31 #2
—¡Mis padres me han dado permiso!
Demostrando que los ruegos no la conmovían, Juniper fue hacia ellos y todos se dispersaron entre gritos. Johnny sacudió la cabeza.
—Idiotas. Si tiene que perseguirlos será peor. —Luego se giró hacia Summer—. ¿Todo bien?
La chica pestañeó varias veces. Había tenido la mirada perdida.
—Sí, claro.
—Tengo... una linterna para ti.
Summer se limitó a mirarlo y eso puso nervioso a Johnny. Se rascó la nuca.
—Es sobre Amanda. Para que los espíritus nos ayuden a encontrarla.
La chica se acarició las costillas con gesto distraído.
—No creo que los espíritus puedan hacer nada.
Johnny apretó la mandíbula y sentí que allí estaban pasando muchas más cosas de las que parecían. Pero entonces Noon apareció con un grupo de cambiaformas bastante mayores que, según ella, deseaban conocerme.
—Son los ancianos. Tranquila, aquí es un título respetuoso, no un insulto. Son los Colmilloscuro con más experiencia y sabiduría. Menos mi abuela. —Señaló a una mujer de pelo blanco que llevaba un precioso vestido granate—. Está como una regadera.
Eso le valió varias regañinas y pellizcos. Y me acabaron examinando a conciencia seres cuyas energías estaban tan concentradas, eran tan ricas e intensas, que parte del frío que sentía desapareció.
La noche fue avanzando y acabé engullida por un grupo grande, con Noon enroscada a un brazo, Juniper riéndose a carcajadas de un chiste sobre un oso, un lobo y una nutria que entraban a un bar (contado por Landon, por lo que tal vez no fuera un chiste en realidad) y Summer apilando comida en el plato de cerámica que me había aparecido en las manos.
Tenía suficiente pan de bellotas, raíces asadas, tartaletas de manzana y brochetas de jabalí para el resto de mis días.
Por suerte, contaba con ayudantes silenciosos y anónimos. Pequeñas manitas y zarpitas robaban lo que Summer recolectaba.
En cierto momento de la noche, Juniper me susurró al oído:
—Todo ha salido bien. Fab está de vuelta.
Solté el suspiro que llevaba conteniendo todo el día.
Por fin pude concentrarme del todo en la conversación que se desarrollaba a mi alrededor.
Nadie tenía reparos en hablar conmigo delante.
Pensé en los rumores sobre el hermetismo de los Colmilloscuro o de los cambiaformas en general.
En lo mucho que deseaban en realidad la integración con los humanos (prueba de ello era que sus cachorros estudiaban en un colegio mixto) y cómo protegían con fiereza su intimidad.
Sentía que me había saltado varias etapas solo por lo sucedido con Summer.
Ese evento, además de la insistencia del alfa en tenerme en su casa, había calado en todos.
Y probablemente llegar a la fiesta acompañada de Juniper había sido otra demostración más para todos los miembros de que yo era de fiar.
Me hizo sentir... afortunada.
Cuando estaba charlando con Juniper y dos amigas suyas, Leah y Maribel, aproveché para preguntar.
—¿Alguna sabe qué le pasó a Remi en la oreja?
Las tres me miraron con idénticas expresiones en blanco.
—Intentó saltar una valla y se enganchó con un alambre de espino —dijo Leah.
—Justo cuando iba a salvar a una cría de mapache de ser devorada por un coyote —añadió Maribel.
Genial. Había infinitos embusteros en aquella manada y, por alguna razón, todos tenían historietas distintas sobre la oreja de Remi Callahan.
—Gracias por nada —suspiré.
Juniper me guiñó un ojo y Leah aprovechó para cambiar de tema.
—¿Habéis visto la cara de Quinn cuando ha aparecido Mara?
Juniper se echó a reír.
—Ni él confiaba en sí mismo. Les doy hasta las ofrendas como mucho para largarse.
—Se giró hacia mí—. En los equinoccios, las parejas que se pretenden suelen aprovechar para asegurar algún estatus.
