Feral 28
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Faye

Donde haya un alfa, tiene que haber un beta. Forma parte del delicado equilibrio de las manadas.

Del libro La bestia bajo la piel

Remi se pasó los siguientes días contactando con distintas manadas aliadas. La primera fueron los Ondagua.

Yo no había conocido a Calum, el hijo asesinado de la alfa.

No había sido uno de los morfos que habían utilizado para mis ensayos.

Saberlo me hizo sentir una corriente de alivio que automáticamente se convirtió en culpabilidad; por consiguiente, corrí más rápido sobre la cinta.

Porque daba igual que el pobre Calum no hubiera coincidido conmigo, de todas maneras había encontrado la muerte y para un fin igual de espantoso.

Armas. Mi padre estaba fabricando armas antimorfos.

¿Qué pretendía hacer con ellas (además de lo obvio)?

¿A quién se las iba a vender? ¿Cuántas organizaciones alrededor del mundo estarían colaborando o realizando sus propias investigaciones en ese sector?

Todos sabíamos que los antimorfos existían y los más radicales eran despiadados e irracionales, pero aquello iba en contra de todos los tratados y las leyes.

Debían ser detenidos, pero, sobre todo, debían ser desenmascarados .

¿Y si enviaban otro cadáver? ¿Tal vez a la auxiliar que a veces me había dado agua a escondidas? ¿O a un morfo capturado que tirarían por ahí para causar más dolor a las manadas?

La visión de Amanda suplicándole a la doctora Moreau no había dejado de invadir mis sueños, como anteriormente lo había hecho la de Summer. El tictac de un reloj tenebroso sonaba en mi cabeza.

Inaya entró en la habitación, con el cabello rojo recogido en lo alto de la cabeza. Le hice un gesto rápido para saludarla, procurando que no notara que, incluso con la adrenalina a tope, me temblaban las manos. La sanadora me realizaba chequeos periódicamente.

Y ahora mismo no la entusiasmaba encontrarme allí, sobre la cinta de correr, sudando a mares.

—Te di permiso para hacer un ejercicio moderado.

Era cierto. Por eso y porque le había dicho a Remi que estaba acostumbrada a quemar mucha más energía, me habían colocado en una de las habitaciones una cinta de correr.

—Solo llevo media hora —mentí.

Había estado corriendo cerca de dos horas. Pero... no podía no hacerlo. Aquella mañana me había despertado sintiendo las manos de Moreau sobre mí, en las mismas zonas en las que había tocado (o tocaría) a Amanda.

La sanadora se acercó, con sus leves vibraciones flotando en el aire y exigiendo calma a mi sistema. Pero era complicado. Desde que había visto el cadáver del doctor Drummond y me había llegado la visión del laboratorio...

El beso de Remi tampoco había ayudado. O sí. Había hecho que los labios (y otras partes menos públicas) me cosquillearan todo el día.

El recuerdo me asaltaba de vez en cuando, sin esperarlo.

Era lo primero que me venía a la mente cuando me iba a dormir, junto con todo lo que me complicaba conciliar el sueño.

Aquello, por lo menos, era placentero. La forma en la que me había empujado, cómo me había enterrado la nariz en el cuello, aquel olor delicioso, su cuerpo fuerte apretándose contra el mío y. ..

El caso era que mi mente era puro caos. Por eso necesitaba seguir corriendo. Hasta que todo se calmara.

—Creo que ya es suficiente —aseveró Inaya.

«No, no lo es. Todavía puedo respirar y pensar».

Pero le sonreí ampliamente.

—Claro.

Me dedicó una mirada ofuscada y se marchó. Considerando que me había creído y que eso era una victoria (aunque no se sintiera como tal), continué mi carrera hacia ninguna parte con ninguna meta.

Estaba tan concentrada que me pareció que solo había pasado un minuto cuando la puerta volvió a abrirse. Inaya me tendió un pad.

—Es Morgan Holloway. Videollamada.

Perpleja, tomé el aparato. La sanadora tecleó en la cinta para bajar la velocidad hasta detenerla.

Desde la pantalla, Morgan me sonreía con suavidad.

Tenía el cabello rubio cayéndole en ondas alrededor del rostro.

Los ojos color lima de pupilas astilladas estaban sonrientes y detrás de ella solo había una pared oscura sin un solo detalle.

Imaginé que estaba en la guarida de los Tierrasangre, claro.

—Hola —saludé confundida.

—Una mañana intensa de ejercicio —comentó.

Me encontraba empapada, con el pelo pegado a la frente y el escote brillando, por no hablar de lo que me costaba controlar las respiraciones.

—Me gusta... moverme.

—Claro. Faye, ¿te importa si soy directa?

Inaya no se había ido y estaba pendiente de la conversación, así que deduje de qué podía tratarse. Aun así, asentí.

—Adelante.

—La última vez que utilicé el ejercicio físico como mecanismo de escape fue un tiempo después de conocer a Bjorn.

Ya conocía a la doctora Walsh, ya me habían dicho que no sufría delirios ni ninguna clase de enfermedad mental, incluso había charlado con un par de metahumanos.

Lo malo es que es difícil cambiar las viejas costumbres, en especial cuando creemos que es la única solución viable.

