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Faye
Un año más, esta celebración por parte de la manada de pumas más grande del país paraliza las carreteras temporalmente. Miles de curiosos se desplazan a distintos miradores y puntos elevados para ver y fotografiar el encendido de linternas anual.
Las autoridades piden calma y precaución.
No quieren accidentes como el del año pasado, cuando una humana jubilada acabó en urgencias al despeñarse intentando atrapar una de las linternas.
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Juniper apagó el motor del coche con un giro de muñeca.
—Advertencias habituales en estos casos: nuestros cachorros sí muerden; se te permite sacudir un poquito la pierna si aprietan demasiado o agarrarlos del pescuezo.
Así. —Lo ejemplificó tirando sin piedad de la piel de su nuca—.
Habrá muchos olisqueos y no nos preocupamos por eso del espacio personal, así que no te cortes y di un «No» bien gordo cuando necesites aire.
Y te harán toda clase de preguntas, en especial sobre tus poderes, pero estoy segura de que ya sabes lo que puedes y no puedes decir.
Tenía la mirada clavada en la multitud de cambiaformas que se congregaban en el Atrio, el cúmulo de edificios comunitarios de la guarida, pero asentí.
—Nada sobre Black Edge ni nuestra misión, solo soy una pobre humana desgraciada a la que habéis acogido porque sois supergenerosos.
—¿Quién te ha hecho aprenderte ese discurso? ¿Micah? —Juniper agitó la mano—. Eres una heroína para todos. Summer se ha encargado de que todo el mundo sepa lo que hiciste en el mirador, y de alguna forma se han enterado de que pusiste de rodillas a Golden Boy.
—¿De alguna forma?
Me sonrió con inocencia.
—Estas cosas pasan todo el rato. Los gatos somos un poco chismosos. En fin, ¿lista?
¿Lista para que mi primera aparición oficial en la manada Colmilloscuro fuera en pleno equinoccio de otoño, lo que al parecer era una de sus fiestas más importantes?
—Claro.
En cuanto bajé del coche, recibí una bofetada de aire frío.
Al ponerse el sol las temperaturas bajaban bastante en Willamette, en especial en los últimos días.
Para los Colmilloscuro, el equinoccio de otoño era un poco más tarde que en el calendario humano, ya bien entrado octubre.
Era una suerte que allí la ropa prestada pareciera no tener fin.
Juniper me había sugerido hacer un pedido por internet, pero eso sí que seguía dándome vergüenza.
No tenía dinero para pagarles y me daba la sensación de que ellos tampoco lo aceptarían.
Cuanto más nos acercábamos al gentío, más fuerte me latía el corazón.
Había morfos desperdigados por todas partes: algunos caminaban en dirección contraria, otros estaban llegando como nosotras.
Todos me lanzaban miradas constantes y yo no podía recordar una sola vez en mi vida en la que hubiera tantos seres vivos a mi alrededor.
Tanta energía. El murmullo de tantas voces, gritos, risas y algún eructo lejano.
Juniper habló en voz baja.
—Nunca has estado con tanta gente, ¿verdad?
Me limité a negar con la cabeza.
No intentó indagar más o consolarme, solo dijo:
—Aquí podrás hacerlo. —Como fruncí el ceño sin comprender, añadió—: Probar si te gusta estar con más gente. Acostumbrarte, si quieres.
No estaba preparada para afrontar un futuro tan lejano cuando sentía que todo en el presente estaba desordenado, así que cambié de tema.
—¿Qué se sabe de Fabian?
Me mostró el comunicador que llevaba en el bolsillo de los pantalones.
—Va todo bien. No te preocupes, nuestro Golden Boy está hecho para esta clase de misiones. Para cuando se den cuenta de que algo ha pasado, él ya estará a kilómetros. —Me sonrió—. Llegará a tiempo para los ritos.
Eso esperaba. Tanto Remi como Micah seguían en la casa, pendientes del más mínimo inconveniente que pudiera surgir, pero ambos habían parecido muy serenos.
Fabian solo tenía que rondar el Hana para hacer sonar las alarmas y que mi padre y sus hombres creyeran que los Colmilloscuro estaban examinando el terreno.
Era lo más creíble antes de hacer un despliegue «real».
Eso también aseguraría que, cuando fuéramos, hubiera un equipo allí esperándonos.
Yo sabía que no estarían solo los cazadores. Ivan no querría perdérselo y mi padre insistiría en que me capturara su propio secretario y me llevara ante él.
Aparté el rostro de Ivan y su tatuaje de mi cabeza. No quería pensar en él en ese momento. Ya me pondría nerviosa cuando tocara.
La primera cambiaformas que se interpuso en nuestro camino con claras intenciones de interactuar fue Summer.
Summer por partida doble.
—Feliz equinoccio. —La del pelo suelto me dedicó una sonrisa trémula.
A su lado, la del pelo trenzado soltó una risita.
—Solo recuerdo que somos mellizas cuando conocemos gente nueva y nos miran así.
Observé a las dos muchachas impactada hasta que empecé a ver las sutiles diferencias entre ambas.
Por no hablar de sus energías, que vibraban de formas completamente distintas.
