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Remi
Vuestra gurú del amor felino está aquí. Preguntad y seréis respondidas.
La Gatóloga del Amor, consultorio online
Necesito que entremos en materia y hablemos de... las espículas.
ConfundidaConUnCambiaformas
Sí, por favor. Ni siquiera mentiré diciendo que es para una amiga. Estoy interesada en un lince y... no sé qué pensar. ¿Es verdad que duele?
CasiQueHuyoPeroNo
Deposité la última ofrenda del equinoccio de otoño, como correspondía al alfa.
Coloqué el ramo hecho de plumas, cuero y cintas de colores a los pies del roble más antiguo de la guarida.
Se lo dediqué, como siempre aquellos últimos años, a mis padres, mis ancestros y todos los morfos que habían sido asesinados y todavía no habían recibido justicia.
Permanecí unos instantes allí en silencio, como habían hecho todos los miembros de la manada antes que yo a lo largo de la fiesta.
Las ofrendas siempre se realizaban para quienes se habían quedado atrás, para honrarlos y que los espíritus les trasladaran nuestros sentimientos, lo mucho que los añorábamos.
Las linternas, en cambio, eran para el futuro, para los deseos.
Por eso constituían el último rito de la noche.
Recibí una de manos de Inaya, que era mi figura materna en ausencia de mi madre.
Estaba hecha de papel de arroz, bambú y cera vegetal.
Se elevaría con facilidad al encenderla, sobrevolaría los cielos de Willamette unos minutos y, cuando bajara, no provocaría ningún incendio ni contaminaría el entorno.
Si algún Colmilloscuro las encontraba por el bosque los días siguientes, las enterraría para que el deseo enraizara.
Escribí mis anhelos tras pensarlo unos segundos.
«Prosperidad para mi manada. Ser capaz de proteger a los míos».
Al terminar, busqué a Faye entre el gentío. La localicé rápido. Su aroma me había atraído durante horas. Seguía junto a Juniper, las mellizas y varias hembras de la manada con las que me había criado. Parecía cómoda y concentrada mientras escribía en su linterna.
Justo en ese momento, su mirada bicolor se alzó y me pilló. Sentí un impacto casi físico en el pecho. A la luz de la luna y los faroles, rodeado del murmullo de los míos y el bosque, sentí...
Me froté la piel sobre el corazón. Los labios se le entreabrieron.
En ese momento, Inaya encendió una cerilla con un chasquido.
—¿Listo, querido?
Todos prendimos las diminutas velas en el interior de las linternas.
Minutos más tarde, el cielo de Willamette se tiñó de dorado y blanco, contrastando sobre el manto negro y las estrellas.
El fenómeno se vería desde distintas ciudades cercanas y saldría en la televisión, con los humanos elucubrando qué clase de ceremonias paganas llevábamos a cabo en el bosque.
Mi teoría favorita era que las linternas estaban hechas de la piel de nuestros enemigos.
Ni dos minutos más tarde, Cindera apareció a mi lado. La portavoz de los Colmilloscuro había venido desde Florence, donde llevaba unos meses dirigiendo el último proyecto de TerraLoom, solo para el equinoccio.
Pero también era una adicta al trabajo.
—Cuando venía hacia aquí se han vertido residuos ilegalmente en el humedal que estamos rehabilitando en Santiam River.
Chandra está histérica, por decirlo con suavidad.
—Incluso sacó un pad para mostrarme el vídeo que le habían enviado sobre el desastroso estado de las orillas del río—.
Necesitamos enviar un equipo. ¿Queda algún ingeniero que no se haya pillado una cogorza todavía?
«Yo», pensé. E iría si no quedaba otro remedio, pero...
Runa, una de las hembras cuidadoras que se encargaba de los sistemas eléctricos de la manada, apareció con cara de circunstancias.
—Ha vuelto a pasar. Se ha fundido el cableado del sector N-13 y estoy segura de que ha sido por los malditos calentadores. ¡Los están comprando sin homologación!
Jules, otro sanador que probablemente sustituiría a Inaya algún día, vino a informarme de la trifulca de dos machos jóvenes por una hembra.
—Si quieres mi opinión, no se peleaban por ella en realidad. Es que Noah no pasó las pruebas para el entrenamiento y Mason sí. En fin, creo que necesitan un buen rapapolvo o mañana volverán a engancharse y me temo que no estaremos hablando solo de un par de narices rotas.
Me froté el punto entre las cejas. A veces no estaba seguro de si lo que sentía era una migraña en ciernes o solo...
Juniper se plantó a mi lado.
—Yo me encargo de los mocosos, Jules. Que vayan al salón principal y esperen un buen rato, a ver si se les pasa el subidón.
Cindera, habla con Willard. Le tocaba vigilar la fiesta hoy, así que debe estar sobrio.
Si no es así, búscame. —Por último, se giró hacia la ofuscada Runa—.
El cableado puede esperar a mañana, ahora mismo no vamos a solucionar nada y en el sector N-13 solo hay un refugio en desuso.
—¡Pero...!
—Los aparatos eléctricos sin homologar los carga el diablo, sí. —Mi guardiana la rodeó con el brazo y la condujo hacia las mesas de comida—. ¿Has probado el hidromiel? Lo hicieron mi madre y mi tía.
