Feral 34
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Remi

Hay pocas cosas que me den más pavor que los grandes felinos. Osos, lobos, coyotes... A esos por lo menos los oyes venir.

Declaraciones de un invitado en The Alpha’s Chair

–¡Faye! —grité al verla desaparecer.

Tuve que hacer el mayor esfuerzo de mi puta vida para no ir tras ella. Para fingir que no me daba cuenta de cómo uno de aquellos capullos se le acercaba y que no llegaba a tiempo de salvarla antes de que se la llevara hacia la parte posterior del edificio.

«Ella es fuerte. Puede defenderse», me recordé apresuradamente.

Y lo habíamos tenido en cuenta todo, cada uno de los posibles desenlaces. Me había pasado tres noches en vela asegurándome de ello y haciendo llamadas.

Estrellé el puño contra la luz que nos rodeaba, justo donde estaba la cara de Demidov, y el impacto repercutió en mis nudillos.

Era como... una pared de cemento flexible.

Dura y maleable al mismo tiempo. Mi golpe creó líneas luminosas que se extendieron como fisuras un instante. Luego desaparecieron, sellándose.

Intercambié una mirada con Micah.

Aquella cúpula de luces, aquella «jaula», era malas noticias.

Realmente podía sentir el ronroneo de una energía corrosiva estrellándose contra mi piel, reprimiendo el cambio cada vez que intentaba activarlo.

En mi interior, el jaguar se revolvía con furia.

Jamás se había enfrentado a algo que pudiera detenerlo.

Aquella no sería la primera vez.

Clavé la vista en Demidov y su rostro semioculto.

—Llevaba años preguntándome qué aspecto tendría el alfa de los Colmilloscuro —comentó paseándose de un lado a otro—. No imaginaba que sería un puto crío.

Sonreí mientras le seguía con la mirada, asegurándome de que sintiera su peso. Me confortó que sus ojillos oscuros rehuyeran el contacto visual. Daba igual que él estuviera fuera y yo aquí dentro. Era un humano débil que no podía mantenerle la mirada a un depredador.

—Tú, en cambio, eres exactamente lo que esperaba. —Eso detuvo sus pasos—. Un cobarde que ataca a chicas mientras duermen y se escuda detrás de juguetitos.

—Ah, te lo ha contado. Me alegra que la señorita Kovalenko se acuerde de mí. —Se acercó hasta que estuvo a centímetros de la luz y solo nos separaba aquella corriente extraña—. Si intentas cabrearme para que entre, no te molestes. Mi jefe y yo tenemos planes para vosotros que me apetecen mucho más.

—No era mi intención. —Le dediqué una sonrisa burlona—. No necesito que entres, yo iré a por ti.

Me complació muchísimo que mirara con rapidez el artefacto rectangular, como si temiera descubrir que, de pronto, estaba fallando. El walkie de uno de sus hombres crujió y un grito resonó por la sala.

—¡Los Colmilloscuro están aquí! ¡No han venido...! —Antes de poder acabar la frase, un rugido invadió la radio.

El tipo levantó el walkie e intentó recibir respuesta, pero yo ya sabía que no había nadie al otro lado. El nerviosismo invadió a los humanos.

—Sabíamos que podía tratarse de una trampa —les ladró Ivan—. Estamos preparados. ¡Relajaos, joder! Y tú, asegúrate de que Anton entrega el paquete.

Mi ira burbujeó.

—Faye nos ha contado cosas muy interesantes sobre Black Edge y la doctora Moreau.

Esa mujer está un poquito obsesionada —junté el pulgar y el índice— con los grandes depredadores, ¿verdad?

Pero parece que no ha logrado hacerse con ninguno.

Así que me pregunto en qué os habéis basado para crear este aparato. ¿En nutrias? ¿Cobayas? ¿Ratas, tal vez?

Me quité la gorra, que cayó al suelo junto con la braga de Micah. Los hombres de Demidov se removieron con inquietud al verme el rostro, aferrando los fusiles con fuerza.

—Hay una razón por la que no habéis podido capturar a ninguno de los nuestros —le dije en voz baja a Demidov.

Le sacaba casi quince centímetros al muy gilipollas, que tuvo que alzar la barbilla para fingir que me miraba cuando, en realidad, tenía la vista clavada en mi nariz porque no soportaba el imperativo—.

Hoy te voy a dar una clase práctica sobre la cadena alimentaria.

Luego, di un soberano cabezazo a la cúpula de luz. Las fisuras se repitieron, dispersándose como culebras. Antes de que se sellaran, encajé justo allí un puñetazo real, no como el anterior. Auné toda mi fuerza en aquel golpe.

La luz estalló en chispas y la caja de zapatos chisporroteó.

