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—Siguen existiendo unas cuantas cabañas, sí, pero ya no están habitadas. Fuimos bajando hacia el suelo conforme la manada creció y los peligros se minimizaron. Ahora dejamos el subir a los árboles para los momentos de diversión o vigilancia, no para dormir.
Bueno, yo había visto a más de un puma durmiendo en ramas... incluido el alfa.
Alcancé a distinguir algunos porches cercanos.
Había pares de botas y zapatos, braseros de piedra, mecedoras, mantas y niños correteando.
Niños y cachorros . Cuatro pumas de apenas treinta o cuarenta centímetros perseguían y mordisqueaban a otros tres con forma humana mientras unos cuantos adultos paseaban.
Todo olía a tierra húmeda, pino y metal tibio. A hogares, leña y comida casera.
Algunas casas tenían una planta, otras hasta tres. Las calles se perdían en el zigzag de aquel pueblo que parecía tejido en el propio bosque. Había mucho que ver, pero me rendí porque, conforme el Jeep avanzaba, me perdía cosas.
Llegamos a un claro rodeado de edificios mucho más grandes, todos construidos con madera y una artesanía bellísima.
—A esto lo llamamos el Atrio. Tenemos el salón principal, el centro de entrenamiento que te comenté, el taller, las cocinas, el archivo (en el que están las oficinas) y el centro médico.
Salí del coche con la boca abierta. Los pumas más cercanos notaron al instante que Micah no venía solo y que yo, desde luego, no era una de los suyos.
—Quiero verlo todo —susurré.
—Dejaré el placer de pasearte por la guarida a Remi. Vamos.
Un macho alto, robusto y de barba canosa se encontró con nosotros en las puertas del centro de entrenamiento. Me resultaba muy familiar, sobre todo cuando me dedicó una sonrisa divertida.
—Mira quién está aquí. La muchacha que se perdió en un bar de cambiaformas.
De pronto, lo reconocí.
—¡El camarero!
—Más bien dueño. —Me tendió la mano, tan grande y curtida como cuando me había atendido y preguntado si tenía edad para beber—. Landon Campbell.
—Faye Kov... —Perdí la voz un instante.
El macho asintió. Era un dominante, tal y como me lo había parecido en el bar. No tan poderoso como el círculo del alfa, pero sí bastante notable.
—Faye, ¿eh? Eso suena mucho mejor que Ana.
—Lamento haberte mentido.
—He sufrido peores experiencias regentando ese bar, créeme. Y dime, ¿qué te trae por aquí con el impertinente de mi hijo?
Observé al macho y a Micah anonadada.
—¿Eres su padre?
Ahora que lo sabía, veía el parecido. Toda la envergadura, la mandíbula definida y el pelo oscuro los había heredado de Landon.
—Eso dice mi madre —replicó Micah lacónico.
En lugar de ofenderse, el macho se echó a reír y le dio un par de golpes en la espalda que a mí me habrían reubicado los pulmones.
—Hay una muesca en el cabecero de nuestra cama como recuerdo de la noche que te concebimos. Ese día...
Micah lo cortó en seco.
—No necesito saberlo.
—Me extraña que Inaya no te lo haya contado —me dijo Landon—. Es una de sus historias preferidas.
La cabeza empezó a darme vueltas.
—¿Inaya es tu mujer? ¿Y su madre?
Micah me empujó al interior.
—Vamos o te arrastrará al salón y se dedicará a enseñarte el árbol genealógico de todas las familias Colmilloscuro.
Landon se despidió con un gesto, divertido.
—¡Otro día! ¡Y gracias por la advertencia! —Agitó los dedos de la mano derecha.
Apenas había procesado todo cuando Micah pasó por una recepción vacía, tomó algo de los casilleros y me lo puso en las manos. Era una pila de ropa.
—Ahí está el vestuario femenino. Cámbiate rápido. Te espero aquí.
No me dio más opción que obedecerle. De todas maneras, estaba tan alucinada por todo que me dio igual su brusquedad.
La noche estaba a punto de caer, pero en el centro de entrenamiento había bullicio. Voces, algunos gritos, el zumbido de las máquinas, golpes secos y un hilo musical de fondo. Evidentemente olía a caucho y a sudor. Mucho sudor.
Con las mallas y la camiseta puestas, me reuní con Micah e intenté absorber la modernidad de las instalaciones.
La iluminación era suave, sin fluorescentes, proveniente de paneles empotrados que imitaban la luz natural, y el suelo estaba hecho de un material oscuro y flexible.
Más allá del vestíbulo se abría una nave extensa de techos altísimos.
Estaba llena de máquinas de cardio, pesas, un circuito de carreras que rodeaba todo y, al fondo, un inmenso rocódromo.
Había al menos una treintena de cambiaformas, machos y hembras, pululando por allí que, en cuanto olieron a una humana, dejaron todo lo que estaban haciendo para observarnos.
Había dominantes, cuidadores y mucha jerarquía intermedia.
Energías que no eran lo bastante vibrantes como para considerarse autoritarias, pero tampoco tenían la suavidad de los sanadores.
Luego estaban los que emitían destellos intermitentes, como los más jóvenes.
Su espíritu animal parecía estar dando avisos de lo que serían al madurar.
Micah fingió que no se daba cuenta de toda la atención que atraíamos.
