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Remi
Se dicen taaaantas cosas sobre las espículas de los morfos felinos o el nudo de los lobos. ¿Cuándo vamos a hablar de ese pulso que emiten los osos durante...? Ya sabéis.
C LARA M OON , tertuliana radiofónica
El otoño demostró que había llegado definitivamente con una tormenta colosal que azotó buena parte de Oregón. Los Colmilloscuro estábamos acostumbrados y preparados, por lo que desplegamos nuestros protocolos habituales. Summer llamó a Micah solo para regodearse.
Merodeé por la casa en busca de Faye, rastreando su aroma.
La encontré en la cinta de correr; la había orientado hacia la ventana, donde la lluvia golpeaba con fuerza, por lo que no me vio aparecer.
Me llené de una mescolanza de sentimientos desbordantes mientras la veía hacer ejercicio.
Había puesto un pad en la consola y veía lo que parecía un podcast entre tres personas.
Estaba empapada en sudor, su respiración era firme y tenía la piel del cuello enrojecida.
La coleta negra se balanceaba y sus pisadas apenas resonaban sobre el poliéster.
Clavé la mirada en el surco que le recorría la espalda y que el top deportivo dejaba a la vista, descendiendo hasta un par de hoyuelos que me hicieron tragar saliva.
Amé la concentración y el empeño con que ejecutaba sus ejercicios.
Micah había dejado de informarme de sus progresos después del tercer día.
Me había espetado que él no era ningún niñero, pero me había dado la sensación de que había algo más tras su negativa.
Mi beta había empezado a encariñarse con Faye. A confiar en ella.
El jaguar se quejó mientras contemplaba aquel bonito trasero balanceándose.
En el pad, una mujer comentaba:
—Cada elección, desde lo trivial hasta lo monumental, está dirigida por impulsos eléctricos y complejas conexiones neuronales. Esta coreografía cerebral es la partitura que da vida a...
Cómo no. No solo estaba ejercitando el cuerpo, sino también la mente. ¿Podía gustarme más ?
Entonces ella, por supuesto, me sintió. Miró por encima del hombro sin dejar de correr y me sonrió.
—Ah, hola.
Me quedé sin aliento, como si hubiera recibido un golpe en el pecho. El aire fluctuó a mi alrededor, tensándose como una goma bien estirada. Una oleada de energía me subió por las piernas y se me enroscó alrededor de los testículos con tanta fuerza que sentí que me mareaba un poco.
Y así, por una sola sonrisa, me empalmé.
Faye frunció ligeramente las gruesas cejas.
—¿Estás bien?
«No, estoy jodido».
Avancé hacia ella sin pensar, mi mente era puro caos. Faye supo que algo estaba a punto de ocurrir, pero no se movió lo bastante rápido como para impedirlo. Me incliné sobre ella y le robé un beso, haciendo que perdiera ligeramente el paso.
Tenía el brazo preparado para ello, impidiendo que se cayera de la cinta.
—¡Remi! —jadeó contra mis labios.
Todo se precipitó sobre mí de nuevo. Sabía que no debía estar haciendo aquello. En lo referente a Faye, tenía el mismo nivel de autocontrol que Micah. Todo pendía de un hilo muy fino y racionalmente sabía que lo mejor era que me mantuviera alejado.
¿No había tenido ya esa conversación conmigo mismo?
Separé mi boca de la suya y parpadeé. Tenía que recordar que...
Faye me agarró con firmeza y me obligó a inclinarme de nuevo. Fue ella quien me besó aquella vez. Sin vacilar, moviendo los hermosos labios y pegando su cuerpo sudado al mío. No solo no me importó, sino que su piel húmeda y caliente voló de un plumazo cualquier rastro de sentido común.
La saqué de la cinta de correr y le enganché la mano en la parte posterior del muslo, sobre las mallas.
Le coloqué la pierna sobre mi cintura y la abrí lo suficiente como para empujar las caderas hacia delante, encajándome donde me correspondía estar.
Los dos gemimos al hacer contacto justo donde más lo necesitábamos.
A pesar de las capas de ropa, juraría que sentía la quemazón de su entrepierna.
De fondo, los neurocientíficos seguían con su cháchara y la lluvia arreciaba contra la casa, acribillando las ventanas.
Faye enganchó los brazos alrededor de mi cuello y me miró con seriedad.
—Basta de besarme cuando te da la gana y pretender que yo no haga nada, Remi Calla... —La interrumpí con un beso arrollador y no me detuve hasta que sentí que nuestros labios estaban hinchados. Al terminar, parecía frustrada—. A ver, no es que esté en contra, es que...
La alejé del aparato y la conduje hasta la pared. La apreté contra la superficie, con una sensación de lo más acuciante impidiéndome físicamente estar a más de un centímetro de ella.
—¿No te gusta que te bese?
— Eso no es lo que he dicho.
Le deslicé los labios por la línea de la mandíbula, bebiéndome sus suspiros.
—Adelante, presenta tus quejas al alfa.
Me dio una patada en la espinilla que me hizo sonreír y me reverberó directamente en la entrepierna. La oleada de placer fue tal que tuve que cerrar los ojos un momento. Sí, estaba tan jodido que no era ni gracioso.
