Feral 36 #3
64%

36 #3

—No era un monstruo o un padre terrible todo el tiempo.

Me... me quiere, a su manera. Nunca me faltó de nada: me permitió bailar en el estudio de Kanon y en mi cumpleaños ordenaba a los cocineros mis platos favoritos.

—Deslicé los pulgares casi de forma inconsciente por los dedos de Remi, recorriendo sus texturas.

Tenía las garras expuestas y me dio igual.

Su rugosidad y sus bordes afilados me gustaban—.

Ese es mi padre. Y también lo es el hombre obsesionado con los cambiaformas que se quedaba mirando impasible mientras me ataban a una camilla con ocho años y yo le suplicaba que me sacara de allí, porque está convencido de que todo tiene justificación.

¿Tiene sentido que una parte de mí le quisiera y estuviera desesperada por su cariño?

—Joder, por supuesto que sí. Todos los niños aman a sus padres.

Asentí aturullada.

—Esto es bueno. Ha llamado porque está inquieto. Os teme de verdad, aunque se le dé genial disimularlo.

Remi me atrapó la barbilla con el índice y el pulgar y la alzó.

—Tu padre y Black Edge todavía no saben lo que es el miedo de verdad. Se lo arrebataremos todo, Faye. Pero Valentin Kovalenko es tuyo —añadió, mirándome fijamente—. Si muere o vive para pudrirse en una cárcel es decisión tuya.

—Mereces resarcirte por lo de tu madre. Por tu padre.

Negó con la cabeza.

—Impedir que siga torturando a mi especie es lo que ellos querrían. Sé lo que es que... —Se interrumpió y apretó la mandíbula—. Estará en tus manos, tienes mi palabra.

Despacio, le acaricié el borde del mentón.

Sus músculos se relajaron bajo mi toque.

Remi tenía que haberse imaginado matando a mi padre cientos de veces.

Yo había sido capaz de sentir de algún modo su furia tras la muerte de su madre y la pérdida de su padre; todo ello lo había llevado a alejarse de quienes más lo amaban porque la rabia y la impotencia lo consumían.

Y ahora, sencillamente, renunciaba a su venganza por mí.

Sentí que la confianza y tranquilidad que había ido ganando junto a los Colmilloscuro se solidificaban, convirtiéndose en fuertes cimientos, y emociones mucho más poderosas comenzaban a asentarse encima.

Como todo lo que me hacía sentir Remi Callahan, por ejemplo.

—Por aquí dicen que la palabra de un Colmilloscuro es sagrada.

—Lo es. Por eso no he prometido lo mismo en lo que respecta a Demidov.

—Ni yo misma sé cuál debería ser el destino de mi padre. Hay muchas cosas a tener en cuenta...

Como que yo no existía, supuestamente. A no ser que él lo contara.

Y si hablara y dijera todo sobre mí...

—Lo solucionaremos —me aseguró Remi.

Sin pensar en lo más mínimo, tan solo porque quería, le deposité un pequeño beso en los labios.

Un mero roce en el que compartimos aire durante unos segundos.

Remi se quedó muy muy quieto. No había vuelto a besarme o tocarme como lo hizo durante el equinoccio; parecía que se lo hubiera prohibido a sí mismo.

—Gracias —susurré.

Un deseo salvaje y un anhelo profundo brillaron en su mirada.

—Odio esa expresión, joder. Tenía pensado algo mejor para esto, pero qué le vamos a hacer. —Se levantó y me tendió la mano—. Ven, quiero enseñarte una cosa.

Lo seguí por el hermoso laberinto de madera, piedra y cristal que era su casa. Me condujo directamente a la habitación que estaban reformando en la tercera planta. Había polvillo en el pasillo, el marco de la puerta estaba manchado de cal y huellas y el aire olía a químicos.

Al entrar, nuestras pisadas crujieron sobre el plástico que cubría todo el suelo.

No estaba segura de cuál había sido la función de aquella estancia antes; probablemente otro dormitorio.

Eché un vistazo curioso alrededor. Habían despejado todo el espacio y parecía que estaban forrando una de las paredes de espejos.

Desde el suelo hasta el techo. Unos listones de metal que todavía tenían parte del embalaje estaban en el suelo, junto a un porrón de herramientas.

Regresé la vista a los espejos. Me vi a mí misma y a Remi detrás de mí, apoyado en el umbral de la puerta. Volví a mirar la barra.

Aquello parecía...

Remi señaló con la cabeza unas cajas de cartón enormes.

—Mañana empiezan con la madera flotante del suelo; estábamos esperando a que llegara la espuma que se coloca justo debajo para crear ese efecto amortiguador. No conocíamos el suelo elástico que usan las bailarinas, ha sido curioso.

—¿Estáis...? —Me quedé sin palabras un segundo, el cerebro se me apagaba y se me volvía a encender—. ¿Estáis haciendo un estudio de ballet ?

Se encogió de hombros.

—Cuando todo se solucione, podemos traer algunas cosas del Hana Atelier. Con tu permiso, claro. Y ahora que estás al tanto, puedes hacer peticiones a Micah.

Me quedé boquiabierta.

—¿Micah lo está supervisando?

—Estudió Arquitectura. Nunca había realizado un proyecto de este tipo y le resultó interesante.