Apreté los labios con fuerza y no dije nada. Me apoyé en la cinta porque las rodillas me temblaban por distintos motivos y acepté a tientas el termo con pajita que Inaya me acercó. Era uno de sus batidos repletos de vitaminas.

—En aquella ocasión, me llevé a mí misma al límite y tuve que permanecer en cama un par de días.

—Se escuchó un gruñido lejano y Morgan alzó la vista un instante—.

Sí, Lachlan también lo recuerda. El caso es que te entiendo.

He estado ahí. Hasta ahora has buscado la manera de regularte a ti misma con los métodos que tenías a tu alcance, pero creo que tampoco te encanta tener que recurrir a eso, ¿verdad?

—Aferrándome al termo con fuerza, negué con la cabeza tan despacio que fue apenas perceptible.

Pero Morgan lo vio. E Inaya también. Casi me dio la sensación de que ambas exhalaban al mismo tiempo—.

Mira, eso es genial. A mí me costó mucho más tiempo admitirlo.

Dime, ¿esta «crisis» (voy a llamarlo así para que nos entendamos) es por la última visión, la de Amanda Lebow?

Dios, tenía que hablar. Ya había pasado la barrera de la vergüenza con aquellas personas.

—Sí.

—¿Se ha estado repitiendo constantemente, incluso cuando intentas descansar?

—Sí... Todas las noches.

—Por lo que sé de los clarividentes, es normal en etapas como la tuya, en la que hay poco control sobre la habilidad.

Tu propio estrés por no poder ayudar a Amanda hace que recaigas en la visión una y otra vez, como si inconscientemente te lo estuvieras recordando, ¿sabes?

Ahí también entra en juego la culpabilidad.

Bueno, tenía sentido que el bucle machacón me lo provocara yo. Pero también era una mierda y me convertía en una uroboro. Tenía una visión y no podía hacer nada al respecto. Y como no podía hacer nada al respecto, la visión se repetía. Y así eternamente.

—¿Se puede... llegar a otra etapa? —pregunté casi con miedo.

Morgan asintió con entusiasmo.

—No solo se puede, sino que es lo natural. ¿Qué te parece si estresamos un poco a dos alfas controladores y nos vemos mañana?

Eché un vistacito a Inaya.

—¿Es viable? La otra vez parecía que estaban a un suspiro de transformarse y liarla.

—Ah, eso es normal entre depredadores. Se parecen más de lo que ellos mismos creen. Por otro lado, deberían hablar sobre los últimos descubrimientos y a Lachlan no se le da bien mantener una conversación civilizada por teléfono.

—Ni en persona tampoco —murmuró Inaya.

Morgan la escuchó y, lejos de ofenderse, sonrió.

—Eso es verdad. Pero los Tierrasangre quieren participar activamente en esto.

La muerte de Holt fue... horrible. Así que úrsidos y felinos van a tener que tolerarse para llegar a un entendimiento y trabajar juntos.

Y, de paso, avanzamos un poco contigo —me dijo.

Luego se inclinó hacia un lado y su cabeza desapareció de la pantalla—.

¿Me llevas tú y prometes no iniciar una guerra, o se lo pido a Gaia?

—No supe qué le contestó su compañero, pero al cabo de unos segundos Morgan apareció con una gran sonrisa—.

Hablará con Remi. Mañana nos vemos. No te autogestiones el ejercicio y date un baño relajante esta noche, ¿de acuerdo?

Abrí la boca para contestar, pero Inaya me arrebató el pad.

—Lo hará. Me encargaré de ello.

—Muchas gracias, Inaya. ¡Hasta pronto!

La sanadora colgó y yo tomé otro sorbo de aquella bebida milagrosa. Para quitar un poco de hierro al hecho de que acababan de descubrir otra capa más de las múltiples que me llevaban cubriendo toda la vida, recurrí al humor.

—¿Esto es lo que llaman una intervención amistosa?

—Yo prefiero llamarlo plan de contención. Los Colmilloscuro estamos acostumbrados a las emociones fuertes, los caracteres duros y, en especial, a la gente cabezota. —Cuando me quitó el termo juraría que, si fuera una más de la manada, ahora mismo me estaría dando una azotaina—. A la cocina. Ya.

Obedecí con una sensación de lo más rara en el pecho, una mezcla de incredulidad y ternura.

Esa tarde me encontré paseando por el cubil como un animal enjaulado (sintiéndolo mucho por todos los seres que me rodeaban), esquivando muebles y sofás.

Estaba intentando leer un ejemplar de Las mujeres de la guerra , pero la lectura nunca había sido mi refugio.

No podía serlo en una mente aturullada como la mía.

De fondo se escuchaba la tele y a la presentadora del programa The Alpha’s Chair charlando sobre un reportaje de las manadas que coexistían en los Apeninos.

Le había prometido a Inaya no volver a tocar la cinta de correr hasta que hablara con Morgan. Pero la energía nerviosa que me recorría el cuerpo...

En mi centésimo octava (puede que incluso novena) vuelta al cubil, me estaba identificando con Frankie y todo lo que le salía mal en la vida cuando estuve a punto de tragarme el libro al chocar con un cuerpo parado justo en mi camino.