29
Faye
¿??: No eres la primera que busca ayuda para su familia. Tu hermano no está solo ni loco. Sabemos qué le ocurre y queremos ayudarle. Cuando estéis preparados, podemos organizar un encuentro en un entorno seguro.
¿??: Lo sabemos. Sois muy valientes.
–Otra vez.
Miré a Morgan con todo el resentimiento que jamás pensé que sentiría hacia alguien que aseguraba que solo quería ayudarme.
—Esto ha dejado de ser divertido.
No mostró ni una pizca de piedad. ¿De verdad había pensado que era un alma cálida y generosa?
—Me alegra, porque no pretendo que te lo pases bien.
—No es... —Me observé las manos meditando cómo hacerle entender a aquella mujer, que había dispuesto de años para entrenar y conciliarse consigo misma, que estaba acostumbrada a huir de las visiones, no a buscarlas—. Estoy luchando contra mi propio instinto.
—No es un instinto, sino un mecanismo de defensa aprendido. Son difíciles de derribar, pero lo conseguiremos. Mejor aún: construiremos algo mucho más gratificante con los restos.
«Lo dudo», replicó mi parte infantil molesta con todo aquello. Pero, claro, solo estaba cabreada porque Morgan me estaba obligando a enfrentarme a todo lo que más temía y odiaba de mí misma.
Exhalé despacio y me agarré al borde de la mesa.
Estábamos en una sala del refugio de Kwetana Springs.
El mismo lugar al que los Colmilloscuro me habían llevado tras quedar inconsciente en el mirador, y el sitio exacto en el que me habían cambiado la vida para siempre.
Evidentemente no recordaba nada de ese momento, mucho menos de la cirugía.
—Puede que... que haga cosas raras —confesé.
Morgan continuó haciendo como si aquello fuera un día más en la oficina para ella.
Para aquella reunión no se había molestado en ocultar los ojos, con el irreal tono verde y las pupilas astilladas.
Solo utilizaba las lentillas cuando no le quedaba otro remedio—.
Que grite, dé golpes. No quiero hacerte daño, así que ten cuidado.
Por un instante, las sillas desocupadas a nuestro alrededor se elevaron en el aire.
—No te preocupes por mí. —Con un pestañeo, todo volvió a su sitio—.
Ahora, como lo hemos estado practicando: cierra los ojos y piensa en tu última visión.
Piensa en Amanda. Y cuando estés allí con ella, recuerda que eso no ha sucedido —me instruyó con calma—.
Eres una espectadora pasiva, Faye. Absorbes las emociones de los protagonistas de esos eventos por tu capacidad de empatía, pero no son tuyas.
No las aceptes y concéntrate en los hechos. ¿Entendido?
Muy en contra de todo lo que era, me dispuse a intentar por sexta vez sumergirme en el horror y el miedo de Amanda Lebow. Solo pensar que eso iba a llevarme al laboratorio y ante la doctora Moreau... Era difícil recordar que no funcionaba así, que en realidad no estaba pisando aquel nido de maldad.
No fue complicado acceder a la visión. Siempre las había sentido como un carroñero acechándome, listas para caer sobre mí al más mínimo tropiezo. Así que solo tenía que extender la mano y tocarla.
Los gritos de Amanda me perforaron los tímpanos de nuevo. Su miedo...
Dios santo, estaba aterrada. Y yo la entendía. Sabía perfectamente lo que la chica estaba sintiendo en ese momento porque había estado ahí . Había sido ella .
Noté calidez en la muñeca y regresé por un instante al refugio.
—¿Lo ves? Sigues aquí. —Morgan apartó los dedos de mi piel—. Está todo en tu mente. Y tú eres dueña de ti misma.
Tomé aire de forma trémula y asentí. Al volver a cerrar los ojos, Amanda también regresó. Y la mesa de examen, los doctores y científicos intentando atarla, las agujas listas para sedarla, los aparatos desplegados a su alrededor...
Podía oler el látex y la lejía que no conseguía eliminar del todo la presencia de la sangre, el sudor y la adrenalina de quienes entraban allí a sufrir. Ese tufo cayó como una piedra en mi estómago y me agobió.
Amanda gritaba y gritaba y gritaba. La doctora Moreau estaba a punto de aparecer...
Abrí los ojos con un jadeo.
Morgan asintió.
—Bien. Estás controlando la salida del trance. Eso significa que nunca vas a quedar atrapada ahí, porque no hay nada en esas visiones que pueda afectarte en realidad. —Golpeó la mesa con los nudillos—. Esto es real. Son estímulos de verdad. Aquello no.
Pensé en lo que me decía.
—Lo sé, o creo que lo sé. Pero incluso el olor es...
—Un recuerdo —me cortó—. Porque has estado ahí. No has enseñado a tu cerebro a distinguir las vivencias ajenas de las propias, así que rellena los huecos por inercia. No es malo en sí mismo, podría darte pistas útiles, pero no sirve de nada si te atemoriza.
Y lo hacía. Todo sobre el laboratorio constituía el material de mis pesadillas.
—Siento estar tan asustada. Es que...
—Cada visión que te ha llegado en tu vida ha sido negativa.
—Aunque en aquel momento la odiaba por principios, cada vez me gustaba más el pragmatismo con el que hablaba Morgan.
