Feral 32 #5
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32 #5

Pensarlo aceleró mis movimientos. Nuestras respiraciones agitadas y el chapoteo de su humedad lo inundaban todo.

El cuerpo se le fue tensando y tensando en mis brazos, y se puso de puntillas para huir de las sensaciones.

No se lo permití, la seguí y me hundí más en su blandura, mordisqueándole la mandíbula.

Noté sus contracciones en las yemas de los dedos justo cuando ella exclamaba:

—¡Madre mía!

La besé para acallar sus gemidos mientras la atravesaba el orgasmo.

Me gocé todos sus espasmos, dejé que me envolviera como si necesitara aferrarse a algo con fuerza.

Aun sin correrme, sabía lo que estaba sintiendo.

El placer ardiente, la sensación de que tus entrañas estaban en carne viva y cientos de picos de placer que se derramaban por todo el cuerpo.

Tardó varios minutos en bajar de aquella nube y tuve que esconder mi sonrisa presuntuosa en su cuello.

Su ropa interior y mi mano eran un desastre.

Al intentar retirarme con cuidado, la invadió otro estremecimiento.

El hiperfoco se desvaneció sin que tuviera que luchar por ello, así que pensé que eso podía funcionar.

¿Y si darle placer a Faye, verla satisfecha, era la clave para mi autocontrol?

Lo demás lo resolvería por mi cuenta.

Me lamí los dedos bajo su vidriosa mirada y me sentí eufórico cuando tragó saliva con dificultad.

—La próxima vez lo probaré sin intermediarios —le advertí.

Para mi jodida sorpresa, Faye deslizó los dedos por mi bragueta, toqueteándome con suavidad a través de la ropa. Para ese momento mi erección debía ser de mármol. Una chispa de picardía le brilló en los ojos bicolores.

—Lo mismo digo.

Mi jaguar rugió de placer. Estaba contentísimo con la compañera que teníamos.

Porque eso era lo que era Faye, aunque aún no pudiera decírselo.

Mi compañera.

Entré en mi dormitorio y cerré con llave.

Agitado y sudoroso, fui hasta el armario y tomé aquello que había guardado semanas atrás.

Podría habérselo devuelto, pero era codicioso con lo poco que podía tener de Faye.

Me conocía a mí mismo lo suficiente como para saber que, si no podía embeberme de ella como ansiaba, necesitaba una especie de salida de emergencia.

Su falda de baile se me deslizó entre las manos ásperas con suavidad.

La tela era ligera y escurridiza y todavía conservaba su olor.

Pensé en tenderme en la cama o meterme en la ducha, pero la presión en los testículos era tal que supe que no llegaría tan lejos.

Manipulé con torpeza los pantalones, dejando que cayeran hasta los tobillos, y me agarré la erección con furia mientras me acercaba la falda a la nariz.

Con el aroma de Faye inundándome el cerebro, empecé a frotarme con fuerza. Joder, estaba loco. Era un jodido pervertido.

Recordé sus movimientos y sonidos mientras la masturbaba.

Imaginé que de verdad la tenía frente a mí, que todavía estábamos en el bosque y podía recostarla contra el árbol.

Tendría que ponerla de puntillas para que funcionara, pero, joder, encontraría la manera de encajar en ella.

Mientras le succionaba el cuello, deslizaría las manos por las prietas nalgas para separárselas, despejándome el camino.

Aparecieron las espículas. Las apreté con cada pasada de los dedos y tuve que apoyar la cabeza contra el antebrazo, en la puerta del armario.

Apreté los dientes para que no se me escaparan los gruñidos involuntarios mientras en los oídos me resonaban los gemidos de Faye y su pequeña exclamación imaginaria cuando intentara metérsela y solo cupiera la punta.

El brazo me dolía por la velocidad con la que me estaba tocando.

—Más, Remi —susurraría junto a mi mandíbula—. Métemela toda.

El orgasmo me atravesó como un rayo. Me corrí sobre la madera con un jadeo ahogado.

Me dio igual quién pudiera estar en la casa, escucharme y deducir qué estaba haciendo.

