Feral 33
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Faye

Éxito sin precedentes en la cooperación entre humanos y cambiaformas: la manada Faucescarlata y los Navy SEALs completan un programa conjunto de entrenamiento.

La iniciativa, desarrollada bajo estrictos protocolos de confidencialidad y supervisión federal, tenía como objetivointercambiar conocimientos operativos, no integrar fuerzas de manera permanente.

Los SEALs aportaron experiencia en estrategia, logística, coordinación en entornos hostiles y combate estructurado; los cambiaformas lobo, por su parte, ofrecieron formación avanzada enrastreo, sigilo, orientación nocturna y lectura del terreno.

«No se trataba de quién era más fuerte o más rápido», explicó un oficial del mando conjunto. «Se trataba de aprender a pensar como el otro. Y eso cambió por completo la dinámica».

Artículo en The Sentinel Post

Me encontré de frente con Remi en el vestíbulo. Él venía de la sala táctica y yo, de la planta superior, no había nadie más cerca y...

El aire se cargó de electricidad en cuanto nos miramos.

No habíamos estado a solas desde anoche, tras regresar de la fiesta del equinoccio.

Él casi había huido a su dormitorio (o esa era la sensación que me había dado a mí) y aquella mañana habíamos desayunado con el resto del círculo, repasando por enésima vez el plan para entrar al estudio de baile.

Si bien la tensión había flotado entre ambos y estaba segura de que Juniper lo había notado, habíamos fingido a las mil maravillas y no habíamos vuelto a coincidir en todo el día.

Él tenía llamadas que hacer y yo había paliado mis nervios haciendo un poco de ejercicio y buscando distracciones.

Remi tragó saliva y eso, por algún motivo loquísimo, me despertó mariposas en el estómago. ¿Desde cuándo me fijaba en su nuez?

Pero ahí estaba. Bonita. Resultona.

Abrí la boca para decir algo y cortar con aquello, pero no se me ocurrió nada.

Nada apropiado, quiero decir. Porque estaba segura de que Remi no agradecería un: «Anoche escuché cosas raras que parecían venir de tu habitación. ¿Te golpeaste el meñique contra alguna esquina?». O un: «Mira, pues recibir un orgasmo apoteósico me ayudó un poco a conciliar el sueño. Qué cosas».

Volví a cerrar la boca. No, mejor no.

Juraría que las mejillas de Remi estaban encendidas cuando gruñó:

—Esto no me gusta nada.

Tardé unos segundos en comprender que estaba hablando del plan, no de mis pésimas ideas.

Darme cuenta de que estaba tan nervioso como yo hizo que me tranquilizara un poco. Era un alfa poderoso. Y me llevó a pensar que, si yo no estuviera involucrada, tal vez se lo tomaría con más calma.

—A mí tampoco —admití.

Asintió y volvimos a quedarnos callados.

Y en el silencio, por supuesto, parecían estar los ecos de lo que habíamos hecho en el bosque. La forma de mirarme y tocarme, sus gruñidos, su afirmación tajante.

«Voy a demostrarte lo viva que estás, florecilla».

Mi respiración se entrecortó y él dio un paso hacia mí.

En ese momento la puerta se abrió y aparecieron varios miembros de la manada cargados de materiales.

Nos saludaron respetuosamente, algunos con grandes sonrisas, antes de desaparecer escaleras arriba.

Estaban reformando una de las habitaciones del tercer nivel; en aquella casa tiraban paredes y las levantaban de nuevo constantemente, según hiciera falta.

Remi aprovechó el momento para escabullirse.

—Te esperamos en el coche.

Me quedé observando el espacio vacío que él había ocupado, agitada.

Madre mía, ¿cómo podía haber tanta tirantez entre nosotros después de, precisamente, habernos destensado?

Bueno, yo a él no había podido ayudarlo mucho...

—¡Faye!

Giré hacia la voz de Inaya. La sanadora venía con un bulto de tela en las manos. Una bufanda. La lanzó sobre mi cabeza.

—Ya hace mucho frío por las noches. Curo muchas cosas, pero los resfriados son muy cojoneros.

Sonreí un pelín.

—Muchas gracias, Inaya.

—No es nada, la tejí en un plis.

—¿La has hecho tú misma?

—Tejer a dos agujas es mi pasatiempo favorito. He intentado que hiciera juego con tus ojos. —Tras una última vuelta, se aseguró de que garganta y mentón estuvieran cubiertos—. Ya está. Muy guapa. Todo saldrá bien. Y como todo saldrá bien, os tendré una cena tardía preparada para cuando volváis.

Se marchó, probablemente sin darse cuenta de que acababa de cubrir con una bonita tirita una de las múltiples fisuras que me plagaban el corazón con algo tan simple como una bufanda y un gesto desinteresado.

Cambié el peso de una pierna a otra, insegura.

Hasta entonces, todas las personas de mi vida solo habían visto abominación y anormalidad en mis ojos.

Cuando el izquierdo se había quebrado, para los médicos no hubo dudas al respecto: se trataba de un error, un daño colateral por tantos toqueteos en un cerebro que no lograban comprender.

Ravena Moreau se había mostrado fastidiada, como si yo la hubiera decepcionado.

