Feral 35
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Remi

¿Empresario ejemplar... o depredador en las sombras?

Silas Marrow, el enigmático rey de la noche de Salem, vuelve al centro de la polémica.

Salem vuelve a susurrar un nombre que nunca desaparece del todo:Silas Marrow, alfa de la manada de ratasZarpasucia, empresario esquivo y propietario de uno de los clubes privados más selectos (y herméticos) de todo el estado.

El local, conocido comoRed Velvet, es oficialmente un club de membresía restringida donde se dan cita figuras influyentes del mundo empresarial, artístico y político.

Decoración impecable, normas estrictas, seguridad casi obsesiva y una lista de espera que puede durar años.

Nada fuera de lo normal... salvo por el nombre que figura en la cúspide del imperio.

Artículo de periódico

Un bramido sacudió todo a mi alrededor y, para mi sorpresa, despejó aquella vibración que me envolvía y me impedía moverme.

Un oso del tamaño de una quitanieves atravesó una de las paredes del estudio, haciéndola astillas. Su pelaje marrón era tan oscuro que parecía casi negro cuando clavó las garras en el parqué y rugió con tanto ímpetu que incluso yo tuve que plegar las orejas contra el cráneo.

El disparo de Demidov impactó contra la piel dura y fibrosa del oso y rebotó. La bala rodó por el suelo con un tintineo. Mientras me espabilaba, recuperando el equilibrio y la fuerza, Lachlan Northwood se lanzó sobre el secretario de Kovalenko, que se puso a chillar como un agapornis.

El alfa de los Tierrasangre lo sacudió con fuerza y algo cayó junto a mis patas.

Era una mano que sostenía un aparatito negro.

Apenas tuve tiempo de procesar aquello antes de que osos y pumas invadieran el estudio en tropel.

Fue un desfile de pelajes erizados, garras ensangrentadas, colmillos y gruñidos.

Solo la presencia de Lachlan ocupaba un tercio de la sala.

Me transformé en un parpadeo.

—¿Situación?

Roderick también adoptó forma humana.

—Los que no están muertos han huido. En cuanto han visto que los Colmilloscuro no estabais solos se han cagado encima.

Juniper entró por el boquete que había creado Lachlan y me lanzó unos pantalones.

—¿Dónde está Faye? —le pregunté.

—Marrow la está llevando al almacén. Tenías razón, iban a utilizar las alcantarillas como vía de escape.

Había sido una de las opciones más lógicas. Ningún transporte en la superficie nos habría pasado desapercibido.

—¿Y el conductor?

—Faye dice que huyó.

Hubo un gruñido colectivo. Joder. ¿Todo aquello había sido en vano? Micah recogió dos objetos de entre la madera rota y la sangre y se los tendió a Juniper. La guardiana arqueó el labio.

—¿Puedes quitar la mano del aparato, por favor?

Mi beta gruñó y lanzó la extremidad cercenada de Demidov hacia el rincón en el que este todavía sollozaba en voz baja.

Todos los cambiaformas presentes abandonaron sus formas animales y hubo un pequeño revuelo mientras un par de miembros que habían permanecido a la espera repartían pantalones y camisetas.

—Llegaste por los pelos —acusé a Lachlan.

—Tuvimos que esperar a que todos estuvieran pendientes de vosotros para acercarnos —gruñó el oso, pasándose el antebrazo por la boca para limpiarse los restos de sangre—. Había que mantener el factor sorpresa, ¿no?

—Y la discreción —gruñó Micah—. Ahora todo el puto Corvallis sabrá que hemos estado aquí. —Tomó uno de los comunicadores que llevaba Juniper—. ¡Fab! ¿Qué hay de las autoridades humanas?

—De camino, alguien ha llamado alertando de ruidos extraños —contestó el guardián molesto. Se había tenido que quedar al margen de la pelea, para su disgusto. Pero le necesitábamos controlando el perímetro—. Tenéis tres minutos, como mucho.

Y en un rato mi teléfono no pararía de sonar para averiguar qué diablos había pasado.

No podíamos borrar del todo nuestras huellas.

Aquellos destrozos eran claramente cosa de morfos, morfos grandes y furiosos, pero al teniente Reed le daría un aneurisma intentando relacionarnos.

Sospecharía de nosotros, claro; habíamos dejado claro que estábamos investigando las desapariciones de cambiaformas.

Cindera pasaría un mal rato lidiando con él.

Era una mierda que todavía no tuviéramos pruebas contra Valentin Kovalenko y Black Edge. Eso callaría la boca de Reed, de la alcaldesa y de todos. Pero cada vez estábamos más cerca, me negaba a creer otra cosa.

Me despedí de Lachlan y sus osos, agradeciéndoles el apoyo y asegurándoles que les transmitiría cualquier información. Dejé que varios de mis guardianes limpiaran la zona lo más rápido posible.