Tal vez era porque ella ya estaba acostumbrada a los problemas metahumanos, pero era reconfortante.
Se comportaba como si mis peores temores solo fueran moscas en su parabrisas—.
La primera vez que viste el futuro, a ese Remi entrando en tu jardín, viste morir gente. Viste sangre.
Alguna vez lo había pensado. Era demasiada casualidad que todo fuera horripilante en las visiones. Me relamí los labios resecos.
—Parece que se me da genial relacionar conceptos tétricos.
—Tenías ocho años —me recordó—. Cualquiera relacionaría las visiones con la sangre y la muerte y desarrollaría un trauma al respecto.
Me limité a asentir y ella, dándose cuenta de que no quería seguir hablando de eso, asintió.
—Bien. Otra vez.
Apreté los labios para no soltarle una barbaridad y me pareció ver un ligero atisbo de sonrisa en los suyos.
Entré y salí del estado de terror más absoluto muchas veces más, pero lo máximo que conseguí fue una rápida reubicación cuando salía de la visión. El miedo de Amanda no permanecía en mí más que unos segundos, lo cual ya era un gran avance.
Escuché a la doctora Moreau chantajear emocionalmente a Amanda por enésima vez, convenciéndola de que existía la posibilidad de no sentir dolor si se comportaba. Mientras la chica se retorcía entre sollozos, Ravena se giró hacia la puerta del cubículo.
Un guardia de seguridad estaba allí con un teléfono en la mano.
—Es uno de los cazadores. Dice que es urgente.
Harta de todo y de todos, la doctora tomó el aparato. El guardia se apartó cuando ella quiso salir.
—¿Qué? ¿Qué especie? —exigió con una pizca de emoción en su voz.
Sentí el impulso de seguirla y...
Al intentarlo...
—¡Faye!
Abrí los ojos de golpe. Morgan estaba de pie a mi lado, zarandeándome con el rostro desencajado. Algo cálido me cubrió los labios y me di cuenta de que estaba sangrando bastante por la nariz.
Acepté el pañuelo que me tendió la mujer.
—Que esto quede entre nosotras —murmuré mientras me limpiaba.
Arrastró la silla para sentarse a mi lado.
—¿Qué ha pasado?
—No estoy segura. —Evoqué lo que acababa de suceder—.
Ha ido todo más o menos igual que las otras veces, pero justo cuando la visión suele acabar.
.. Ha continuado. Solo unos segundos más y he sentido el impulso de seguir a la doctora.
Ya sabes, fuera de la sala de examen, lo cual supondría alejarme de la visión.
.. O meterme más en ella. Justo después parecía que la cabeza me iba a estallar.
—Me froté el cuero cabelludo. Estaba un poco sensible, como cuando pasaba muchas horas con el pelo recogido, pero nada grave—.
Siento que es forzar los límites. Tal vez haya sido una mala idea y ya está.
Morgan paseó la vista por nuestros regazos y la mesa, pensativa.
—No lo creo. Recuerda que todavía estás en pañales, tienes el músculo mental sin entrenar. Si te ha dado la sensación de que podrías ir más lejos, seguro que así es. Solo necesitamos perseverar, Faye.
—Gracias. —Tentativa, le agarré la mano y le di un suave apretón—. Perdona mi actitud.
Resopló.
—Me comporté mucho peor cuando me hicieron ver que iba por el camino de la autodestrucción. Lo estás haciendo bien. —Me devolvió el apretón—. Alégrate, podemos descansar por hoy.
—¿Qué? ¿Ya te has cansado de ser la Terrible Teniente Metahumana?
Señaló el pañuelo ensangrentado.
—Tienes suerte de que estas paredes sean tan gruesas o cierto alfa ya habría irrumpido aquí creyendo que te estoy matando.
Exhalé un suspirito. Remi, Lachlan y distintos miembros de los Colmilloscuro y los Tierrasangre estaban en otra sala debatiendo sobre lo que habíamos descubierto.
Y, sí, teniendo en cuenta todo lo que sabía hasta ese momento sobre Remi Callahan, me sacaría en brazos de aquella sala a toda leche y después, si se calmaba (con mucho énfasis en el si ), preguntaría qué había pasado.
—Los niveles de sobreprotección de los cambiaformas son gordos, pero el alfa parece rozar la obsesión —musité.
«Si algo no va bien, tienes que decírmelo. Puedo perdonarte cualquier cosa, excepto que me mientas sobre tu bienestar. ¿Entendido?».
Recordé la voz ronca y ligeramente combativa de Remi. Y eso, por supuesto, me llevó de regreso al vestíbulo de la casa, a esa pared, a sentirme arrinconada y al mismo tiempo acunada por él.
Una pequeña sonrisa curvó los labios de Morgan, como si supiera algo que yo no.
—Dan todo lo que son por los suyos.
—Ya...
—Voy a realizar un sondeo mental, a ver si se han producido cambios en la plasticidad de tu cerebro tras esta sesión. ¿Te parece?
Me quedé muy quieta mientras ella se concentraba. No sentí nada durante los siguientes minutos, aunque intenté no volver a pensar en ese probable futuro por si Morgan era capaz de verlo.
—Vaya... —susurró al cabo de un rato.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
Esbozó una sonrisa casi... reverencial.
—Eres mucho más extraordinaria de lo que creía, Faye.