—Esto es el gimnasio en sí y está abierto para toda la manada, las veinticuatro horas del día.
Todo el equipo está adaptado a nuestra fuerza, reflejos y necesidades sensoriales.
Hay un área infantil y juvenil por allí, donde básicamente todo es de goma para sus dientes y garras.
Esas puertas dan a la zona de combates libres; no te lo aconsejo, suele estar lleno de idiotas.
Un cambiaformas de unos veinte años pasó por nuestro lado e hizo una mueca.
—Vaya, gracias, beta.
Micah le hizo una peineta.
—Al otro lado del vestíbulo hay un área cerrada para el entrenamiento de los guardianes, y tampoco es para ti.
Me eché las manos a las caderas.
—En resumidas cuentas, nada en estas instalaciones es apto para una humana flacucha.
—Exacto. —Juraría que las comisuras le temblaron un pelín, aunque echó a andar antes de asegurarme—. Pero las máquinas se pueden reprogramar.
Micah debía emitir unas ondas repelentes muy efectivas, porque nadie se nos acercó mientras buscábamos aparatos desocupados. Fui casi por inercia hacia una de las cintas de correr, pero Micah me tomó del codo y me desvió.
—Se empieza por los calentamientos.
—¿Calentamientos? Si he caminado como quince kilómetros en círculos.
Le dio exactamente igual. Así que lo imité rotando cuello, hombros, brazos, caderas... Todo mi cuerpo. Los pinchazos en las articulaciones me hicieron apretar los dientes para disimular, aunque algo me decía que el cambiaformas era consciente.
Cuando me dejó subir a la cinta, configuró una velocidad tan baja que no era ni un trote. No se le escapó mi mohín frustrado.
—Vas a aprender a correr menos y rendir más. No eres una gata y prefiero no volver a oír tus rebuznos espantando a los pajaritos.
—¿Perdona?
Me guio en una serie de caminatas (porque no podía decir que estaba corriendo) en intervalos de pocos minutos. En las dos primeras series quise gritarle, apartarle las manos y subir la velocidad al máximo.
Para la quinta repetición, en la que me dejó hacer un esprint de un solo minuto, ya no tenía tantas ganas. Me ardían los muslos y el pecho.
—Descanso de treinta segundos —me indicó al terminar.
—Vale —jadeé.
—Inhala por la nariz, despacio. No llenes los pulmones de golpe, el aire tiene que entrar como si tuviera peso.
Eso... ayudó, la verdad.
Terminamos una hora más tarde con una marcha suave y otra ronda de estiramientos para enfriar. Micah me lanzó una toalla que casi no fui capaz de coger al vuelo, agotada. Luego me entregó una botella de agua y nos quedamos callados mientras me hidrataba y pensaba en...
Bueno, no pensaba nada concreto. Mi mente estaba despejada y mi cuerpo cansado, y para ello no había sido necesario forzarme a mí misma.
Cuando nos marchamos, recibí la bofetada de aire fresco con alegría. La piel se me erizó y me dieron ganas de ponerme a saltar.
—¿Qué tal tu primer día entrenando en condiciones? —inquirió el beta.
Dejé el orgullo a un lado. Él sabía muy bien lo que estaba haciendo en todo momento.
—Es... distinto. Cuando bailo o corro termino con el corazón a mil y un poco mareada. Eso me hacía sentir bien, porque el cuerpo me pesaba e incluso estaba...
«Sin apetito, con el pulso desbaratado y temblando.
»Lo bastante reventada como para escapar de todo lo demás».
—Eso es porque lo hacías mal —respondió con calma.
Empezaba a entender que Micah no solo era brusco, sino muy sincero.
Me gustó. No había dobleces en él—. Un buen entrenamiento hace que el corazón te lata fuerte, pero no desbocado.
La cabeza se siente ligera y los músculos están activos, no destrozados. ¿Tienes hambre?
—Sí —respondí sorprendida.
Sí que la tenía. Un hambre atroz.
—Si terminas jadeando, no has ganado. Has perdido el control. Los Colmilloscuro entrenamos para domar a la bestia, no para escapar de ella.
Nos quedamos en silencio unos instantes, hasta que se me escapó una pequeña carcajada.
—Madre mía, qué poético.
—Ah, cállate.
—¡Y pensaba que eras de los estoicos!
—Camina. Remi ya me ha mandado seis mensajes preguntando por ti.
Lo seguí hacia el Jeep con una sonrisa enorme y pies livianos.
Remi nos estaba esperando de brazos cruzados, apoyado contra una de las vigas del porche.
Parecía que acababa de ducharse; llevaba unos pantalones de chándal gris que me hicieron suspirar por dentro y me dedicó una mirada intensa.
Tanto que me hizo pensar que me había echado de menos desde la última vez que nos habíamos visto.
Bueno, eso y los seis mensajes a Micah.
—¿Qué tal todo?
Micah no contestó. Pasó por su lado y le estampó la toalla sudada a su alfa en toda la cara.
—Bien —dije animada—. Superbién, en realidad.
Remi observó la espalda de su beta alejándose, pensativo. Acabó esbozando una media sonrisa.
—Ya veo. —Luego afiló la mirada—. ¿Me has organizado una reunión presencial con el alfa de los Tierrasangre?