36
Faye
Hay detallitos que me hubiera gustado saber antes de lanzarme a la piscina con un felino. Como, por ejemplo, que ofrecerles tu comida es algo GORDO.
O que cada centímetro que se te acercan es una declaración de intenciones. ¿Y si los dejas lamerte el cuello? Básicamente te están marcando con su olor. ¿Me estoy quejando? No.
Declaraciones anónimas en The Alpha’s Chair
–Demidov escapó.
Remi y yo, que estábamos desayunando en la cocina, nos quedamos mirando a Micah con la misma expresión. Bueno, habían pasado nueve minutos enteritos sin que alguien de la manada apareciera con noticias, quejas, problemas o cualquier chisme. Era todo un récord para los Colmilloscuro.
—¿Cómo coño pudo huir un tío con la cara rajada que se estaba desangrando? —exhaló el alfa.
—Aprovechó el alboroto. —La expresión de Micah era de pura rabia.
Se adentró en la cocina a zancadas—. Fabian siguió su rastro hasta la calle de las fraternidades, donde suponemos que tenía algún vehículo preparado.
Luego se dirigió a casa de Kovalenko —me lanzó una miradita, como diciendo: «tu casa»— por si lo pillaba en el camino. O dio un rodeo o fue a otro lugar.
—Joder.
—Ha fracasado —dije con tranquilidad—. Mi padre no lo perdonará.
No solo había visto cadáveres de cambiaformas a lo largo de mi vida. También bolsas con cuerpos humanos saliendo tanto de mi casa como del laboratorio; gente que pasaba de estar en plantilla a rellenar huecos en fosas comunes. Como mi profesora.
—Quería ser yo quien se encargara de él —masculló Remi—. Presentarlo ante ti. Dejar que decidieras cómo y cuándo pasaba al otro barrio.
Su frustración me hizo sonreír un pelín.
—Para, que me matas con tanto romanticismo. —Le ofrecí un brownie a Micah—. Toma, es de pistacho. Los ha hecho tu madre.
El beta lo cogió con lentitud.
—A veces acojonas.
Sí, no era la persona más normal reaccionando a los temas escabrosos y probablemente no lo sería nunca.
—Gracias —repliqué—. ¿Qué habéis descubierto de las armas?
—Jun y su equipo no han pegado ojo. Bueno, ella no ha dejado que los chicos descansen hasta que las han despiezado minuciosamente.
Incluido yo, que sé una mierda del tema.
— Micah se dejó caer en un taburete y encorvó la espalda.
Le estallaron varios huesos a la vez—. Tienen muchas limitaciones y son imperfectas.
Dice que no se pueden considerar ni prototipos, más bien borradores.
Como no han contado con sujetos depredadores, no han dado todavía con la clave para combatirnos.
Incluso así, es jodidamente preocupante.
Sí, porque solo parecía cuestión de tiempo que afinaran los modelos. Conocía a quienes trabajaban en Black Edge. Entre el miedo, el fanatismo y las cantidades obscenas de dinero que les daban, eran capaces de cualquier cosa.
—¿Qué hace la pistola que me dio Montreal?
Ahora llamaba así al metahumano misterioso de las alcantarillas, a falta de saber su nombre.
—Es un disparador térmico. Aplica un choque de calor controlado, a muy corta distancia y durante un tiempo muy breve —especificó con la boca llena de brownie —. Pero parece que podría ser capaz de paralizar nuestro metabolismo y reflejos.
El alfa se frotó la cabeza. El pelo le había crecido desde que lo había visto por primera vez, denso y oscuro. Seguía siendo demasiado corto, pero me pregunté cómo sería si se dejara flequillo y le cubriera las orejas.
¿Con esa cara? Estaría guapo de cualquier forma.
—Por un lado, me alegro de que eso sea todo lo que han conseguido después de tantos años. Por otro...
Todos nos quedamos en silencio. Sí. Era horripilante pensar cuántos morfos habían muerto para llegar hasta ahí. Me constaba un porcentaje que estaba segura de que era muy pequeño en comparación con la realidad.
Micah cambió de tema con un carraspeo.
—Cindera dice que te ha llamado cuatro veces.
—He visto las cuatro llamadas, sí.
—Está hasta las cejas de burocracia y creo que ha intercambiado amenazas graves con el teniente Reed —insistió Micah—. En plan graves de verdad.
—Tenemos una portavoz temible. Podrá con él.
Aunque parecía que no era su intención, una sonrisilla curvó los labios de Micah.
—Eso no lo dudo.
Un suave escalofrío me subió por la espalda y me giré para descubrir a un puma de pelaje dorado acechándome desde el suelo de la cocina, a unos dos metros.
—Buenos días, Fabian.
Se transformó en un centelleo que siempre me obligaba a parpadear. Mejor, así no veía penes a la hora del desayuno.
—Algún día te pillaré, bonita.
El cambio de los morfos era imposible de contemplar directamente.
Era rápido y se apoderaba de ellos una energía incuantificable que la etomorfología denominaba, a falta de otro término mejor, «chispa».
Seguramente en eso se habían basado los científicos de Black Edge para crear la jaula.
Pasando por obligar a sus cautivos a transformarse sin parar durante horas, recopilando datos incansablemente, sin importarles los llantos de dolor.
Fijé la vista en la media taza de café que me quedaba, ignorando con elegancia los sonidos de Fabian al vestirse.