Era cerca de la una cuando Micah, Juniper y yo nos deslizamos por los callejones de Corvallis. A lo lejos oímos las sirenas de la policía, la ambulancia y los bomberos. Nos encontramos a Fabian de brazos cruzados apoyado contra la puerta del almacén.

—¿No ha llegado? —pregunté nervioso.

Marrow era efectivo. El mundo de los subsuelos que coexistía con el nuestro le pertenecía.

—Me temo que no la llevo en el bolsillo, alfa.

Unos pasos apresurados y una respiración agitada cortaron mi seca respuesta. Faye apareció corriendo desde el callejón aledaño.

—¡Chicos, no os lo vais a creer!

Lo que no me creía eran todas las contusiones que había conseguido en la media hora que había estado fuera de mi vista. La abracé con tanta fuerza que le arranqué un suspiro. Me dio igual el olor a cloaca que se había adherido a ella; todavía notaba el cedro y el ámbar subyacentes.

—Estoy bien.

—Ya. —Me separé y le rodeé el rostro con las manos. Tenía una herida en la parte alta de la mejilla claramente causada por un golpe contundente. ¿La habían abofeteado?—. Micah, averigua dónde está el cazador llamado Anton y si sigue vivo.

Con un suspiro, mi beta sacó su comunicador.

—Claro.

Faye chasqueó la lengua.

—No es para tanto y ya me hice cargo de él.

—Yo también tengo pupas, ¿nadie me va a examinar?

Todos nos giramos hacia el hombre alto y enjuto que acababa de aparecer justo detrás de Juniper. Mi amiga giró sobre sí misma con tanta rapidez que se golpeó la cara con su propia trenza.

—¿De dónde...? —Luego, como si se hubiera dado cuenta de que había estado a punto de hacer una pregunta absurda, se detuvo—. Malditas ratas.

Silas Marrow le sonrió con afectación. Debía estar acostumbrado.

La gran mayoría de los humanos y cambiaformas subestimaban a las especies más pequeñas, como era el caso de las ratas.

Como no podían competir en fuerza, lo compensaban con astucia, manipulación y un gordísimo instinto de supervivencia.

No se hablaba de morfos roedores que hubieran participado en grandes batallas o que organizaran ataques a gran escala.

No. Ellos ganaban sin que su enemigo pudiera verlos siquiera.

Ponían fin a los conflictos desde las sombras.

Eran prudentes, oportunistas y muy adaptables. Yo creía que a veces tendían a ser un pelín paranoicos, pero eso era inevitable cuando casi cualquiera podía devorarte de un bocado o aplastarte con un pisotón.

Marrow se arremangó un traje que le quedaba un pelín grande, mostrando unas muñecas de aspecto frágil.

Era un hombre de casi cincuenta años con el pelo corto entreverado de canas, apariencia enfermiza y ojos sagaces.

Se beneficiaba de la primera impresión que causaba para engañar a todo el mundo, en especial a sus competidores y empresas rivales.

Yo sabía lo ligeras que eran sus manos, en especial preparando los cócteles en su club privado de Salem. Un lugar donde la información se movía junto con las copas.

—Me temo que no tengo mucho tiempo.

—No me lo digas, vienes de una reunión y ahora tienes otra —aduje. Llevaba escuchando lo mismo toda la vida, desde que era pequeño y él hablaba con mi madre.

Cuando le había llamado para preguntarle si podrían actuar de respaldo en las alcantarillas de Corvallis, había aceptado con la misma condición que habían puesto Chandra y Lachlan: estar al tanto de todo.

Dos de sus miembros seguían desaparecidos.

Le había asegurado que se enteraría de lo mismo que yo.

Él sabía que los Colmilloscuro respetaban a los Zarpasucia y no era la primera vez que colaborábamos.

Tal vez lograra que aquel viejo desconfiado firmara de una vez la alianza oficial entre nuestras manadas.

—Los negocios no duermen, así que sus jefes tampoco —replicó en voz baja—. Ha sido un placer, Faye.

La chica le estrechó la mano con una pequeña sonrisa.

—Lo mismo digo. Gracias por todo, señor Marrow.

—Puedes llamarme Silas.

Fabian se mostró bastante ofendido.

—¿En serio? ¿Ella sí puede llamarte por tu nombre de pila?

—Comprenderás que poseéis encantos muy distintos.

—Que tu marido no te escuche decir eso.

Marrow esbozó una sonrisa tensa. En realidad, nunca lo había visto sonreír abiertamente.

—Tu reservado en Red Velvet siempre está listo, Mendoza. Buenas noches.

Desapareció con la discreción que lo caracterizaba.

Faye nos miró con los ojos un poco más abiertos de lo normal y nos tendió un objeto. Era una pistola tan pequeña que parecía de juguete.

—Creo que no somos los únicos interesados en destruir Black Edge.

—¿Los Colmilloscuro actuando junto a los Tierrasangre?

La voz de Fox destilaba estupor. Vance entendía a su jefa. Él mismo no lo habría creído si no hubiera estado presente.