Summer era una dominante en potencia, lanzaba estallidos poderosos y decididos que se estrellaban contra la piel como polvos picantes.
Su melliza estaba rodeada de un halo precioso y brillante que, en lugar de lanzarse hacia fuera, parecía acumular energía y concentrarla hacia dentro.
Una dominante y una cuidadora que habían compartido útero. Incluso sin saber mucho sobre embarazos de cambiaformas supe que eso era algo excepcional.
—Increíble —susurré.
La melliza sonrió con más fuerza.
—¿A que sí? Soy Noon y voy a... —se lanzó sobre mí en un parpadeo y me rodeó un maravilloso aroma a bergamota— abrazarte. Gracias por salvar a mi hermana.
Le di toquecitos en la espalda.
—No es... no fue nada.
—¿Estás de broma? —La chica me gritó en el oído y luego se apartó—. Espera a conocer a nuestros padres. Han preparado una linterna para ti.
—Ah...
Con Juniper actuando de guardaespaldas, las mellizas me arrastraron al meollo del equinoccio. Noon era la voz cantante, alegre y resuelta a explicarme los pormenores de la celebración y presentarme a todos los que se nos pusieran por delante. Summer intervenía de vez en cuando, pero...
La había conocido un poco a través de aquella visión constante.
Había sentido su fuerza, su determinación por vivir, la fiereza que se había entrelazado con su miedo, el brío en las piernas al correr y correr para poder regresar con su manada y su familia.
Aquella muchacha más apocada no parecía la misma de la noche del mirador.
Había cambiado.
Conocí a la mayoría de los cachorros Colmilloscuro (si no a todos).
Pululaban a mi alrededor tanto en forma humana como en su pelaje.
Y Juniper había tenido razón: mordían. Parecía ser que mordisquearme las botas prestadas y restregarme los bigotes contra los tobillos era su forma de decir «Hola, bienvenida».
Y aunque alguno me rasgó la piel con los dientes sin querer, no me atreví a despacharlos. Recibí los pinchazos con una sonrisa.
El Atrio y su plaza central estaban decorados con los tonos más hermosos del otoño.
Había estatuillas, mesitas y columnas de obsidiana; manteles y serpentinas ondeando en la brisa del color del musgo y el jade; redes de cuero tendidas sobre nuestras cabezas en las que habían entretejido hojas secas, castañas, amapolas y guirnaldas.
La marca de los Colmilloscuro estaba por todas partes: tallada en las puertas de los edificios, en el mosaico irregular de piedra y madera con el que habían creado el suelo, en las pieles expuestas de muchos miembros, en el menaje de arcilla sobre las mesas de comida.
A un costado, encajonado entre el centro de entrenamiento y el salón principal, había una suerte de escenario. Los cables y altavoces estaban enroscados junto a tocones de madera, al cobijo de un abeto engalanado con farolillos que parecían calabazas y racimos de uvas.
—Luego tocaré —me informó Noon—. Y juro por los espíritus que ningún puma tiquismiquis volverá a decir que le he dañado los tímpanos.
Sonaba a amenaza y promesa al mismo tiempo.
Un chico alto de pelo negro me ofreció una jarra de hidromiel caliente. Era la sexta de la noche, pero, cuando le reconocí, la acepté.
—Hola, Johnny —lo saludé—. ¿Cómo estás?
Sabía que tenía solo un año más que las mellizas, pero su cuerpo lo hacía parecer mayor. Inaya me había contado que el chico tenía rasgos de alfa y que el desarrollo acelerado y temprano era normal en esos casos.
Me dedicó una mirada un tanto tímida en la que sí se reflejaban sus dieciséis años.
—Feliz equinoccio, Faye. No había tenido la oportunidad de darte las gracias. Y pedirte disculpas. Esa noche estaba muy alterado y creo que te empujé...
—No, por favor. No es necesario.
Frunció el ceño como si no me entendiera.
—Nos salvaste la vida. Sí es necesario.
Me mordí los labios. ¿Me lo iba a decir toda la manada?
—En ese caso, acepto tus gracias y tus disculpas.
—Entonces... ¿es cierto? ¿Estás aquí para ayudar a averiguar qué está pasando y dónde está Amanda?
Me habría encantado poder tranquilizarle de algún modo. Summer nos escuchaba con atención a unos pasos.
—Haré todo lo que pueda —prometí.
Aunque estaba claro que quería añadir más, se limitó a asentir. Luego se giró y amonestó con la mirada a un puñado de morfos de su edad que no habían dejado de hacer señas a su espalda. Su oído de gato debía captar lo que estaban mascullando.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Son unos cotillas. Hemos oído cosas sobre ti y esos poderes que tienes... Y, bueno. —Sonrió ampliamente—. Sobre lo que le hiciste al guardián Mendoza.
Tomé aire.
—Ah...
La voz de Juniper tronó por encima de mi cabeza.
—Te lo dije. —Hizo un gesto a todos los muchachos—. A vuestras cosas. ¡Dax, trae ese vaso para que pueda olerlo! Como pille a alguno en la mesa de bebidas alcohólicas, se os caerán los brazos cepillando las presas del rocódromo.
Todos empezaron a protestar.
—Venga ya, Jun...
—Relaja, que es fiesta.