Feral 32 #2
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32 #2

Estaba pensando qué decirle, repentinamente nervioso, cuando capté un sonido familiar.

Extendí el brazo para que Faye se detuviera.

Medio segundo más tarde, una puma pasó a toda velocidad ante nosotros.

Sus patas casi ni tocaban el suelo. Un macho la seguía tan de cerca que incluso le mordisqueó la punta de la cola.

La hembra, contrariada, saltó y giró en el aire, atacándolo.

Entre gruñidos y resoplidos, se revolcaron por el suelo a pocos metros. Me puse delante de Faye para que no la alcanzara ningún golpe involuntario, ni la tierra ni las piedrecillas que estaban levantando.

Al final, la hembra se impuso. Colocó una pata sobre la yugular del macho, anclándolo al suelo, y le siseó mientras la cola de este no dejaba de dar latigazos en el suelo.

Cuando él sacó la lengua y le lamió la punta de la nariz, la hembra se apartó de un brinco y se perdió entre los árboles.

El macho la siguió tan rápido que dejó marcas de garras en la tierra.

Faye estaba boquiabierta.

—¿No... no deberías intervenir?

—¿Qué crees que están haciendo?

—El macho la está persiguiendo. —Se quedó observando el lugar por el que habían desaparecido. A lo lejos, sonó el maullido encantado de una gata que, poco a poco, se convirtió en la risa musical de una mujer. Faye abrió los ojos como platos—. Ah. Vale. La está persiguiendo .

—Es parte de la danza de apareamiento. —Escuchamos el rugido triunfal de un macho y no me cupo ninguna duda de que Quinn acababa de recibir la mejor noticia de su vida.

Mañana o pasado me llegaría una petición suya o de Mara para ser sustituidos en sus cuadrantes y poder disfrutar del periodo de vinculación, lo que los humanos conocían como luna de miel—. Van a pasar un muy feliz equinoccio.

A Faye se le contagió mi sonrisa.

—Madre mía. Es... Bueno... ¿En medio del bosque? Y... Ah... —Movió los ojos de un lado a otro—. ¿En forma de puma?

Arqueé las cejas por su curiosidad y me acerqué a ella. Estaba ruborizada. No había asco en su expresión, al contrario de lo que sucedía con algunos humanos.

—En ambas formas —dije en voz baja.

Se mordió el labio inferior. El pulso le latía apresurado en el cuello, llamando poderosamente mi intención.

—Ya veo. Tiene... sentido.

—Ah, ¿sí?

—¡No te burles! —Me dio un golpecito en el pecho—. Sabía que ocurría. He visto programas y leído revistas sobre el tema.

—¿En serio? —Incliné el rostro hacia ella—. ¿Y qué dicen? Déjame adivinar: hablan de nuestras colas y lenguas ásperas. O de malformaciones extrañas en nuestros genitales.

—N-no —balbuceó—. Bueno, sí. Pero la mayor parte son cotilleos. Nadie sabe bien qué creer.

Paseé la vista por sus ojos, su nariz y esos labios que me habían llamado la atención desde que la había visto en el taxi.

—Si tienes alguna duda solo tienes que preguntarme, florecilla.

Me miró como si lo estuviera considerando. El silencio se alargó unos cuantos segundos. Contuve el aliento a la espera de su respuesta.

Otro rugido de Quinn la hizo pestañear.

—Lo tendré en cuenta —murmuró.

Antes de seguir, se le agitó la naricilla. Estaba oliendo algo... El petricor, probablemente. Esperé con el corazón en un puño hasta que, tras un parpadeo extrañado, siguió caminando.

El lago Mistawa estaba a un paseo de apenas quince minutos desde el Atrio.

Nuestros antepasados habían escogido dónde construir la guarida precisamente porque se enamoraron de él.

Durante los años en los que aquel territorio pertenecía a los humanos porque nosotros ni siquiera «existíamos», los Colmilloscuro se las habían arreglado para que pocas personas quisieran visitar aquella zona.

Supuestas desapariciones, muertes extrañas, bestias aterradoras... Todos los bulos posibles para que solo los más intrépidos o tontos se atrevieran a probar suerte en lo profundo de Willamette.

Faye cayó presa del hechizo del Mistawa.

Se descalzó en un santiamén a pesar del frío y remojó los pies en la orilla, con cuidado de no resbalar en las rocas cubiertas de musgo.

Desplazó la vista por el kilómetro cuadrado de aguas mansas y cristalinas, con una forma sinuosa que creaba distintas calas y bahías, algunas ocultas por la bruma.

Los entrantes y recovecos proporcionaban pequeños espacios de privacidad, y había un promontorio rocoso que estaba muy solicitado en verano para los cachorros que querían hacer acrobacias. Y algunos adultos también.

—Qué maravilla —susurró Faye—. ¿Es muy profundo?

—En algunas zonas alcanza los diez metros. —Tenía expresión embelesada y no dejaba de mover los deditos, llenos de callos y con las uñas oscurecidas por su afición al ballet . El agua ya debía estar bastante fría, pero parecía no importarle—. ¿Sabes nadar?

Negó con la cabeza. No explicó más y tampoco hizo falta. Era evidente que el bestia de su padre no había considerado necesario enseñarle.