Jun giró la cabeza lo justo para guiñarme un ojo.
Sabía que no me quedaba mucho tiempo antes de que los problemas de la manada volvieran a emboscarme, así que me escabullí en busca de un aroma en concreto.
Los aparté todos, incluso los más densos como el pescado ahumado y el estofado, hasta que di con ese toque a cedro y ámbar.
La aceché como llevaba deseando hacer toda la noche.
Contenerme había sido una puta tortura. Pero Micah me había aconsejado que mantuviera las distancias con tantas narices astutas por los alrededores a no ser que quisiera que toda la manada supiera que emitía feromonas cada vez que tenía a Faye cerca.
A mí me importaba una mierda, pero había pensado en ella y en el acoso y derribo que recibiría de los Colmilloscuro si supieran que su alfa...
Bueno, digamos que estaba sosteniendo las riendas con todas mis fuerzas, a pesar de saber que era inevitable. Acabaría sucediendo. De la misma forma que no podía evitar la emisión de mis hormonas sexuales, el jaguar no resistiría mucho más el impulso de comenzar con el marcaje.
Pero, antes de eso, debía hablar con ella.
Y mucho antes de eso debíamos resolver cuestiones acuciantes como la existencia de laboratorios ilegales, el secuestro de Amanda Lebow y la precariedad de la situación de Faye.
Debía conseguir que se sintiera segura de verdad.
¿Pedirle que afrontara las necesidades de un macho alfa antes que eso no sería injusto y egoísta?
«Pero los gatos lo somos. Tremendamente egoístas.
»Acaparamos nuestras posesiones, mordemos a quienes intentan arrebatárnoslas, sangramos por defenderlas».
La encontré concentrada en la competencia de salto de los cachorros.
Cogían impulso desde el suelo y debían engancharse con las garras a la parte más alta del árbol que pudieran.
Como el mayor tenía siete años, la altura máxima eran dos metros.
Pocos habían superado esa marca, pero la recompensa para todos los que lo intentaran era muy dulce: panecillos de miel y canela.
Me acerqué a ella por detrás, preguntándome si, rodeada de tantos cambiaformas, mi energía pasaría desapercibida para su habilidad. Llevaba un suéter de manga larga azul con unos vaqueros y unas botas camperas. Tenía el pelo recogido en una coleta, con la nuca y todo el cuello a la vista.
Me gustó. Fantaseé con enterrar la cara justo ahí y...
Me miró por encima del hombro antes de que la alcanzara.
«Pues no. Me detecta incluso entre cientos de los míos».
Intenté que el jaguar no se vanagloriara mucho por eso, que no se lo tomara como un halago, pero era complicado.
—Mírate —me saludó—. Has estado ocupado.
—¿Me has echado de menos?
—Hasta el punto de las lágrimas. He languidecido como una damisela del siglo XIX mientras esperaba a que me prestaras atención.
La acidez de su respuesta me hizo contener una sonrisa. Sí, me había echado en falta incluso si no era capaz de reconocérselo a sí misma.
—Esto es impresionante. —Faye hizo un gesto abarcando todo el Atrio—. Es... increíble lo unidos que estáis.
—Gracias. No sé si nos encanta pasar tiempo juntos, teniendo en cuenta la cantidad de eventos así que tenemos al año, o que buscamos excusas para beber y liarla.
Una leve sonrisa le curvó los labios.
—En cualquiera de los dos casos, se respira el cariño. Enhorabuena.
Que me felicitara por algo en lo que yo apenas había puesto un granito de arena...
—Ah, sí. Pues gracias. —Me observó como si se diera cuenta de mi azoramiento, así que señalé el bosque—. ¿Vienes conmigo?
—¿A dónde?
—A un lugar más tranquilo.
Echó un vistazo a la fiesta. En el escenario, Fabian se había apropiado del micro y estaba organizando la yincana anual en la que siempre acababan varios miembros lesionados, parejas peleadas y que provocaba revanchas en la zona de combates libres durante semanas.
Los felinos éramos absurdamente competitivos.
—Parece que ahora empieza lo mejor.
Me encogí de hombros como si no me importara.
—Ah, como quieras. Me gustaría mostrarte algo y pensé que podría apetecerte una caminata.
Eso la convenció al instante.
—Sí.
Sonreí con lentitud.
—Es increíble toda la energía que hay contenida en ese cuerpo tan pequeño.
—Te vas a meter en problemas si sigues ridiculizando mi estatura más que normal. Muchos colectivos podrían sentirse ofendidos.
—Podré con ello. Los cambiaformas depredadores somos conocidos por no ser políticamente correctos.
—Eso no lo dudo.
La guie hacia los árboles esquivando hábilmente los grupitos de miembros, en especial aquel en el que estaban Landon y todos los machos cuarentones a los que les encantaba regresar a sus casas gateando e hipando.
Permanecimos en silencio mientras dejábamos atrás el barullo y la música. La calma del bosque nos fue envolviendo poco a poco. Nuestros pasos resonaban entre los abetos, el musgo y los helechos.