—Es que a veces parece que... —Se interrumpió—. Y otras...
—No tengo ningún tipo de control cuando estoy a tu alrededor, florecilla. —Le arrastré la mano por el cuello, amando el contraste entre nuestras pieles, su suavidad y mis durezas, y cómo el pecho le tembló bajo el top—. No estoy siendo cruel ni burlándome, créeme.
—Nunca he pensado eso. Pero tú...
—¿Sí?
Fui hacia su cuello como un drogadicto iría a por su dosis.
Enterré la nariz allí, absorbiendo todo lo que podía de su aroma, y me dije a mí mismo que la lamí de arriba abajo solo porque, si no lo hacía, tal vez moriría en ese momento.
Recogí su sabor y la envolví en los brazos cuando la recorrió un fuerte escalofrío.
Nuestra diferencia de tamaño me permitía abarcarla por completo.
Me sentí enorme y diminuto al mismo tiempo.
Ella confiaba en mí de un modo inconsciente que me mataba.
—¿Sientes... sientes ese vértigo? —Habló en voz baja, como si estuviera confesándome un secreto—. Como si quisieras salirte de tu propia piel. O como un aleteo interno. Me pasa cuando me tocas. Cuando me besas. Y no quiero...
Joder. Tuve un vahído momentáneo. Estaba y no estaba allí.
—¿No quieres que pare?
Tras un momento, movió la cabeza de lado a lado.
—No.
Apoyé la cabeza sobre la suya.
—No sabes lo que me estás pidiendo.
Sentí que se ponía rígida.
—Tú y tu condescendencia de...
—No. Faye, hazme caso. No sabes lo que me estás pidiendo.
—¿Igual que no sé lo que le pasó a mi falda de baile?
—Echó la cabeza hacia atrás para fulminarme con la mirada.
Eso . A eso me refería con que me sentía enorme y diminuto.
A que daban igual todos los centímetros que le sacaba, el peso, las diferencias entre nuestras especies.
Faye Kovalenko solo necesitaba mirarme así y yo me sentía como una canica rodando en la palma de su mano—.
No soy tan inocente o estúpida como pareces creer. Sé que te... Bueno, que...
Me pasé la lengua por el labio inferior y, como sí que me gustaba jugar sucio (era un gato, joder), me arrimé incluso más a ella. Hasta que no hubo resquicio de aire entre nuestros cuerpos y ella luchaba contra una pared y yo. Y probablemente iba a tener más suerte lidiando con la pared.
—¿Que me qué ?
Cerró los ojos un momento y me escarbó un poco con las uñas en la nuca, enviándome estallidos de goce por la columna hacia las lumbares. Mi erección se engrosó un poco más contra su estómago y noté que las espículas estaban a punto de aparecer.
Al alzar las pestañas de nuevo, había desafío en sus ojos bicolores.
—Te tocaste usando mi falda. Mi olor.
Sabía que era bochornoso para ella decir aquello en voz alta. Me apiadé un poco, pero no lo bastante como para no colar una garra bajo el elástico de su top y rozarle la parte baja del pecho.
Se le entrecortó la respiración.
—Jamás he pensado que seas estúpida. Eso lo primero.
—Poco a poco, empujé hacia arriba hasta que ambos pechos quedaron al descubierto.
Pequeños, redondos y tan perfectos que no me extrañó que ese fuera el momento en el que el hiperfoco decidió hacer aparición.
El estudio se desdibujó. La pared se emborronó—.
¿Inocente? Bueno, tal vez. Creo que tienes una práctica muy limitada con alfas felinos.
Faye estaba completamente sonrojada, pero no intentó cubrirse.
—Bueno, la misma que tú con metahumanas.
Y, entonces, utilizó sus poderes en mí por primera vez.
Había fantaseado con la potencia de sus habilidades y la posibilidad de que pudiera conmigo.
El ego de mi posición se mezclaba con la perversa obsesión de los dominantes por encontrar un digno adversario.
Como alfa, eso rara vez ocurría. Pero yo jamás me había imaginado compartiendo mi vida con nadie que no pudiera ponerme en mi sitio.
Faye no me provocó vértigo, ni náuseas ni nada doloroso. Tras un cosquilleo leve en la parte posterior de la cabeza, un rayo electrificante descendió con fuerza directo a la polla. El calambre tuvo la fuerza justa para producirme gran cantidad de placer y una pizca de dolor. La mezcla perfecta.
Se me escapó un gemido y mis caderas empujaron involuntariamente hacia delante. Las espículas brotaron. La sonrisa satisfecha de Faye me destrozó.
—¿Qué tal ahora?
—Joder.
—Ahora ya sabes lo que...
Bajé la cabeza y me metí uno de sus pezones en la boca.
Chupé con fuerza; ella ya había demostrado con creces que no le gustaban las cosas delicadas.
Pude notar cómo le daba un vuelco el corazón antes de deslizarme una mano por la parte posterior de la cabeza para apretarme contra ella.
Como si quisiera ir a alguna otra parte.
Besé, lamí y le mordisqueé los pechos, sintiendo un ardor latente en la boca del estómago. Ya era tarde para parar. Me había lanzado cuesta abajo como un idiota. Pero podía hacer muchas cosas sin necesidad de ir más allá de los límites.