabeza en la consulta.
Me dio un brinco el corazón al verle. Todo mi cuerpo reaccionó a su presencia, como si fuéramos dos aparatos que, al estar cerca, lanzaban chispas.
Era una sensación tan eléctrica como los elementos naturales que estaban azotando el bosque ahí fuera.
Me lanzó una mirada cálida. Se le curvaron los labios y a mí me asaltaron toda clase de recuerdos de lo más inapropiados. Sobre todo, estando a medio metro de la sanadora de la manada.
Era como si supiera exactamente lo que se le estaba pasando por la cabeza. Qué narices, lo sabía .
«No tengo ningún tipo de control cuando estoy a tu alrededor, florecilla».
«O paras o me corro».
Y mi favorita con diferencia:
«Mantén las piernas apretadas».
La respiración se me entrecortó un poco y el muy capullo sonrió con más fuerza. Yo no podía proyectar pensamientos como hacía Morgan, pero no era necesario. Estaba muy orgulloso de lo que producía en mí.
Incluso si una gran parte de él se estaba conteniendo.
No era tonta, había empezado a atar cabos. Puede que los depredadores se guardaran muchos secretos para sí, en especial en lo relacionado con sus vínculos amorosos, pero dudaba muchísimo que el comportamiento de Remi conmigo fuera el habitual.
Había confesado que yo le gustaba, sí. Pero había algo mucho más gordo que se guardaba.
Un olor ligeramente picante hizo que me cosquilleara la nariz.
Inaya carraspeó con fuerza. Se estaba frotando la nariz, los ojos clavados en la pantalla del ordenador.
Remi apretó la mandíbula.
—No os interrumpo, solo vengo a avisaros de que voy a salir. Una secuoya ha caído en mitad de Silver Pine y hay que examinar los daños. Buenos días, Morgan.
—¡Hola, Remi! —saludó alegremente la metahumana, fingiendo que no habíamos estado teniendo una conversación seria.
Si Lachlan estaba cerca de ella seguro que gruñiría.
Detestaba que su compañera fuera tan amable con los Colmilloscuro.
Al oso alfa le encantaba fingir que eran grandes enemigos y todo eso—.
Chico, no me hace falta estar ahí para oler el petricor.
En el umbral, Remi se quedó como un animal pillado en mitad de la carretera por los focos de un coche.
—Ah... Ya. Bueno, volveré lo antes posible.
Si no fuera imposible, diría que Remi Callahan acababa de escabullirse como una comadreja. Me quedé mirando la puerta unos segundos, procesando.
«Quinn era como una bolita aromática cada vez que Mara aparecía».
Yo había empezado a oler el petricor una mañana en la cocina, cuando Remi había aparecido. Y el olor siempre coincidía con su presencia. Como ahora.
Desfilaron ante mí todos los comportamientos posesivos, apasionados y un pelín sexis (vale, bastante sexis) de Remi.
Y entonces recordé aquel número de una de mis revistas favoritas, Feralité . La compraba a escondidas cuando iba al estudio de baile y me bebía toda la información sobre morfos, fuera más o menos fidedigna.
Una chica anónima había escrito: «¿Sabes ese tema de las feromonas que supuestamente exudan cuando están cachondos? Hay un olor en concreto que solo emiten una vez en la vida, con una sola persona».
Inaya me dio unos toquecitos en el dorso de la mano con el bolígrafo.
—¿Faye?
Giré poco a poco hacia ella y el rostro de Morgan en la pantalla del pad.
—El petricor —murmuré. Las dos se quedaron paralizadas, incluso la que estaba a kilómetros—. ¿Qué significa?
—Bueeeeno...
Inaya empezó a mover la cabeza como una gallina desorientada.
—Eso es... Hay cuestiones sobre los felinos...
—No es porque Willamette sea un bosque muy húmedo, ¿a que no?
Morgan hizo un ruidito de lo más sospechoso. Se tapó la boca con la mano.
—Perdón, pero es que lo de los machos es cosa seria. ¿Eso es lo que te ha dicho?
—Ay, espíritus. —Inaya elevó los ojos al techo y otro trueno retumbó—. Veinte años como sanadora y siempre se repite la misma historia.
Planté las manos en el escritorio con fuerza.
—Hablad, porque está claro que él no lo va a hacer.
Estrené por todo lo alto el nuevo suelo flexible del estudio de ballet . Todavía quedaban detalles que pulir, pero el lugar ya era funcional. En especial si necesitabas poner tu cabeza en orden, como yo.
Me pasé una hora sudando y dándole vueltas a las palabras de Inaya y Morgan.
Plié .
«Huele como la lluvia cuando moja la tierra, por eso lo llamamos petricor. Pero son feromonas felinas. Las más fuertes que puede exudar un macho, aunque... Solo las producen durante cierto periodo de sus vidas», había dicho Inaya.
Battement tendu . Estiré hasta la punta sin levantar los dedos del suelo.