36 #2
Una musiquilla impidió que siguiera preguntando. Le lancé una última miradita antes de tomar asiento. Aquel breve interludio había servido para distraerme, pero la realidad regresó y me sentí un poco ajena. Como si estuviera allí y, al mismo tiempo, no.
Era la primera vez que iba a hablar con mi padre desde que me había ido. La primera vez que hablábamos por teléfono, incluso. Nunca había sido necesario. Él me controlaba y yo obedecía (casi siempre).
Remi se sentó para quedar fuera del encuadre de la videollamada y de verdad agradecí su presencia. Descolgué y, tras un segundo vertiginoso, el rostro de Valentin Kovalenko apareció allí, en el dormitorio del alfa de los Colmilloscuro.
Sí, tan surrealista como sonaba.
Mi padre estaba en su despacho: reconocí su silla y el cuadro en la pared; era el Cuadrado negro , de Malévich. Llevaba una camisa gris perla sin corbata, la perilla perfectamente recortada y, cuando hicimos contacto visual a través de las pantallas, me dio un vuelco el estómago.
No le distinguía bien los ojos azules por la escasa iluminación, ya que su despacho no tenía ventanas y a mi padre le gustaba trabajar con una única lámpara de luz halógena y su chimenea de fondo, pero supe que estaba escrutando lo que había detrás de mí.
Seguramente anotando cada detalle por si podía darle pistas útiles.
—Hola, mi dochka —me saludó.
El saludo de siempre.
Se me formó un terrible nudo en la garganta. Me sentí llena de impotencia, lástima y rabia.
—Hola, papa .
—¿Estás bien? ¿Te están tratando bien?
—Sí. —Imité su tono formal—. Los Colmilloscuro están siendo muy hospitalarios.
Toda su reacción fue un movimiento casi imperceptible de la ceja izquierda. Lo que para cualquier otro sería ínfimo, para Valentin Kovalenko era una fractura grave de su fachada.
—Vuelve a casa, Faye.
—No puedo regresar. —Tras una pausa, añadí—: No quiero hacerlo, en realidad.
Hubo un silencio en el que mi padre se quedó tan quieto que pensé que había un fallo de conexión y la imagen se había congelado.
Cuando habló, lo hizo muy despacio.
—Estoy preocupado por ti. He visto lo que le hiciste a Ivan y no hablo de la brutalidad de la otra noche. Necesitas ayuda y asistencia, dorogaya 1 . Puede que estés desarrollando una sintomatología nueva...
—No es nueva —lo interrumpí—. Y lo último que necesito es volver a las manos de Ravena Moreau.
Se recostó en su silla, analizándome.
—¿Desde cuándo eres capaz de lanzar ataques psíquicos?
No tenía sentido negarlo.
—Hace mucho más de lo que crees.
—Faye... ¿Por qué ibas a ocultarle eso a tu batya 2 ? Te has puesto en peligro. Debo ser consciente de lo que te ocurre para poder ayudarte.
Me vinieron decenas de respuestas ácidas, cortantes y secas para eso y, sin embargo, no fui capaz de soltar ninguna.
Era curioso cómo ciertas personas tenían el poder de desbaratar nuestro estado de ánimo, nuestro enfado más hirviente, y transportarnos a otras épocas y lugares.
Siempre que hablaba con mi padre volvía a ser una niña pequeña en una mansión enorme y fría.
Y, al parecer, ni siquiera hacía falta que estuviéramos cerca para sentir su influencia.
Sin embargo, aquella vez no dejé que pasara sobre mí y me oprimiera. Acepté la tristeza que me producía mi padre, nada más.
—Si hubiera sido sincera jamás habría salido de aquel laboratorio. Como supongo que le pasó a Kanon.
Un pestañeo fue la única reacción ante la mención de la mujer que en su día debió gustarle lo suficiente como para acercarse a ella y dejarla embarazada.
—La señora Minagawa falleció de causas naturales.
Ya. El escepticismo me inclinó las comisuras hacia abajo. Una reputada bailarina con un historial médico impecable moría en su casa por un fallo cardiaco, a solas y sin otra explicación plausible. Y sin que nadie supiera que unos meses antes había dado a luz.
—Preferiría que dejáramos a un lado las mentiras —le pedí con toda la calma que pude. Empecé a empujarme las cutículas con fuerza—. A estas alturas no tienen sentido. Nada de lo que viví en Black Edge fue por mi bien y tú nunca has tomado una decisión pensando en nada más que en ti mismo.
Chasqueó la lengua como un hombre profundamente decepcionado.
—Estoy dolido, Faye, no lo voy a negar. Pensé que entendías la labor que realizamos. Que compartías mi visión.
Lo sabía. Sabía que de verdad creía eso. Que en su afán obsesivo por poner a los humanos al mismo nivel que los cambiaformas todo le parecía válido y un daño colateral inevitable. Porque la causa era buena, era necesaria. Porque él iba a realizar un cambio en el mundo.
Lo había oído infinidad de veces en infinidad de versiones, a veces más tranquilas, otras más furiosas, siendo las peores aquellas que parecían delirios.
—Entiendo que lo pensaras, en especial porque nunca te molestaste en preguntarme.