Tras un instante en el que todo el mundo contuvo el aliento, la jaula desapareció con un parpadeo y sus luces se esfumaron.

En la penumbra resultante, los ojos humanos no pudieron adaptarse con la suficiente rapidez.

Sus pupilas tardaban cinco segundos en empezar a dilatarse y casi treinta en ajustarse totalmente a la oscuridad.

Los pumas y jaguares solo necesitábamos un segundo.

Con un rugido, Micah se transformó y se lanzó hacia los dos cazadores. Yo me cerní sobre Demidov, que estaba palpando su cinturón, y le envolví la mano alrededor de la garganta como un cepo.

Lo alcé en el aire, haciendo que sus pies colgaran sobre el suelo, y le arranqué la mascarilla.

Examiné a conciencia lo que Faye había hecho con sus habilidades.

Ella tenía razón. Le había hecho pagar caro su abuso, paralizándole medio rostro y dándole el aspecto de una vela que se ha acercado demasiado al fuego.

El tatuaje del dragón en su sien ahora daba lástima, con la cola llena de púas convertida en una escuálida línea borrosa.

Pero a mí no me parecía suficiente.

—Vamos a terminar el trabajo que empezó mi compañera.

El gilipollas arqueó las cejas.

—¿Compañera? —resolló ahogado.

Saqué las garras de la mano derecha y le atravesé la cara con ellas.

Las hundí lo suficiente como para llevarme conmigo piel y un trozo de labio, pero ni de broma lo bastante como para matarlo.

Luego lo lancé contra la pared como un guiñapo.

Su cabeza hueca golpeó la madera y la resquebrajó.

Mientras él gemía, intentando erguirse, atendí las demandas de mi jaguar y le permití salir.

Caí sobre las cuatro patas y me encaminé hacia él. Los sonidos de Micah desmembrando a los otros dos cazadores me acompañaron como música celestial.

Demidov me vio y se quedó helado. No debía ser capaz de captar más que mi forma y el brillo de mis ojos; el pelaje negro me volvía casi invisible en entornos oscuros.

Olí su miedo y me relamí. «Creyó que, tomándome desprevenida, podría conseguir lo que lleva un par de años persiguiendo».

Doblé las patas y bajé el pecho al suelo, cargando el cuerpo como un resorte para saltar.

En el último segundo, una vibración horrible se me coló directamente entre los huesos. Me penetró los oídos con violencia, llegando hasta el cerebro, y el mundo a mi alrededor se torció.

Tropecé y gruñí de dolor.

Demidov, acurrucado contra la pared, tenía algo en la mano. Un objeto negro que le cabía en la palma con un botón iluminado en el centro.

—¿Creías que... eso era todo lo que teníamos? —jadeó. Su cara era un desastre sanguinolento, sus rasgos imposibles de distinguir—. A ver qué puedes hacer con esto, bestia de mierda.

Pulsó el botón de nuevo y la agonía se multiplicó.

Era... demencial. Como uñas afiladas rascándome bajo la piel, haciendo que los huesos me vibraran de forma extraña.

Sentí el impulso de regresar a mi forma humana y lo combatí.

Los músculos no me obedecían, las garras se me extendían y retraían, el corazón me latía con demasiada fuerza.

Aquella energía creaba una disonancia entre mis dos formas. No lograba concentrarme lo suficiente para estar siquiera en pie y, con un gemido ahogado, caí de costado. Me temblaba todo el cuerpo con violencia.

Demidov rescató el rifle del suelo. Aunque su pulso era inestable, en aquel momento yo era un objetivo infalible, grande y paralizado. Sacudí la cabeza y resoplé. Tenía que moverme. Los felinos éramos jodidamente fuertes, pero nadie resistía un balazo en la cabeza o en el corazón.

Pensé en mis padres.

Luego en Faye.

Desde el suelo, alcé la vista hacia Demidov. Lo pillé por sorpresa y conecté con sus ojos.

«Ríndete», le exigí. «Muestra respeto».

Pero su puto pulgar presionó el botón una vez más, casi más un espasmo que una decisión consciente, y los ojos se me pusieron en blanco.

Oí de forma lejana el clic cuando le quitó el seguro al rifle.

Anton apareció arrastrando a una chica joven. Vance solo necesitó un vistazo para saber quién era.

Faye Kovalenko.

Arqueó las cejas y se separó de la pared curva. Creía que la habían secuestrado los Colmilloscuro.

—Eso no es un cambiaformas —comentó.

El mercenario la lanzó hacia él. La chica tropezó en el suelo húmedo y sucio y Vance extendió los brazos para que no se cayera. Temblaba como una hoja e inmediatamente le recordó a la otra humana. Amanda Lebow. Sintió una punzada en el corazón.

—Es el objetivo —le dijo Anton—. Llévatela. Ya.