Y mi padre, en lugar de alarmarse y detener los experimentos por si me causaban más daño, solo había dicho: «Interesante».

Acaricié los gruesos hilos marrones y azules que se entrecruzaban y formaban un patrón de cuadros.

«He intentado que hiciera juego con tus ojos».

«Pues resulta que combinan», pensé con un nudo en la garganta.

—Hay cuatro dentro del estudio —informó Fabian a través del comunicador desde dondequiera que estuviera—. Unos quince por los alrededores, entre vigilantes y francotiradores. Ni rastro del transporte en el que pretenden llevarse lo que capturen hoy.

—Que será una mierda —replicó Remi, de pie junto a Micah.

—Y un montón de huesos rotos —añadió con alegría Juniper, también a través de la línea.

Apoyada contra el Wrangler, observé el almacén de la empresa de pesticidas que actuaba de escondite y punto de encuentro.

Estábamos a una distancia prudencial del Hana Atelier.

Debíamos acercarnos al estudio a pie, fingiendo que estábamos siendo sigilosos y, al mismo tiempo, siendo lo bastante visibles para los cazadores.

Todos estaban seguros de que no atacarían hasta que estuviéramos dentro.

Como ya me esperaba, Remi se plantó delante de mí.

—Repasemos todo de nuevo.

Estaba segura de que Micah quería darse un cabezazo contra el espejo retrovisor.

—Me dejo capturar para que me lleven hasta el transporte y, por ende, hasta el conductor. Nos interceptáis, le cogéis y a casa.

Los ojos verdes se le encendieron por la frustración.

—Faye.

Por un momento muy muy (MUY) inoportuno, recordé de nuevo sus palabras.

«Fui hacia ti sin pensarlo».

Sus palabras y su toque. La forma posesiva y ardiente en la que me había acariciado había sido...

El pecho de Remi retumbó. No tenía poderes mentales (o al menos, eso esperaba), pero algo en su expresión me dijo que sabía lo que estaba pensando.

«Ahora no».

—¿Qué? Lo he resumido. Estoy segura de que el resto serán golpes, disparos, cosas desagradables, algún tirón de pelo...

—Si te... —Apretó la mandíbula—. Cuando te cojan, no te resistas. No les des motivos para hacerte daño.

Eso no sería realista, pero era mejor que no se lo dijera. Me daba la impresión de que lo que en realidad quería decir era: «No me des más motivos para matarlos».

—Hecho.

El móvil de Remi sonó y este activó el altavoz con un gruñido.

—Callahan.

—Ah, eh... —Una voz masculina temblorosa y tremendamente familiar inundó el almacén—. Uno de tus chicos, el de pelo rosa, acaba de pasar por aquí. Imagino que lo tenéis todo controlado...

—Puedes irte. Gracias por tu ayuda, te llamaré si te volvemos a necesitar.

—Preferiría que no —se apresuró a replicar el hombre—. Es decir, ha sido un honor, pero...

El gesto de Remi se relajó un pelín.

—Una vez que colaboras con los Colmilloscuro, eres amigo. Te debo una, llámame si algún día te ves en un apuro.

El hombre se quedó callado unos segundos.

—¿De verdad?

Le arrebaté el móvil a Remi en un gesto tan rápido que incluso el alfa se sorprendió.

—¿Señor Miller? —pregunté patidifusa.

—¿Ana? ¡Ay, muchacha! ¿Sigues metida en líos con cambiaformas?

—Mire quién fue a hablar.

Le lancé una mirada asesina a Remi y tuvo el buen tino de bajar la vista. Tras darle las gracias a Harry y repetirle que se marchara, le devolví el móvil.

—¿Harry es tu hombre sobre el terreno?

—Era la mejor opción. Nadie se fija en los taxistas y su ruta habitual pasa por delante del estudio.

Tenía razón, pero me compadecí del pobre hombre. Parecía que lo había condenado el día que había respondido a mi llamada para que me llevara a Landon’s.

Micah, que no había abierto la boca desde que habíamos salido de Willamette, se giró hacia su alfa.

—Es la hora.

Dejé mi bufanda nueva a buen recaudo en el coche y Remi me dedicó una última mirada cargada de intensidad antes de abrir la puerta corredera del almacén.

Los seguí a través de las calles cercanas al estudio, en las que se mezclaban edificios de viviendas, iglesias, parques y un par de fraternidades.

Era un día entre semana normal de finales de octubre y, a pesar de ser casi las doce de la noche, había movimiento en las calles.

Los estudiantes de la Universidad Estatal de Oregón tenían mucha vida nocturna.

Contábamos con que aquello limitara el ataque de Ivan y sus cazadores, pero obligaba a Remi, Micah y el resto a esquivar las multitudes para no llamar la atención.

Micah llevaba una braga militar que le ocultaba las cicatrices y Remi se había encasquetado una gorra que ensombrecía sus tatuajes (curiosamente, de los Ducks, como la que yo había usado junto con la peluca).

Incluso así, sus energías eran como carteles de neón gigantescos que los señalaban.

Un par de universitarios que pasaron cerca se detuvieron de golpe asombrados y se cambiaron de acera a toda prisa.