—Una mano grande y áspera cubrió las mías y me detuvo.
Me impidió recurrir al dolor para concentrarme, así que me enfoqué en su calidez.
En su aroma a bosque. En la energía que me rodeaba—.
Nunca he creído que los cambiaformas pretendan subyugarnos, ni los he temido de la forma en que tú lo haces.
Creo que tienen el mismo derecho a existir y prosperar que los humanos y que, de hecho, lo hicieron en silencio durante siglos.
No me dan miedo nuestras diferencias, papa .
Se le arquearon las cejas canosas.
—¿Miedo? El progreso no viene del miedo, sino del instinto de supervivencia.
—Llámalo como quieras, nunca defenderé un pensamiento que pasa por torturar a otros seres vivos. Incluidos los de tu propia especie, esa que tanto se supone que defiendes. ¿Podemos hablar de cómo apareció Dominic Drummond en el territorio de los Colmilloscuro?
Como siempre que la conversación se salía mínimamente de su control, la redirigió hacia donde le convenía.
—No estás a salvo ahí. Me he mostrado activamente en contra de sus derechos y exigencias, Faye.
¿No crees que los Colmilloscuro sienten resquemor hacia nosotros?
¿Hacia todos los humanos? —Se acercó un pelín a la cámara y contuve las ganas de echarme hacia atrás—.
¿Ese alfa te ha encandilado con mentiras?
No tienes experiencia con los hombres, dorogaya .
Un cambiaformas como ese jamás se enredaría con una simple humana.
Sentí la ira de Remi hervir justo a mi lado. Le di un apretón para que se mantuviera en silencio. Él tal vez no lo sabía, pero las palabras de mi padre supuraban desesperación. Estaba tirando barro a la pared para ver si pegaba.
—Bueno, tu secretario tenía la misión personal de subsanar esa poca experiencia.
Remi se puso en pie de sopetón y comenzó a caminar. Su figura ofuscada pasando una y otra vez por detrás del pad me alivió el nudo en la garganta.
Mi padre no se escandalizó ni muchísimo menos se enfadó como lo había hecho Remi. Me observó en silencio unos segundos, masticando la conversación, y luego pasó a hablar enteramente en ruso.
—Vuelve a casa, Faye. —Aquella vez no sonó a padre preocupado y amoroso.
Aquella vez estaba hablando Valentin Kovalenko, el dueño de una de las empresas de biotecnología más prestigiosas del mundo y una tarántula oscura que tejía sus redes en las sombras—.
Crees que conoces el mundo y que eres capaz de tomar decisiones por ti misma, pero no es así.
Ahora entiendo que te he protegido demasiado y eso te ha llevado a confiar en quien no debías.
Los Colmilloscuro te tratan bien ahora, pero dejarán de hacerlo cuando descubran que lo que tú eres, lo que eres capaz de hacer, podría suponer el principio del fin de su supremacía.
Y si no son ellos será otra manada, porque ningún animal cede el control así como así, se vistan con pieles o con pelajes.
Su versión de la realidad y la vida estaba tan alejada de la mía que en ese momento, por fin, la perspectiva y la distancia lo pusieron todo en su lugar. Algo encajó dentro de mí e hizo desaparecer el conflicto y la ansiedad de un plumazo.
El cuerpo se me desinfló de golpe y fue... liberador. Al otro lado del escritorio, Remi se detuvo y me miró. Lo había percibido.
Le dediqué a mi padre una suave sonrisa que sabía que él interpretaría como desafío.
«Me das lástima, papa. Auténtica lástima».
—Tú permitirías que me abrieran en canal de la cabeza a los pies si con eso consiguieras las respuestas que tanto buscas. Un cambiaformas moriría antes de permitir que hicieran daño a su cachorro.
Que era lo que había ocurrido catorce años atrás.
Su mano, apoyada sobre la agenda, se cerró con fuerza.
—No me obligues a tomar decisiones duras, Faye.
Sonreí con más fuerza.
—No voy a regresar. Si algún día creo que tengo algo más que decirte, seré yo quien me ponga en contacto contigo.
Pulsé el botón de finalización de llamada antes de que pudiera responder.
La pantalla se volvió negra y, cuando me contemplé a mí misma, me sorprendí: no parecía asustada o triste.
Tenía la expresión de quien ha tomado una decisión y está lista para enfrentarse a las consecuencias. Parecía harta y resuelta.
Me pregunté qué opinaría mi padre sobre eso, si creería que yo también me escondía detrás de una fachada, como él.
—¿Faye? —Remi se arrodilló a mi lado y me tiró de las manos para mover la silla, girándome hacia él—. ¿Estás bien? ¿Qué te ha dicho?
—Nada que no esperara. No te preocupes, no volverá a llamar. Es demasiado orgulloso para eso.
—Me importa una mierda si llama de nuevo o no. —Se me coló entre las piernas. Era tan alto que, incluso en esa posición, nuestros ojos quedaban a la misma altura—. Dime que estás bien.
Quise llorar. Era absurdo, pero sentí que debería llorar en ese momento.
En cambio, me vi en la loca necesidad de justificarle .