Feral 32 #4
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32 #4

—¿Tengo que seguir creyéndome que esto es algo normal entre cambiaformas? —me acusó—. ¿Puedo esperar que Micah, Juniper o algún otro me meta la lengua hasta la campanilla en cualquier momento?

—No —rezongué sacudido por un ramalazo de celos. Los aplasté junto con todos mis instintos animales. «Besarla. Hacerla sentir bien, nada más», me repetí—. Solo yo. Y solo contigo.

Entrecerró los ojos.

—¿Por qué? Creía que todos los gatos erais muy afectuosos y que no debía tomármelo en serio.

—Me... me gustas. Demasiado —solté de sopetón.

Genial. Justo la forma en que me había imaginado que se lo contaba: en medio del bosque, con la corteza de un pino raspándole la espalda y la mitad de la sangre del cuerpo en la entrepierna—.

Joder, Faye, seguro que para ti esto no tiene sentido.

Creerás que apenas nos conocemos y tienes razón, pero. ..

Me tapó la boca con la mano.

—No. La verdad es que te entiendo. —Me condujo la mano hacia su pecho, hacia el latido apresurado de su corazón, y pensé que me iba a dar un puto infarto—. Esto es lo que ocurre cada vez que te tengo cerca. Y, teniendo en cuenta que soy inmune a tus feromonas...

«Los espíritus trazan las historias de las almas que están destinadas a encontrarse» , quise decirle, como cualquier cambiaformas creería fervientemente. «Por eso tú eres así y yo soy quien soy, para que las diferencias entre nuestras especies no sean un impedimento».

Pero todavía me quedaba algo de cordura y me lo guardé para mí, para más adelante. Para cuando a ella no la abrumara algo que para los cambiaformas era tan natural como respirar.

—Bien —gruñí—. Me gusta saber que eso te lo provoco yo, no mi animal. Quítatelo.

Tironeé de su suéter. Dudó solo un instante.

—Solo si tú te quitas la... —Me saqué la camiseta por la cabeza y la lancé al suelo en un mismo movimiento—. Vaya. Ha sido un visto y no visto.

—Cuidado con lo que me pides, florecilla. —Sonriente, tiré del suéter y la dejé solo con una camiseta blanca a través de la cual sí podía verle perfectamente los pechos. Los pezones perforaban la tela y eso hacía que las manos me picaran—. Si tienes frío, me lo dices.

Resopló.

—No creo que eso vaya a ser un problema.

No, no lo sería. Allí, todavía completamente vestida, con los ojos bicolores, las mejillas ruborizadas y apoyada contra un árbol, Faye Kovalenko era sin ninguna duda la imagen más erótica que había visto en la vida.

A aquellas alturas no tenía una erección, sino un problema vascular gordísimo dentro de los pantalones.

Le besé el cuello y percibí su inhalación brusca cuando sintió el contorno duro de mi polla contra la cadera. Tras una ligera vacilación, sus manos descendieron y, cuando estaba a punto de rozarme, la detuve.

—No —gruñí.

—Pero...

—Hoy no. —Le agarré las manos a la espalda, entre el trasero y el tronco del árbol, y di un apretón para que entendiera que no quería que las moviera—. Créeme, es por tu bien.

—Otra vez con esa condescendencia de mierda que no... —Le deslicé los labios por el mentón, lamiendo, acariciando, recreándome en su sabor—. Bueno, vale. No tengo ganas de discutir.

Por sus movimientos inquietos, rozándome las piernas con las suyas y presionándome la erección sin querer, supe que el cuello era uno de sus puntos débiles. Bien, porque era una de mis partes favoritas.

Le colé las manos bajo la camiseta, subí y, joder, tuve una especie de cortocircuito mental al rodearle los pechos desnudos.

Al apretarlos y notarlos suaves, calientes y perfectos.

Le presioné los pezones con los pulgares y gimoteó.

El sonido viajó por todo mi sistema hasta los testículos, tensándolos, y antes de darme cuenta se me habían salido un poco las garras.

Le arañé la delicada piel y solté un insulto en voz baja.

—Quiero ser suave, te lo juro...

—No te he pedido que lo seas —me cortó agitada—. Me gustas como eres. De esta forma, tú... me haces sentir viva.

Y entonces, por fin, lo comprendí . El convencimiento de Faye de que no era real de algún modo, de que no era importante. Su complacencia cuando me mostraba más exaltado.

¿Cómo iba a sentirse viva o real si la gente ni siquiera sabía que existía?

No estaba registrada en ningún lado. No había interactuado con el mundo de la forma que merecía, no la habían tratado como a un ser vivo funcional.

No la habían dejado ser, experimentar y socializar plenamente.

La habían ocultado, manipulado y utilizado durante toda su vida hasta el punto de sentir que si se moría. ..

Nadie lo sabría. Ni la llorarían o echarían de menos.

El pensamiento me llenó de la rabia más pura y destructiva de todas.

Esa emoción se mezcló con el deseo, la ternura y las distintas capas que se habían ido creando en mi interior conforme conocía a Faye.

