Feral 32 #3
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32 #3

Tras decidir que no había peligro, el puma se mostró entre los árboles. Nos dedicó una mirada lenta y comedida, pero no se desvió de su camino. Seguramente iba hacia el lago ahora que nosotros nos marchábamos. Bajo la luz de la luna su pelaje parecía plateado.

Nos pasó a una buena distancia con la cola en ristre.

—Qué bonito —dijo Faye—. ¿También hay pumas salvajes por aquí?

Un nudo se instaló en mi garganta. Tragué saliva con fuerza.

—Es mi padre. Jason Callahan.

—Pero...

Faye no lo entendía. Estaba claro que no percibía en él la misma energía que en mí o en el resto. No emitía las vibraciones de los morfos depredadores. Solo parecía... un animal común.

—Se convirtió en un rogue aproximadamente un año después de la muerte de mi madre —dije incapaz de mirarla.

Me enfoqué en la silueta del puma alejándose—.

Estaban emparejados y no soportó el deterioro del vínculo.

Ocurre muy pocas veces, pero ciertos cambiaformas que se quedan viudos dejan de apreciar la vida, por decirlo de algún modo.

La respuesta de Faye fue cautelosa.

—Creía que los rogues sí que eran mitos, invenciones de la prensa amarillista.

—Son reales. A las manadas no nos gusta admitirlo, pero un pequeño porcentaje de nuestros miembros es incapaz de balancear al animal y al humano, ya sea por un defecto de nacimiento o por algún suceso durante su vida, y se encierran dentro de sus pelajes.

Todo es más sencillo, menos doloroso, desde el punto de vista animal.

—Me apoyé contra un árbol y observé a mi padre con la habitual mezcla de impotencia, amor y dolor—.

Combatió mucho tiempo la pena. Fue tan duro verle luchar contra su instinto de rendición como el momento en el que finalmente bajó los brazos.

—¿No te reconoce?

Su pregunta tocó algo muy visceral en mi interior, algo que siempre padecería en silencio.

—No de un modo consciente. A veces actúa como un animal domesticado: me olisquea, tolera mi presencia, acepta mis regalos. Otras... —Sacudí la cabeza.

Otras veces me enseñaba los dientes y tenía que apartar la mano antes de que me arrancara los dedos de un mordisco.

Faye me tocó el brazo y su calor me reverberó por todo el cuerpo.

—Lo siento mucho, Remi. ¿Qué... qué le pasó a tu madre?

Mierda. Bueno, había llegado el momento de contárselo. Pero ¿cómo? ¿Cuáles eran las palabras adecuadas? Lo último que quería era hacerla sentir peor.

La miré sin saber cómo expresarme.

Faye era tan lista que no necesitó más, las piezas encajaron solas en su cabeza. Su gesto se demudó.

—No... —Se llevó las manos al pecho—. Tu madre... Dijiste que ella había heredado la mutación del jaguar negro. ¿Era ella? ¿Fue ella quien murió esa noche?

La abracé con fuerza.

—No pienses ni por un solo puto segundo que fue culpa de nadie más que de quien apretó el gatillo. Ella murió defendiendo a su cría, como cualquier hembra haría. Fue una situación de mierda que nos salpicó a todos.

Me clavó las uñas en la espalda.

—Lo siento muchísimo, Remi, lo siento...

—No eres tú quien tiene que lamentarlo. —Le besé el pelo—. Así que no permitiré que lo hagas.

Cuando me miró, supe lo que estaba pensando: que, en realidad, había perdido a mis dos padres la misma noche.

—¿Tienes sus ojos? —susurró.

—Sí. Y ella los heredó de mi abuela, Alison.

Eso, por algún motivo, la hizo inspirar hondo y cabecear. Como si pensar que poseía el mismo tono verde que mi madre la hiciera sentir mejor.

—Me parece increíble que no me odies.

—Siento infinidad de cosas cuando te miro, Faye. El odio jamás ha estado en la lista, ni siquiera cerca.

Su respiración se entrecortó y mi jaguar se concentró en la hembra apetitosa que teníamos entre los brazos.

Emití casi de forma inconsciente feromonas de advertencia para que cualquier animal en varios kilómetros a la redonda, morfo o no, se lo pensara dos veces antes de acercarse.

Oí las patas de mi padre golpeando la tierra cuando se marchó discretamente.

—¿Sabes que, a lo largo de estos años, después de aquella noche... me parecía sentirte?

La conduje con sutileza, girándonos hasta ponerle la espalda contra el árbol y colocarme delante de ella para poder protegerla con el cuerpo.

—¿A qué te refieres?

—No lo sé. Era una sensación extraña. No volví a tener ninguna visión relacionada contigo, pero era como si te percibiera.

Tu energía. Tu firma personal, esto que desprendes.

—Me apretó los bíceps. Se me escapó un ronroneo que se amplificó cuando deslizó las manos y también me acarició el pecho.

Daba igual que la tela de la camiseta se interpusiera entre ambos, el efecto era el mismo que si me estuviera tocando la piel desnuda—.

Lo que ahora es cálido, en ese momento era como una furia helada.

A veces era tan real que me daban escalofríos involuntarios.

