37 #2
Estaba tan concentrado en el sabor de Faye que di un respingo al notar sus manos desabrochándome el botón de los vaqueros.
—Eso no...
—No me vas a hacer lo mismo que en el bosque —replicó. Incluso ruborizada, cachonda y aturdida consiguió sonar resuelta—. Yo también quiero tocar. Te lo advertí.
—Mierda.
No solo no era justo que ella no pudiera participar cuanto quisiera, sino que yo mismo no encontraba razones para no permitírselo. Aquella era mi condena, por gilipollas.
La ayudé con la cremallera y los calzoncillos, pero me quedé inmóvil cuando la erección quedó libre y Faye la miró sin parpadear.
—Es... —Tragó saliva—. Bueno, los rumores eran ciertos. Estáis... superbién dotados. Qué mal.
Arqueé las cejas.
—¿Mal?
—Para la especie humana, quiero decir. Según Feralité , la diferencia de la media entre humanos y morfos es sustancial. Y esto es... —Me señaló la polla con una expresión que en cualquier otro momento me habría hecho reír. ¿Y me estaba hablando de los datos de una revista de cotilleos?—. Muy regio.
«Regio». Era la primera vez que me definían así el miembro.
Entonces Faye estuvo a punto de provocarme un infarto al inclinarse para observar más de cerca.
—¿Esas son...? ¿Las espículas?
Asentí, incapaz de hablar. Debería explicarle que los machos también las teníamos en la lengua.
Estiró una mano.
—¿Puedo?
—¿Que si puedes tocarme? —Resoplé una risa—. Creía que lo tenías claro.
—Es que parece... —La miró con los labios fruncidos. «¿Hinchada? ¿Dolorida? ¿Necesitada de atención y mimos?», quise decirle—. Da igual.
Faye no se anduvo con rodeos. En cuanto me tocó con la punta de los dedos, un mero roce tentativo, tuve una especie de experiencia extracorporal en la que me vi a mí mismo siendo un títere de los deseos de aquella chica, feliz y orgulloso.
Toqueteó las espículas que estaban más próximas al glande, más pequeñas y redondeadas. Eran las que más placer me producían y tuve que lanzar plegarias a los espíritus para que no se me pusieran los ojos en blanco.
—Son blanditas —susurró. Estaba completamente fascinada—. Pensé que... Bueno, se dicen muchas cosas.
—Son suaves y retráctiles —le expliqué con la voz tan ronca que parecía que, en lugar de cuerdas vocales, tenía cables de titanio—. Tienen la firmeza justa para proporcionar placer a las hembras, nunca daño.
—Pero estas... —Una mezcla de deseo y miedo se desató en mi interior cuando intentó cerrar la mano a mi alrededor y no pudo rodear la circunferencia. En especial cuando se movió hacia la base—. Son un poco más grandes. Parecen puntiagudas.
—Son las que... —Joder, me estaba quedando sin aire. Había olvidado cómo se respiraba—. Cuando es el momento, crecen y estimulan la ovulación. Tampoco duele.
—¿El momento? —Manoseó las espículas cada vez con más confianza—. ¿Qué momento? ¿Y cómo...?
La aferré de la muñeca.
—O paras o me corro.
Se mostró impresionada.
—¿Ya?
—Faye, me estás tocando y tienes la cara a diez centímetros de mi polla. No necesito más, cariño.
Apartó las manos con clara renuencia.
—Pero yo... —Suspiró profundamente. Se recostó contra la pared y, desde allí, todavía con los pechos al aire, me miró.
Sus pestañas eran tan largas que le rozaban la parte inferior de las cejas.
La pupila astillada me atrajo y me desbocó el corazón.
Si no la conociera creería que estaba intentando mostrarse seductora—. No quiero parar, Remi. En serio.
Entreabrí los labios.
No podía darle lo que quería. No todavía.
Pero el mundo se iría a la mierda el día en el que yo no dejara satisfecha a mi compañera.
Le di la vuelta, poniéndola de cara a la pared, y forcejeé torpemente con sus mallas y su ropa interior, bajándoselas por las caderas y dejando el trasero respingón y el inicio de los muslos al aire.
Me temblaban las manos y me sentía trémulo, alterado, cuando me agarré la polla y la conduje entre sus piernas.
Lo bastante cerca del paraíso como para que el hiperfoco se agudizara a su máximo nivel.
Faye se quedó sin aliento al notar el roce por toda la vagina.
—Dios santo.
—No te muevas —le ordené con aspereza.
Esperé a que asintiera apresuradamente antes de aferrarme con fuerza a sus caderas con ambas manos y empezar a moverme.
Me dio igual la incomodidad, como también parecía importarle una mierda a ella.
La embestí como si en realidad estuviera metido en su interior, desde la punta hasta los huevos, una y otra vez.
Su excitación hacía que resbalara de forma deliciosa, empapándome a mí mismo, sus muslos, las mallas. Goteando hasta el puto suelo.
Joder. Tuve que apoyar una mano en la pared, junto a su cabeza.
Si me ponía a pensar en lo excitada que estaba y en lo mucho que se mojaba por mí, aquello iba a acabar conmigo avergonzado.