—¿Micah? —repetí—. Hasta el otro día me odiaba. Bueno, sospechaba que lo seguía haciendo un poco. Era el entrenador personal más sádico de Oregón.

Remi esbozó una sonrisilla sardónica.

—Y eso porque no lo has visto con los aspirantes.

Abrumada a distintos niveles, giré sobre mí misma mientras repasaba todo de nuevo.

Mientras lo veía con nuevos ojos. Entraba luz natural por dos ventanas distintas y estaban instalando un sistema ambiental empotrado en las paredes.

Adaptarían el suelo para absorber los impactos del baile: eso ayudaba muchísimo a reducir la tensión en las articulaciones.

También minimizaba el riesgo de lesiones.

Yo lo había aprendido por las malas al intentar practicar en mi habitación y conseguir esguinces ligeros.

Remi continuó hablando de las ideas mientras intentaba asimilar todo aquello.

Llevaba días viendo a los Colmilloscuro entrar y salir con materiales de obra.

Por alguna razón, pensé en la bufanda de Inaya y su consulta, en Micah recogiéndome puntualmente para ir al gimnasio, en la linterna que prepararon para mí los padres de las mellizas, en el juego de acecho de Fabian y en los vídeos graciosos que me había estado mandando Juniper al pad.

«Por qué», pensé con un punto de desesperación.

Parpadeé con rapidez para deshacerme de las lágrimas, que en ese momento sí llegaron con facilidad. Con tantos espejos era difícil que a Remi se le pasara algo desapercibido.

Carraspeé.

—Bueno, parece que realmente queréis que me quede aquí.

Remi no lo negó.

—Puede que no esté jugando limpio, pero esto no es ningún soborno. Será ventajoso con independencia de si lo utilizas o no. Hemos insonorizado la habitación, así que puede tener muchos usos.

—Yo... no sé qué decir.

—No digas nada. No lo estamos haciendo para que nos des las gracias o te sientas presionada. La idea ni siquiera fue mía. —Cuando me quedé mirándolo, me sonrió con diversión—. Fue de Summer.

Entreabrí los labios al descubrirlo. Summer había perdido un poquito de su luz por todo lo sucedido y, aun así, le había propuesto a su alfa y a su manada que crearan un estudio de ballet .

Me agaché y pasé los dedos por el metal frío de la barra doble. Una debía ir a noventa centímetros de altura y la otra, a ciento diez.

Me encontré sin saber cómo dar las gracias apropiadamente. No sin echarme a llorar. Respiré hondo con disimulo.

—Cuando esté terminado, puedo bailar para ti un día.

Las cejas se le arquearon con interés.

—¿Desnuda?

Se me escapó una risa.

—Si sigues robándome mi ropa de baile, tal vez.

Se mordisqueó el labio inferior y acusó aquel golpe con un cabeceo. Nos miramos fijamente, él todavía en el umbral y yo junto a los espejos. Algo se agitó con fuerza en mi interior y el esmeralda de sus ojos brilló.

Pero se portó como un gato bueno y, en lugar de avanzar hacia mí, se quedó donde estaba y murmuró:

—Me encantaría verte bailar, Faye.

Aquella noche, llevé una bandeja repleta de brochetas de cerdo a la sala táctica. Micah, encorvado sobre el PTP y con un profundo ceño de concentración, se quedó perplejo.

—¿Qué es todo eso?

—Tu cena.

—¿Mi madre cree que como por diez guardianes? —Aunque sonaba contrariado, se acercó a la bandeja.

Con Micah las cosas eran así. No debías fijarte en lo que decía, sino en lo que hacía.

—No las ha hecho tu madre, sino yo.

Se detuvo a mitad de camino.

—¿Por qué?

—Planeo usarlas como soborno. —Me senté en un extremo de la mesa sonriente—. ¿Has pensado en luz modulable para el estudio de ballet ? Es solo una idea. Y solo si no cuesta mucho.

El beta de los Colmilloscuro se dio cuenta de repente de qué estaba pasando.

—Remi no se ha podido aguantar las ganas.

Sonreí con más fuerza.

—¿Has elegido tú mismo la pintura rosa para las molduras?

Entrecerró los ojos como diciéndome: «No eres tan graciosa como te crees».

Pero se sentó dejando solo una silla de por medio entre nosotros y empezó a dar buena cuenta de las brochetas.

Era mentira que las hubiera preparado yo.

Quería agradecérselo, no envenenarlo. Pero se lo había pedido personalmente a Inaya y había estado revoloteando alrededor de la sanadora mientras las cocinaba. Algo era algo.

—¿Cómo vas con las comprobaciones? —pregunté, haciendo un gesto al PTP.

Micah se había dado a la tarea de revisar una por una las granjas e instalaciones del Valle. Buscaba cualquier cosa que resultara sospechosa y que dejara claro que no era un terreno agrícola real.

—Todo descartes —farfulló con la boca llena.

—Los descartes son importantes, reducen la lista.

Me gruñó algo ininteligible.

Fabian no tardó en aparecer en forma de puma, atraído por el olor de la carne. Micah le chistó y tiró una brocheta al suelo, así que el guardián le mordió el tobillo hasta que consiguió arrancarle un quejido y agujerearle los pantalones.

Poco después apareció Juniper con (para sorpresa de nadie) una taza de cacao en las manos. Alejó su PTP de las brochetas y se sentó en la silla que Micah había dejado libre.