28 #2
Micah no descruzó los brazos mientras me tambaleaba; se limitó a fruncir el ceño.
—¿Qué diablos haces?
Me froté la nariz. Su energía de beta... Parecía acaparar el dióxido de carbono solo para él.
—¿No lo ves? Cocinar una empanada.
—Llevas una hora dando vueltas como un hámster.
Lo dijo como si no lo supiera. Tenía un reloj que también me había dado Juniper y se conectaba al pad. El dichoso aparato había estado indicándome que parara a descansar los últimos cuarenta minutos.
—Ya.
El cambiaformas no parecía saber qué hacer conmigo.
Yo tampoco con él. No era como Juniper, ni mucho menos como Fabian.
Todos los otros cambiaformas que habían pasado por allí y me habían visto caminando con el libro en las manos me habían ignorado amablemente.
Además, parecían estar ocupados con los preparativos de la fiesta del equinoccio, cargando cajas repletas de flores y hojas, rollos enormes de papel y bobinas de cables.
Inaya estaba hasta las cejas de masa madre y me había amenazado con un cuchillo si tocaba uno solo de sus utensilios.
—Vamos, anda.
Se dio media vuelta y no miró hacia atrás en ningún momento. Parecía un «Sígueme o no lo hagas. Como quieras». Tras valorarlo unos segundos, fui tras él.
—¿A dónde vamos?
—Al centro de entrenamiento.
Salimos de la casa y miré a mi alrededor.
—¿Qué? ¿Hay un gimnasio cerca?
—En la guarida —gruñó.
Se me aceleró el corazón. Llevaba tiempo deseando ver dónde vivían el resto de los miembros, pero pensaba que, en caso de ir, me llevaría Remi.
—¿Esta es la segunda parte de la intervención amistosa de Inaya? —inquirí.
Micah no respondió. Se montó en un Jeep negro que estaba tan usado como el resto de los coches. El balance entre tecnología, utilitarismo y naturaleza en los Colmilloscuro era asombroso. No gastaban dinero en frugalidades, pero no les faltaba de nada.
Deduje que todo eso surgía sin más cuando convivías con un espíritu grupal tan fuerte: esa sensación de vínculo, esfuerzo y trabajo los unos por los otros.
Fabian era el más presumido de todos los morfos que había conocido, y Juniper era casi una gourmet digital, pero no me los imaginaba gastando a espuertas.
El beta nos alejó de la casa conduciendo con precisión, con una mano al volante y la otra apoyada relajadamente entre los asientos.
—¿Qué le pasó a Remi en la oreja? En la que le falta un trozo.
Mi pregunta lo pilló desprevenido. Tras unos segundos, sonrió levemente.
—Es una historia tan truculenta y terrible que se ha prohibido contarla sin más. —Se le estiraron las mejillas y los ojos azules se le empequeñecieron por la risa, como si se lo estuviera imaginando—. Solo te puedo decir que sobrevivió de milagro al ataque de una bestia sangrienta.
—Menuda trola.
Ni lo admitió ni lo negó.
No comentamos mucho más mientras el Jeep se bamboleaba por las pistas de Willamette.
Me encantaba la paleta de colores que el otoño estaba dejando por todas partes y me pareció captar algún gruñido a lo lejos.
Ahora sabía que siempre había alguien allí fuera, tanto guardianes como miembros disfrutando del entorno.
—¿No preguntas si Remi sabe esto? —farfulló de pronto.
Lo miré con extrañeza.
—¿ Esto ? ¿Es que estamos haciendo algo ilegal?
—No, pero...
Intenté deducir por dónde iban sus pensamientos, pero Micah era bastante hermético.
—¿Crees que Remi me... intimida o algo así? —Lo observé con atención, atenta a sus gestos—. Es tu alfa, no el mío.
Llevaba toda la vida encerrada, teniendo que pedir permiso a otros antes de dar un solo paso.
Eso se había acabado. Daba igual que esa realidad me abrumara en muchas ocasiones, agobiada por la mera noción de que ahora era libre.
Había sucedido. No tener que pensar en nadie más que en mí misma cuando quería hacer algo era alucinante .
Había límites, claro, en especial viviendo de prestado en casa ajena, pero seguía siendo maravilloso.
Tanto, que a veces intentaba visualizar mi futuro y había una multitud de caminos nuevos que se desplegaban ante mí. Todos parecían geniales y aterradores y deslumbrantes y daban vértigo. Y había llegado a la conclusión de que no me apetecía lanzarme hacia ninguno sin más, ni descartarlos.
Quería ir paso a paso y me gustaba dónde estaba en ese momento y mis planes para ayudar a los Colmilloscuro. El resto, por primera vez en mi vida, era una incógnita maravillosa que iría desentrañando.
Además, lo que estaba ocurriendo con Remi...
Era una variable a tener en cuenta. Muy en cuenta.
Micah batalló para responderme un buen rato, golpeteando el volante.
—Eres humana.
—Metahumana, por favor. Usemos los términos correctos.
—El caso es que no pareces demasiado cohibida por todo. Por nosotros. Te has subido en este coche conmigo sin dudarlo, por ejemplo.