Si el macho le ha hecho un regalo, como una prenda, y la hembra aparece con ella puesta, él por fin sabrá que es receptiva.
O viceversa. Es el caso de dos de nuestros guardianes, Mara y Quinn.
Maribel asintió con entusiasmo.
—Llevan años que sí, que no. Cuando ambos son dominantes, la danza de apareamiento es más complicada. Uno de los dos tiene que dar el brazo a torcer, ¿sabes?
Asentí, aunque solo estaba entendiendo el concepto básico: que, si ambos cambiaformas tenían el mismo instinto dominante, ambos querrían conquistar y seducir, no ser conquistados.
Juniper se frotó las manos de forma maquiavélica.
—Por fin dejará de apestar en las reuniones. Quinn era como una bolita aromática cada vez que Mara aparecía.
Leah suspiró.
—Pues mira, sí. Menos mal que es un olor agradable, que si no...
Cuando el tema estaba a punto de volverse mucho más interesante, porque Juniper había mencionado la palabra «espículas», un chirrido agudo y muy molesto resonó por todas partes. Le siguió un coro de quejas.
—Lo siento —se disculpó Noon desde el escenario—.
Papá, haces unos montajes de sonido de pena.
¡Summer, vuelve a tu sitio! Feliz equinoccio de otoño a todos.
Este año voy a tocar mi pieza favorita de Bach.
Como siempre, ofrezco mis servicios de niñera gratis durante un mes a quienes acierten el título. ¡Silencio!
Lo más sorprendente de todo fue que aquella chica de quince años consiguió que cientos de cambiaformas achispados y que no habían parado de armar jaleo se quedaran callados al mismo tiempo.
Lo hizo bastante bien. Cerré los ojos y disfruté con la intensa melodía, luminosa y fluida. Amaba aquel preludio, lo había bailado cientos de veces. Si bien su técnica todavía podía mejorarse, Noon tocaba el chelo con pasión y entrega.
Al terminar, recibió un aplauso cálido. En las primeras filas dijeron algo que mis oídos humanos no captaron, pero muchos se rieron y Noon sacó la lengua.
Casi deseé que Juniper siguiera por donde lo habíamos dejado.
Los cambiaformas felinos me habían fascinado desde siempre y el tema de las espículas era tan controversial que incluso en los programas de televisión censuraban muchas partes.
¿Por qué narices había tanto tabú con el acto sexual de los cambiaformas?
No podía ser tan escandaloso. Decenas de miles de humanos se emparejaban con morfos de toda clase.
Tenían sus particularidades, sí, pero...
Noté una perturbación en el aire justo cuando daba un sorbo al hidromiel. A pesar de la cantidad de energías de todo tipo reunidas allí, una se impuso sobre las demás. Una más pura, salvaje y poderosa que cualquier otra.
—¡Alfa! —gritó alguien entonces.
La multitud se agitó. Todas las cabezas giraron hacia un mismo punto. Yo, con mi escasa altura entre todos aquellos gigantes, no veía un pimiento. Pero podía sentirle acercándose y escuchaba las felicitaciones y decenas de preguntas que le hacían conforme avanzaba.
En cierto momento, apareció a unos diez metros.
Micah y Fabian lo flanqueaban mientras él sonreía a todos los miembros de la manada.
Muchos lo abrazaban y tenía a varios cachorros enganchados en las piernas.
Y fue entonces, desde aquella distancia y gracias a mi cerebro roto, que pude apreciar lo más importante de aquella manada: Remi Callahan era el núcleo de la energía de los Colmilloscuro.
Por más obvio que pareciera, sobre todo ahora que era testigo de ello, no me había parado a pensar hasta qué punto un alfa sustentaba a su manada.
No solo era el más poderoso en términos de fuerza y dominancia.
Había algo en él, algo en su alma (o espíritu, como dirían ellos), que parecía conectar con todos y cada uno de los miembros.
Desde los más pequeños hasta los ancianos que había conocido antes.
Y esa conexión era de ida y vuelta. Remi recibía tanto como daba.