Me dejó sin habla. Lo que Faye describía era el estado de rabia ciega en el que me había sumergido tras la muerte de mi madre y al ser testigo del deterioro de mi padre.

Me destrozó por completo ver como cada vez pasaba más tiempo en forma animal y se perdía durante días en Willamette, alejándose de la manada, de la guarida y de mí. Hasta que un día simplemente no volvió.

Pero ¿cómo podía ella saberlo? Ni siquiera se lo había explicado a mis mejores amigos.

Todos habían temido que siguiera los pasos de mi padre, que no fuera capaz de superar la cólera y el tormento y que me perdiera a mí mismo, y yo había sido incapaz de exteriorizar el veneno que me carcomía poco a poco.

Solo se me ocurría una explicación tras la percepción de Faye.

—Creo que me sentías de verdad —le dije.

Frunció ligeramente el ceño y pasé el pulgar por la zona, alisándolo—.

Llevo seis años como alfa de los Colmilloscuro.

Antes de eso estuve... lejos, recuperándome de lo sucedido con mis padres.

Inaya y Landon ejercieron de líderes en funciones.

—Me di unos toquecitos en la frente, donde nacían los kakiniit —.

Viví desde los doce en Nunavut con una manada aliada de zorros árticos, los Mordiscohelado.

Son nuestros familiares espirituales; han sido amigos de los Colmilloscuro durante tantos siglos que ya nadie recuerda cómo comenzó nuestra alianza.

Me trasladé con ellos cuando se hizo evidente que estaba al límite.

Los ancianos, Inaya y el círculo de mi madre temían que también me convirtiera en un rogue .

Tulok, el alfa de los Mordiscohelado y padrino de mi madre, me recibió con los brazos abiertos.

Allí no me dieron más opciones que calmar mi furia.

Me hicieron darme cuenta de todo lo que perdería, mucho más de lo que ya me había sido arrebatado, si no dejaba atrás lo que no podía cambiar.

Faye tocó con suavidad la tinta en la barbilla y se me erizó el vello de la nuca.

—Me parecen hermosos.

Contuve una sonrisa. Ella y su maldita costumbre de emplear adjetivos de ese estilo con un jaguar alfa.

—Los Mordiscohelado conviven con algunos inuits y han adquirido muchas de sus costumbres, entre ellas los tatuajes tradicionales. Tulok talló cada línea con sus propias manos por cada año que estuve con ellos y me superé a mí mismo.

Siete líneas. Siete años. Siete pruebas superadas para sentirme capaz y merecedor de regresar con los míos.

Todavía recordaba las lágrimas de Juniper al ver mis kakiniit por primera vez y que Fabian había tenido que abandonar el iglú por mi cambio físico.

Micah, en cambio, había apoyado su frente contra la mía como si quisiera absorber un poco de tinta, un poco de expiación.

—Pero es imposible que yo te sintiera a tanta distancia. Era pequeña y, si aún no controlo estas habilidades, en aquel entonces mucho menos.

—Hay conexiones que no entienden de tiempo ni espacio. ¿Por qué crees que llegué hasta tu jardín aquella noche? Algo me llamó. —Le rodeé el rostro con las manos—. Fui hacia ti sin pensarlo. Sabía que había algo para mí tras aquel muro.

No sabía cómo tomarse mis palabras, eso estaba claro.

—¿Qué estás diciendo?

—Tal vez fue instintivo. Tal vez no te hacía falta pensarlo o intentarlo para conectar con mi mente. Para mí es lógico porque yo nunca he podido dejar de pensar en ti de forma recurrente. Como una jodida incógnita que no era capaz de resolver.

Por cómo me observaba fijamente supe que estaba analizándolo desde el punto de vista racional.

—Se supone que mi neuroquinesis...

—Todavía tienes mucho que aprender sobre los cambiaformas. Hay cosas que no nos cuestionamos. —Le eché la cabeza hacia atrás y, para cuando se dio cuenta de que la había acorralado por completo contra el árbol, ya era demasiado tarde—. Como esto.

Bajé la cabeza para besarla. Aquella vez no me contuve. No podía. De entre todo lo que estaba dejando a un lado para respetar sus tiempos y las circunstancias, saquear su boca ya no podía estar en la lista.

No hubo ni un mínimo sobresalto por su parte. Me recibió con los labios entreabiertos y me rodeó el cuello con los brazos, apretando con la fuerza suficiente como para que el animal y yo gruñéramos, complacidos. Quería esto. Me deseaba.

Froté mi lengua contra la suya y absorbí todos y cada uno de sus movimientos, sus ruiditos, cómo reaccionaba al moverle la cabeza para profundizar, qué parte le gustaba más. Me sorprendió y encantó lo rápido que aprendía y lo entusiasta que se mostraba. A Faye le gustaba besar.

Genial, porque a mí me encantaba besarla a ella. Enrosqué los dedos en su coleta y le di un suave tirón. No solo no se quejó, sino que se arrimó más a mí. Juraría que podía notar sus pezones duros a través de su suéter y mi camiseta, pero era bastante probable que solo fuera mi mente lujuriosa.

Le mordisqueé con la mayor suavidad posible el labio inferior. Las encías me latían un pelín; debía controlarme o volvería a segregar la enzima y todo se me iría de las manos.

Faye se alejó.