36 #4
Inaya ocupó el otro extremo de la mesa con un enorme cesto de costura.
Al parecer, tenía mucho trabajo acumulado porque habían nacido veinticuatro cachorros en los últimos meses y era tradición que ella hiciera calcetines y manoplas para su primer invierno.
Se había popularizado la creencia de que eran prendas sagradas y protectoras, de algún modo.
Pensé en mi bufanda y escondí la sonrisa tras una brocheta.
Las mellizas aparecieron cuando la bandeja ya estaba vacía, seguidas por Johnny y el pequeño Dax. Como si hubieran sabido que se estaba montando una especie de cena improvisada, traían bollos con pepitas de chocolate, galletas de mantequilla y termos con café.
—Huele a tormenta —declaró Summer.
Micah resopló.
—Ya mismo estoy activando las alertas.
Dax, que había sido uno de los que más comida me había sisado durante el equinoccio, se inclinó sobre mi silla para susurrarme:
—Summer dice que puede oler los cambios en el clima incluso antes que el alfa.
No debió susurrar lo suficiente para los oídos felinos, claro, porque se inició un acalorado debate sobre la probabilidad de tener un olfato tan fino como para predecir tormentas, lluvias, nieve u olas de calor días antes de que ocurriera.
Yo defendí a Summer a capa y espada y me aseguré de que la mesa frente a ella siempre estuviera llena de comida.
Al cabo de un rato, cuando Inaya ya tenía cuatro pares completos de calcetines y manoplas, una pareja apareció en el umbral e hizo que todos se pusieran a gritar de alegría y a lanzar felicitaciones.
Los guardianes Mara y Quinn, recién emparejados, entraron con sendas sonrisas. Él parecía un poco abochornado, pero Mara se dejó arrastrar de buen gusto por Juniper y las mellizas. Por alguna razón, Noon se me aferró con fuerza al brazo y me llevó al mismo rincón que ellas.
—¿Dónde está? ¡Enséñala! —estaba pidiendo Juniper.
Completamente ufana, Mara se levantó el borde del jersey gris que llevaba para mostrarnos la cintura. Allí, justo donde las caderas describían una bonita curva, lucía una mordedura reciente.
—Escogió un lugar privado. Lo sabía —comentó Juniper—. No es de los presumidos.
Mientras las chicas chillaban, yo intenté procesar qué estaba viendo.
De primeras podía parecer una agresión muy grave.
Quienquiera que la hubiera mordido no se había contenido.
Sobre su piel bronceada destacaban decenas de incisiones que conformaban un semicírculo amoratado.
El color era tan intenso que tenía que haber sangrado. Tenía que haber... dolido.
O no, a juzgar por la expresión risueña de Mara.
En una pausa de la conversación, me atreví a preguntar:
—¿Todavía no se te ha... curado?
Al principio, todas me miraron con extrañeza. Hasta que recordaron quién era yo.
—Ah, no. Esta herida no se cura —explicó Mara—. Es decir, cicatrizará y todo eso, pero se me va a quedar la marca. Esa es la idea, de hecho.
Asentí, llena de dudas. Debían reflejarse en mi expresión, porque la guardiana me sonrió con amabilidad.
—No dolió. Si los machos lo hacen bien y segregan la enzima suficiente, es un pellizco bastante... Eh... —Echó un vistacito a las mellizas de quince años que la escuchaban atentamente—. Agradable.
Noon puso los ojos en blanco e incluso Summer, que continuaba taciturna, esbozó una sonrisita.
—Eso no es lo que ibas a decir.
«La enzima», repetí en mi mente. El extraño químico que solo producían los machos de algunas especies de morfos y que, según había leído, los ayudaba a sellar el vínculo con sus parejas. ¿Por qué nunca habían especificado que era a través de un mordisco?
Las manadas y sus secretos.
—No dudó ni un solo momento —añadió Mara.
Se giró hacia su flamante compañero, sentado junto a Micah y Fabian, que recibía las burlas amistosas de este último.
Como si lo presintiera, Quinn alzó la vista y ambos se miraron a través de la habitación de un modo que.
.. Inspiré hondo—. Me tumbó, preparó bien la zona con su lengua y me hincó el diente sin más.
¿Preparar bien la zona?
Juniper dio un sorbito a su cacao.
—¿Me tomas el pelo? Después de todos estos años mareándoos, es normal que quisiera echarte el lazo rapidito por si volvías a cambiar de opinión.
Mara se mostró muy poco afectada por la crítica.
—Los preliminares son la mejor parte.
— Touché .
Regresamos a la mesa cuando Landon apareció con más comida.
Acabé participando en un juego de cartas muy complejo cuyas normas estaba segura de que Fabian se inventaba a conveniencia.
Cuando tuve en la mano el as de espadas, recordé a mi padre y nuestra conversación.
No había vuelto a pensar en él. Los Colmilloscuro me habían mantenido completamente distraída.
¿Aquella reunión improvisada... habría sido a propósito? ¿Por mí?
Me acerqué a donde Landon charlaba con su hijo sobre las granjas del Valle que habían ido revisando.
—¿Tú sabes cómo se cortó Remi la oreja? —pregunté al hombre.
—Abriendo una lata de guisantes.
—Ajá.
Noté un cambio brusco en la energía del ambiente y miré hacia la puerta a tiempo de ver aparecer al alfa.
No se apresuró a entrar y unirse a la tertulia, sino que se acomodó contra el marco, como parecía gustarle, y observó a los miembros de su manada con una expresión de absoluta complacencia y orgullo.
Unos sentimientos tan potentes que no podría ocultarlos ni aunque quisiera.
Cuando Dax gateó hacia él en forma de puma, lo tomó en brazos y se lo acomodó al hombro. Aunque el cachorro ya medía algo más de un metro, se acurrucó y enterró los bigotes en el cuello del alfa como si ese fuera su lugar preferido en el mundo.
No podía culparlo.
Los ojos verdes de Remi me encontraron. Se iluminaron brevemente al hacer contacto visual y sonreí. Si no fuera metahumana, me perdería tantas tantas cosas maravillosas de Remi Callahan.