Quería disfrutarlo. Siempre tenía una sensación de urgencia alrededor de Faye, tal vez por lo espontánea que había sido su aparición en mi vida, tanto años atrás como ahora.
Tal vez porque estaba negándome instintos y derechos arcaicos, apelando a la parte más humana de mí (y, dependiendo del día, yo no tenía nada de humano).
Era como si siempre me picaran las manos por tocarla.
La fuerza del vínculo me había pillado por sorpresa, daba igual cuántas historias de la manada hubiera oído.
Nada me había preparado para aquello. Clavé un poco las garras en la pared, arañando la madera, mientras los gemidos de Faye y mi golpeteo rítmico contra sus nalgas me perforaban los tímpanos. El cerebro. El alma.
A lo mejor estaba condenado a no disfrutar hasta que sellara el vínculo.
Mi animal y mi espíritu me impelían una y otra vez a segregar la enzima y clavarle los dientes bien hondo en la piel.
Más hondo de lo que nadie jamás se atrevería.
Lo bastante como para dejar una marca imborrable, una señal inequívoca de a quién pertenecía.
Quién velaría por ella hasta el fin de sus días.
Entonces Faye echó una mano hacia atrás, hacia mi cadera. Y apretó.
Le acerqué la boca al oído.
—¿Más rápido?
Asintió de forma descoordinada.
—Sí. Me haces sentir muy bien, pero...
Sonreí. Mi hembra quería correrse. Estaba desesperada por llegar.
Le tomé la mano y la guie hacia su propia entrepierna, allí donde yo no dejaba de deslizarme.
Hice que la colocara justo debajo de la polla, acunándola, y empujara hacia arriba, presionándola contra sus pliegues.
Consiguiendo que la cabeza golpeara contra el clítoris con fuerza cada una de las veces.
—Ayúdame un poco —susurré.
Le temblaron las piernas y tuve que rodearle la cintura con el brazo libre para que no se desplomara.
Quité la mano para volver a anclarme a la pared y ella, muy obediente, continuó sosteniéndome.
Los dedos pronto se le llenaron de fluidos, facilitando el movimiento, y todo lo que tuve que hacer fue concentrarme en no correrme hasta que ella no lo hubiera hecho primero.
Una tarea titánica.
Por suerte, Faye estaba a punto. Acompasaba mis embestidas echando el trasero hacia atrás, de un modo obsceno que supe que iba a invadir mis fantasías durante mucho tiempo. Con la estimulación extra al clítoris, noté las contracciones invadiéndole la vagina y arrancándole un pequeño grito.
—Gira la cabeza —gruñí.
Cuando lo hizo, la silencié con un beso demoledor.
Me guardé para mí todos sus sonidos mientras perdía del todo la compostura y me estrellaba contra ella sin ritmo, cuidado ni control.
El clímax me nació en la base de la espalda y se me clavó en la parte posterior de la cabeza, atrapándome.
Segundos más tarde, noté que descargaba entre las piernas de Faye, el semen fluyendo con tanto ímpetu que le manchó la mano, los muslos y la pared.
Me recuperé de los estremecimientos abrazado a ella.
Mis espículas se retrajeron: habían cumplido su misión.
Nuestras respiraciones se acompasaron agitadas.
Faye estaba aferrada al brazo en torno a su cintura y a mí me avergonzó admitir que si no estuviera apoyado en la pared habría ido derecho al suelo y la habría arrastrado conmigo.
Le acaricié el cuello con la nariz y deposité un beso donde le latía el pulso.
Los bordes de su figura, hasta ahora desdibujados, comenzaron a definirse.
El hiperfoco se retiró poco a poco, perezoso y complacido.
En mi interior, el jaguar se recostó como si hubiera ejecutado la misión más importante del mundo y hubiera tenido éxito.
No tenía argumentos para contradecirle.
Faye se removió. Seguramente solo estaba buscando una posición más cómoda, pero mis instintos se dispararon.
Le presioné el exterior de los muslos, cerrándoselos.
—Mantén las piernas apretadas —gruñí—. Sí, así.
Giró el rostro hacia atrás. Las mejillas rojas y las pequeñas lágrimas en la comisura de los ojos me dieron ganas de ponerme a rugir, victorioso.
—¿Por... por qué?
—Para que mi olor se impregne.
Se quedó sin palabras.
—Pero...
—Lo necesito. Hasta que pueda... —Metí los dedos con suavidad entre la cremosa piel de los muslos, allí donde sus jugos y los míos se estaban mezclando.
Luego subí hasta la entrepierna y la acaricié con mucha delicadeza.
Sabía que estaba sensible en aquel momento.
Faye suspiró y se recostó contra mi pecho—.
...hasta que pueda marcarte como quiero.
—Tienes todo mi permiso.
—No digas eso.
—¿Por qué no?
—Porque no lo dices en serio.
Y no porque le gustara jugar con los machos. Simplemente no estaba al tanto de todas las repercusiones.
Yo sí. Y por eso debía ser el que actuara responsablemente.
Incluso si eso parecía una gilipollez justo ahora, con mis dedos empujando mi semen contra su vagina como si eso fuera a suponer alguna diferencia.
Faye me fulminó con la mirada.
Un sonido me retumbó en los oídos.
—Lamento interrumpir, huele genial por aquí y todo eso...
Fabian venía por el pasillo.