Con cada puma que entró en contacto con él, ya fuera acariciándole la cabeza rapada, apoyando la frente o dejando que los pequeños se le restregaran contra el cuello, las energías convergían y compartían algo .
Algo indescriptible e invisible, que flotaba en el aire de aquel equinoccio junto con las hojas, las guirnaldas y la luz de la luna.
No eran rumores ni leyendas. Sí que había algo mágico que se escapaba a toda explicación lógica alrededor de los cambiaformas.
Me volví creyente en una sola imagen.
Se me escapó un suspiro tembloroso y los ojos verdes de Remi me localizaron al instante. Estaba saludando a varios machos adultos, pero inclinó la cabeza hacia mí. Como había decenas de curiosos pendientes de todo, lo saludé con la mano con torpeza.
—Feliz equinoccio —vocalicé, alzando mi plato para siete personas.
Esbozó una sonrisilla que me desbocó el corazón.
«¿Por qué es tan guapo? Mierda».
La multitud se movió y lo perdí de vista.
Lo único que capté de él en las siguientes horas fue la parte posterior de la cabeza, un brazo (juraría que era suyo) y su risa por encima de la música.
Estaba claro que los eventos de la manada eran como trabajo para él.
Seguro que, con lo ocupado que estaba siempre, muchos miembros esperaban días como aquel para poder hablarle, verlo, socializar.
—¿Eso es normal? —acabé preguntándole a Juniper.
—¿El qué?
Señalé con la cabeza hacia la congregación de miembros que rodeaban a Remi.
—Ah... Pues sí. Los Colmilloscuro están compuestos por unos cuatro mil miembros, aunque no todos viven aquí. Muchos incluso han emigrado a otros estados por sus propias razones. Sí, es una cifra gorda. —La guardiana sonrió ante mi expresión estupefacta—. Y él es el pináculo de todo.
Madre... del amor hermoso.
—Es muchísimo —susurré. Era como si fuera consciente de pronto, como si la información me hubiera caído de golpe sobre la cabeza como una piñata bien hinchada—. A ver, sé que delegará muchas funciones. Os tiene a vosotros, su círculo, y a la portavoz, la sanadora, y todo eso...
—Sí. —Por alguna razón, Juniper arrugó su naricilla. Era respingona, como la de Summer y Noon. Por lo visto era un rasgo de la familia Becker—. Pero la verdad es que hace mucho más de lo que le corresponde. Mucho mucho más.
Parecía que ella también acababa de tener una revelación.
Continuó con los ojos castaños clavados en la lejana figura de Remi, perdida entre la multitud, mientras yo pensaba que eso tenía sentido.
En el poco tiempo que llevaba allí, no podía haberme quedado más claro todo el trabajo diario que asumía Remi Callahan.
Se me ocurrió una pregunta absurda.
—¿Se toma días libres?
Juniper pestañeó un par de veces.
—No.
—¿Nunca? —Eso me parecía tan inverosímil. Incluso en los trabajos más exigentes se disponía de días libres y vacaciones. Momentos alargados en el tiempo en los que las personas podían desconectar—. ¿Nunca nunca ?
—No desde que asumió el puesto. —Y como si aquella perspectiva la hiciera sentir incómoda, se defendió—. No ha dicho que los necesitara.
—A lo mejor no es cuestión de que los pida.
Se me quedó mirando de tal manera que me arrepentí de mis palabras. ¿Qué sabía yo de la gestión de manadas tan grandes y poderosas? Por supuesto que tenía que ser superdifícil tener vacaciones o algo parecido.
—Lo siento, no es asun...
—Tienes razón —me cortó. Adoptó una expresión resolutiva que me dejó incluso más perpleja. Se irguió, echó los hombros hacia atrás y me pasó su jarra de hidromiel—. Sujétame esto. Dáselo al primer adulto que veas.
Luego se abrió paso con firmeza entre los pumas de nuestro alrededor y no tardé en perderla de vista a ella también. Me quedé allí plantada sin estar segura de qué acababa de pasar, con dos jarras de hidromiel que me arrebataron en pocos segundos.