—Seré tu conejillo de indias con gusto. No sería la primera vez.
Los ojos de tres machos felinos cayeron sobre mí.
—¿Qué? Venga, es una broma.
—No tiene ni puta gracia —me gruñó Remi.
—En serio, a veces acojonas —insistió Micah.
Juniper apareció con expresión preocupada.
—Hemos recibido una llamada externa entrante.
—Tal vez sea él —dije esperanzada—. Montreal.
La guardiana intercambió una breve mirada con Remi antes de decirme:
—Es tu padre.
Sentí una fuerte opresión en el pecho. Una especie de vacío, como observar un gran abismo.
—¿Qué?
—Ha solicitado hablar contigo. Volverá a llamar en diez minutos.
Micah tamborileó con los dedos sobre la isla de la cocina.
—Esto es por la pelea en el estudio. Faye lleva aquí semanas y hasta ahora no le ha importado lo más... —Hizo una mueca al darse cuenta de lo que iba a decir—. Mierda, lo siento.
Me quedé callada. Estaba conciliándome con el hecho de que mi padre había hecho una maldita llamada a los Colmilloscuro . El mundo se había dado la vuelta.
Remi me escrutó. El cuerpo le empezó a emanar tensión.
—Solo si tú quieres, florecilla. Una palabra y la encargada de la centralita lo mandará a la mierda de tu parte.
Juniper carraspeó.
—No imagino a Cinthia diciendo la palabra con M, ni siquiera a Kovalenko.
—Creo que la cambiaformas supo que necesitaba unos segundos para ubicarme, porque añadió—: La llamada es perfectamente rastreable, desde su casa.
Puede que aprovechen para intentar sondearnos, pero mis cortafuegos son infranqueables.
Aparté la vista de los restos de mi brownie y mi café.
—Hablaré con él.
Remi me observaba con atención.
—¿Quieres estar sola?
Intentando desprenderme del nerviosismo, sonreí.
—Todas vuestras llamadas se graban.
—Te daré privacidad, si eso es lo que quieres —gruñó.
—No. Preferiría que alguien estuviera a mi lado.
—Hecho. —Remi dejó atrás el taburete y le hizo un gesto a Juniper—. Pasa la llamada a mi pad, estaremos en mi dormitorio.
La guardiana arqueó las cejas.
—Ha dicho «alguien». ¿Y si soy yo? ¿O Micah? Tal vez prefiere que la acompañe Inaya. —Me miró—. Lo hago por tu bien. Si no controlas su ego mientras puedas, se volverá insoportable.
—Me parece que su ego ya era un problema antes de que yo llegara —musité con una sonrisa.
No había vuelto a la habitación del alfa desde que me había trasladado al otro dormitorio.
Crucé el umbral despacio. Remi se encargó de colocar dos sillas frente al escritorio y preparar el pad.
Paseé la vista por la estancia. Estaba todo más o menos igual que la última vez, a excepción de un destello de color rosa que me llamó la atención en el suelo junto a la cama.
Nailon rosa.
Me agaché para recogerlo.
—¿Esto es... la falda que había perdido?
Los hombros de Remi se tensaron. Se giró hacia mí poco a poco. Cuando me vio con la prenda entre los dedos, me dio la sensación de que dejaba de respirar.
—¿Qué le ha pasado? Está destrozada. —La estiré para ver las rasgaduras a contraluz. El sol entraba a raudales desde el ventanal triangular y pasaba por los agujeros—. Parece que un animal la haya utilizado para afilarse las garras.
Era una broma, pero, cuando miré al jaguar macho que continuaba junto al escritorio, entrecerré los ojos. ¿Se había puesto colorado?
Se me acercó y me la arrebató.
—Te compraré otra —dijo sin mirarme—. Todas las que necesites.
—¿Qué hacía aquí? ¿Te la llevaste del estudio aquel día?
La lanzó a la papelera con una fuerza innecesaria y luego me echó un vistacito a las manos. Por razones que no entendí, aquello lo azoró más.
—¿Tienes algo personal contra el ballet ? —inquirí rondándolo. Me esquivó mientras tomaba aire—. ¿Una bailarina te atacó de pequeño y te generó un trauma?
—Faye —gruñó con voz ronca.
—Puedes desahogarte conmigo. No te juzgaré.
De pronto, me agarró por los codos y me detuvo.
—No me preguntes. No lo quieres saber.
—No te creas, ahora mismo tengo una curiosidad terrible. —Pensé en todas las posibilidades que se me ocurrieron, a cada cual más ridícula—. ¿Te gusta ponerte faldas cuando nadie te ve?
Estaba disfrutando mucho de tener la sartén por el mango por una vez con aquel morfo. Se cernió sobre mí con su clásica actitud dominante, obligándome a doblar la espalda, y no pude evitar sonreír.
—Cuando no estemos a punto de recibir una llamada no deseada, pregúntamelo de nuevo. Te lo contaré. —Una de sus manos se trasladó a la parte baja de mi espalda. Tan tan baja que su meñique rozó mi trasero. El calor que siempre desprendía era criminal—. Pero luego no digas que no te lo advertí.
—Vamos, no puede ser tan malo.
—No lo fue. Para nada.
Sus ojos bajaron a mis labios y mis sensaciones sobre aquella conversación cambiaron de rumbo por completo.
¿Qué estaba insinuando?