El conjunto era como una bomba; me inflamó por dentro y encendió la sangre en mis venas.

Hizo que mi jaguar, hasta entonces con unos pocos objetivos claros en su vida, desechara todo lo demás y se apropiara de una única noción:

«Mía.

»Es mía.

»Para proteger, cuidar y acompañar».

Mientras la cantaleta se repetía en mi mente, recorrí el borde de su cintura hasta el botón de los vaqueros. Al desabrocharlo, la respiración de Faye se entrecortó.

—Voy a demostrarte lo viva que estás, florecilla.

—Va-vale —aceptó con rapidez.

El entorno alrededor de su figura se desdibujó.

No había bosque, fauna, Willamette ni Colmilloscuro para mí en aquel momento.

El hiperfoco estaba regresando. En lugar de perturbarme, me apaciguó.

Aquello me facilitaba las cosas porque lo único que realmente me importaba en aquel momento era Faye y conseguir que se sintiera bien.

Muy muy bien.

Le deslicé los dedos por la parte baja del abdomen y bajé la cremallera. Exploré la piel suave y calentita y me topé con el borde de la ropa interior. Con la mano libre, le alcé la barbilla para que me mirara justo cuando metía la mano y tocaba, por fin, aquello con lo que llevaba semanas soñando.

Un roce, apenas una caricia superficial, y supe que estaba perdido.

—Mierda...

Se le empañaron los ojos, distanciándose por un momento.

La recorrió un potente escalofrío que me traspasó.

Me arrimé hasta que sentí el brazo atrapado entre nuestros cuerpos, con la mano bien enterrada en sus pliegues.

Estaba tan mojada que me empapó en cuestión de segundos, y yo estaba tan pegado a ella que lo único que podía oler era su excitación.

Así que, ¿qué importaba la distancia que imponían mis feromonas al resto de los seres del bosque?

Faye respondía tan bien a mis caricias y su cuerpo estaba tan preparado para el mío que todo el puto Willamette debía ser capaz de percibirla.

Mi jaguar rugió y emití más hormonas todavía.

«Alejaos.

»El que se atreva a acercarse en este momento y ver a mi hembra así...».

Sacudí un poco la cabeza. Tenía que concentrarme.

—Dios, eres perfecta —susurré—. Mírate..

. —Deslicé los dedos de adelante hacia atrás, esparciendo la humedad, conociendo a mi chica y muy atento a todas sus reacciones—.

¿Te gusta? ¿Sí? —Interpreté su cabeceo descoordinado como aprobación—.

¿Cómo lo prefieres? —Recorrí todo su centro, abriéndolo ligeramente y rozando con cuidado su entrada con el dedo corazón—.

¿Así? ¿O te gusta más que vaya al grano?

—Tracé círculos con el pulgar alrededor del clítoris y Faye se apoyó por completo sobre mí.

Parecía haber perdido fuerza en las piernas—.

Sí, yo creo que prefieres que no me ande con tonterías. Buena chica.

Gimió incoherencias, pero cuando me miró como si estuviera perdida y sin aliento, no pude contenerme y me apropié de sus labios de nuevo. La trabajé con la mano mientras nuestras lenguas se enredaban, húmedas y desenfrenadas. Empezó a menear las caderas poco a poco, como si no estuviera segura.

—Prueba cómo te... Eso es —la animé—. Marca el ritmo y te sigo.

—Remi —se quejó.

Y así, solo con esa palabra, las espículas aparecieron de forma espontánea y se presionaron contra la cremallera de los pantalones.

Joder, nunca habían brotado sin estimulación manual y con una dosis altísima de excitación.

Y ahora solo había sido necesario que Faye pronunciara mi nombre con la voz llena de necesidad para que entrara en la fase de mayor excitación de los felinos.

Jadeante, le enterré la cara en el cuello para ocultar que estaba perdiendo el control.

Debía tener los ojos casi negros en aquel momento, con la pupila completamente dilatada por el hiperfoco.

Entre el movimiento del brazo y los contoneos de Faye, su humedad me llegaba a la muñeca y no estaba seguro de estar tocando las partes apropiadas.

La estaba magreando como un puto desquiciado.

Cerré los ojos para recuperar el control, pero solo conseguí que mi imaginación echara a volar y pensara en darle la vuelta a Faye, bajarle los pantalones hasta los tobillos y alzarle el trasero.

Volví a abrirlos y le contemplé la piel a pocos centímetros de mi cara, estremecida y lista para ser mordida. No sabía qué era peor.

—Joder —mascullé.

Faye se olvidó de mi petición de dejar las manos quietas y se me aferró al antebrazo y a la nuca.

—Sigue, por Dios.

Empujó contra los dedos y gruñí de aprobación.

Si estuviéramos en cualquier otro lugar y en cualquier otro momento, no dudaría en introducir un dedo.

Dos. Los que pudiera para comprobar lo estrecha que era y cuánto tendría que esforzarme para penetrarla.

Sabía, de un modo más religioso que instintivo, que sería el coño más perfecto del mundo y que estaría hecho a mi medida.