Bueno... eso explicaba el misticismo de Demidov y la poca información que había proporcionado sobre la misión.

El secretario de Kovalenko se había limitado a ladrarle que siguiera sus instrucciones y que todo perseguía el mismo fin.

Le había ordenado que se metiera en las putas alcantarillas, señalando el punto exacto del plano en el que debía colocarse, y que esperara allí.

Había estado seguro de que se trataba de una misión a gran escala para conseguir, por fin, un depredador.

Pero, al parecer, todo se había tratado de recuperar a aquella chica. Ahora tenía sentido que estuvieran detrás los mercenarios personales de Kovalenko.

De pronto, un rugido colosal reverberó contra el cemento y las baldosas, creando ecos en el sistema de alcantarillado.

—Pumas —susurró Vance.

Anton amartilló el fusil AR-15 y sonrió.

—Llega mi parte favorita.

El hombre había puesto un pie en la escalerilla que ascendía a la calle cuando emitió un gemido ahogado. El rostro se le puso rígido. Se le cayó el fusil al estrecho canal de aguas sucias y, tras palparse el pecho con desesperación, él también se desplomó.

¿Qué cojones...?

—Así mejor. —Faye Kovalenko se separó y alzó la vista hacia él.

Sus ojos lo tomaron por sorpresa. Lo había oído comentar, por supuesto. A la doctora Moreau se le había escapado en alguna ocasión su interés morboso por la causa de aquella heterocromía. En sus palabras, era un fenómeno anormal y repulsivo, pero atrayente desde el punto de vista de la ciencia.

Vance no solo vio dos ojos de distintos colores, azul hielo y marrón, llenos de resolución y fiereza. No. Al parecer, a la doctora se le había olvidado mencionar lo de la pupila astillada.

—Sorpresa. —Sonrió la chica—. ¿Quieres decirme a mí dónde está el laboratorio de Black Edge o prefieres que te lo pregunten mis amigos? Te advierto que sus métodos son peores que los míos.

Ah... Ella creía que él era el conductor y que conocía la ubicación del laboratorio.

«Esto tiene gracia», pensó sombrío.

Otro rugido distinto llegó hasta las alcantarillas. Aquel era más denso, ronco y alargado.

A Vance se le heló la sangre en las venas.

—Osos. —Joder, eso no tenía ningún puñetero sentido, estaban en el centro de Corvallis—. ¿Te acompañan los Colmilloscuro y los Tierrasangre?

—Yo me preocuparía más por lo solo que estás tú que por quiénes puedan estar conmigo.

Un rumor a su espalda que iba en aumento llamó la atención de ambos.

Se giró. El colector principal de las alcantarillas recorría casi dos kilómetros antes de dividirse en túneles menores, y a unos dos metros los sensores de luz estaban apagados.

El agua turbia del canal se perdía en el óvalo de oscuridad, pero un chapoteo llegaba desde allí. Y chillidos.

Chillidos que le pusieron los pelos de punta.

Su escáner empezó a vibrar como loco, detectando la presencia de dos, cuatro, ocho... Más de veinte morfos, que era su límite.

—Ratas —masculló. Y solo había una manada de roedores que se hubiera apropiado de las alcantarillas de Corvallis.

.. Los Zarpasucia, de los mayores afectados por los experimentos de Black Edge.

Pero se suponía que su nido estaba mucho más al norte.

Miró a Faye con incredulidad—. ¿Las manadas se han asociado? ¿Por qué?

—Dime dónde está el laboratorio —repitió ella.

Vance notó una caricia en el cerebro y, por fin, unió otra pieza de aquel endemoniado puzle: Faye Kovalenko no era una simple humana.

Echó un vistazo a Anton, inconsciente con medio cuerpo en el agua.

¿Sería esa la razón por la que su padre la había llevado repetidamente al laboratorio?

¿Black Edge lo sabía ? Y, en tal caso, ¿ahora también lo sabían los Colmilloscuro y otras manadas?

La rechazó elaborando un escudo mental sencillo y vio cómo su gesto se demudaba por la sorpresa.

—Tú...

Vance le lanzó el arma que le habían entregado y esta cayó a los pies de la chica.

—Di a tus amigos que se retiren y que dejen de sacudir el avispero. —Abrió la pequeña compuerta de una de las tuberías laterales—. Me pondré en contacto. Recuerda esta palabra: Montreal.

Ella intentó estrujarle la mente, la percibió manipulando su tronco encefálico. Era fuerte. Si él fuera otro, lo dejaría hecho un guiñapo en el suelo, incapaz de moverse.

Pero Vance tampoco era un simple humano. Se escabulló por el túnel pensando en las repercusiones de lo que acababa de descubrir y lo que podría significar.