—¿Acaso vas a matarme y esconder mi cuerpo en el bosque?
—Lo he pensado.
Se me escapó una sonrisa. Ahora entendía a qué se refería. Ni siquiera sentía aprensión allí, a solas con él, en medio de un territorio que a la mayor parte del estado le parecía parte de una pesadilla.
—Te recuerdo que mis primeros días aquí estuve inconsciente o llorando. Resultáis... arrolladores, sí. Pero no habéis hecho más que ayudarme. Me parecería una falta de educación tremenda teneros miedo después de todo.
Le había tenido miedo a mi padre, a sus empleados, a Ivan, a la doctora Moreau, a la palabra «laboratorio» y al olor a desinfectante. ¿Cómo iba a tener miedo allí, donde todo era cálido, real y vívido?
—¿Falta de educación? Joder, eres... rara de cojones. —Sacudió la cabeza incrédulo—. Me imagino que eso es lo que vuelve loco a Remi.
No me molesté en contradecirle porque él había sido uno de los testigos de nuestro arrebato en el vestíbulo.
—Deduzco que prefieres que me haga pis en tu presencia.
No contestó. Una sombra cayó sobre su expresión. Ah, así que eso era a lo que estaba acostumbrado. A que los humanos, tal vez incluso otros morfos, se acojonaran ante él. Por quien era, un beta de una manada depredadora letal; pero, sobre todo, por su apariencia.
Como era la primera vez que lo tenía tan cerca y estábamos en una especie de acercamiento, lo observé a conciencia.
Más allá de su camiseta surgía una intrincada red de cicatrices que le lamían los trapecios, el cuello y el mentón.
Serpenteaban, se entrecruzaban y se superponían unas a otras allí donde la piel había intentado regenerarse y había fracasado, probablemente porque había empezado a curarse mientras aún estaba expuesto al fuego.
¿Tal vez se había quedado atrapado en medio de un incendio?
Por suerte para él, las cicatrices solo parecían enmarcar y dar más protagonismo a un rostro angelical de ojos azules un pelín solemnes. Pero ni siquiera eso o su mueca permanente de enfado opacaban la perfección de sus rasgos.
Era muy muy guapo.
—Deja de mirar —me ordenó con sequedad.
Me levanté la camiseta lo justo para mostrarle el abdomen y la escisión de diez centímetros de una de las pruebas de nervios periféricos que me habían realizado en el laboratorio.
—Estoy llena de ellas. No miro porque me sorprendan, solo es una parte llamativa de ti.
El aire se enrareció. Micah parecía estar determinando si hablaba en serio o le estaba tomando el pelo, pero no había ni una pizca de sarcasmo en mí.
Lo había dicho de corazón. Las marcas, a mi juicio, no eran más que otro atributo de su persona, tanto como los rizos rebeldes de la nuca o las espesas pestañas.
Aun así, respetaría sus sentimientos. Si tenía que fingir que no veía las cicatrices, lo haría.
Al final, el cambiaformas bufó.
—Lo mismo que tus ojos, entonces.
Pestañeé varias veces. «Solo es una parte llamativa de ti».
—Supongo —murmuré.
La guarida seguía el mismo patrón que la casa del alfa: todo estaba integrado con el bosque. Por eso me sorprendí cuando, de pronto, empecé a atisbar edificaciones entre los árboles. La emoción me atascó el aliento.
La espesura se abrió y el hogar de los Colmilloscuro se desplegó ante nosotros.
La guarida, a pesar de su nombre, no era un conjunto de cuevas, madrigueras ni un asentamiento rudimentario.
Algunos humanos antimorfos se burlaban de las manadas por sus terminologías, pero lo que vi en ese momento.
.. Fue un corazón escondido entre raíces y montañas.
Las casas no solo se alzaban sobre la tierra, sino que parecían haber crecido de ella.
Muros de piedra musgosa y madera oscura, tejados bajos cubiertos de hiedra, cristales ahumados que reflejaban el verde del bosque.
Entre las viviendas serpenteaban senderos de grava y madera, marcando el camino entre ellas y hacia los edificios más grandes.
Estaba atardeciendo y los rayos dorados, naranjas y rosáceos se colaban entre las secuoyas y los abetos.
En lugar de farolas o un tendido eléctrico exterior, había lámparas solares ocultas entre ramas, cristales bioluminiscentes en las entradas y los senderos, y antorchas de aceite vegetal que ardían sin humo.
En aquel momento me pareció que los Colmilloscuro estaban suspendidos en un albor hermoso y eterno.
—Por allí está la zona residencial —me explicó Micah, señalando hacia la izquierda—.
Todas las casas están hechas de madera y piedra local.
Como ves, nos gustan mucho las ventanas y no nos importa manchar nuestros zapatos de tierra.
Si continuáramos hacia el oeste, encontrarías las casas elevadas, especialmente las de las familias más antiguas.
Casi me abalancé sobre él para intentar atisbar más allá de la primera fila de casas. Había cambiaformas por todas partes y nadie se paró dos veces a mirar el Jeep que llegaba.
—Entonces, ¿es verdad? ¿Antes vivíais en lo alto de los árboles?