Feral 35 #2
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35 #2

—Tal y como especulamos, Faye Kovalenko es consciente hasta cierto punto de las ilegalidades que cometen su padre y su empresa secreta.

—El chico se sentó (más bien se dejó caer) en la estrecha cama del motel, exhausto.

Los Zarpasucia habían sido jodidamente difíciles de despistar.

Lo único bueno del jaleo que se había montado era que Demidov y los suyos (los que quedaran vivos) no se iban a preguntar dónde estaba.

Darían por sentado que lo habían liquidado o capturado.

Solo tenía que preparar una historia creíble y reaparecer, malherido y asustado—.

Debe haber informado a las manadas y están tras la pista del laboratorio.

—Una hija y un padre enfrentados... Nunca pensé que esa pudiera ser la grieta en la armadura de Valentin.

Vance se frotó los ojos con fuerza. A él le parecía lógico. Kovalenko había tratado a la chica como a una mierda toda la vida, exactamente con el mismo respeto que mostraba hacia la especie cambiaformas.

Al menos ahora sabían la razón tras ello.

Después de su encuentro con Faye, no le quedaba ninguna duda de lo que ella era.

Le preocupaba que Kovalenko lo supiera también, que estuviera al tanto de la existencia de los metahumanos.

Eso explicaba que quisiera recuperarla a toda costa.

Lástima que le hubiera confiado el trabajo al imbécil de Demidov.

Cuando se lo comentó a Fox, esta se quedó callada unos segundos.

—Sabes que los metahumanos y Nexo no nos conciernen. Y si esa chica está con los Colmilloscuro, menos aún.

No les concernían porque, a efectos prácticos, no existían.

Pero él estaba vivito y coleando. Faye Kovalenko también. Y le provocaba náuseas la mera idea de que hombres como Valentin Kovalenko les echaran el guante encima a sus habilidades.

Sin embargo, no trabajaba para una organización que se dedicara al bien común sin más. Siempre había intereses ocultos. Por suerte, en aquellos momentos a los mandamases no les venía bien que Black Edge estuviera en marcha.

—Ahora cuéntame la razón tras esta llamada.

—Voy a contactar con los Colmilloscuro.

—No.

La negativa de Fox fue rotunda. La determinación de Vance también lo era.

—Están intentando dar con el laboratorio de todas formas.

—Son unos malditos kamikazes —replicó Fox, con más ímpetu del que era normal en ella.

Casi como si hubiera emociones involucradas, lo cual no podía ser.

Su jefa era una perra sin sentimientos—.

Y de los Tierrasangre ya ni hablemos. Tú eres un equipo infiltrado precisamente porque esta operación requiere discreción.

Un paso en falso y todo el trabajo de los últimos años se va a la mierda.

—Soy un equipo de un solo hombre.

—Hasta ahora eso no ha sido un problema.

No, no lo había sido. Porque desde el principio había tenido claro que a empresas como Black Edge no se las vence con fuerza bruta, sino con astucia y un pelín de maquiavelismo.

Tendiéndoles una red con calma para que, cuando se dieran cuenta de que estaban rodeados e inmovilizados, fuera demasiado tarde.

Incluso se había sentido orgulloso de que la organización confiara en él para aquello.

Eso había sido antes de capturar con sus propias manos a todos aquellos morfos consciente de a dónde los estaba mandando. Sabía que era parte de la tapadera, que debía escalar con cautela hasta tener acceso a información relevante.

Pero lo de Amanda Lebow lo había destrozado.

Solo era una humana inocente que había estado en el peor lugar y momento posibles; apenas tenía quince años.

Había tenido pesadillas con el momento en el que la había sedado.

Con el terror y la desesperación puros que le brillaban en los ojos grises antes de quedar inconsciente.

No había tenido otra opción. No podía vacilar delante de la astuta doctora.

Y aun así...

Se quedó callado tanto rato que Fox supo que algo andaba mal.

—Estás a punto de descubrir la ubicación del laboratorio —le recordó en voz baja. Escuchó ruidos sordos de fondo, como si Fox estuviera moviéndose. Luego una puerta que se cerraba—. Estás cerca, Vance, pero no puedo autorizar una intervención sin que me des lo que necesitamos.

Pruebas materiales, registros financieros que relacionaran Black Edge con Vireon Corp, accesos del propio Kovalenko, grabaciones, testigos.

.. Debía reunir alguna evidencia que justificara que su organización actuara.

Si lo hacían antes de tener algo contundente, se arriesgaban a fallar.

Tal vez detuvieran aquel laboratorio, aquellas atrocidades, pero Valentin Kovalenko se iría de rositas y empezaría de nuevo en otro lado.

Lo sabía. Sin embargo, las razones puras y altruistas por las que había empezado todo aquello empezaban a desdibujarse.

—Puedo utilizarlos para que hagan el trabajo que a mí no se me permite —explicó apelando a la lógica.

Era lo único que funcionaba con Fox—. Su encontronazo en el estudio ha sido burdo, pero ahora tienen varios prototipos de armas antimorfos en su poder.

Son excelentes rastreadores y, como he dicho, la hija de Kovalenko está con ellos.

Debo averiguar lo que ellos saben e impedirles que hagan alguna estupidez mientras ato cabos.

Escuchó el suspiro que Fox no pudo contener. Ella era un poco como él. Había personas por encima que decidían, no tenía la última palabra. Y si aquella misión salía mal, sospechaba que Fox sería quien pagaría el precio.

La mujer murmuró:

—Oficialmente, no te estoy dando permiso para proceder.

—Bien, porque oficialmente esta llamada ni siquiera ha existido, ¿no?

Vance colgó y se dejó caer de espaldas en la cama. Se le clavaron los muelles en la piel mientras observaba el techo lleno de humedades.

Nunca había creído que su trabajo pasaría por dialogar con cambiaformas, mucho menos manadas de aquel calibre, pero era necesario.

Si no sacaba con vida a Amanda Lebow y al resto de los cambiaformas de Black Edge, sospechaba que no sabría nunca más lo que era la paz. El fin no justificaba todos los medios.