Me quedé un poco impactado al darme cuenta de que aquella era la primera vez que Faye veía un lago en persona, algo que para mí había sido natural y casi obvio. En realidad, ella no había parado de tener primeras veces desde que se había escapado de su casa.

Le observé el perfil, sintiendo cada vez más y más respeto por ella.

—Cuéntame cosas de este lago. De la manada —pidió sin mirarme.

Nos sentamos sobre piedras secas y le relaté todo lo que se me ocurría sobre los veranos allí.

La vez que creímos que Fabian se había ahogado o cuando nos inventamos una leyenda sobre que el lugar estaba embrujado e hicimos llorar a los cachorros.

La guerra de balsas improvisadas, la nutria que nos robó los sándwiches y que nadie nos creyó, o que Micah lloró la primera vez que cazó y mató a un animal.

Faye se rio y me escuchó atentamente, sin espantarse por las partes más crudas de ser cambiaformas.

Estábamos en contacto con la naturaleza, la cuidábamos y respetábamos, pero nunca habíamos negado nuestra parte salvaje y nuestra necesidad intrínseca de cazar.

Se nos enseñaba a ser cuidadosos, a no traspasar límites, a formar parte del resto de la fauna sin alterarla.

Contarle todo aquello me ayudó a repasar cómo había sido mi vida antes del asesinato de mi madre. En Nunavut había tenido mis propias experiencias e incluso momentos felices, pero no había sido lo mismo. Mi corazón siempre había estado con mi manada.

—¿Cómo te va con los ejercicios de Morgan? —le pregunté.

Arqueó las cejas ampliamente antes de bajarlas. Me había ido dando cuenta de lo expresivo que era su rostro. Podías leerlo todo en ella antes de que abriera la boca, cosa que seguro que no le gustaría saber.

—Es duro. De momento, no puedo decir que domine mucho el no mimetizarme con las emociones de Amanda.

Pero cada día mi subconsciente se convence más de que no estoy ahí ni me voy a quedar atrapada.

Salgo y entro con mayor facilidad, y creo que gano un segundo de visión cada vez que lo intento.

Aunque es... como intentar ir contracorriente.

—Me lanzó una miradita de reojo—. Ya he captado a la doctora Moreau diciendo «Sí, sí, ahórrate las explicaciones» mientras se pasea de un lado a otro.

Lo sabía, revisaba a diario las actualizaciones que Faye subía al pad del círculo, donde exponía todos sus avances para nosotros, Inaya y Morgan Holloway.

Juniper había tenido que crear un espacio online seguro que los Tierrasangre no fueran capaces de piratear; confiábamos en Morgan, pero los osos eran unos coñazos y a veces hacían cosas solo por joder.

—Si crees que me parece poco impresionante, te equivocas.

¿Alguna vez te paras a pensar que puedes manipular cerebros y ver el futuro ?

—Hice bastante hincapié en las últimas palabras y me gané una pequeña sonrisa avergonzada—.

Debe ser una mierda no conocer tus propios límites ni qué esperar de tus habilidades.

—Justo. No sé si las visiones siguen un patrón de alguna clase.

Si es así, no lo he detectado. —Extendió la mano y pasó los dedos sobre la palma como si estuviera recitando un listado—.

¿Podría controlarlas por completo? ¿Conseguir que no me quiten el sueño?

¿Manejarlas para que sean útiles? ¿Por qué algunas son más intensas que otras?

¿Habrá partes de las visiones que no sean información, sino interpretación mía?

Intenté ocultar la sonrisa.

—¿Lo has ido apuntando todo en el pad?

—Sí. E Inaya también. Es una médica impresionante.

—Creo que tú también lo serías.

Sus ojos saltaron a los míos con rapidez.

—¿Cómo?

—Eres una friki del tema. Hay personas ejerciendo profesiones con mucho menos que eso.

Parecía no saber qué contestarme.

—Ya.

—Hay cosas de la vida que pertenecen a ciertas edades. Estudiar, renovarse y buscar lo que nos hace felices no es una de ellas. Quién sabe.

Se quedó callada. Incluso yo sabía que estaba presionando, que ella seguía con solo un pie en los Colmilloscuro.

Acabó rodeándose las rodillas con los brazos.

—Sí, quién sabe.

No insistí más y derivé la conversación hacia la manada nuevamente.

Cuando la recorrió un escalofrío por tercera vez, le propuse regresar.

Incluso siendo metahumana y con toda la locura de habilidades que poseía, sentía el frío como el resto de su especie.

Mientras atravesábamos el bosque, un leve crujido me hizo girar la cabeza. Capté movimiento a unos quince metros.

—¿Qué ocurre? —preguntó Faye en voz baja.

Me quedé muy quieto y ella me imitó. Esperé, olisqueando para estar seguro de si...

Capté un sutil y casi imperceptible aroma a peonía, cubierto de capas y capas de tierra húmeda y sudor, los olores más comunes. Sentí un vacío en la boca del estómago.

No había planeado algo así para aquella noche en absoluto. Pero tenía sentido. En las fiestas rituales y durante ciertos días al año, él solía acercarse, como si algo lo llamara.