Era mejor aquello que forzar una situación para la que Faye no estaba preparada.

No importaban su mirada vidriosa y sus gemidos, porque lo que mi jaguar y yo queríamos hacerle. ..

Hice una mueca. La falda estaba agujereada. Se me habían escapado las garras; menos mal que aprendíamos a muy temprana edad a dirigirlas y no arañarnos a nosotros mismos en el momento menos oportuno.

Limpié mi propio estropicio y, por fin, me tiré de espaldas en la cama.

Por supuesto, no había cambiado las sábanas sobre las que había dormido Faye.

«Estoy fatal», pensé.

La danza de apareamiento era una puta locura.

—¿Por qué yo?

Ivan Demidov observó a Vance como si fuera un insecto que acababa de estrellarse contra su parabrisas y estuviera valorando cómo limpiar el pringue.

—Necesito a los mejores. Al parecer, eres tan bueno conduciendo y escapando como abriendo la boca cuando no debes.

Vance se mantuvo firme junto a la puerta del granero.

El sol de la tarde se estrellaba contra su espalda, recortando su figura contra el suelo cubierto de tierra y heno.

En las sombras del interior, Ivan repasaba el cargamento que acababa de llegar y todo lo que necesitaría para el asalto que estaba preparando.

Estaba raro, encogido, como si tuviera dolor de espalda.

Y llevaba una mascarilla negra que le cubría media cara.

El tipo siempre había tenido andares engreídos y pasaba todo su tiempo libre en el Redline 99, el bar más turbio del Southtown.

El tramo del río Willamette que pasaba tras ese tugurio se tragaba toda la mierda de Demidov y otros maleantes de la zona.

Y allí Ivan ejercía la autoridad que en presencia de su jefe no podía ostentar, en especial con las bailarinas.

Estas lo llamaban el Dragón, tanto por su tatuaje como por su carácter de mierda.

Él probablemente creía que era por su atractivo.

—Pertenezco al equipo de los cazadores —insistió Vance echando un vistazo al resto de los hombres que pululaban por allí.

Mercenarios. Como él, sí, pero en lugar de rastrear bosques en busca de morfos, se encargaban de los trabajos sucios en la ciudad para Kovalenko.

Algunos incluso vigilaban personalmente la casa del jefe.

En el caso de Demidov, cumplía cualquier orden que Kovalenko emitiera y su función principal era que nada salpicara al empresario—. La doctora Moreau...

—Moreau trabaja para mí, igual que tú. Y, a su vez, todos respondemos ante la misma persona —replicó Ivan con impaciencia—. No olvides el orden o podrías creer que hay alguien más mandando aquí.

Bueno, en opinión de Vance, Ravena Moreau se había esforzado mucho por hacerse con el control del laboratorio y omitir que había alguien por encima de ella. La mujer detestaba que le recordaran quién pagaba su sueldo.

Pero él solo era un mero peón en aquel juego gigantesco. Se movía en la fina línea entre obedecer a Ravena y parecerle leal, y no tener el suficiente valor como para negarse a participar en otras misiones. Un chucho fiel con poco carácter.

Era una mierda porque justo en ese momento no le convenía alejarse de las cacerías. Estaban a punto de sustituir al actual conductor, llegando a ese delicado momento en el que consideraban que se había vuelto más peligroso que útil, y quería que lo tuvieran en cuenta a él.

Vance movió la barbilla.

—Entendido. No quería molestar a la doctora, eso es todo.

Ivan soltó una risita burlona.

—Ya, no es una mujer a la que le puedas buscar mucho las cosquillas, ¿eh?

Que se lo digan a Anton. —Uno de sus hombres gruñó y los demás se rieron.

Ivan señaló hacia las cajas. Estaban hechas de polímero gris y etiquetadas con el nombre de una empresa de mudanzas local.

Seguramente los números y códigos no llevaban a ninguna parte—. Enseñadle a usarlas, por si acaso.

—Ya sé disparar.

El secretario de Kovalenko lo miró con sorna. ¿Tenía un ojo más cerrado que el otro?

—Estas no.